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Hacer colas es su trabajo

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La crisis económica, junto a la famosa y también criticada viveza criolla, ha concitado la creación de nuevos oficios. El que más resalta en este año de  colas por medicinas, comida y demás bienes es el de los “coleros”. Sí, se trata de hombres y mujeres que cobran por hacerle la cola a muchos otros, un poco más cómodos

En el vórtice de la crisis económica y social, el venezolano se rebusca de cualquier forma. Nuevos oficios han surgido para ganar un dinerito extra. Para quienes solicitan sus servicios representan auxilio y también ayuda. Además, les ahorran el trance, viacrucis o cáncer de echarse el carro ellos mismos. Esta es la historia de los “coleros” y sus alrededores. Es decir: de esas personas que hacen la cola en supermercados o tiendas por otros que los contratan. Ellos son los que cogen sol o lluvia y le evitan horas de espera a quienes pagan por sus sacrificadas maneras.

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El escenario es este: todos deben hacer colas, al menos quienes quieran comprar y consumir la canasta básica. Cuando de comida se trata, no hay criollo que no le guste la arepa. En 2014, conseguir harina de maíz exigió del mismo rigor que se requiere para hacer trámites en oficinas gubernamentales. Hasta militares hay. Ir al supermercado se convirtió en una especie de maratón: se necesita disciplina, tiempo, agilidad y paciencia. Sin embargo, hay quienes pueden facilitar la odisea. Es simple: “no tienes que hacer cola, pero paga”. También puede optar por hacerla usted mismo y este “ayudante” se hará pasar por un amigo o familiar para que a la hora de comprar pueda llevarse más cantidad de los productos estipulados. Usted gana, él también, aparentemente los dos salen felices —cuando se acostumbran a sobrevivir de esta manera, claro.

José deambula en la entrada del Excelsior Gama de Santa Eduvigis, estado Miranda. Es un hombre de 35 años, piel morena. Le pica el ojo a quien puede, sobre todo si ve algún negocio posible. Llegó a las 9 am. y “vende bolsas” a 10 Bolívares. No obstante, él se rebusca de una mejor manera: hace colas. Cualquiera que se le acerca es un cliente en potencia. Ofrece uno de los “numeritos” que agarró bien temprano. Se los da a quienes se sienten tentados por sus servicios. El portador puede entrar de primero en la fila. “Yo lo he hecho muchas veces. Este no era mi trabajo oficial, pero en vista de que muchos preguntan, decidí negociar”, comenta José.

Su brega cuesta 300 Bs, depende de la hora y lo largo del asunto. Los tickets los van repartiendo a medida que la cola avanza. Él va tomando uno cada vez que puede. “Yo suelo rotarme en diferentes supermercados, los vigilantes empiezan a reconocer tu cara y te corren del lugar”.

No falta el que prefiere ser socorrido en sus compras. En ese caso se presenta Ángel Gutiérrez. Él, en la recta final que es la caja, se hace pasar por un “familiar” para que su cliente pueda comprar más. “Cuando alguien está a punto de pagar me hace seña y lo saludo, como si fuera un amigo o pariente. Me meto en la cola con ellos y ‘compramos juntos’ ”. ¿Y cuánto cobras? “Bueno yo no doy precio fijo, primero pregunto cuánto dan por eso, pero siempre van por los 100 bolos”. Mientras tanto vende café a los que están parados.

Livia Díaz asegura: “esto de pagar para que te hagan la cola no es algo nuevo. Yo lo hice hace cinco años cuando me tocó sacarme el pasaporte en La Guaira, Edo. Vargas. Cuando llegué a las nueve yo era la primerita, le pagué y esperé a que me llamaran”. También la señora Gladys Teresa cuenta que ella solía pagarles a unos estudiantes para que le hicieran la cola para cobrar la pensión.

Es 29 de diciembre. 2014, el año de la inflación y de las colas que serpentean centros comerciales, farmacias y mercados se despide con más y más colas. Mientras un miembro de la fuerza armada intenta controlar de manera agresiva al maremoto que se molesta por los “coleones”, una señora que se camufla entre el bululú grita vox pópuli: “es fin de año, por favor”. Estas personas están desde las 11 am. A las cuatro pm. empiezan a repartir los números. La pepa de sol no tuvo compasión, mucho menos los guardias. Ellos los controlan y apuntan con un “palito” que los hace quedar como ganado hambriento.

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Primero reparten los tickets para la harina pan. Cuando se acaban, le dan a los que quedan en la fila los de la leche en polvo. Es por eso que cuando le preguntas al último ¿qué están vendiendo? Responde: “supuestamente” jabón para la ropa. Nadie sabe con certeza qué le va a tocar comprar, pueden comenzar a formarse por un producto y terminan llevando a casa otro. En cierto modo quienes desean llenar la despensa no les afecta tanto como quienes necesitan de verdad los insumos. Ana, una embarazada, llora: “llevo seis meses sin darle leche a mi otro hijo”. Ella tenía el puesto 330, y estaba a menos de 50 metros de la puerta de entrada. La multitud orbita alrededor de tres cuadras. Se estimaron 1400 personas haciendo cola. Es por eso que muchos prefieren contratar a los alternos que salen de las conversas. También se pueden encontrar uno que otro osado que brinda el trabajo en los clasificados de los periódicos.

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Los “coleros” no son los únicos que rasguñan las alcancías ajenas e improvisan nuevos negocios. También están los que venden helados y café mientras mucho aguardan. De manera ilegal surgen alternativas: los revendedores. Según un señor: “ahorita había un revendedor por aquí, tenía en un carrito de supermercado toda la mercancía. Esos venden un bulto de harina P.A.N —que trae 20— en 500. Si sacan la cuenta a 12 cada harina, el precio real sería 240”.

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Pero el negocio es secreto, la guardia está pendiente. Muchos tienen la hipótesis de que son los mismos trabajadores del Excelsior quienes se encargan de la mafia de alimentos.

Los cuentos de las cajeras

Según Gabriela Monagas, cajera de turno en el Excelsior Gama de Santa Eduvigis, los camiones con los productos vienen dos a tres veces a la semana. Empero, la leche tenía tres meses sin llegar. “A nosotros nos dejan comprar solo dos potes. No hay ningún tipo de preferencia”, dice Gabriela. Mientras hace una cola junto a otros compañeros de faena, en una caja cerrada solo para los empleados, asegura: “cuando sabemos que viene el camión cargado de mercancía llamamos en la mañana a la guardia. Ellos vigilan no solo a los revendedores, sino que también descomprimen los líos que se forman. Muchas veces cuando se acaba lo ofrecido, la concurrencia que tiene horas haciendo cola se vuelve loca e intenta saquear”.

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Estos son los productos por los que la gente suele hacer cola:

-      Leche

-      Harina

-      Shampoo

-      Desodorante

-      Pañales

-      Azúcar

-      Aceite

-      Afeitadoras

-      Café

-      Antialérgico

-      Acetaminofén

-      Pañales

-      Queso amarillo regulado

-      Papel Higiénico

-      Servilleta

-      Whisky (cuando llega en 2.000 bsF)