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La muerte de Fidel y la falta de inocencia

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01/12/2016
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COMPOSICIÓN DE PORTADA: VÍCTOR AMAYA

Un barbudo seductor y un golpista seducido, la fórmula para el atraso de un país. Dos naciones enlazadas por un ideal de fracaso, una receta que nadie pidió y ahora todos debemos pagar

Cuando era inocente, no podía entender cómo un pueblo permitía que un líder ocupase todas las cadenas de radio y televisión para hablar por siete u ocho horas. Cuando era inocente, escuchaba con incredulidad cómo familiares enviaban cajas de comida y medicinas a otros cuyas neveras estaban vacías de alimentos y esperanzas. Cuando era inocente, no entendía cómo era posible que seres humanos encontrasen en una balsa la mejor vía de escape de una vida que ya los ahogaba en tierra.

Y luego a Fidel Castro se le metió entre ceja y ceja adoptar a un golpista fallido de Venezuela e hizo de mi nación su colonia. Ahí perdí mi inocencia. Hugo Chávez imitó el modelo personalista del gobierno comunista de Castro en Cuba y hoy Venezuela languidece entre cadenas de falsa gloria y cajas de basura verdadera. Solo faltaron las balsas, pero ¿no es un avión una balsa flotante? Cuando se cruza la frontera en contra de la voluntad propia, igual se llora un mar de lágrimas.

Venezuela se estancó desde el mismo momento en que Hugo Chávez descendió de un avión en diciembre de 1994 en La Habana para conocer por primera vez la tierra de su protector. De ahí en adelante Venezuela amarraría un profundo lazo de amistad con Cuba, como dos amigas de primaria comparten pulseras de tela. Lo que no sabía es que Cuba también amarraba a Venezuela con una soga de ahorcado. Quien se ata en pleno siglo XXI a las tesis del comunismo está condenado al fracaso.

El engaño fue inteligente pero probó ser letal para la economía venezolana. Cuba, la pobre; Venezuela, la rica. Cuba, la excluida; Venezuela, la posible. Cuba sin cartera, Venezuela con Pdvsa. ¿Cuánto dinero de los venezolanos se fue a manos de Castro? ¿Cuánto se hubiera podido construir en el país? ¿No hubiera sido mejor dotar a las universidades y hospitales venezolanas de recursos y conocimiento para formar médicos venezolanos que traerse a una flota de galenos cubanos que hoy en día nadie sabe dónde están?

Hoy más que nunca niños venezolanos deambulan por las calles revisando bolsas de basura para encontrar qué comer. No sale en los medios oficiales pero todos lo vemos. ¿Cómo no hurgar en basura? Cuando el billete de más alta denominación ha pasado a ser el billete de la propina, nada vale sino la miseria. Hoy más que nunca los venezolanos hacemos cola para comprar algo en el mercado que pierde su valor a la vuelta de la esquina. Hoy más que nunca nuestros presos políticos son encerrados con vileza en cárceles, mientras que el resto somos encerrados en nuestras casas por temor a una bala, a un secuestro o a protestar por lo que como ciudadanos nos merecemos. Los inocentes de ayer son los miserables de hoy.

Los medios independientes hablan del legado de Fidel Castro. Sin ser cubano, solo les puedo decir una cosa: no sean tan inocentes. La próxima vez que aparezca un barbudo de verde oliva con ideas comunistas buscando quien le financie una revolución empobrecida, invítenlo a su país. Ábranle los brazos y denle todo el dinero que pida. Vivan dieciocho años con una bandera que no es suya enarbolada en el panteón donde descansan sus héroes patrios. Escúchenlo recibir loas de sus militares de más alto rango en cadena nacional de radio y televisión. Si llega a enfermarse su Presidente, acepten con beneplácito que vaya a operarse en el país del barbudo. Conviertan en enemigos a quienes no tienen razón de serlo. Griten su admiración con fanatismo.

Cuando todo eso ocurra, pregúntese sobre el resultado de su legado. Dudo mucho que sea una respuesta inocente. ¿Pero quién soy yo sino un venezolano atrapado por una idea que jamás funcionó? Qué viva Fidel… Supongo.