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Invasión de mosquitos, Venezuela sufre sus siete plagas

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02/10/2018
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TEXTO: ÁNYELA TORRES | FOTOGRAFÍAS: ALEJANDRO CREMADES

En Venezuela proliferan las epidemias. Mientras el Estado oculta cifras para no admitir el desastre, la gente se abanica para evitar que un zancudo los condene. Los vectores han aumentado su presencia, porque las condiciones favorecen su reproducción y la ausencia de políticas públicas les ampara

Parece un chiste. En pleno siglo XXI una pareja de abuelos de 70 y 80 años de edad se turna desde las 9 hasta las 12 de la noche para matar zancudos con un cojín viejo. Es una cacería que practican religiosamente desde enero de 2018. La razón: una extraña proliferación de mosquitos acecha diariamente su salud e interrumpe sus horas de sueño. No es uno, o cuatro, ni seis… son hasta 10 zancudos que vuelan por la habitación revoloteándolos, y más de 20 que han llegado a matar en solo una noche.

Viven en Hoyo de la Puerta, en el municipio Baruta de Caracas, y las frescas temperaturas del lugar, similar a El Junquito o la Colonia Tovar, antes mantenían a raya a los insectos. Pero las condiciones ambientales han variado. Ya no se trata solo del termómetro, sino de la falta de cuidados. La pareja de ancianos ya no recuerda cuándo fue la última fumigación que vieron allí.

Pero los ojos de Ana Matos* sí se han afinado hasta detectar los detalles de cada bichito. “Cuando estaba pequeña, que vivía en mi pueblo había un zancudo que cuando picaba dejaba un gusano. Los abuelos de uno le decían que no se dejaran picar por esos. Después que me vine a Caracas nunca más volví a ver esa clase mosquitos, hasta ahora”, relata.

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La pareja sufrió este año de chikungunya, y temen caer víctimas de algunas de las otras epidemias que azotan al país. Venezuela muestra también números abultados de zika, dengue, sarampión y malaria, y quien está a salvo es apenas porque las condiciones geográficas lo resguarden precariamente (la malaria solo se propaga en zonas bajas, de altas temperatura y mucha humedad, por ejemplo).

A criterio de María Eugenia Landaeta, jefe del servicio de Epidemiología del Hospital Universitario de Caracas, la proliferación de mosquitos es un problema sanitario que desde hace años está radicado en el país, convirtiéndolo en el de mayor índice aédico y anofelino (concentración de mosquitos por área geográfica) del continente americano, y posiblemente del mundo. Por si fuera poco, la temporada de lluvias incrementa los criaderos, como también lo hace la proliferación de depósitos domésticos de agua vistas las fallas en el servicio hídrico que obligan a almacenar el líquido.

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Luego, cada vez se hace más difícil tener acceso a repelentes, bien sea por escasez o por sus altos precios, y las jornadas de fumigación que organizaban las alcaldías ahora son muy poco frecuentes. Matos sabe que, a su edad, “enfermarse es un delito”, pero tampoco puede dejar de comer para pagar por costosas fumigaciones o productos para evitar picaduras. “Prefiero cerrar mi ventana todos los días a las 7 de la noche, empezar a matarlos nosotros mismos y dormir bien arropados, que levantarme y no tener qué comer o no poderme tomar un café por estar comprando esos repelentes”, comenta.

Marianyeli vive en un edificio de la Gran Misión Vivienda Venezuela ubicado en la avenida Libertador. Pese a la devaluación, todavía lamenta haber gastado en mayo pasado más de 10.000.000 de bolívares (que ahora son 100 soberanos) en artículos anti mosquitos; pero era eso o que la vida de su hijo siguiera en riesgo. En diciembre de 2017 el niño padeció de dengue hemorrágico, y se mantuvo en cama por casi un mes hasta superarlo. Los médicos recomendaron a la madre mantener al pequeño ocho años protegido de picaduras para que la enfermedad no reincidiera, pues sería peor.

“Yo sí comencé a notar que desde principios de año había más zancudos en la casa, pero sentí que podía ser normal o pasajero. Hasta que llegó abril, empezamos a tener problemas con el agua, me tocó almacenarla y comencé a ver muchos, muchos más zancudos. Hice un esfuerzo junto a mi esposo y pudimos comprar tela para hacer un mosquitero, seis repelentes en crema, Baygon y un ultrasonido”, cuenta. Ahora su rutina es combinar todas esas opciones, y estar pendiente de la cocina donde Marianyeli guarda cinco tobos y un pequeño tanque con agua para hacer frente al racionamiento que reduce el uso de la grifería habitual a dos veces por semana. “Es donde más zancudos hay”.

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Esa fiebre no baja

En años anteriores fue noticia los brotes de las cuatro epidemias que aún persisten en Venezuela. Entonces, se hacían advertencias. El índice aédico, que no debe ser superior a 5% para considerarse “normal” según la OMS, alcanzó 16,73% en abril de 2014. Y no disminuyó. En noviembre de ese año, el Ministerio de Salud censuró la publicación del Boletín Epidemiológico que registraba cantidades de casos y tendencias. Se entró al oscurantismo de las cifras, pero las enfermedades no desaparecieron. Al contrario, pasaron a “formar parte del panorama”. Se hicieron habituales.

Ahora, llegados a 2018 la situación se ha convertido en aún más alarmante. Venezuela acumuló 69,4% de casos confirmados y 86% de muertes por sarampión del continente, según la última actualización epidemiológica sobre el sarampión, publicada el 21 de septiembre, de la Organización Panamericana de Salud (OPS). El documento le adjudica al país 4.605 casos confirmados, mientras que otras 10 naciones le siguen en el listado aunque con números mucho menos abultados: Brasil (1.735), Estados Unidos (124), Colombia (85), Canadá (22), Perú (21), Ecuador (19), Argentina (11), México (5), Guatemala (1), Antigua y Barbuda (1).

Además, Venezuela registró 62 de las 72 defunciones por esta enfermedad en 2018, que representó el 86%, cuando el año pasado solo fueron 2. Las muertes fueron en Delta Amacuro (34), Amazonas (19), Miranda (6) y Distrito Capital (3). Las otras 10 ocurrieron en Brasil, señaló el informe que precisa que la cantidad de casos confirmados en el país en tan solo un mes, desde la actualización del 20 de agosto, fue de 1.060. Una epidemia esparcida en todo el territorio.

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En el caso de la malaria, en abril de 2018 la OMS alertó que Venezuela registra el mayor incremento de casos de malaria en el mundo. Oficialmente, en 2016, Venezuela reportó 245.000 casos y una muerte, mientras que la OMS estimó que el número de contagios ascendió al menos a 300.000 y el de decesos a 280. Al año siguiente, la organización estima que al menos se dieron 406.000 casos. “Los casos de malaria están creciendo de una manera muy preocupante a causa de la drástica reducción de las campañas antipalúdicas que se llevan a cabo en el país”, denunció entonces el director del programa contra la malaria de la OMS, Pedro Alonso.

Según datos de la Sociedad Venezolana de Salud Pública y de la Red Defendamos la Epidemiología Nacional, Venezuela registró en 2017 los peores números de Latinoamérica con respecto a la malaria; el final de un incremento nunca atendido.

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Según esos datos, entre los años 2000 y 2015 la transmisión de malaria aumentó 365% en el país. En 2016 se registraron 240.613 casos, una añadido de otro 76%. Un año después las cifras se duplicaron, pues registraron más de 400.000 casos a nivel nacional para finales de 2017, con el foco más importante ubicado en el estado Bolívar, donde se localizó la mitad.

La alarma epidemiológica, en el caso de malaria, abarcó 17 estados del país (77% del territorio). Además, la Sociedad Venezolana de Salud Pública afirma que el número de municipios con transmisión activa casi se duplicó en los últimos 20 años, al pasar de 49 a 92 municipios contagiados. No es casual que el Informe Mundial de Malaria 2017 de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el más reciente, ubica a Venezuela como uno de los cuatro países en el mundo en condición de alerta, junto a Nigeria, Sedán del Sur y Yemen.

En el caso del zika, el brote más importante ocurrió en 2015. De hecho, según cifras del Instituto de Medicina Tropical de la Universidad Central de Venezuela, entre 563 y mil 400 niños nacieron en 2016 con microcefalia ocasionada por ese virus.

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En Caracas, una familia de la urbanización Simón Rodríguez aún recuerda a su abuelo de 69 que pereció producto de la infección. “A diario cada uno mataba a cinco mosquitos”, recuerda su nieta, resguardando su identidad. Luego de la pérdida familiar, hubo más conciencia. Era un asunto de vida o muerte. Por eso, y desde entonces, en tres horarios del día encienden varillas repelentes y danzan por el apartamento cual ritual sanador. Más que alejar malas energías, quieren espantar bichitos.

María Eugenia Landaeta, integrante de la Sociedad Venezolana de Infectología, advierte sobre las consecuencias de la falta de fumigación, el aumento de criaderos y el efecto de las lluvias: “se espera para los próximos meses un nuevo repunte en las epidemias”.

Su colega, el exministro de salud José Félix Oletta, expone que es necesario que el gobierno despliegue una fuerte campaña de control de vectores para disminuir en lo posible la población de mosquitos en el país. Esto incluye jornadas de fumigación y abatización, pero también de saneamiento ambiental, regularización del servicio de agua, control de botes de aguas limpias y servidas; así como una gran campaña de educación a la población.

“Se han promovido algunas jornadas regionales de fumigación, pero muy parciales, con poco impacto en el control del número de mosquitos circulantes. Esta campaña debe hacerse a nivel nacional simultáneamente, aunado a las otras medidas de control, ya que como acción aislada no tiene ninguna eficacia. Hasta ahora el gobierno no ha hecho nada que valga la pena para evitar que la proliferación de mosquitos persista como un problema de salud pública”, sentencia el experto.

Tanto Oletta como Landaeta coinciden que el gran problema de convivir con una cantidad importante de zancudos es que se perpetúan las epidemias que ya están causando graves problemas. De igual forma, afirman que será imposible controlar las enfermedades hasta que se controlen los vectores. “La necesidad de almacenar agua a la que nos vemos obligados contribuye de forma importante a la proliferación de criaderos de zancudos”, opina Landaeta.

El silencio del Estado

Las fumigaciones han disminuido. Una simple búsqueda digital en Google de noticias sobre “jornadas de fumigación” en Venezuela arroja pocos resultados recientes. Se anuncian jornadas, a propósito del inicio del año escolar, en zonas de Yaracuy, Carabobo, Bolívar, Zulia, Anzoátegui. Varias son peticiones, más que proclamas.

Reina la desinformación y la propaganda. El boletín epidemiológico nacional no se publica desde 2014 –con excepción del correspondiente a la última semana de 2016 que mostró un incremento sustancial de la mortalidad materna e infantil, y aumentos de los casos de malaria o difteria, esta última erradicada hace 24 años, y que condujo a la destitución de la ministra de salud Antonieta Caporale al día siguiente– y las cifras que reporta el Ministerio de Salud a la OPS reflejan inconsistencias.

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Además, el gobierno divulga mentiras. Por ejemplo, en una nota de prensa publicada en la web del Ministerio de Pueblos Indígenas el 25 de julio de 2018, se asegura que se administró una vacuna contra la malaria a 500 indígenas en la parroquia Aripao en el municipio Sucre del estado Bolívar, citando a María Yánez, directora del territorio comunal Valles, Sabanas y Tepuyes del Ministerio de Pueblos Indígenas.

En diciembre de 2017, el entonces ministro de Salud Luis López también aseguró que se estaba administrando tal vacuna. Pero el medicamento no existe aún.

Según el portal Cotejo.info, “el 25 de abril de 2017, la Oficina Regional de África de la Organización Mundial de la Salud anunció que la vacuna inyectable RTS,S/AS01 sería probada en 360 mil niños de entre 17 meses y cinco años de 2018 a 2020 en tres países africanos: Ghana, Kenia y Malaui, después de ocho años de pruebas en éstos y otros cuatro países del continente”. Pero la investigación certifica que el químico “sólo es útil contra la variedad P. falciparum, que responde sólo a un cuarto de los casos en Venezuela, mientras el otro 75% de la variedad es de P. vivax”.

La Organización Panamericana de la Salud, Capítulo Venezuela, asegura en su página web que “no hay ninguna vacuna autorizada contra la malaria u otro parásito humano alguno”.

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La costosa prevención

En Caracas la oferta de productos anti-mosquitos ya no es tan variada como años anteriores. En algunas farmacias se consiguen brazaletes repelentes, cremas nacionales e importadas y, en algunos comercios, espirales. Las plaquitas son más difíciles de ubicar. Todos los precios superan los dos dígitos en bolívares soberanos, siendo marcas como OFF las más costosas. Por internet pueden adquirirse también aparatos de ultrasonido. Pero nada es barato.

“No se sabe qué es peor, si la cura o la enfermedad. Porque si te enfermas de cualquiera de estas enfermedades que transmiten los zancudos los médicos te mandan a alimentarte bien y tomar acetaminofén. Creo que saldría más barato morirse”, suelta Alfonzo Piñera, gerente de una farmacia ubicada en La Candelaria.