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La generación 2000 busca su identidad

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12/05/2017
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COMPOSICIÓN FOTOGRÁFICA: IVÁN ZAMBRANO

Este año se gradúa de bachiller la generación nacida en el 2000. Dueños de su tiempo histórico, los adolescentes que conforman esta cohorte se plantean preguntas entre existenciales y nihilistas. Se saben parte de procesos tan complicados como irresolutos en un país que acorta opciones y no brinda oportunidades más allá de las establecidas en el sistema de educación. La esperanza, sin embargo, en los muchachos nunca se pierde

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La adolescencia es la época del coqueteo: probar diferentes opciones, descubrir la preferida. Pero la teoría choca con la realidad. Son muchos los chamos que se sienten ahorcados por un entorno que los presiona a tomar decisiones transcendentales: ¿qué hacer el resto de su vida? ¿Irse o quedarse en el país? ¿Están listos para escoger caminos definitivos? Lejos de darles espacio para responder, padres y maestros les imponen sus creencias y conceptos.

Este año está por graduarse de bachiller en Venezuela una buena parte de la generación 2000. Esa que nació bajo un gobierno que hasta borró lo que se suponía que era la clase media. Si las generaciones anteriores tuvieron que enfrentar a los prejuicios de los adultos, la 2000 afronta además a un país en el que comer se ha convertido en un problema.

Julieta Bello estudia quinto año en el Ilustre Americano de Los Teques, un colegio privado pero accesible. Cada día, al salir de clases, hace un viaje de dos horas a Caracas para practicar ballet. Luego, viaja dos horas de retorno y llega a casa a las 9:00 pm a hacer tarea. Al día siguiente, se despierta a las 5:00 am. Está por graduarse y solo tiene algo claro: “Sería feliz si en el futuro bailara, hiciera teatro. Ese es mi éxtasis total”. Pero eso no lo entienden en su entorno. “Me siento demasiado presionada, por los profesores más que todo. También porque en mi familia la mayoría de mis tías son así como que ‘tienes que sacar una carrera, tienes que ser doctor’. Yo siento que mucha gente me cree inteligente o, no sé, madura, esperan de mí algo más: que sea abogada, médico. Como que tienen mucha expectativa en mí”.

Uno de los pocos compañeros con los que puede conversar sobre esa presión es Héctor Landaez. Desde hace cinco años padece diabetes, por lo que empezó a nadar. Hizo de la piscina una pasión de la que no quiere vivir, pero que le ha dado momentos aleccionadores. Y si algo lamenta es las pocas opciones que tanto su ciudad como la crisis le dan para descubrirse a sí mismo: “El perfecto ejemplo es que para hacer lo que me gusta tenía que gastar seis horas de viaje en ir y venir a la piscina. Y los sitios donde se imparte lo que me gusta son lugares reducidos, donde no hay el nivel necesario. Nosotros no tenemos la oportunidad de coquetear con todo ese montón de oportunidades que quisiéramos, porque los jóvenes de familias más adineradas tienen la facilidad de decirle a su mamá: ‘Quiero aprender a tocar guitarra, cómpramela’, y su mamá a los dos días se la va a comprar. Con nosotros no es lo mismo. Si tu mamá te compra la guitarra, así no te guste, tienes que aprender a tocarla, por todo el esfuerzo que hizo para comprarla. Lo mismo pasa con las universidades. Estudias un semestre en la Metropolitana y le dices: ‘No, mamá, no me gusta. Méteme en la Santa María’. En cambio, si mi mamá me paga la Metropolitana, siento el deber de terminar la carrera porque está haciendo el esfuerzo de pagarla”.

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Profesores sin vocación

Los profesores son guías que deben ayudar a sus pupilos a descubrirse a sí mismos. Y la cátedra debería ofrecer múltiples opciones para tal fin. Pero en la mayoría de las aulas solo sucede un choque entre docentes desmotivados y alumnos aburridos.

Sentadas sobre la mesa de un centro comercial, Mayerling Paruta, Yulimar Monrroy y Angélica López —alumnas del liceo público Profesor Boris Bossio Vivas— miran el piso: aunque el año que viene tendrán edad para votar, no conocen las diferencias entre izquierda y derecha en política. Yulimar se queja de lo poco que estudian los movimientos recientes de la literatura. Tampoco le han dicho para qué le va a servir en la vida el teorema de Pitágoras. Y, pese a que las tres están haciendo tesis, solo Mayerling tiene un asomo de idea de lo qué es el método científico. Entonces, masajeándose las sienes, Yulimar comenta que las vivencias entre compañeros son lo que más la ha ayudado a formarse. Mayerling reflexiona:

—Pienso que las experiencias fuera del aula te ayudan. Tienes una discusión con un compañero y aprendes a respetar las opiniones de los demás, a defenderte, a tener una opinión sobre ti y saber que no siempre tienes la razón.

“El sistema educativo no me ayuda sino a estar con otros alumnos. La convivencia, estar cinco años con otra gente. Las experiencias que he vivido me han ayudado a madurar. Pero el sistema educativo, no. Todo lo contrario, te desmotiva muchísimo”, dice Héctor, también estudiante de Ilustre Americano. Samhanta Roa comparte salones y recreos con Héctor y Julieta. Se le dilatan las pupilas hablando de rock y Stephen King. Todo lo contrario a cuando le mencionan el liceo. “Muchos profesores están dándonos clases porque no consiguieron otro empleo. Mi profesora de Castellano, Yuleimy, lee el libro, escribe lo que está en el libro y lo redacta mal. Ella es una falta de respeto al castellano”, se horroriza.

“Muchas veces he conseguido las clases de la tipa en posts de Taringa”, explica Héctor y procede a criticar una estructura educativa que poco atiende las necesidades de los alumnos:

—Poniendo el ejemplo de bailar, por más que a ti te guste bailar, y lo intentas, igual se te va a hacer difícil. Imagínate aprender a bailar sin que te guste, solo porque la gente te lo dice. Es el doble de complicado. Lo mismo pasa con lo que nos están enseñando en el liceo, nos lo dan porque nos dicen que tenemos que aprenderlo, pero no nos gusta. Lo estamos haciendo porque hay que graduarse para estudiar en la universidad, porque tienes que hacer dinero.

—Lo cual a mí me parece que fomenta la mediocridad. Yo hice un trabajo de matemáticas y a mí no me molesta vendérselo a alguien más, porque yo entiendo que a ti no te gustan las matemáticas, que lo que tú necesitas es tener un título para poder hacer lo que te gusta después; pero es injusto, inadecuado, es una trampa. Nos está dañando que nos den algo que no nos interesa —responde Samhanta.

—Desde el colegio debería haber más oportunidades para experimentar, más actividades: como carpintería, idiomas. Y debería haber más lugares serios que den las actividades bien. Y a nivel social, tratar de cambiar ese cliché de que a tal edad tienes que tomar la decisión de a qué dedicarte porque si no tu vida no va a servir para nada —interviene Julieta.

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Diferencias con los padres

A los chicos les exigen decisiones contundentes, pero ni padres ni maestros los tratan como adultos. Viven entre contradicciones.

—Mi papá me trata como a un bebé. No quiere que yo crezca. Mi mamá siempre me permite probar las cosas que yo quiera y decidir; mi papá, no. Incluso yo le digo: “Papá, quiero trabajar”. Y me dice que no. La única forma de que me deje trabajar es que le diga que no voy a estudiar en ninguna universidad y ahí me voy a tener que mantener yo —dice Samhanta.

—En mi caso, mi mamá me quiere ver siendo exitoso, pero como que no quiere vivir ese período de transición —comenta Héctor.

El cénit de la dicotomía llega cuando algunos padres tratan de forzarlos por caminos que no les apetecen.

—Una persona que tenga mucho dinero no va a sentir la presión de tener que independizarse, porque sus papás lo van a mantener. Pero una persona de poco dinero quizás sienta esa presión un poco antes. Y probablemente por esa presión comience a hacer algo que no le guste, pero que le dé dinero —opina Samhanta.

La generación 2000 se siente confundida. “A los políticos de aquí solo les importa ganar dinero, no creo que tengan vocación”, comenta Julieta. “Si tuvieran vocación no estuviéramos como estamos”, agrega Samhanta. Aun así, ambas coinciden en que muchas veces reciben el mensaje de que importa más el dinero que hacer lo que les apasiona. Es decir, seguir el camino que hace años escogieron quienes llevan las riendas del país. Héctor quiere estudiar Psicología y sus tíos se burlan de él: auguran que morirá de hambre.

Prachi Lalwani Mirchandani vive en San Antonio de Los Altos. Junto a su mellizo, estudia en Los Hipocampitos, un colegio tan demandado como costoso. Pese a eso, la calidad también deja que desear. “Ahorita los profesores solo te enseñan para pasar. Uno estudia solo para pasar, no porque quieres aprender”, asegura quien ya descubrió lo que más le gusta: “Yo estaba en tercer año. Un día llegaron unas personas a mi colegio, que dijeron que estaban estudiando Estudios Internacionales y nos mostraron su proyecto. Y lo amé demasiado”.

Sin embargo, tuvo que negociar: “Además de agradar a ellos —padres y profesores—, me tengo que agradar a mí. Y ya encontré ese equilibrio con mi mamá. Ella quería tipo carrera de medicina, cosas que te dieran dinero. A mí también me gustaba la medicina, pero me di cuenta de que con ella sí puedo ayudar a las personas, pero no de la manera que yo deseo. Le di mi opinión a mi mamá y ella me apoyó. Al final yo sé que si hago lo que me gusta, y estudio lo que quiero estudiar, me va a generar dinero. Y todo en la vida no es el dinero, para mí hay otras cosas importantes”.

En el aula de Prachi hay 25 alumnos, de los cuales 23 se irán del país al graduarse: solo se quedarán ella y su hermano. “Sé a lo que quiero llegar, sé cuál es mi enfoque. No me quiero ir por otras cosas que no me llevan adonde yo quiero llegar”, dice.

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Algo de suerte

Lo repiten profesores del Colegio San Ignacio de Loyola: “hacía tiempo que no tenían una generación tan destacada”. Los estudiantes de quinto se expresan con criterio propio. Dos cosas los diferencian de los otros alumnos entrevistados. Primero, la mayoría nació en 1999: lo normal en San Ignacio es graduarse con 18 años. Segundo, revisan el celular cada tres minutos: todos tienen smartphones.

—Quinto ha sido el año de las preguntas: las de los demás, las tuyas, las dudas… ha sido un año en el que yo me he planteado, más allá de lo que quiera estudiar, ¿cuál es la visión que tengo de mi vida? Lo que me he puesto a pensar es en ser relevante, en lograr trascender en lo que me proponga. Indiferentemente a la decisión que tome, o lo que logre hacer a lo largo del tiempo, si mi rumbo cambia, o cambio de carrera o cambio de estilo de vida, en verdad lo que me importa es primero ser feliz y, segundo, ser alguien competente —confiesa Valentina García.

—Al momento de escoger una carrera siempre me pregunto: ¿con qué voy a ser feliz? Porque nadie va a ser miserable haciendo lo que quiere. Y yo creo que eso es un poco lo que esta generación está buscando. No es tanto si vas a ser médico o abogado, es que si te gusta tomarle fotos a palmeras, tú vas a encontrar la forma de vivir de eso. Tú vas a innovar cuando estés haciendo algo que te apasiona —opina Carmela Iriberren.

Valentina y Carmela se consideran parte de una clase social media alta y pertenecen a un colegio cuya oferta extracurricular les permite explorar diversos oficios, artes y deportes, sin salir de la institución. Asimismo, coinciden en que sus padres los hacen tomar consciencia de que ellos mismos deben decidir qué caminos escoger en su vida.

—Yo creo que en lo que no me ha preparado académicamente mi colegio, me ha preparado en la idea de volverme una persona. Sin mi colegio, yo no podría tomar las decisiones que tomo. Me ha inculcado un sentido de moralidad, y de pensamiento crítico, que hoy día me define  —dice Jorge Bello, quien tiene una beca en la Universidad de Loyola Chicago y fue aceptado en la Universidad de Boston.

—Pocas veces he visto profesores que no quieran estar aquí en verdad. Es un sentimiento de arraigo, de amor al colegio: de formar a los estudiantes, de enseñar. Las personas no solo necesitan una formación académica, sino humana. Sí hay esa pasión de los profesores de ponerle amor a las clases, de que en verdad nosotros entendamos y de que podamos formar nuestro propio sistema de ideas —agrega Valentina.

Alrededor del 75% de los graduandos se irá del país al recibir el título. Muchos, eso sí, planean regresar.

Hay gente que nada más conoce la realidad que está viviendo. Por eso tomé la decisión de irme un año a Bélgica, de aprender un tercer idioma, otra cultura. Yo recomendaría a todas las personas, que tengan la posibilidad, irse a vivir a otro país uno o dos años, simplemente para aprender otra cosa diferente a la que han vivido, y transmitir allá esos pensamientos y que ellos te transmitan los tuyos, para que cuando llegues a Venezuela tengamos los pensamientos de diferentes países que hayamos conocido —recomienda Jorge Foyo.

Por las expresiones, ojos y ademanes, estos jóvenes muestran mundos distintos, condicionados por problemas similares. Algunas miradas piden que las dejen de avasallar con un futuro que se antoja distante, si se le compara con las vicisitudes que enfrentan en el presente. En un país lleno de represión y censura, los adolescentes desean escoger su propio camino.