Newsletter

Recibe nuestro Newsletter con lo mejor de El Estímulo en tu inbox a primera hora cada día.

SÍGUENOS

La metrobodega, un negocio rentable

Untitled-2
03/10/2017
|
FOTOGRAFÍAS: ANTONIO HERNÁNDEZ

El Metro de Caracas identificó en 2016 a 932 personas que ejercen la economía informal repartidas en las 48 estaciones del sistema, pero la fauna del subterráneo es diversa. Están los que despliegan algún talento y los que simplemente piden. Todos son un problema: afectan la calidad del servicio. Su número sigue en aumento, bajo la mirada cómplice de la policía

Cuentan frenéticamente dinero. Billetes de 50, 100 y hasta 1.000 bolívares se deslizan rápidamente entre sus dedos. Son al menos 20 –incluyendo niños– sentados en el andén de la estación Petare del Metro de Caracas. Están a sus anchas, como quienes se saben dueños del sitio. Junto a ellos, sobre el piso antirresbalante están las cajas abiertas con la chuchería que aún no han vendido: chupetas Fresy Pop, barriletes –grandes y pequeños–, Cocosette… La mercancía varía; depende de lo que haya ese día en la confitería.

No todos son vendedores: uno carga un cuatro, una niña unas maracas y otro simplemente unas muletas –tiene una pierna enyesada desde el pie hasta más arriba de la rodilla. La práctica de la mendicidad y la buhonería está prohibida dentro de las instalaciones del sistema. Al menos eso dicen las normas que insistentemente se repiten por los altoparlantes de las estaciones, esas a las que nadie parece prestar atención.

foto-metrobodega-2

Cita-5-metrobodega

Petare es el centro de reuniones. Donde hacen cola hasta que llega el momento de subirse al próximo tren. Los vendedores informales del Metro tienen un sistema: llegan hasta Petare, se bajan y allí aguardan por orden de llegada que les toque hacer su siguiente vuelta. Se suben de dos en dos. Pero no empiezan a ofrecer sus productos enseguida. Hay que esperar unos minutos hasta que su compañero haya llegado al final del tren. Entonces comienza una retahíla ya conocida:

“Una Venezuela activa y educada que me regale los buenos días”. Es la metrobodega. Esa que se aprovecha de un público cautivo que está ansioso –y hambriento– por llegar a su destino. Pero, ¿a quién le va mejor en el subterráneo: al que canta, al que vende o al que simplemente pide?

metrobodega-4

“A los que mendigan les va mejor porque no invierten nada”, dice uno de los hombres repantigados en la estación. Tiene al lado un bastón y una bolsa llena de dinero y dulces. No para de contar el dinero mientras habla o saluda. “Uno trabaja aquí para ganarse la vida. Tengo 20 años en esto. Somos más o menos los mismos, o los hijos de los viejos. Paso todo el día aquí, hasta que haga suficiente dinero para mi comida”. La mayoría dice que trabaja hasta que tiene lo necesario para alimentarse. Calculan un margen de ganancia de 30.000 a 40.000 bolívares diarios –con el aumento anunciado por Maduro el 7 de septiembre, un trabajador formal que cobre sueldo mínimo percibirá al día 4.551,47 bolívares. “La lógica es que uno le saca a la bolsa la mitad de lo que te costó. Si la bolsa de caramelos cuesta 6.000 bolívares, nosotros le ganamos 3.000”, explica un joven de 17 años de edad, que ya lleva tres años ganándose la vida bajo tierra. No estudia, abandonó el bachillerato en tercer año y en el Metro hace “lo que sea”. A veces canta, otras vende.

metrobodega-2

Cita-4-metrobodega

Aparece entonces el joven con el cuatro en una mano y una bolsa de pan en la otra. Recuerda que comenzó a trabajar en el sistema cuando empezó la crisis, lo que él asocia con la muerte de Hugo Chávez. “Aprendí a tocar el cuatro viendo, no tuve una educación formal en música. Empiezo a las 10:00 am y me quedo hasta las 5:00 pm. Sí hago plata porque no invierto nada”. Primero dice que al día hace 15.000 bolívares, pero luego rectifica y reconoce que eso es lo que gana en una sola vuelta. La vuelta normal –de Propatria a Propatria– puede demorar 1 hora con 15 minutos; si el hombre del cuatro pasa siete horas en el sistema, saque usted sus cuentas.

Con la inflación más alta en la historia moderna del país –la Asamblea Nacional calculó la de agosto en 33,7%– nada de lo que logran recaudar les parece suficiente. “Si te ganas 20.000 bolívares, vas a la bodega y entre un kilo de arroz y el salado te lo gastas todo y hasta tienes que poner algo más”, se defiende otro comerciante informal mientras balancea una cajita de chucherías.

De todo hay

Los pedigüeños son peculiares. Hay un ciego –siempre empujado por alguien más– que se lleva a todos los usuarios por delante en su recorrido por el tren, una mujer con un gato en el morral que dice haber recibido un tiro y pide para comer; un moreno que asegura recién haber salido de la cárcel, necesitar dinero para completar un pasaje a Maturín y termina todas sus oraciones con el vocativo “varón”; un joven que dice sufrir ataques de epilepsia y estar reuniendo para comprar fenobarbital que, además, pide asiento y pone a su vecino a contarle el dinero; y los ocasionales que aparecen de cuando en cuando alegando que tienen a algún familiar hospitalizado.

metrobodega-5

Cita-3-metrobodega

Una de esas tardes a Enver Palacio le tocó unirse al grupo de los ocasionales. “Señores, ante todo, mis más sinceras disculpas. Mi intención no es incomodarlos, pero tengo una urgencia, así que hago un llamado a sus corazones”, comienza su discurso. A Enver le dieron un tiro en febrero y desde entonces utiliza bolsas de colostomía. Explica que el Metro es su último recurso, del que se vale cuando ya le hacen falta menos bolívares para comprar el insumo. Las bolsas de colostomía valen entre 14 y 20 mil bolívares y le faltaban 8 mil para completar la suya. “Debo cambiarla cada seis u ocho días, una vez inventé yo unas de manera artesanal y sufrí un prolapso. Así que recurro a esto cuando ya no puedo más, anoche dormí sentado”. Sin embargo, asegura que en estas incursiones subterráneas apenas reúne 3.000 o 4.000 bolívares.

Los comerciantes no se restringen a la Línea 1. José Giménez, usuario a diario del sistema, suele verlos reunidos en Mamera y Las Adjuntas, estaciones de la Línea 2: “Cuentan plata, se saludan muy cordialmente. Se nota que trabajan juntos. Sin embargo, me parece que afectan el servicio. Transgreden todas las normas del Metro, que están hechas para que todos viajen de la forma más cómoda posible. Ellos incomodan a los pasajeros al pasearse entre la gente que ya de por sí está aglomerada”.

Otro de los vendedores informales reconoce que son un problema, pues generan basura. Propone, al aire, organizarse en cooperativas, con el apoyo del propio sistema, para aminorar su impacto. Pero los operadores del Metro no quieren saber nada de ellos.

foto-metrobodega-1

Cita-2-metrobodega

Violencia bajo tierra

“Los pedigüeños y los vendedores son un ingrediente más del deterioro que sufre el servicio. Además de causar molestias a los usuarios debido a que algunos andan malolientes y hacen recorridos a lo largo de los vagones tropezando y empujando a todo el que encuentran a su paso, también obstruyen el cierre de las puertas del tren para cambiarse de vagón, lo cual genera retraso y daños en los mecanismos de apertura y cierre. He visto muchos casos de peleas entre ellos dentro de los vagones. En algunos casos estás peleas se dan con armas blancas y han generado situaciones de pánico entre los usuarios que se ven obligados a desalojar el vagón por temor a resultar lesionados. En su mayoría las peleas se dan por defensa de territorio porque al parecer pertenecen a grupos organizados que se reparten el espacio”, explica un operador de trenes de la Línea 3.

Los operadores del subterráneo consideran que no pueden hacer nada para combatirlos, al considerar que se trata de “bandas organizadas” que amenazan al personal. “A mí me ha pasado que en otras líneas, andando fuera de servicio y vestido de civil, me han saludado ‘epa, operador’ sin yo recordar haberlos visto antes”, asegura el hombre con más de 20 años de servicio en el sistema.

Una operadora de trenes de la Línea 1 coincide. “Es imposible sacarlos. Antes respetaban al personal operativo y los llamados de atención, pero fueron aumentando en número y se salió de control. Yo les tengo miedo, ni los miro. Hace poco agredieron a un supervisor en Zona Rental, lo golpearon, le rompieron la camisa. Nosotros somos los más vulnerables. Una vez hasta un señor ciego le lanzó una puñalada a un trabajador del Metro en Parque Carabobo. ¿Cómo uno hace algo?”, se pregunta la trabajadora.

metrobodega-3

Cinco mil de “multa”

Son las 5:00 pm. Un policía solitario recorre el andén de la estación Miranda del Metro de Caracas. Mira hacia dentro del tren. Busca. Cada vez que un uniformado se acerca, los vendedores callan y ocultan las bolsas de chuchería. No obstante, entre unos y otros existe una complicidad tácita.

Cada uno de los vendedores apostados en Petare reconoció que la matraca también aplica bajo tierra. Si pagan 5.000 bolívares a los funcionarios que vigilan las estaciones pueden seguir trabajando tranquilos.

A principios de septiembre de 2016, el Metro de Caracas anunció la implementación del “Plan Buhonería Cero”, con el despliegue de 250 funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana (PNB). En diciembre informaban de la identificación de 932 personas que ejercían la economía informal en el Sistema Metro y del decomiso de 30.200 unidades de confitería. El plan se relajó a favor de la corrupción.

metrobodega-1

Cita-1-metrobodega

“Si los policías hacen eso, nosotros menos nos arriesgaremos. Con ese operativo se calmó la buhonería, pero ahorita está otra vez como si nada”, asegura de la operadora de trenes de la Línea 1.

Pese al pago de sobornos, los metrobuhoneros aseguran sentirse amenazados. “Nos hacen la vida imposible. Nosotros no somos ningunos malandros, sino no estaríamos aquí vendiendo; pero la policía siempre nos va a querer quitar lo que tenemos. Te pueden involucrar hasta de bachaquero, así estés vendiendo Halls”.

Precisamente por eso se reúnen en Petare –aunque hay otro grupo que se deja ver por Pérez Bonalde–: “Aquí no joden mucho porque estamos cerca de los barrios de nosotros, y saben que nuestra gente nos defiende”.

Mientras tanto, los barriletes y los caramelos de coco son lo que más se vende. “El que sabe de calidad, sabe de precio”, enuncian los vendedores y estos productos son los más baratos.