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La crisis económica le da papita, maní, tostón al béisbol menor

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30/11/2018
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TEXTO: MABEL SARMIENTO | PORTADA: DANIEL HERNÁNDEZ

Un par de zapatos de tacos puede costar 60 dólares. Hay divisas que están cerrando categorías, pues los niños abandonan la disciplina, por la falta de alimentos y las dificultades para llegar al campo. Clímax publica este reportaje en alianza con Caracas Chronicles

En Coche, al oeste de Caracas, el zapatero Javier González ofrece reparar gratis zapatos de béisbol para que los niños puedan seguir jugando. Es un gesto heróico en favor de los aspirantes a peloteros en tiempos en que la solidaridad se ha convertido en la única manera de seguir adelante. Pero incluso con samaritanos como González tratando de mantener vivas las ligas menores, la realidad es que para muchos prospectos jóvenes el béisbol es un lujo que cada vez menos personas pueden financiar.

“Los niños necesitan medias, copas, monos, tacos, gorras, franelas, los uniformes, vitaminas, proteínas y entrenamiento a diario. Tener todos esos implementos, solo se puede con sacrificio. Por eso es que muchos abandonan la disciplina, pues ya no es fácil mantenerlos. “¿Cómo pagas pasaje a diario de la casa a la cancha? Ya no se puede”, cuenta Yuli Cáceres, quien tuvo a su hijo en la escuela de semilleros desde los tres años y medio, y ya en la etapa infantil duda en seguir, por la crisis económica del país.

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Los años dorados del béisbol venezolano llegaron a lograr un récord de 77 criollos jugando en las Grandes Ligas, pero las academias de pelota que debían conducir a prospectos de primera línea a las agencias de scouting de los equipos internacionales ahora están sin dinero y sin esperanza. ¿Quién iba pensar que querer llegar a las grandes ligas, sería otro sueño truncado por la revolución bolivariana?

Una pelota de paldin no baja de 600 bolívares soberanos, 33,33% del salario mínimo, unos tacos se consiguen en 60 dólares, 7,68 salarios mínimos. Una gorra puede costar entre 1500 y 2000 soberanos y un uniforme entre 10.000 y 15.000 soberanos.

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Deivis Acosta, entrenador de una divisa ubicada en Casalta, al oeste de Caracas, reconoce que la crisis está afectando al deporte en todos los aspectos: En el costo de los materiales, en el mantenimiento de las instalaciones y en desarrollo de los peloteritos.

Acosta pertenece a la Liga Casalta, y para mantener a flote las escuela se ocupa de casi todo para minimizar costos operativos y preservar las instalaciones: “De esta forma hay menos gasto para los representantes. Incluso si alguien va a sacar a su muchacho porque no tiene dinero para el pasaje, se lo damos. A los niños muy vulnerables se les exoneran los costos, con el propósito de que no abandonen. Por eso esto se llama equipo”.

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Lo que hace Acosta es un punto a favor del béisbol. Sin embargo, no es la misma realidad de otras divisas y escuelas de iniciación.

La academia que está en el estadio de Mampote, Guarenas, estado Miranda, no la tiene fácil. En la zona ya no llega el transporte y, por tanto, es difícil para los jugadores asistir a las prácticas o a jugar a otros estados.

El año pasado tenían cuatro categorías y, ahora, trabajan con una de 15 niños. “Antes llegaban 18 jugadores por categoría. Resulta que con la crisis se van a otras divisas, se retiran del deporte o se van del país”, dice Melvín Pellín, entrenador de la escuela de Mampote.

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Ni con sacrificios se puede

“Mi hijo iba todos los días de Caracas a Los Teques a la academia EBP. No tenemos dinero, pero hicimos sacrificios: Sacar efectivo y hacerle la comida porque en la academia ya no les estaban dando proteínas. No se podía quedar allá porque los entrenadores le dan preferencia a los que viven en otros estados más lejos. Además, no estaban viniendo los cazatalentos por los mismos problemas de traslado y la alimentación. Al final, mi hijo se tuvo que ir del país.”, cuenta Iris Blanco.

El muchacho se fue a Colombia, a buscar cancha allá, pues sueña con ser firmado en Estado Unidos.

Atrás quedaron los años de goce del béisbol, esas épocas cuando en un domingo cualquiera, en medio de un campeonato, una mamá sacaba una torta, otra una ensalada, otra una botella de refresco. O cuando al terminar el partido se iban todos a celebrar el triunfo, incluidos los perdedores.

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Esa era la forma de jugar en Venezuela. Hasta hace dos años no faltaba el autobús para trasladarlos a un estadio en otro estado y era fácil regalar las pelotas de paldín.

El béisbol, convertido en pasión desde el debut de Alfonso Carrasquel en 1939, llevó a más de 260 venezolanos a jugar en las grandes ligas. Solo en la temporada de 2012, un récord de 66 venezolanos se unieron a los equipos del norte, marca sólo superada por República Dominicana en términos de jugadores extranjeros en Estados Unidos. Y eso era porque en las escuelas y en las ligas menores había inversión y proyección, y porque eran atractivas para los cazatalentos.

Óscar Izaguirre, presidente de la Liga e integrante de la Federación de Béisbol, considera que ciertamente con la crisis actual hasta se ha modificado el sistema de las competencias: Si antes hacían 16 juegos ahora hacen ocho para reducir los costos de movilización.

Niñosbeisbol-cita1Ahora, indica, si alguno agrupaba ocho o siete categorías, puede tener cinco. Hay divisas que en vez de trabajar con pre junior y junior se quedan con una. “En el interior del país se pueden notar más estos cambios e, incluso, las modificaciones de los campeonatos, como consecuencia de la situación actual”.

Por otro lado, las agencias internacionales no están viniendo al país. Se llevan a los talentos a otras divisas como Colombia, Puerto Rico y República Dominicana.

El hijo de Iris Blanco, que está en Medellín, da fe de esa migración. “Están llegando aquí muchos talentos. Sin embargo, a los agentes se les hace difícil llevarlos al norte porque no tienen papeles”.

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Izaguirre está consciente de eso. “Todo en el país ha variado mucho, algunas escuelas en el interior han cerrado, ya los observadores no están yendo a los campeonatos nacionales a evaluar, más bien se están organizando en ligas internas y ahí manejan a sus prospectos”.

Pero la pasión sigue. Y así como Acosta, el entrenador de Casalta que da el todo por el todo para mantener activa su escuela, en la parroquia Coche, Javier González, zapatero, recibe tacos y los repara sin costo alguno con el fin de que vayan directo a la escuela, para beneficiar a algún peloterito. Por ese lado a alguien se le da un respiro, pues en Venezuela, nada es fácil de costear en medio de un proceso inflacionario, que hace mella en la pasión y en el sueño de llegar a firmar un contrato en las ligas mayores.