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La última entrevista de Eva Ekvall: recordada e iconoclasta

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19/10/2018
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FOTOGRAFÍA: PATRICK DOLANDE

Eva Ekvall, pocos meses antes de su fallecimiento, dio una conmovedora entrevista a revista Clímax. De estar viva, celebraría el Día Mundial de la Lucha contra el Cáncer este 19 de octubre. Pero no pudo con él. Por eso, es oportuno recordar las últimas declaraciones que dio, a propósito de su Fuera de foco, el libro en el que relató la experiencia vivida en su batalla contra el mal que la calló

Eva Ekvall es muy alta, tiene una voz acolchonada y melodiosa; mohínes infantiles y unos ojos de azul inusual. Está casada con John Fabio Bermúdez, una de las figuras más respetadas de la radiodifusión nacional, y tiene con él una hija, Miranda. Hace dos lustros fue Miss Venezuela. Ella misma me recuerda que llegó de tercera finalista en el Miss Universo de 2000. Es periodista, hace rato pertenece al mundo de la televisión y narradora de noticias. No parece sentirse cómoda si se le insinúa que pertenece al mundo de la farándula. De hecho, no le gusta mucho la palabra “espectáculo”. En materia de presentación, antes de andar deshojando comentarios vanidosos, le gusta ir al grano.

Su personalidad está cruzada por interesantes contrapuntos. Quien espere encontrarse a un estereotipo televisivo soltando lugares comunes genéricos del tipo “cumplo una misión social” o proclamando ante quien no le ha preguntado que es “un profesional que se debe a su público”, quedará defraudado. O, según se mire, completamente aliviado. Ekvall tiene un corrosivo humor, prudentemente administrado en dosis aisladas y que nunca llega a herir. Un saludable espíritu burlón, que nunca deja de perder la cordialidad, que le impide tomarse demasiado serio su papel de celebridad y capaz de devolver a su puesto cualquier pregunta que esté fuera de lugar.

Está dotada Eva de un atributo muy específico: una esclarecedora y elocuente crudeza al momento de decir las cosas. El curso de esta conversación versó sobre la experiencia de su enfermedad y otros temas conexos: en cada uno de ellos llevó cada relato hasta sus últimas consecuencias, abordando por cuenta propia los aspectos más delicados de su experiencia, incluso aquellos en los que nadie con alguna prudencia se animaría a entrar.

La reflexiones que ha ido soltando sobre lo que le tocó vivir constituye –por transgresoras– una valiosa carta de navegación para cualquier persona que tenga que pasar por una experiencia similar. Las expuestas acá, quedan asentadas por primera vez.

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No creo en Dios

“Pues sí, yo soy atea. Agnóstica no: atea. Ser agnóstico es una forma suave de asumirse ateo. Creo que a mucha gente le da miedo decirlo”.

“Antes me consideraba agnóstica hasta que, en cierto modo, me sinceré, porque esa es la verdad: yo no creo en nada y punto. Es una influencia creo que de mi madre, que es, yo diría, misionera del ateísmo. No me lo impuso. Hemos hablado mucho de la religión, con la enfermedad y antes de la enfermedad. Me he dado cuenta de que yo pienso igual que ella y que no tengo por qué estarlo escondiendo. Sé que es un tema delicado, a lo mejor puedo caer mal con lo que pueda decir. Yo pienso que las religiones traen consigo miedos. Respetos hacia seres, formas imaginarias, sea lo que sea, y yo no estoy de acuerdo con eso. Creo en mí, en la fe que tengo en mí misma, en la capacidad de superar mis problemas con mi esfuerzo. Yo no le impongo a nadie la responsabilidad de enfrentar mi vida. Ni a un ser con alas ni al diablo ni con nada que pueda venir después: que si el cielo o el infierno. Observo las consecuencias de mis propios actos. Si uno cree en uno mismo asume el control de su vida. Tampoco creo en lo de los castigos. Si acaso existe uno, se vive aquí y listo”.

“No he pensado, además, que he vivido un castigo porque, para empezar, no lo he merecido. Lo veo como un problema médico: es un asunto genético, hereditario. Mucha gente, muchísima, me ha regalado, en todo este tiempo, vírgenes, estampas, fotos de José Gregorio Hernández para ayudarme. No los he tocado, los tengo en la cartera. Más que el significado religioso que puedan tener, valoro en ellos la buena intención, la energía, la fe que eso alberga. Eso es muy positivo y en eso sí creo. Es una emanación muy linda que en este caso pertenece a un ser humano que uno no conoce. Eso tengo que respetarlo y lo acepto y lo cultivo con todo el amor del mundo. Millones de veces lo que hago es seguirles la corriente a quienes hacen la ofrenda. Yo no tengo porqué meterme en las honduras del debate sobre si Dios existe o no. Simplemente digo gracias, amen, hablo el idioma católico y agradezco profundamente el gesto”.

“Digo la verdad: yo jamás he tenido impulsos de pedirle nada a Dios ni de ir a una iglesia ni de buscar un cura para conseguir consuelo o desahogo. Lo que hice fue leer sobre el cáncer, sobre la muerte. Más bien lo que hice fue documentarme”.

“Eso sí: yo siempre tuve presente en mi cabeza que estaba sana y nunca me vi como una persona enferma. Seguí con mi vida, trabajé, me sentí en el presente como una persona sana. No me ha afectado. No me he cuestionado por ser atea ni busqué ayuda en ninguna parte, salvo en los médicos. La familia de John Fabio, mi esposo, es muy religiosa, todos ellos hicieron cadena de oraciones. Me enseñaron los rezos y yo participaba en mi casa. Ser ateo es bastante normal, bastante frecuente, mucho más de lo que la gente cree. ¿Cuántos ateos hay por ahí que no lo pueden reconocer? No lo dicen. Por eso es que he pedido un grupo de apoyo y asistencia a los ateos”, se ríe y continúa: “Hay muchos ateos en el clóset, es hora de que salgan. Si yo fuera lesbiana no sé si sería tan fácil salir, pero con el ateísmo no tengo problema”.

La quimioterapia es, a veces, peor que la enfermedad misma

“La quimioterapia es un proceso muy duro. Para mí se volvió un problema más grave que la enfermedad misma. En parte por eso es que la gente le tiene tanto miedo al cáncer Y eso que no me dio tan fuerte como a otras personas. Yo nunca tuve nauseas, por ejemplo. Es como si fuera un ratón multiplicado por dos mil: la boca seca, malestar, debilidad. Y además te deprimes. Como cuando te da dengue, que te deprime, un malestar orgánico. Son dos o tres días de fatalismo y luego se te quita. A mí me la pusieron seis veces. Te colocan un pote, dos o tres potes color colita, y te la inyectan por la vena. El proceso dura dos o tres horas. Llega un momento en que las venas parece que se ablandaran, algo horrible y a la siguiente vez ya ni te la consiguen. Eso molesta muchísimo, te puyan cuatro o cinco veces para hallarla”.

“Te hace sentir mal, te deprimes, te tumba el pelo, te ves más desnudo y desvalido que nunca”.

“La caída del pelo es una secuela del tratamiento, nunca es la enfermedad. La quimioterapia te mata todas las células de tu cuerpo por eso es que el estómago se resiente tanto. Te mata, además de las células capilares,se me cayeron hasta las pestañas y las cejas. Te ves frente al espejo como si fueras un cadáver. Eso sí pega mucho. La primera vez no se siente nada. Yo estaba esperando el golpe porque me lo habían advertido. La segunda, pensando que podía hacerlo, me paré en la mañana para ir al Parque del Este, fui al trabajo, en la tarde pasé por el Tolón y ahí sí es verdad que me dio un yeyo. No podía moverme más. Tuve que pedir que me fueran a buscar. Y en la tarde ya me quería morir. A partir de ahí ya vas obligada. Y claro, en el fondo lo que me pasaba es que no estaba segura si era eso lo que me estaba curando. Nunca cura por completo; nadie puede prometer que un tratamiento de quimioterapia va a curar el cáncer. El costo es muy grande: te está matando las células malas y también las buenas.

“Yo siento como si me hubieran fumigado. Es exactamente igual: fumigan un restaurante, tumban todo, salen las sillas, las mesas, las paredes, quedan todas las cucarachas muertas.Nadie te va a prometer que no va a salir una chiripa por ahí. No se sabe”.

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“La tercera vez es sencillamente horrible. La boca se seca por completo y de pronto aparecen antojos rarísimos. Me dio por comer platanitos a toda hora, Mi mamá me vigilaba mucho la dieta y era horrible estarlos escondiendo. Los médicos me quitaron los lácteos, los quesos, las carnes rojas, el azúcar, el café, los dulces. Yo comía entonces platanitos escondida. Debajo de la cama tenia bolsas y bolas. El agua de coco te la mandan siempre para la sed y te repone muchísimo. Entre una terapia y la otra claro que sentía la mejoría, podía salir a la calle y me sentía mejor. Normalmente yo me hacía la quimioterapia el domingo: el viernes ya estaba perfecta y me quería comer el mundo”.

“La peor de todas fue la quinta. Ya no daba más. Le dije al doctor que se las arreglara, que no iba a hacer una más. Y punto. Me iba a morir. Me convenció. Me hizo la sexta y en lugar de colocármela toda me puso la mitad. Los valores no me daban. Me puso la mitad y me sentí bien. Eso fue en pleno Mundial de Fútbol. En la última quimio, a mi hija Miranda le dio dengue y la tuvimos que llevar a la clínica. Entonces el asunto del dengue en el país estaba muy fuerte y si me daba me moría. A mi perra la atropelló un carro y hubo que llevarla al veterinario. Afortunadamente está muy bien, ya todo eso pasó”.

La muerte frente a mi esposo, mis padres, mi hija y mis amigos

“Cuando me dieron la noticia, me pasó una película por la cabeza. Estaba llegando de bautizar a Miranda en Margarita. Sobre todo por la familia de mi marido, que quería hacerlo y estaba muy ilusionada con la ceremonia. Coincidió con el cumpleaños de John Fabio y con el de mi suegra, fue de verdad un viaje espectacular. Bautizamos a Miranda en la Iglesia de la Virgen del Valle. Lo que yo pensaba era: ‘pana, no puede ser que mi vida pase de una felicidad tan perfecta a esto. Así, de un momento a otro’. Es como que te digan: ‘ya está, te divertiste mucho. Todo se acabó’. Entonces estaba segura de que me iba a morir, al menos durante la primera semana. Pensaba, por ejemplo: ‘qué trágico esto para John Fabio. Que se haya casado, luego de divorciarse, que había decidido no contraer más nunca matrimonio, y que, desposado con una carajita, pues ahora se le venga a morir’. ¿Y mi hija, que es un bebé? ¿Mi familia? Creo que siempre he sido muy afortunada: he tenido una vida muy feliz, fuera de lo normal, la verdad es que me ha ido muy bien”.

“¿Cómo me va a pasar esto a mí? Estaba segura de que me iba a morir hasta que me dijeron lo contrario. Al cuarto día de carnaval, comencé terapia. Si no tienes un plan de sobrevivencia estás perdido”.

“Una vez me senté con un oncólogo, y éste me explicó lo que había que hacer, la estrategia para curarme, los pasos que había que dar para salir de esto, se me quitó esa sensación. Me calmé y me concentré en luchar contra esto. Me daba terror demostrar mis temores. No me gustan los dramas, a nadie le quise demostrar tristeza ni desesperanza ni angustia ni nada”.

“No sé si lloré. No me acuerdo. No me gusta llorar y no quiero que me vean llorando. Tal vez se me aguaron los ojos. Yo no quiero que nadie sufra por mí. Yo soy la persona menos dramática del mundo. El fatalismo que me acompañó al principio no se lo dije a nadie, no lo conversé con nadie. Con John Fabio era: ‘todo va a salir bien’. Con mis padres tuve algunas peleas, ellos no querían que me hiciera la quimioterapia, sino un tratamiento alternativo. Y mi esposo me decía, mientras mis papás intentaban disuadirme, ‘si no hacemos esto ahora, te mueres. Vamos a entrompar la quimioterapia’. Yo lo sabía. Es mi vida y se los comuniqué: ‘yo decido cómo me curo y no me molesten’.

En mi primera conversación con los médicos, cuando me explicaron, de forma automática concluí: ‘yo me voy a curar’. Mi cumpleaños, por ejemplo, que es en marzo, con la primera quimioterapia, ya había perdido pelo. Hubo gente que se apareció para felicitarme y yo con peluca. Tuve mis momentos felices, de celebración, claro que sí. Yo ni siquiera pregunté si podía o no podía tomar alcohol, lo hice y ya”.

“Hubo muchos momentos felices y relajados durante el tratamiento. Uno de los pocos momentos de llanto fuerte que tuve fue cuando me vi con mi amiga Goizeder Azúa hablando por Skype. Ella ahora está en Australia. El miedo existe. Sobre todo cuando te tropiezas con personas que han pasado por es: gente que ha recaído o que va a morir. Gente que ha ido a nuestras charlas de cáncer de mama que salen de ahí a hacerse mamografías y que se enteran que tienen cáncer”.

Campañas de concientización: campañas de pánico

“Uno nunca está pendiente de las campañas médicas para chequearse. Menos si eres joven y piensas que eso no te puede pasar. Pero cuando supe que tenía cáncer, en esos cuatro días horribles e iniciales, había una propaganda con Carolina Herrera, que estaba Fanny Lu. ‘¿Sabías que cada diez mujeres en América Latina muere de cáncer de mama?’ Con toda tranquilidad pensé: ‘¡Oye vale, esto es cruel!’. Estando enfermo, es lo último que quieres escuchar. Yo me enteré que tenía la enfermedad no por esa campaña, que nunca me dijo que fuera al médico. A veces las repito. Es parte del librero, producir un shock en la gente. Conmigo no lo lograron: lo que lograron fue deprimirme más. El miedo no es la manera de concientizar”.

“Cuando a uno le pasan esas cosas, a uno se le disuelven los otros problemas. Cualquier otro me lucía estúpido. La gente me llegaba con sus historias: ‘perdona que te eche este cuento, debes estar súper enrollada con lo tuyo’ No me molestaba, era una forma, en el fondo, de desconectarme y escuchar otras realidades. Pienso que estas campañas, muchas de ellas, no están bien enfocadas. Junto a Bolivia Bocaranda y Tania Sarabia, en Senos Ayuda, hago un esfuezo enorme –lo hace sobre todo Bolivia–, para crear campañas interesantes, que brinden alegría, esperanza. Aquí estamos, estuvimos enfermas, hemos sobrevivido, estamos vivas y felices. Ni hablamos del tema, Reímos. Pienso que eso es mucho mejor que esos mensajes tétricos de gente que, al final, nunca ha tenido cáncer y no sabe lo que es, como Carolina Herrera”.

El cáncer de seno en el país de las tetas

“Si la ciencia te da la opción de cambiar físicamente algo que te moleste, hazlo. Pero creo que, en este país, la obsesión con el tema de las tetas está llegando a unos niveles que desconciertan. Además, últimamente, es feo. Los senos hechos que uno ve por ahí en la calle están demasiado grandes, eso está pasado de moda.

¡Ya no se llevan tan grandes! Si ves los Oscar ninguna de las actrices de Hollywood es tan tetona. En las pasarelas, en el mundo de la moda, te puedes dar cuenta de que eso es un síntoma de la existencia del buen gusto. Los pechos enormes, por lo contrario, es una estética porno: muchachitas de quince años operadas como si fueran estrellas de cine triple equis. Toda mi vida he pensado eso.

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Cuando participé en el Miss Venezuela me las hice, pero inmediatamente me di cuenta de que me quedaron muy grandes. Luego de haber ido al Miss Universo, conversando con mi papá, me lo dijo: ‘te voy a pagar una operación porque no te lucen bien así”. Luego de la operada me seguían pareciendo grandes. Yo quería parir y terminar de amamantar para ponérmelas chiquitas, quitarme las prótesis y no ponérmelas más nunca. Mi esposo no quería. Luego me enfermé y ya no las veía igual”.

“En las revistas, en la calle, donde sea se observa la obsesión de las mujeres por los pechos grandes, como si no supieran realmente lo que tienen. Pueden hospedar ahí un enemigo y lo único que existe es una obsesión algo vanidosa por verse bellas.

Los senos alimentan a los niños. Además, tanta obsesión con las prótesis, con la sensualidad y en el fondo somos animales, mamíferos que alimentamos a nuestros hijos recién nacidos. Es un concepto que se ha desnaturalizado mucho. Ahora me siento otra vez muy bien. Me siento contentísima con mi cuerpo.

A veces me siento rara, sí. Me quitaron todo el tejido mamario, 25 ganglios axilares, y me injertaron músculo en la espalda para proteger le tejido. Debajo de eso va una prótesis. Eso deja cicatrices. Dejé de pararle al asunto. Al principio fue muy duro, pero ya estoy bien. No quiero darle a eso más importancia de la que tiene”.