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Hacinamiento en la morgue de Bello Monte

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Ocho patólogos hacen el trabajo que 20 acarrearían con holgura. Autopsias que deberían tardar hasta dos horas para conservar cadena de evidencias, se completan en 40 minutos. Y, familiares, ay los de los que lloran, reconocen los cuerpos de las víctimas a través de fotografías

Alex Pérez Grau es paciente. Durante las 48 horas que hubo de esperar la entrega del cuerpo de su tío en la mogue de Bello Monte, no demostró ni un ápide de desesperación. Había que cumplir con los trámites y punto.

Su tío, Guillermo Grau, murió en un accidente de tránsito que ocurrió en El Hatillo y que dejó otros cinco heridos. A la camioneta donde se desplazaba, para ir a la cosntrucción donde trabajaba, se le fueron los frenos y terminó estrellada en un barranco.

Los Bomberos del Distrito Capital auxiliaron el siniestro, trasladaron a los sobrevivientes hasta el hospital Domingo Luciani y rescataron el cuerpo de Guillermo para que los funcionarios del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas pudieran llevarlo hasta la Morgue de Bello Monte. La furgoneta que cumplió la encomienda fue una de las que tiene operativa el Eje Este de Investigación de Homicidios, y no alguna de las diez que permanecen estacionadas en los predios de la medicatura. Esas están todas accidentadas por falta de repuestos.

Alex se enteró de la muerte de su tío Guillermo porque Arnulfo, uno de los sobrevivientes, lo llamó. Arnulfo era hermano de Guillermo. “Mi otro tío me llamó a eso de las 11 de la mañana del lunes, y a las 11:45, cuando llegué a la morgue, ya el cuerpo de mi tío había ingresado”. En el registro de la medicatura forense, Guillermo fue indentificado con el número 053, eso quiere decir que el pasado tres de noviembre habían ingresado ese número de cadáveres. Pero hasta hoy ya han rotado más de 80. Y el 75% de esos ingresos corresponden a personas asesinadas. El 25% restante se dividen entre accidentes de tránsito, suicidios, causas por identificar y muertes naturales.

Para que entregaran el cuerpo de Guillermo, Alex tuvo que dar varios documentos fotocopiados lo mismo que pasar por dos oficinas nuevas que ya tienen sede en la propia medicatura: una del Saime y otra del CNE. La de la Fiscalía o Ministerio Público no tuvo que visitarla porque Guillermo no fue asesinado.

Cuando le tocó reconocer el cuerpo, Alex no entró a la sala de autopsias, solo le enseñaron una foto. Y aunque hay déficit de insumos, ninguno de los trabajadores le pidió nada a la familia de Guillermo. “De verdad que nos han tratado muy bien. Ha habido tardanza, sí, pero han sido muy amables, por favor dilo en tu trabajo”, insistió el muchacho.

El periplo de los trabajadores

En la morgue de Bello Monte hay déficit. De lunes a viernes trabajan ocho patólogos y tres auxiliares. Pero no siempre están completos. Hay quienes faltan por merecerse dos días libres luego de trabajar el fin de semana, otros por estar de reposo y, de vez en cuando, alguno está de vacaciones. Su horario es de 8 de la mañana hasta las 5 de la tarde.

Los estándares internacionales, refirió un patólogo que trabajó en la morgue de Bello Monte y que tampoco quiso que su nombre fuera revelado, exigen que cada anatomopatólogo debe hacer cuatro autopsias al día como máximo, para garantizar un trabajo limpio y que, en efecto, sirva a las investigaciones. “Para el volumen de asesinados que se reciben en la medicatura de Caracas, deberían trabajar 20 patólogos, no ocho. Uno debería tardarse hasta dos horas en una autopsia. Eso si se quiere un trabajo que de verdad conserve la cadena de evidencias”, agregó el experto.

A la morgue de Bello Monte ingresan entre 400 y 500 cuerpos al mes. Ocho patólogos, si el grupo está completo durante la semana, deben distribuirse la carga. Pero los fines de semana, solo hay uno de guardia, a pesar de que son los días con mayor cantidad de ingresos. En los sábados y domingos pueden ingresar hasta 25 cuerpos. De lunes a viernes se reciben unos 15 cuerpos en promedio por día. Según contaron, extraoficialmente, algunos trabajadores suelen tardarse hasta 40 minutos en las autopsias. “Ese es el tiempo máximo. Cuando no entran por homicidios es más fácil, porque no hay que hacer un estudio tan exhaustivo. Pero con los otros sí”, explicaron.

El olor en los predios y fueros de la medicatura es fuerte; golpea. Adentro es aún más denso. Con eso han batallado los trabajadores hasta acostumbrarse. Pero no solo se han habituado al hedor, también a la falta de insumos. “Improvisando lo tenemos todo”, dicen resignados.

Las hojillas sustituyeron a los bisturí para abrir los cuerpos, las seguetas a las sierras y, para suturar, el pabilo bien funciona a falta de nylon. Cuando las autoridades no surten, los mismos trabajadores, con sus modestos sueldos, compran lo que necesitan. “Tenemos prohibido pedirle a los dolientes”, agregan.“Lo que siempre recibimos es la ropa quirúrgica y los guantes”, añaden.

La infraestructura tampoco ayuda a que sea menos hostil el ambiente en la sala de autopsias. Las tuberías están tapadas, hay botes de agua en los grifos de las camillas metálicas donde hacen los estudios, y las neveras, para conservar cuerpos putrefactos o sin familia, nos son suficientes. En las que se deben guardar dos, caben hasta diez. Quizás sea por eso, que Alex, y otros tantos, ya no identifican en vivo el cuerpo de sus familiares. Les ahorran el trance con una foto.