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La precariedad de la locura

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Las unidades de psiquiatría se quedan sin médicos y también sin pacientes. Hay 5.558 internos en todo el país, mientras los centros de atención se vienen abajo. No cuentan con suficientes recursos para dotarlos de alimentos o medicamentos, y mucho menos para mantener en pie la infraestructura. Los médicos están en alerta, mientras el riesgo de los suicidios aumenta en el Día Mundial de la Salud Mental

Los tablones del piso se reblandecen con cada paso que dan los visitantes del Centro de Salud Mental del Este “El Peñón”. La casona donde funciona el hospital desde 1962 huele a madera húmeda. En el techo las termitas o la humedad hicieron de las suyas y los paneles de las ventanas desaparecieron junto a los pomos de algunas puertas. Los listones de madera de las paredes de la que alguna vez fue la casa de veraneo de Marcos Pérez Jiménez también se están cayendo.

En la casona, ubicada en el corazón de un terreno de 22 hectáreas, funciona el servicio de historias médicas, la emergencia, consulta externa, gerontopsiquiatría, administración, mantenimiento y recursos humanos. Es el punto neurálgico del centro de salud, pero el único baño que tiene disponible está fuera de servicio.  De las 24 camas que deberían estar operativas, únicamente funcionan 10; y apenas tienen cuatro pacientes hospitalizados —dos en el servicio de hombres y dos en el de mujeres.

“No hay comida, ni medicamentos. Lo que tenemos es gracias a donaciones de la empresa privada y uno que otro medicamento que envía Sefar, pero no es lo más adecuado, ni suficiente”, explica uno de los médicos del centro de salud. El galeno afirma que el mayor problema es la comida, que en teoría debe ser suficiente para las 10 camas, pero no es así. “Las dietas son exiguas, se les puede dar un huevo con medio plátano, o un huevo con papas, o carne con un cuarto de plátano”, dice.

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La infraestructura del centro tampoco ayuda al cuidado de los pacientes. “No cumplen las normas mínimas de ingeniería sanitaria, las ventanas están muy abajo, lo cual permite que los familiares les pasen cosas a los internos por ahí, cuando deberían estar aislados, las puertas no están reforzadas, y si alguna se daña lo que hacen es remendarla”, y en el módulo de hombres las ventanas están bloqueadas con cemento.

Isabel Carreira, ex directora del posgrado de Psiquiatría de la Universidad Central de Venezuela (UCV) en El Peñón y ex jefa del Servicio de Emergencia, asegura que en líneas generales todos los centros psiquiátricos se encuentran en franca crisis, factor que restringe el ingreso de los enfermos. “Pacientes crónicos que se mantenían controlados, ahora se están descompensando. El riesgo de suicidio aumenta notablemente porque los pacientes están más deprimidos”.

El 30 de junio de 2016 se reportó el segundo suicidio, en poco más de una semana, en el Hospital Central de San Cristóbal. Yolanda Méndez Sayago, de 63 años, quien aparentemente se encontraba de visita se lanzó desde el piso nueve del centro de salud. Una semana antes, el 22 de junio, Miguel Eduardo Parra Rodríguez, de 59 años de edad, se quitó la vida al lanzarse desde el piso 10 del mismo hospital. Parra Rodríguez sí se encontraba bajo tratamiento psiquiátrico, pero tenía 15 días sin tomar los medicamentos porque no encontraba las pastillas que le habían recetado. “La seguridad depende de la institución. Los centros psiquiátricos no son cárceles. Los médicos y enfermeros están pendientes de que el paciente está en las mejores condiciones, pero no hay una vigilancia carcelaria”, dice Carreira.

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Detonantes de la locura

Un poquito aquí y otro por allá. Así Judith Quesada consigue los remedios que necesita su esposo, internado en el Psiquiátrico de Caracas, en Lídice. El hombre tiene un mes hospitalizado en el centro de salud mental, a causa de un brote psicótico.  “Le dio una crisis nerviosa, con hipertensión”, describe Quesada. “Le controlaron la tensión, pero le quedó algo en su cerebro”. El esposo de Judith a duras penas la recuerda, “habla disparates” y, al principio de la crisis, estaba agresivo.

Antes de buscar atención médica, el hombre pasó cinco días completos sin dormir, prendía y apagaba las luces, rompió las ventanas de su apartamento y amenazaba con lanzarse desde el octavo piso. La pareja es de La Guaira, así que ese fue el primer hospital al que recurrieron. No tuvo cómo tratarlo y lo remitieron al Hospital Militar, donde funciona una unidad psiquiátrica, pero allí tampoco hubo respuesta de los médicos. Esa noche llegaron a Lídice, pero el paciente estaba violento, los médicos no tenían tranquilizantes, y de nuevo lo enviaron a casa. Al día siguiente finalmente lo admitieron en el Psiquiátrico. Pasó una semana amarrado a una camilla situada en la emergencia, hasta que lo trasladaron a un cuarto.

Quetiapina, valcote, risperidona y escitalopram fueron los medicamentos recetados. “Mi familia buscó por todos lados”, afirma la costurera, quien también recurrió al Servicio Autónomo de Elaboraciones Farmacéuticas (Sefar), donde encontró algo de lo que figuraba en el récipe, pero no todo, por eso tiene que seguir buscando. “El de la tensión no lo consigo por ningún lado”.

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A la presión por la búsqueda de medicamentos, se suma una nueva rutina. Tiene que subir todos los días a llevarle el almuerzo. En el hospital le dan, pero Quesada asegura que es muy poco. La comida fue el detonante del ataque. “La crisis económica, las angustias, el estrés y el trajín para comprar alimentos. Todo empezó cuando se quedó sin dinero en la cuenta de ahorros. Todo lo gastó comprando comida, y al final en la casa no había nada”.

En el servicio de Emergencia del Psiquiátrico también se encontraba Richard León, quien buscaba olanzapina para su hijo de 21 años de edad en mayo de 2016. Llevó el récipe al hospital para ver si el doctor podía cambiarle la prescripción. “Hace nueve meses lo tuvimos hospitalizado. A él le dan depresiones. Había mejorado, pero hace un mes recayó. La medicina es para que esté tranquilo pero no se consigue. Eso lo afecta”.

Robert Lespinasse, ex presidente de la Sociedad Venezolana de Psiquiatría, insiste en que la disminución del stock de medicamentos incide en las recaídas en depresiones y cuadros bipolares, con riesgo suicida, que aumenta en 15% en caso de pacientes con depresión.  “He tenido casos de retroceso radical. Personas que ahora se encuentran en estado crítico. Quienes consiguen las medicinas lo hacen con mucha dificultad, o tienen que mandar a traerlas del exterior. Eso crea situación de desespero. Si un paciente responde a un medicamento y éste falla, hay un retroceso”.

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Nunca antes la atención psiquiátrica había sido tan importante, pero la escasez atenta contra la salud mental del venezolano. “Los medicamentos se clasifican por tipos: antidepresivos, antipsicóticos, ansiolíticos, inductores del sueño. Hay diversas clases y en cada familia, dentro de los trastornos de enfermedad mental, la carencia llega a 70%. Con los antidepresivos, por ejemplo, había aproximadamente 20 tipos en el mercado, cada uno con un perfil diferente, por lo que se podía atacar aspectos específicos de la enfermedad según el paciente. Ahora no, en Venezuela tenemos tres antidepresivos que aparecen de forma irregular”, dice Wadalberto Rodríguez, presidente de la Sociedad Venezolana de Psiquiatría.

Las fallas en el stock de medicinas afectan el tratamiento de la depresión, bipolaridad, esquizofrenia, trastornos de angustia y fobias, así como del estrés postraumático. “Hay una limitación muy grande para dar al paciente el trato que necesita, si no están adecuadamente medicados tardan más en mejorar, y se corre el riesgo de que la enfermedad se vuelva crónica por mala terapéutica”, agrega Rodríguez.

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Los psiquiatras rechazan las declaraciones de la ministra de Salud, Luisana Melo, en las que aseguró que la escasez de medicamentos en el país es solo de 15%. “La ministra dice que no, pero la realidad es que cualquier producto, aunque sea genérico, no se consigue”, asegura.

Sin aspirantes

Tanto El Peñón como el Psiquiátrico de Caracas forman parte del proyecto “Humanización de la atención en salud mental para la paz y la vida sana”, que impulsa el Ministerio de Salud. De acuerdo con la Memoria y Cuenta de este organismo, el plan pretende “dar herramientas a toda la población para que mejoren las condiciones de atención del enfermo mental, el manejo de los hechos violentos y accidentes de todo tipo”. Para el proyecto se aprobaron en 2015 90.077.198 bolívares que beneficiarían a 51.634 personas atendidas en esas dos instituciones; pero en la práctica no se observan los resultados.

El entonces Defensor del Pueblo, Tarek William Saab, inspeccionó el Centro de Salud Mental del Este El Peñón el 4 de julio del año pasado. “Durante la visita una de las jóvenes de prensa que lo acompañaba, una fotógrafa, convulsionó y nosotros no teníamos cómo atenderla. Nuestra crisis en salud se le escapó de las manos al Estado y a la sociedad”, declaró el trabajador del hospital.

La escasez de medicamentos —que no garantiza el tratamiento continuo, permanente, ni adecuado— afecta a 394.975 personas con enfermedades mentales y emocionales en todo el país. Hasta el año pasado en los nueve Establecimientos Psiquiátricos de Larga Estancia, administrados por el Ministerio de Salud, había 5.558 internos, según la Memoria y Cuenta 2015 de ese despacho.

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La escasez no es el único problema, la atención que reciben los pacientes psiquiátricos también se encuentra en riesgo. El año pasado cerró el posgrado de Psiquiatría de El Peñón, y este año los aspirantes a cursar esa especialidad ­—que se imparte en los hospitales Militar, Clínico Universitario, Vargas, Lídice y El Peñón— apenas fueron 9, de 29 cupos disponibles, informó José Ramón García, coordinador del Posgrado de Medicina en la UCV.

“Los aspirantes de posgrado cada vez son menos. Los jóvenes ya no tienen ganas de formarse por el sueldo que le pagan a un residente durante tres años de dedicación exclusiva. En Lídice quedan los cursantes de años anteriores, en el Militar no hubo aspirantes; y, por otro lado, nadie va a dar clases por ese sueldo. Los profesores que estaban se han ido jubilando”, advierte la ex directora del posgrado de Psiquiatría de la UCV en El Peñón.

Los psiquiatras señalan que históricamente esta especialidad ha sido maltratada en cuanto a los presupuestos asignados y la importancia que le brinda el Estado. “Apenas daba para la alimentación, pero ahora con la crisis, con el bolívar depreciado y la inflación, ya no tienen ni para eso. El mantenimiento que reciben estas unidades es el estrictamente necesario”, subraya el presidente de la Sociedad Venezolana de Psiquiatría.

Rodríguez alerta sobre la gravedad de la situación porque han detectado un aumento notorio en las consultas por trastornos de angustia y ansiedad, debido a la inseguridad en la calle y la carencia de elementos básicos. Agrega que los farmaceutas se vuelven otro factor de estrés al solicitarle a los pacientes requisitos como informes médicos o récipes para medicamentos que antes no los requerían. Mientras tanto, los pacientes psiquiátricos sufren y los centros de salud se van al suelo.

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