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La represión de 2017 le cambió dos órganos por un gran temor

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11/04/2018
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FOTOGRAFÍAS: VALERIA PEDICINI Y ANDREA HERNÁNDEZ

Manuel Melo Beroes tiene 21 años, una hija de dos, y ya puede decir que vivió la peor experiencia de su vida. Estudiante de Diseño Gráfico, se unió a la Resistencia en 2017 durante el cuatrimestre de protestas que marcaron ese año. El chorro de agua de una ballena que lo reprimió le destrozó un riñón y la vesícula. Un año más tarde, vive para contarlo

“A este niño le acaban de quitar un riñón y no se está quejando tanto”, escuché. No entendía nada. Mis ojos estaban cerrados y los abrí rápidamente para saber quién era ese niño del que hablaban. Estaba acostado en una cama de hospital con la enfermera a un lado. Vi a un paciente herido de bala. Bajé la mirada y había una raja que me corría por todo el pecho. Vi vendas, sondas. Estaba en blanco, no sabía qué pensar. Había perdido un riñón y la vesícula”.

Ha pasado casi un año desde que el chorro de una ballena, el amenazante vehículo antimotín de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), le destrozó dos órganos a Manuel Melo Beroes. La represión que inició en abril de 2017 lo condenó al dolor mes y medio después.

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Desde entonces respira con una parte de su cuerpo mutilado y una emoción que no logra sacudirse: temor, por su vida y por lo poco que el sistema de salud en Venezuela le puede ofrecer. “Vivo con miedo. Uno puede vivir sin un riñón pero que te falle el que tienes es una pena de muerte porque en Venezuela no hay medicinas ni diálisis ni nada de eso. Si me pasa algo, no voy a poder hacer nada. Ese miedo está todo el tiempo”.

Melo recuerda cada detalle, como si hubiera repasado ese día una y otra vez. Su memoria es tan fresca como el lunes 22 de mayo de 2017, un día que para él ha dejado una marca más grande que la cicatriz de 15 centímetros que atraviesa su abdomen. “Estaba en Altamira. Era la marcha de los médicos y queríamos llegar hasta el Ministerio de Salud. Fuimos por la autopista e intentaríamos llegar a Plaza Venezuela a ver qué podíamos hacer. Estaba con gente que ni conocía, pero íbamos por el mismo propósito”.

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La “Gran Marcha por la Salud y la Vida”, convocada por médicos y representantes del gremio, no había sido la primera movilización a la que asistió el joven de ahora 21 años. Ya entonces había nacido la “Resistencia” que le hacía frente a los uniformados y “protegían” de la represión a quienes marchaban. Encapuchado, con guantes cubriendo sus manos y portando un escudo casero, Beroes participaba en el grupo de choque.

Manuelcita3Apenas comenzaba la penúltima semana de mayo de ese año, y los manifestantes se concentraron en horas de la mañana en el parque Francisco de Miranda, desde donde partieron hacia el centro de Caracas. En los linderos del municipio Libertador estaba el piquete militar. “A Caracas no pueden pasar” ya había anunciado el entonces alcalde Jorge Rodríguez. Y las botas se plantaron en impedir el avance de quienes gritaban “no queremos bombas, queremos medicinas”. Hasta Chacaíto pudieron lanzar las consignas sin reparo. Allí, ante el paso bloqueado, se tomó el habitual rumbo hacia la autopista Francisco Fajardo donde fueron recibidos a la altura de Bello Monte por cientos de guardias nacionales, equipados con al menos tres tanquetas y seis ballenas.

Hubo confrontación. Los jóvenes lanzaron piedras y bombas molotov. “Era la primera vez que una ballena estaba frente a mí. Muchas personas de la marcha se devolvían, se echaban para atrás. Yo quería continuar ahí, al frente”. Manuel se confió al ver que otros salían ilesos del chorro de agua, al menos se paraban y podían correr sin lesión evidente. No calculó el daño que él podría recibir, y avanzó, sirviendo de escudero “a alguien que le estaba prendiendo fuego a una bomba molotov”.

Cuando el agua comenzó a cazarlos, el compañero corrió y Manuel retrocedió sin dar la espalda. Cometí un error: subí el escudo para cubrirme la cara y no me protegí la mitad del cuerpo. Pensé que un impacto me iba a bombear hacia atrás y caería de espaldas”. Pero el chorro le golpeó en el costado izquierdo, lo hizo girar y cayó en el suelo. Perdió el sentido de orientación, la conciencia, el aire. “Me quise levantar. No pude. No podía caminar, ni siquiera respirar. El miedo me invadió y comencé a gatear. Dejé el escudo atrás. Tampoco sé qué pasó con mi bolso donde estaban todas mis pertenencias”.

En moto pudo llegar a Salud Chacao, en El Rosal, a pocas cuadras. Allí lo atendieron, le hicieron una placa y le indicaron que tenía las costillas partidas.

—¿Tienes seguro?
—No, yo voy siempre al público.
—Te vamos a llevar al Domingo Luciani.

Eran las 3 de la tarde cuando partió al centro de salud ubicado en El Llanito. Al llegar comenzó a contar la espera. Tres, cuatro, cinco horas de frío, dificultad para respirar y un hematoma que crecía en su costillar izquierdo. Otra placa, sin resultados. Escuchó que sería dado de alta a las 9 de la noche, “lo que no preví es que me llevaran a ecosonograma”.

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“Me ponen un aparato, me revisan bien y una doctora dice: “Pero ahí hay líquido, ¿no lo estás viendo?”. Me alarmé. “¿Qué clase de líquido?”, pregunté. “Tienes sangrado en la vesícula. Hay que meterte al quirófano ya”.

A Manuel le corrieron lágrimas por el rostro. Casi a la medianoche ingresó a la sala de operaciones, y salió cuatro horas después con dos órganos menos. Pasó seis días en el hospital y lo abandonó con la indicación de cumplir tres meses de reposo. A los dos, dice, ya estaba bien, con ganas de ir al gimnasio y salir de casa. La dieta estricta que le recetaron los médicos no pudo cumplirla a detalle, pues el bolsillo y la escasez no soportaban récipe alguno. Pudo reunir alimentos y fármacos gracias a donaciones de quienes se enteraron de su caso por redes sociales. “Me prohibieron comer carnes rojas. No excederme al ingerir proteínas, químicos. Tampoco nicotina ni alcohol. Hasta el café que tanto tomaba”.

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Cuando pudo, antes de estar completamente sano, retomó su carrera de Diseño Gráfico en el Instituto Universitario de Tecnología Industrial “Rodolfo Loero Arismendi”, en El Paraíso. Fue “con la herida crudita”. Sus compañeros y profesores lo mandaban a la casa. Él se negaba. Quería aprender para poder trabajar en el área. Un año después, sus planes son otros.

“Ahora quiero irme del país. Ir a Chile o a Perú, pero tengo que pasar por Colombia porque ni siquiera tengo 100 dólares. Me da miedo irme por la frontera, pero más miedo me da morirme aquí. Llegaría allá en el limbo, pero con muchas ganas de trabajar. Quiero mandarles dinero a mi hija y a mi mamá. Muchas personas nos donaron las medicinas y nos ayudaron con las comidas cuando estuve en recuperación. Pero económicamente seguimos igual de horrible. Aquí no veo futuro, ni con la carrera ni con nada. Ni ganando cinco millones te alcanza. Yo necesito salir corriendo ahorita, quiero escapar de aquí”.

Y no solo la economía lo empuja a la frontera. También lo persigue su salud. “Los médicos me dieron un año para ir un nefrólogo y revisar cómo va todo. No sé cómo hacer, tampoco sé en cuánto está una cita ahora. Me da miedo ir y ver lo que me van a decir. Espero que mi próxima visita a un nefrólogo sea en otro país”.

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Hasta que pueda hacerlo, Manuel sigue pensando cómo cambiar el gobierno, aunque esté convencido que lo ocurrido en 2017 no sirva como ejemplo. “Las protestas no valieron la pena porque no se logró nada”. Cree, sí, que debe haber un gran día de reclamo, el definitivo, sin dar espacio a que se enfríe el asfalto.

“Yo sé, porque si lo siento yo muchas personas que estuvieron en la calle lo sienten, que si salimos todos, lo logramos. ¿Qué tal si salimos todos a votar, nos llegamos al centro de Caracas, esperamos los resultados en el CNE y vemos cómo nos vamos a poner al ver que Maduro ganó otra vez? Vamos a sembrarnos ahí. Que todo el mundo vea que no queremos esa elección. Para que salga el civil tiene que haber un verdadero motivo. ¿Y cuál es? El día de los resultados de la Presidencia”.

Hasta entonces, Beroes niega intención alguna de manifestar nuevamente, de atender llamados de la dirigencia opositora. Aspira que el pueblo se movilice de manera espontánea para sumarse.

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“No me arrepiento de nada. Perder la vesícula o el riñón no me quitaron las ganas de luchar. Yo siento que tengo sangre de Bolívar y no puedo ser esclavo. Yo no tengo que deberle nada del gobierno. Cuando te dan una bolsa, una caja de Clap, no te lo da el gobierno, te lo da tu tierra. No me arrepiento de lanzarle una piedra a un guardia porque así a lo mejor se da cuenta de por qué le estoy pegando”.