Fuerza Armada, de la neutralidad política a la milicia pretoriana

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Luego de 20 años de la llegada del primer triunfo electoral de Hugo Chávez, y el comienzo de una era para la República, la pérdida de los valores que caracterizaron a la institución militar, desde que se forjó como ejército profesional, va acompañada de una creciente fractura interna.

Con motivo de su 13° aniversario, Clímax presenta la serie Deconstruyendo a Hugo Chávez

En la segunda semana de septiembre, comenzó a ser distribuida entre las distintas unidades militares la Guía de Planeamiento correspondiente al bienio 2018-2019. Se trata de un documento de circulación restringida en el que la jerarquía castrense hace una revisión de las condiciones en las que se encuentra el país, y los desafíos que deberá afrontar la Fuerza Armada Nacional.

En esta oportunidad, la Guía de Planeamiento fue firmada por el jefe del Comando Estratégico Operacional de la FAN, almirante en jefe Remigio Ceballos Ichaso. En estas páginas hay cosas reiterativas, como por ejemplo el señalamiento de que la economía venezolana se deteriora porque “el imperialismo, los monopolios y las grandes transnacionales manipulan los mercados”.

Pero, en medio de tanta retórica, se pueden encontrar dos datos reveladores: el tope de apresto operacional, es decir, el desiderátum, no podrá estar más allá del 72%, mientras que el mínimo de compleción de las plazas militares no puede bajar de 8%.

Estos dos números pintan el estado real de la Fuerza Armada, luego de casi 20 años de transformaciones, primero bajo la conducción del teniente coronel Hugo Chávez, luego la de su heredero Nicolás Maduro. Si hubiese que medir la eficiencia de la institución mediante una puntuación escolar, la nota sería catorce puntos…en el mejor de los casos. Y en un salón prácticamente vacío.

Este es el resultado de un conjunto de factores que han llevado a la Fuerza Armada a constituirse en una burocracia instalada desde hace mucho tiempo en un costoso “nivel de incompetencia” (Lawrence Peter), únicamente apropiado para la cúpula gobernante, de la cual forma parte.

Los principales factores –pero no los únicos– serían los siguientes:

Ausencia de controles externos

En los gobiernos previos a Hugo Chávez, las llamadas entonces fuerzas armadas estaban sujetas a controles de diversa naturaleza, ejercidos por entidades distintas a ella misma. El más conocido se daba a través del Parlamento.

Fue en este foro donde se ventilaron ampliamente los casos sobre las irregularidades en la repotenciación de los tanques AMX30, de algunos sistemas de las fragatas misilísticas y de la flota Mirage, por citar algunos.

El Poder Legislativo también hacía la revisión y la aprobación final de las listas de ascensos para oficiales generales y sus equivalentes en la Armada. Además, la Contraloría General de la República y el Ministerio Público también ponían la lupa sobre las actuaciones y la ejecución de gastos por parte de los militares.

Con la Constitución de 1999, comenzó a gestarse una especie de autarquía militar. Desde entonces el proceso de ascensos comienza, se desarrolla y culmina en los cuarteles. Solo salen de allí para que Maduro y su entorno aprueben las listas. Desde diciembre de 2016, gracias a una sentencia del Tribunal Supremo gobernado por el oficialismo, el control a la administración de las empresas dominadas por la FAN (que ya superan las 500) debe ser ejercido por la Contraloría General de la FAN y no por la de la República.

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Rumbo al pretorianismo

Durante la era previa a Chávez, se avanzó con tropiezos hacia la consolidación de un Ejército profesional.

Un paso importante se dio a partir de 1971 con la aplicación del llamado plan Andrés Bello, con el que los cadetes de la Academia Militar obtenían el título de licenciados en Ciencias y Artes Militares. En 2005, el propio Chávez reconoció el efecto que en su momento tuvo la ejecución de este nuevo diseño curricular para la formación de los profesionales de armas. Este plan suponía la adhesión de los militares al sistema de valores democráticos.

Hubo efectos inmediatos. Las fuerzas armadas se sobrepusieron a los intentos de golpes de 1992. También fueron los militares, en acatamiento a las órdenes impartidas por instituciones del Estado, los que aseguraron que fuese reconocida la victoria electoral del teniente coronel en 1998.

Con Chávez y Maduro, en cambio, se ha desplegado un importante esfuerzo para instalar en la Fuerza Armada la noción según la cual sus integrantes son la verdadera “clase gobernante”, incluso por linaje (“los herederos de Bolívar”). Aunque hay diversos tipos de pretorianismo, Petit (2014) observa que en Latinoamérica se da uno especial, cuyo principio es que “los ejércitos fueron creados para garantizar el orden político”. En el caso venezolano, el orden actual.

Pero este no es un proceso acabado, entre otras razones porque muchos de los actores encomendados a la gestación de esta nueva Fuerza Armada se formaron con los valores anteriores. Y los “nuevos” valores también son rechazados por una parte importante de las promociones formadas durante el chavismo/madurismo. La razón de esto no ha sido determinada con claridad. Tampoco si este rechazo continuará manifestándose en las nuevas camadas de militares. Pareciera que mucho de esto tiene que ver con la influencia de factores de socialización distintos a la academia o los cuarteles.

Desprofesionalización

En el régimen anterior a Chávez, aunque existían los padrinazgos propios de toda burocracia, los militares ascendían por regla general como producto de un riguroso proceso de evaluación permanente.

Se tomaba en cuenta factores tales como el cumplimiento de la misión encomendada, el mejoramiento académico, la responsabilidad y el decoro en la vida privada. Esto sucedía desde el propio momento en que se iniciaba el tránsito en la Academia Militar. Por eso, los primeros de las promociones generalmente eran los que tenían las mayores probabilidades de llegar a la élite castrense.

Con la agudización de la crisis política y las sucesivas reformas a la legislación militar fue cobrando relevancia el valor “lealtad”, incluso por encima del correspondiente a la efectividad en las ejecutorias. Ello genera distorsiones y obliga a muchos oficiales a salir de la carrera.

El actual ministro de la Defensa, Vladimir Padrino, se graduó en el puesto 18, seis después que el excomandante del Ejército Alexis López Ramírez (hoy enfrentado al régimen).

El actual comandante de la principal fuerza castrense, Jesús Suárez Chourio, llegó en el puesto 30 de su promoción (1986). Esta es la tendencia predominante en el Alto Mando, y no es nueva.

Pérdida de la “moral”

En el plano militar, la moral no tiene que ver directamente con nociones sobre el bien y el mal. Von Clausewitz la describe como “una fuerza” que lleva al soldado a intentar el cumplimiento de la misión en batalla, a pesar de que parezca un objetivo imposible de alcanzar.

Para el famoso escritor del tratado De la guerra, los factores que dan potencia a la moral militar son las capacidades del jefe, el espíritu nacional y la virtud del propio ejército, forjada mediante el “hábito y el adiestramiento”. Más adelante, se incorporó el concepto de justeza en la acción militar como un combustible de la moral. Esto no se refiere a razones objetivas, sino a la forma como el soldado percibe su propia labor (Walzer, 2001).

El 4 de agosto de 2018, en la avenida Bolívar, hubo una prueba tangible sobre el nivel de la moral de la FAN. Dice von Clausewitz que el espíritu militar se puede apreciar cuando la tropa “mantiene su formación usual bajo el fuego más intenso”. En el acto aniversario de la Guardia Nacional bastó la explosión de un dron, a unos veinte metros de altura, para que los uniformados salieran corriendo en todas las direcciones. La burla del presidente estadounidense Donald Trump puso de manifiesto esta situación.

Esto lo saben cuarteles adentro. Una consecuencia casi inmediata fue la búsqueda de aliados externos. En la movilización de tropas a la frontera con Colombia, en octubre, el almirante Ceballos reconoció que se habían incorporado contingentes de fuerzas especiales cubanas, conocidas como Avispas Negras.

Pérdida del pie de fuerza

El número real de efectivos de la Fuerza Armada venezolana es un secreto bien guardado. Siempre ha sido así, en parte porque esto permitía inflar las solicitudes de asignación por alimentos, o rancho (Petit, 2014)

La incorporación de la Milicia como quinta fuerza complica más el cálculo. Pero, para los propios militares, los milicianos no son más que “pueblo con uniforme”.

Según estimados conservadores, el resto de los componentes no aglutina más de 200 mil hombres. Esto no implica que todos estén disponibles. Por el contrario, desde las escuelas de formación hasta las unidades dispersas en todo el país, abundan los permisos por razones médicas (la moda: hepatitis), las deserciones y una categoría gris como es la “permanencia arbitraria fuera de la unidad”.

Hay además un creciente cúmulo de peticiones de baja, tanto en la tropa como en la oficialidad. En 2017 estas bajas estaban represadas. Luego, la táctica de la jerarquía castrense cambió radicalmente. En la Guardia Nacional y el Ejército se contaban por miles durante la primera mitad de 2018.

Fractura interna

Luego de la crisis política de 2002 y 2003, Chávez consolidó su mando sobre la institución militar. Hubo por lo menos cuatro purgas de diversa magnitud en los cuarteles.

Desde entonces, se instauró una práctica según la cual los militares que no mostraran todo el fervor revolucionario eran desplazados hacia posiciones irrelevantes en las que no pudiesen movilizar tropas. No importaba si estaban en el tope de la pirámide. De allí las intempestivas salidas de los generales García Toussaint (Ejército) y Rivero Marcano (Guardia Nacional).

El gobierno de Maduro ha reconocido que desde los cuarteles se han fraguado diversos movimientos sediciosos. Empezaron siendo grupos aislados, en los que participaban mayoritariamente oficiales retirados junto a otros activos, aunque sin posiciones de mando. Eran, además, de la Aviación y la Guardia Nacional. Con el transcurrir de los años, el Ejército fue involucrándose.

La primera señal de alarma llegó de la última promoción graduada por Chávez, en julio de 2012. Luego vino la promoción que obtuvo su sable cuando Chávez llegó al poder, en 1999. Primera y última, unidas en un mismo sentimiento, pero disgregadas en la acción. Más adelante, miembros de unidades élite de la Armada, la Aviación y la Guardia Nacional.

Este año se ha conocido de tres complots. Para principios de noviembre, 163 militares estaban tras las rejas por razones de conciencia o por ser señalados de participar en alguna conspiración, real o ficticia, según la Coalición por los Derechos Humanos y la Democracia.

Al igual que en la arena política, la fractura de la Fuerza Armada involucra ahora a individuos que ascendieron prácticamente a la sombra del poder. Tal es el caso del teniente coronel Igbert Marín Chaparro, apresado en marzo cuando estaba al frente del batallón Ayala. Estos comandantes crecieron en entornos militares (su papá y su suegro también son del Ejército) conocieron el monstruo desde sus entrañas, y ahora marcan distancia.

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Este cuadro no es auspicioso para la estabilidad de Maduro y la gobernabilidad del país. Luego de la conspiración atribuida a los efectivos de fuerzas especiales, en mayo, las aguas parecieran haber retomado su cauce.

Los pronunciamientos han continuado, con la forma que el propio Gobierno llama “goteo”. El último protagonista fue el capitán de corbeta Miguel Ángel León Correa, director de Adiestramiento de la Armada. Estos son indicadores de que la fractura continúa allí. Y no se sabe hasta dónde llegará.

Periodista especializado en criminalística. Consultor. Miembro del Observatorio Venezolano del Crimen Organizado.

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