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La iglesia neogótica construida a centavos en San Martín

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29/07/2017
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PORTADA: HAROLD ESCALONA | FOTOGRAFÍAS DENTRO DEL TEXTO: ANDREA TOSTA

450 años de existencia son motivo de celebración en medio de homicidios e impunidad. También de exaltación a una Caracas olvidada, disponible para quien se atreva a conocerla. En la esquina de San Juan de San Martín se alza una de las pocas estructuras neogóticas de la ciudad y del país: la iglesia de Nuestra Señora de Lourdes, con más de 25 vitrales y una fachada que rompe con la monotonía de los edificios que la rodean 

No hay forma de que la iglesia Nuestra Señora de Lourdes pase desapercibida. Su grandeza color beige despunta entre las parcas viviendas de la avenida San Martín, a pesar de que un elevado instalado en diciembre de 2014 impida sus vistas panorámicas desde la lejanía. En la parroquia San Juan se erige la única edificación neogótica en honor a Dios que existe en el oeste de Caracas.

Los feligreses de la zona lo saben. Se jactan de acudir a un templo de características únicas, con una confección que tomó años de laboriosidad, de una belleza arquitectónica indiscutible. Entrar a El Guarataro implica admirar la estructura de cemento y ladrillos que alcanza 38 metros de alto. Es natural que el individuo se sienta pequeño a su lado, tal como sucede con el arte gótico. Luego de las rejas que protegen su perímetro de la inseguridad, tres puertas de madera reciben al público. Su fachada ostenta vitrales alargados y un rosetón, dos torres con sus respectivos balaústres que las soportan, ornatos esculpidos en forma de flor –florones-, agujas y un pináculo.

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Muchos desconocen que la edificación no tiene siquiera un siglo de creación. En 1922 el sector Palo Grande era una zona prácticamente inhóspita. Varios sacerdotes de la congregación francesa Hijos de María Inmaculada establecieron su residencia en la última cuadra habitada para entonces de aquella área, al oeste de Caracas. La intención de atender espiritualmente la barriada ya marginada de El Guarataro era imperiosa. También, la necesidad de levantar una capilla.

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La vena artística del padre Augusto Pavageau aún es palpable. Pasó horas estudiando el Diccionnaire Raisonné de l’Architecture Francaise du XIe. Au XVIe. Siécle, de Eugene-Emmanuel Viollet-le-Duc, reconocido arquitecto francés del renacer gótico. Trazó bocetos de diversas creaciones artísticas que derivaron en un proyecto de proporciones ambiciosas y atrevidas para la época. El 8 de diciembre de 1924 se ofició la primera misa entre paredes de cemento, ventanas sin vidrios y un techo de madera destinado a desaparecer para dar paso a las bóvedas actuales. El Guarataro no tendría una capilla dotada de todo su inmobiliario sino doce años después. En 1957, el templo recibe el nombre que hoy ostenta, en honor a sus fundadores.

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Fruto de fe

Corre la leyenda urbana de que se construyó “a punta de centavos” que la comunidad donó para su cimentación. No se equivoca. Es uno de los tantos aspectos que la distingue de las grandes iglesias del casco histórico de la capital. El padre José Calver se encargó de la dirección del proyecto y de la recolección de sus fondos. Con él nace “la obra del centavo”. Se designaron voluntarios hombres y mujeres bajo la figura de tesoreros, que debían formar una lista de diez personas cada uno. Estos fueron llamados celadores, quienes a su vez debieron buscar otros diez individuos –suscriptores- comprometidos a contribuir con un centavo a la semana. Fue una cadena insuficiente pero novedosa que se complementó con la venta de rifas, veladas y comercializaciones.

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Se fue llenando la busaca y moneda a moneda se logró levantar una nave central de 8 metros de ancho y dos laterales, ambas de 4 metros de ancho. En la derecha, un Cristo con los brazos abiertos invita a la oración en un pequeño santuario ubicado bajo arcos adornados. En la izquierda, se encuentra San José con un pequeño niño Jesús de Nazareth en brazos. Una figura de la patrona de la iglesia lo antecede con su altar propio, instalado por los miembros actuales de la parroquia adornado con dos banderas –una de Venezuela y otra de Portugal.

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25 vitrales adornan las paredes. Los halos de luz se cuelan entre cristales de colores que cumplen una función estética y a la vez didáctica. Allí se plasman escenas y personajes del Nuevo Testamento, como la aparición de la Virgen a Bernadette Soubirous -religiosa francesa canonizada- en Lourdes, al sur de Francia. Desde los bancos de madera se deleita la vista, mientras se eleva el pensamiento hacia Dios. El altar mayor está hecho de mármol de Carrara proveniente de Italia que se incorporó a la capilla en 1950. Tiene tres nichos en los que reposan efigies de Nuestra Señora de Lourdes, en el superior, y San Joaquín y Santa Ana, padres de la Virgen, en los laterales. La estructura tiene grietas, huellas del terremoto de Caracas de 1967.

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El oído también se cautiva con el sonar de las campanas. El templo tiene cuatro, una de ellas donada por el general Juan Vicente Gómez. El resto proviene de Annecy-le-Vieux, al sureste de Francia. Y bajo las telarañas y el polvo reposa un órgano portátil de la firma Debierre Gloton & Successeurs, cuya música alguna vez retumbó en el pecho de los devotos. Ahora descansa en silencio.

El oratorio es Monumento Histórico Nacional desde el 2 de agosto de 1960. Una declaratoria presidencial les dio cabida a todas las iglesias y capillas, terminadas o no, para evitar su destrucción. Hoy, es santuario de sanación. Cada 11 de febrero desfilan aquejados y sus familiares por sus pasillos, con la esperanza de sanar sus dolencias invocando sus milagros. La misa de la unción de los enfermos es propia de su festividad, que coincide con la Jornada Mundial del Enfermo instituida por el papa Juan Pablo II. Es característica, incluso.

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Nuestra Señora de Lourdes es la patrona de quienes sufren. Durante Semana Santa también se ofician misas para la curación. “Sí debe haber si vienen tantas personas para acá. No se ha visto a la Virgen escarchada ni llorando ni nada de eso, pero de que hay sanación, hay sanación, solo que no visible”, afirma Yanet, una devota de 44 años.

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Sin dolientes

La iglesia Nuestra Señora de Lourdes tiene filtraciones que ponen en jaque su infraestructura. Manchas oscuras recorren sus altas paredes por dentro, sin responsables del Estado que se hagan cargo. Quienes la frecuentan solo recuerdan que hace dos décadas se pintó su fachada ornamentada, actualmente agrietada y desconchada. Quienes hacen vida parroquial allí se encargan de preservarla entre el smog y la indiferencia. Son los encargados de barrer la basura y las hojas, y cerrar las puertas cuando no hay eucaristía.

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La edificación solo está abierta al público de lunes a sábado a las 7 de la mañana y a las 5:30 de la tarde, momentos en los que se oficia misa. Los domingos también se celebra la resurrección de Cristo a las 10 de la mañana. Son medidas que se tomaron para salvaguardarla. Una de las puertas laterales tiene vestigios de forcejeos. La autoridad uniformada es una entelequia. “Y eso que tenemos la jefatura cerca. Solo ves policías pasando en moto por el elevado ese que nos afeó la vista”, se queja Diana, quien ronda sus cincuenta años. Se ha enterado de que los padres que duermen en la casa parroquial contigua a la iglesia han sido atracados apenas cruzando la avenida San Martín. La inseguridad campea en la oscuridad, pues tres de cuatro faros que deberían iluminar el área carecen de bombillos.

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Desde cigarrillos detallados hasta carreras en mototaxis se ofertan en sus alrededores y en la Plaza Italia, justo frente al templo. Sus jardineras son hogar de indigentes nómadas, que cuelgan sus ropas en las rejas, para secarlas al sol, y hacen fogatas para darse calor en las tardes y en las noches. El olor a quemado inunda el recinto y molesta la nariz de quienes buscan la paz del Señor.

La iglesia Nuestra Señora de Lourdes es un joya difuminada en el desgaste de la esquina de Palo Grande, y de la propia Caracas, pero que la comunidad no está dispuesta a dejar perder. El próximo 17 de septiembre se celebran 60 años de la conformación de la congregación que le dio nombre al lugar. Unos banderines azul claro que decoran el interior del recinto anuncian la buena nueva. No hay hampa que detenga la venida del Señor.