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La gula no preescribe

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No son días auspiciosos en Venezuela para quienes disfrutan del buen yantar. Pero está claro que los placeres no prescriben, hacen de lo poco mucho, no los encarcelan gobiernos, no sucumben a humillaciones ni tristezas

La “crisis” es un polvillo fino que se cuela por todos los intersticios de nuestra vida. Escasez e inflación llegan a los sueños. Encuentra una guillotina cuando la imaginación propone tierras extranjeras. Pero no hay escape: comemos para vivir, vivimos para comer, comemos hablando de comida. Todos deseamos seguir comiendo gustosamente, contra viento y marea, dentro o fuera de casa. Con poco o mucho. El placer tiene secretos, caminos verdes, compensaciones ajenas al conformismo.

Una vez hecha la cola, superada la humillación de dar vueltas en busca de productos básicos o refinados, la cocina es oasis. Una vez tragada la rabia de los tiempos que nos obligan a vivir, arepa o risotto, vino o cerveza, saben a gloria. La reunión en torno a una mesa obra la bendición de pequeños y necesarios olvidos, rescata la relatividad de las precariedades, la sacralidad de todo instante.

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Un joven historiador comenta que habría que proponer a don Armando Scannone un nuevo libro. Algo así como Mi cocina con lo que hay. Pero no. De plano es una utopía. Lo que hay aquí no lo hay más allá, el hoy no es mañana. La memoria de los libros de Scannone son una forma de resistencia.

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Hay una queja extendida: de incontables restaurantes se sale con las cuerdas vocales inflamadas. No son culpables comida o bebidas frías. A los diseñadores y/o arquitectos se les escapa el acondicionamiento sonoro. Los platillos se deslizan entre gritos. El bullicio es tal que los comensales de una misma mesa no se escuchan, pero terminan enterándose de sofocantes detalles del divorcio de una mujer dos mesas más allá. Mejor no recordar largas mesas con viejas amigas, compañeros de trabajo o grupetes en torno a un cumpleaños. Claro, los sistemas para regular el sonido pueden ser costosos y el presupuesto de un negocio restaurador apenas rinde hoy para sostener ciertas rutinas, el menú, la calidad. Es de agradecer la persistencia de los restaurantes, su valentía, sus maneras de resistir.

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Es soto voce el hartazgo de comer perros calientes junto a una alcantarilla, de pie, en medio de la velocidad de las calles y el hampa. Si bien la popularización del hot dog ocurrió en el siglo XIX gracias a un carrito apostado en las playas del neoyorkino Coney Island, nada indica que la tradición no pueda remozarse, que lo peor de lo urbano sea identidad asumida por obligación.

En Maracaibo, por ejemplo, muchos carritos de perros calientes cuentan con mesas y sillas, pero siempre entre los hedores de la calle. Plumrose ha instalado locales en centros comerciales donde es posible una degustación menos rápida, como también la ofrece Crema Paraíso desde hace décadas.

Consulté en Twitter sobre perros calientes gourmet en Caracas —tal como hay hamburguesas— y la periodista gastronómica Zinnia Martínez  ofreció en un principio dos datos callejeros: un carrito llamado el “Mechiperro” (entre 5ta y 6ta transversal de Altamira),que cambia la salchicha tradicional por carne mechada sofrita. Luego mencionó otro puesto ambulante detrás del centro comercial El Tolón, donde el embutido dialoga con champiñones fileteados. Finalmente, Martínez regaló un datazo: La Casa Bistró (3ra avenida con 4ta transversal de Los Palos Grandes), donde oficia el chef Francisco Abenante, incluye entre sus delicias perros calientes con salchichas y panes hechos en casa. ¡Y en mesa muy bien servida!

Valga la reflexión para que algún emprendedor haga posible un local especializado en perros calientes gourmets, con mesas, sillas, baños y comodidades a agradecer.

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«Las aves, por ejemplo, limitan el número de huevos, o incluso dejan de aparearse, en épocas de escasez. Concentran todos sus esfuerzos en mantenerse vivas hasta que los tiempos mejoran. En cambio los seres humanos tienen la esperanza de meter su alma en otro, de crear una nueva versión de sí mismos y vivir así eternamente.» (Margaret Atwood)