La devoción por José Gregorio Hernández Un santo sin aureola

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El único vehículo que existía en el centro de Caracas fue el que empujó al doctor José Gregorio Hernández un poco más temprano al cielo. Desde entonces inició la leyenda del hombre frágil de salud que fue médico y que en la actualidad es uno de los íconos que más representa a Venezuela en Latinoamérica, en términos religiosos.

Cuando yo era un pelao’ fui bautizado en la iglesia de la Candelaria. Más nunca vi a mis padrinos, de los cuales solo guardo fotografías de ese momento. Sin embargo, mis viejos Agustín Antonio y Viviana nos llevaban a mi hermana y a mí al mismo templo para pagarle las promesas a José Gregorio, que está allí sepultado. Mi ignorancia de niño me hacía preguntarme quién era ese y por qué la gente le traía promesas.

“Tiene mi mismo apellido”, me decía. Era mi única certeza.

Veía la misma cara en estampas, calcomanías, figuras de yeso, y su figura estaba acompaña por frases cargadas de fe y religión en la parte trasera de los autobuses, lo que me hizo entender que era un personaje importante pese a que no lo veía en las clases de historia de Venezuela, aunque sí era un tema en mi época de monaguillo.

Sí, fui monaguillo sacristán en mi infancia en una iglesia Salesiana en mi Caucagüita, donde Fungencio, el cura, nos decía que José Gregorio fue un hombre que amó mucho a Dios y que fue un excelente ciudadano, pero que por falta de milagros comprobados no era un santo oficial de la iglesia católica.

Siendo un estudiante de diseño empecé a cuestionar la iglesia católica por mil razones que ya no importan, pero siempre me pareció que ese sanador fue un verdadero ejemplo y es allí cuando empecé a registrar imágenes del doctor de los pobres.

Paisano de la región andina –mi papá era nativo de Boconó, cercano a Isnotú–, salió a la capital para ser un hombre de estudios, pero, ¿qué importa eso?  Y sí. Sí importa porque se formó como médico y quiso sanar a la gente. A pesar de que no fue su primera opción. Quería dedicarse al Derecho, pero su padre le convenció de asumir la bata blanca.

Leo que el 28 de junio de 1888, Hernández se graduó de Medicina en la Universidad Central de Venezuela y es becado para viajar a París y entrenarse en áreas que no eran bien conocidas en el país. Pasó por el laboratorio de histología de Mathias Duval donde hizo Microbiología, Histología Normal, Patología, Bacteriología y Fisiología Experimental, entre otras disciplinas.

Luego se fue a Berlín para conocer más de Histología y Anatomía patológica, además de Bacteriología. Luego volvió a Venezuela a ejercer como médico y a dar clases en la misma UCV de la que salió.

Solo tres fotos de Hernández Cisneros he visto en mi vida. Una de joven con un fino mostacho y cabello partido a la mitad; otra dónde está sobre un caballo que dicen fue realizada en la entrada de Caracas por el camino de los españoles; y la famosa imagen dónde está en traje negro camisa blanca y sombrero, con mirada tranquila y serena. Sin haber vivido en su época, son estampas de un hombre que muestra una gran paz interior.

Por mi parte, voy haciendo imágenes que registran lo que veo que la gente siente por él, la fe que el pueblo venezolano pone en sus manos. Recuerdo cuando mi viejo estaba enfermo de una pierna, algo que resultó ser no más que un desgarre muscular; no obstante, mi mamá puso en sus plegarias la salud de Agustín. Sé que mejoró porque hizo terapias, pero ella ponía en las manos del Venerable toda una esperanza latente, decidida a pagarle promesas; como posteriormente hizo.

Ese recuerdo me hace entender que somos humanos y, por más ciencia que exista, ponemos en estos seres, entidades, la solución a nuestros problemas. Eso lo respeto.

De vuelta a mi trabajo, volteo a cada rato en la calle y veo que muchos autobuses usan frases relacionadas al médico andino, así como su foto con sombrero negro. ¿Qué tan importante ha sido este hombre para esta nación, que murió hace 100 años y hoy es un ser de otro nivel?

Lo veo en todos lados, en la cartera de los viejos, en grafitis y en altares, velas que se prenden y se derriten al mando de una oración, arrimado junto a muñecos de yeso del Negro Primero, Guaicaipuro y María Lionza, una práctica muy venezolana, un sincretismo, que también lo ha alejado del pedestal reservado a los santos reconocidos en Roma. Pero no estamos en el Vaticano sino en la nación de las mezclas. ¿Qué más venezolano que eso?

Pero José Gregorio era católico, ferviente. Quiso dedicarse a la vida religiosa a partir de 1907, logrando el beneplácito del entonces arzobispo de Caracas, monseñor Juan Bautista Castro, al recomendarlo para la Orden de San Bruno en La Cartuja de Farneta, Italia. En 1908, es admitido en el monasterio de clausura, tomando el nombre de Hermano Marcelo. Pero regresó a Venezuela enfermo y sin completar más que nueve meses de formación religiosa.

La historia se repetiría tres años después. Otro intento por asumir la sotana, y otra enfermedad que lo hizo abandonarlo.

En la iglesia de la Candelaria me encuentro con Albertina Terán, de 79 años. Me cuenta que ya cumple 15 desde que fue operada de un cáncer de mama. Entonces, puso toda su fe en “Goyito”, su santo, y aunque los médicos le dijeron que era riesgosa la intervención, ella estaba segura que el doctor de los pobres la curaría. Ahora no deja de acudir al templo a ponerle velas.

Unas de las cosas más comunes son esos buses que tienen su fulana calcomanía de “El Venerable”. Uno de esos es el de Eugenio López, que cruza Caracas mostrando al bigotudo.

En un recorrido entre Chacao y hasta La California, el conductor me contaba que sale de su casa a las 5 de la mañana al mando de su unidaddesde el puente Baloa de Petare, con dirección a La Pastora, y siempre pone su seguridad en manos del santo médico. Antes salía a trabajar a las 4 de la mañana, pero “con esta crisis ahora salgo más tarde. Él siempre me cuida, aunque igual debo cuidarme yo”.

Eugenio es un católico optimista. “Algún día tendré el milagro de ponerlo en el altar”. Antes le tiene un encargo, un milagrito que ojalá no requiera pasar por filtros vaticanos para verse cumplido: “Tengo dos hijos fuera del país y una de las cosas que le pido es que la cosa mejore para que vuelvan mis muchachos. Sé que él me va a hacer ese favor”.

José Gregorio Hernández trabajó como médico en el Hospital Vargas de Caracas. Por sus pasillos caminó ataviado con bata blanca, atendiendo enfermos. Hasta allí llevó el primer microscopio que existió en Venezuela, un pionero. ¿A cuántos pacientes vio aquí y a cuántos atendió antes de morir?

El recinto guarda en su interior un encanto muy de antaño, propicio para imaginar esas interrogantes sin respuesta, viajar a otro tiempo, pensar en cuando el lugar estaría en mejores condiciones incluso que más de un siglo y millones de barriles de petróleo después. Me pregunto incluso qué más hubiera hecho José Gregorio por su gente y la medicina si no hubiera sido atropellado por ese vehículo que lo empujó a la acera, cuyo canto le partió la cabeza en la esquina de Amadores, en La Pastora.

Luis Contreras lo ha estado pintando desde hace 30 años por un milagro que le hizo y me comenta conmovido que si no fuera por José Gregorio no pudiera contar su testimonio. “Casi muero en un accidente en la Panamericana hace 30 años el día que nació mi hija. Yo iba para la maternidad muy apurado por los dolores de parto de mi mujer y me encontré de frente con un jeep. Mi familia le pidió al doctor Hernández y él me salvó la vida”, expresa. “Pinto por hobbie, lo hago desde que me recuperé por completo”.

Si algo tengo seguro es que esta Venezuela triste y acongojada por tantos problemas, necesita muchísimos José Gregorio, no para que seamos santos sino para intentar ser ejemplares como ciudadanos, donde no nos interesen tanto las individualidades y en su lugar buscar el desarrollo colectivo que muchos políticos han prometido y no tenemos.

Comunicador visual egresado de la Escuela de Artes Visuales Cristóbal Rojas en las menciones Diseño Gráfico y Fotografía. Cuenta con 18 años de experiencia en la fotografía documental y fotoperiodística. Trabajó en la extinta Cadena Capriles y participó del especial OLP: La máscara del terror oficial en Venezuela, de Runrunes. En El Estímulo y sus marcas logró ser por dos años consecutivo merecedor del Premio a la Excelencia Periodística de la Sociedad Interamericana de Prensa. Además, desarrolla un seriado de ilustraciones editoriales con carácter crítico relacionado a la Venezuela de la actualidad, que fue expuesto en la colectiva República Colapsada Vol. 2, en New York en 2017.

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