La decadencia de la cultura chavista

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La cultura en chavismo describe el nacimiento y la extinción de un modelo político, fundando en el proyecto mesiánico de hacer borrón y cuenta nueva.

Con motivo de su 13° aniversario, Clímax presenta la serie Deconstruyendo a Hugo Chávez

El oficialismo construyó un aparato monstruoso, un leviatán de la cultura, cuyo tamaño fue creciendo con la inyección de los petrodólares, hasta escapársela de las manos a sus creadores, cuando el dinero de Pdvsa dejó bombear plata a las principales fuentes del reparto populista.

El teniente coronel nunca se sintió cómodo entre intelectuales y pensadores críticos. La moral y la luz de los poetas opacaban el ego del comandante único. El militar sufría el complejo de inferioridad de tantos dictadores del pasado, empeñados en reescribir la historia y purgar a cualquiera capaz de desnudar su verdadero cariz de caudillo iletrado. Declara la guerra a los opositores y establece un código de censura en la revolución de la estética.

Se reescribe, en Venezuela, el concepto estalinista de Fidel en Cuba. Ahora, en el país de las vacas flacas, si usted quiere exponer debe refrendar el credo de la logia bolchevique, de la rebelión en la granja del Ministerio conducido por Ernesto Villegas, otro advenedizo empoderado. Es decir, dentro del comunismo todo; fuera de él, nada. La línea es clara en la estructura vertical del sistema nacional de redes comunitarias de la misión cultura.

El conuco bolivariano encuentra en mujiquitas y farrucos a emisarios de sus ideas fascistas en las artes, las letras, los museos, las fotografías y las películas.

En adelante, explicaremos el efecto ruinoso de las obras incompletas del socialismo del siglo XXI. Un memorial de, al menos, cinco agravios y un sinfín de impunidades no resultas por la justicia.

Farruco Sesto, arquitecto del desastre

Francisco Sesto Novas toma las riendas de Ministerio de Cultura después de la ambigua gestión de Manuel Espinoza, el pintor desdibujado por colaborar con las primeras cacerías de brujas de la inquisición roja.

Los grises años de Manuel abarcan el período de 1999 a 2003. Tiempos de escasos logros y exiguas conquistas. Por tratarse de una figura de la vieja guardia, a la nomenclatura no le sirve su tono conciliador de bajo perfil.

Después del episodio del 11 de abril, Hugo necesita de un intérprete plenamente identificado con sus propuestas golpistas. Una suerte de Dudamel de la burocracia del kitsch.

Manuel será relevado por Francisco Sesto y desde entonces se radicalizará la hegemonía cultural del chavismo, aplicando la receta del pitico y los despidos de Pdvsa en las áreas capitales del medio artístico.

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Macartismo del siglo XXI

La depuración marca su año cero con el sonado despido de Sofía Ímber, por firmar una carta en contra del antisemitismo de la neolengua del Gran Hermano de Sabaneta.

En Aló Presidente desconocen el legado de la fundadora del Museo de Arte Contemporáneo; a la postre desnaturalizado con un absurdo cambio de nombre, pasando a llamarse “Armando Reverón”. La salida de la directora de su lugar de origen como gerente de éxito, viene a secundar una ola desproporcionada de destituciones y desahucios con un impacto negativo todavía por medir.

Las víctimas de la razzia se cuenta en los gremios de la danza y la literatura; en los ámbitos de la curaduría pública y la difusión de revistas alternativas; en los predios del Teresa Carreño y el Ateneo de Valencia.

Se condena y se persigue a la disidencia. Las listas negras, a lo Tascón, devienen en procedimiento habitual de los comisarios asignados a dedo. El mérito y la experiencia carecen de valor para los afiliados a la tolda del partido. La revista Encuadre deja de circular en manos de editores condescendientes.

A Fabiola Colmenares le prohíben actuar en una obra del Celarg y participar en las producciones historicistas de la Villa del Cine. Pero apenas hablamos de la punta del iceberg. Gran parte de los excluidos abandonarán su oficio y su patria, contribuyendo con la fuga de cerebros y el desangre intelectual del país.

Elefantes blancos por doquier

A Farruco también le corresponde la infame labor de edificar parapetos y castillos en el aire al servicio de la revolución.

En Guarenas, con sus amigos, eleva la sede acristalada y amurallada de la Villa del Cine. Un negocio de los panas del Ministro, por donde desfilan los parásitos del progresismo de Hollywood, pidiendo oro a cambio de espejitos rotos como la carrera de Danny Glover, receptor de millonarios fondos para narrar en celuloide la vida de Andresote, que nunca produjo.

La Villa del Cine es insignificante por dentro y por fuera. Sus formas cuadradas y elementales albergan, de hecho, una casa productora de humo y de aire que se considera veneno para la taquilla. En ella, Farruco se manda a fabricar una adaptación costosa de su librito La Clase. La ven él y cuatro gatos.

El público no es tonto y recibe con completa indiferencia las nulidades cinematográficas de la propaganda villera, a cargo de Farruco, su rosca dulce y sus empates. Luego ejecuta el desastre de la Galería de Arte Nacional, desconectada del entorno y emplazada en una esquina hostil. Jamás llama a licitación alguna porque solo le interesa compartir el botín con los hermanos Pou, sus costillas.

Para colmo, Sesto responde por el encargo de incrustarle una quilla, de proporciones insólitas, al Panteón nacional. Tamaño disparate competirá con las obras banales de la quinta República, adjudicadas al círculo vicioso de Jorge Rodríguez y compañía. Así ven luz una ristra de cursiladas y piezas fallidas como el Cuartel de la Montaña, el Museo de Arquitectura o la remodelación urbana del centro y del oeste, al gusto de los camaradas sectarios.

Monumentos de la estatura de la fila de bustos marxistoides dispuestos en la Avenida Bolívar o del cacique Guaicapuro anabolizado de la Plaza Venezuela, en el pedestal donde tumbaron la estatua de Colón. Los escombros de un presente próximo al de la distopía de Corea del Norte.

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La estética de la rodilla en tierra

En El cuerpo dócil de la cultura, Manuel Silva Ferrer define las líneas del plan colonial de la cruzada de la izquierda endógena, alrededor de lo mediático y lo conceptual.

Según el autor, el objetivo es imponer una retícula de control en modo de panóptico invertido, obligándonos a fijar la mirada en una torre central para el estricto lucimiento del vigilante eterno.

Por ello, los mensajes alientan el fervor nacionalista inducido por la terapia de shock de los barbudos en las pantallas, en las puestas en escena, en los teatros, en los marcos. Da igual, entonces, si los filmes pierden calidad en imagen, actuación y contenido, renunciando a la búsqueda de una identidad convincente. Las cintas rememoran a la épica escolar, de hombres a caballo, con el propósito de apuntalar las campañas electorales de los soviets del PSUV.

Tampoco interesa llenar el vacío con Ferias inútiles del libro y megaexposiones de boberías amateurs. En ausencia de rigor y de sensibilidad, las nociones modernas, clásicas y vanguardistas son canceladas y asfixiadas, siendo sucedidas por réplicas, malas fotocopias y clones de dudosa procedencia.

La saturación de ruido y de esterilidad se utiliza de cortina para desviar la atención. La acumulación de farsas encubre una operación de mordaza a escala institucional.

Ruedan largometrajes proselitistas, como Bambi C4 y Abril, para luego engavetarlos. Permiten a Román Chalbaud humillarse, detrás de cámaras, a fin de instrumentarlo como emblema y pretexto de una gestión. Gastan millones en conciertos fantasmas con bandas de música mediocre.

Fichan a los zombis del rock y subsidian las giras cursis de Paul Gillman. Publican las intrascendencias del Perro y la Rana. Consideran a Picasso su camarada. Explotan el patrimonio de las colecciones heredadas de la cuarta república, mientras auspician las ingenuidades de murales de colectivos violentos, tipo la Piedrita.

Un estado islámico se cierne sobre la producción cultural de Venezuela. Es una manera de aterrorizarnos por medio del desprecio a las ideas abstractas, retadoras, originales e iconoclastas. En su lugar reina el arte del conformismo, la displicencia y el pleonasmo.

En síntesis, la dictadura mercantiliza la posverdad, el desconcierto, el fin de los relatos, el amor ciego al líder y el compromiso incondicional. Premia a Luis Britto García. Finge ignorar a Rafael Cadenas y Eugenio Montejo. Por algo VTV concibe el horror de difundir un programa de Walter Martínez, cantando tango desafinado. Kakfa le dedicaría el cuento Josefina y el pueblo de los ratones.

La resistencia ante el saqueo cultural

En los 20 años de chavismo sucedieron innumerables despojos.

A la Odalisca de Matisse la desaparecieron en el mercado negro para posteriormente desplegar un circo con la noticia de su recuperación. Incluyen a bailarinas del vientre en el paquete chileno de la repatriación de la pintura. Espectáculo del pornosocialismo. En el medio, los viejos amigos del museo denunciaron el descuido y el comercio con las obras de la colección del MAC.

Casi en paralelo el gremio se asombró al constatar el precario estado de las piezas del Museo de Ciencias, curadas con torpeza y manipulación política. Al lado de un oso disecado colocan objetos artesanales. Vaya mentalidad de chinchorro.

Las comunas recibieron un dinero extra como pago por su fidelidad con la marca de Maduro.

Hoy los dólares se extinguieron como las medicinas de las farmacias. Las dos décadas culminan con un saldo lamentable en cultura. Sin embargo, un hecho redime y le aporta un final esperanzador al relato.

Un importante sector del gremio, antes dependiente del Estado, aprendió a aguantar, a sortear los obstáculos y a echarse a andar por su cuenta, desde los espacios autónomos, libres y privados, resistiendo a las pretensiones de enmudecer, burocratizar y encadenar a las artes.

Celebremos la existencia de nuevos teatros, nuevos cineclubes, nuevas galerías, nuevas librerías, nuevas ágoras de la realidad y la virtualidad, dentro y fuera del país. Del interior al exilio, una cultura rompe con los moldes y las convenciones en una fase de transición y reconstrucción.

El futuro reside en corregir los errores, en superar el régimen de la impunidad y en apostar a la pluralidad de nuestra rica memoria colectiva.

Comunicador social. Documentalista. Productor y director de cine y televisión. Crítico audiovisual con más de dos décadas de experiencia. Docente universitario.

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