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La vigilia estudiantil que venció la oscuridad

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04/05/2017
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PORTADA: GUSTAVO VERA | FOTOGRAFÍAS: CRISTIAN HERNÁNDEZ Y GUSTAVO VERA

La plaza Bolívar de Chacao fue testigo de un acto de civismo la noche del 29 de abril: una vigilia en honor a los caídos por las protestas de 2017 que convocó el Movimiento Estudiantil. El encuentro fue prueba irrefutable de la responsabilidad de estos jóvenes que se hicieron grandes en medio de una crisis humanitaria sin precedentes. Sus nombres suenan, se posicionan. ¿Quiénes son? En vela, la comunidad tuvo el chance de conocerlos

Conductores quizá pensaron que un choque fue la causa de la congestión vehicular en las calles de Chacao cuando se ocultaba el sol de aquel sábado 29 de abril. Otros más curiosos buscaron conciertos o algún mitin político a partir de las 5: 30 pm. El río de gente que entonces se movilizó desde la plaza Francia de Altamira hasta la plaza Bolívar de Chacao sacó de dudas: los estudiantes se arrogaron el municipio de forma pacífica. La comunidad los recibió con aplausos y de la misma manera los despidió. Allí se plantaron, más de doce horas sin desmayos, hasta las 7:00 de mañana del 30 de abril, en una vigilia en honor a los caídos en las protestas de 2017. Ellos, con sus zapatos de goma y sus anhelos de un mejor país, fueron luz en una noche triste de dictadura.

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Las velas tomaron el perímetro progresivamente, le daban guerra a la electricidad. Muchos de los presentes las sostenían en vasos, otros dejaban que se consumieran en el suelo y que iluminaran pancartas hechas a mano o las caras de quienes aseguraron su metro cuadrado de la plaza. Disparos arreciaron, pero no mataron a nadie. Más bien registraban un hecho tan heroico como íntimo. Eran los obturadores de las cámaras: la necesidad de guardar testimonio gráfico del éxito de la actividad convocada por el Movimiento Estudiantil. Prensa nacional, internacional y fotógrafos amateurs captaron a los estudiantes, niños, adultos, abuelitos, monjas, curas, profesores, incluso figuras públicas que asistieron. Sin embargo, ni Henrique Capriles, gobernador de Miranda; ni David Smolansky, alcalde del municipio El Hatillo; ni Freddy Guevara, vicepresidente de la Asamblea Nacional; ni ninguna otra figura de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) opacó a los verdaderos protagonistas. Esa noche, los universitarios recibieron admiración en lugar de bombas lacrimógenas.

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Rafaela Requesens, presidenta de la Federación de Centros Universitarios de la Universidad Central de Venezuela (UCV), asumía los retratos con una entereza que supera sus 24 años. Cerca de las 7:20 de la noche declaró oficialmente el inicio de la vigila, respaldada por líderes de demás casas de estudio de la capital. Se mostró para los presentes con su piercing en el labio inferior y su pelo teñido de amarillo, con voz firme y sus pies acero, soldados a la tierra. Aún se asombra cuando le piden tomarse una foto con ella. “Yo no soy Capriles o Chávez para que la gente quiera una foto conmigo. No sé, me da como pena”, ríe.

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Se intimida ante las lentes a pesar del arrojo con que toma la calle, ahora con más cabeza fría que hace unos tres años, cuando su hermano Juan Requesens ocupaba el cargo que ahora ella ostenta. Era de las que devolvía bombas lacrimógenas en las manifestaciones de 2014, sin miedo, confiesa. “Yo soy muy fosforito. He tenido que bajarle. Antes era mucho más cabeza caliente y me movía visceralmente. Hay que entender que el Gobierno ha subido el tono, que nos han matado a muchos compañeros, que hay muchísimos detenidos, que los están torturando. No podemos caer en sentimentalismos”.

La estudiante de Ciencias Políticas de la UCV entiende de responsabilidades y costos. En el noveno semestre de su carrera está decidida a protestar aunque pueda raspar exámenes. “No he dejado de ir completamente a clases, pero sí estoy yendo más a la calle y no tanto a los salones. Es el costo de estar luchando por Venezuela”, asegura. Sus miedos trascienden su mera existencia. Teme que las próximas generaciones tengan que pasar por su viacrucis: “Uno normalmente podría sentir miedo a ir preso, a que te maten, pero pasa por la cabeza muy poco. A veces sientes nervios, pero me enseñaron que es necesario sentirlos para que seas más responsable de tus actos. Sin miedo, te vas palante sin pensar en las consecuencias”.

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Vencer las sombras

Luces de velas y cirios reverberaban en los rincones más oscuros. En medio de la plaza, alumbraba unos signos de interrogación que cubrían algunos rostros. Sentados y en silencio, cinco muchachos con las caras ocultas sostenían una gran pancarta, en la que se leía un #PudeHaberSidoYo y una lista de fallecidos registrados desde 2014. Nombres como Robert Redman y Juan Pablo Pernalete saltaban a la vista y hacían bajar la cabeza. Un minuto de silencio. “¿Quieres que te ayude?”, le dice una chama con sonrisa amplia a uno de los signos de interrogación, que no negó el quite. La rotación fue clave para mantener la cartulina en alto. A pocos metros, algunos ucevistas colocaron estratégicamente un conjunto de velas que formaba la palabra “UCV”. Allí, Requesens puso la suya, en honor a sus compañeros caídos.

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A pesar de que la vigila estuvo resguardada por funcionarios de PoliChacao y Protección Civil del municipio, no faltaron los ojos vigilantes de los mismos participantes. Con walkie-talkie en mano, Samuel Díaz dio su vuelta respectiva por la plaza “para asegurarnos que todo esté en orden”, afirma quien es el presidente de la Federación de Centros de Estudiantes de la Universidad Metropolitana (Unimet). Ha sentido la muerte más cerca de lo que le gustaría. El 25 de abril de 2017 Juan Pablo Pernalete, de 20 años, murió de un paro cardíaco por el impacto de una bomba lacrimógena cuando protestaba en la avenida Ávila, en Altamira Sur. “Yo jamás pensé que me iba a tocar asumir todo este rollo de la muerte de Juan Pablo. Tengo 24 años, soy un poquito mayor a la media de un líder estudiantil, por haber vivido tres años y medio afuera, pero nadie te prepara para lidiar con la muerte de alguien. Te pone una responsabilidad y un peso de la gente que confía en mí: ‘Tú eres mi líder y tienes que hacerlo ahorita más que nunca’”, confesó quien es el mayor en edad de todas las primeras voces de este movimiento universitario.

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Está involucrado en movimientos estudiantiles desde que sus 15 años, antes de graduarse de bachiller en el colegio Santiago de León de Caracas. Allí, la muerte también le pasó cerca: antisociales asesinaron a su entrenador de fútbol cuando intentaban secuestrarlo. Fue su “rompe burbuja”, reconoce, y desde entonces hace lo posible para cambiar la realidad de sangre. Violencia que abuchea y desprecia.

Así lo hizo en Fleck, Noruega, donde vivió por dos años, y en Virginia, Estados Unidos, por año y medio. En ambos lugares formó parte de sus respectivos centros de estudiantes universitarios —aunque ninguna experiencia en el extranjero podría prepararlo para la represión que calentaba motores en 2014 y arrancaría con fuerza en 2017. El estrés postraumático se deja entrever en sus ojeras. “Tengo pesadillas de que me meten preso, que me matan, que me reprimen. Es un sentimiento que comparto con los demás. Eso de que nosotros no tenemos miedo es mojón, y me disculpas el francés. Es el miedo lo que te hace sentir vivo. Lo importante es que tengas el valor para sobreponerte a él”, dijo, con un optimismo que espejeó en sus ojos claros.

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Un perro pug le salta sobre la pierna. Díaz no dudó en regalarle una de sus sonrisas fáciles, mientras le preguntaba a su dueña por el nombre del cachorro. No faltaron los perros grandes y pequeños que acompañaron a sus amos hasta el amanecer. Tampoco el ímpetu infantil de querer jugar hasta el cansancio y sin restricción horaria. Cerca de la Iglesia, un grupo de cinco niños, que no superaban los 10 años, se disputaba un balón de fútbol. Gritaban entre la solemnidad del acto, sin entender muy bien la razón por la que sus padres los llevaron. No tenía cómo saber en sus candorosos correteos que, a pocos metros de su campo ficticio, estuviese el padre de Robert Redman. Señor que no se quiebra y daba aliento a aquella nueva generación de líderes estudiantiles. También estuvo la rectora de la UCV, Cecilia García Arocha. Invitó a la comunidad a seguir luchando y a proteger a sus estudiantes sin miedo. Uno de los pequeños jugadores llevaba una franela naranja con la cara de Leopoldo López, sin tampoco tener idea de que también él, a quien llevaba en el pecho, es una de las razones por la que se celebró la vigilia del 29 de abril.

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Saludos, abrazos, despedidas. Dieron las 11 de la noche y la plaza comenzó a vaciarse. José Ignacio Arcaya se despidió de amigos y compañeros y les agradeció su participación mientras daba una vuelta de reconocimiento. Se ve en reflejo de Díaz, a pesar de no estudiar en la misma universidad. “Mi mayor miedo es que me maten a un chamo. Yo no estoy dispuesto a que pase, creo que Samuel tampoco lo estaba. No vale la pena”, explica. A sus cortos 21 años, tiene una cruz que muchos de sus contemporáneos ni pensarían cargar: la vicepresidencia del Centro de Estudiantes de la Universidad Monteávila (UMA). “La responsabilidad te obliga a crecer. Si no eres maduro, las circunstancias te obligan a serlo”. Lección que no parece haber aprendido quien ocupa o se atornilla en la silla de Miraflores, el Ejecutivo que hace ascos a las elecciones generales que pide y aclama el país.

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José Ignacio Arcaya llegó al cargo en la UMA por gestión interna, haciendo trabajo de hormiguita para resolver los problemas de los alumnos. En menos de tres años, le ha tocado asumir la responsabilidad, tal como sucedió con líderes como Guevara, Pizarro o Smolansky en su momento. Lo entiende y lo asume, siempre con optimismo. Intenta no pensar en los apresados, en los heridos, en los fallecidos. “Si pienso en eso me quedo parado y eso es un lujo que no nos podemos dar”, reconoce. Vela por su tropa y prosélitos con cabeza fría, siempre en conjunto con las demás cabezas de su generación.

La euforia que rebullía, y hasta parecía corpórea, en el ocaso se difuminó cerca de la medianoche. Los que se quedaron, disfrutaron de partidas de dominó, de sándwiches, arepas y cafés donados por algunas señoras caritativas. Hubo charlas organizadas para que los presentes se mantuvieran ocupados. “Soy desierto, selva, nieve y volcán, y al andar dejo mi estela”, corearon los estudiantes al unísono, casi convertidos en naturaleza luego del canto. Además de Venezuela de Luis Silva, el sitio hizo eco de canciones como Alma Llanera, de Simón Díaz, e incluso, se entonaron las líneas del Himno Nacional.

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Santiago Acosta no se sentó a jugar toda la noche. Voz y votado para estar en el Consejo Universitario de la Universidad Católica Andrés bello (UCAB) iba y venía a lo largo y ancho de la plaza, mientras sus amigos se le acercaban para consultarle logísticas. A todos los atendía sin mayor disgusto, más que el sueño que comenzaba a achicarle los ojos. “El temor que tengo es el de no poder estar al nivel de servir a los chamos. Defraudarlos”, dice en tanto recorría con sus ojos azules las cuatro esquinas donde pernoctarían muchos de los concurrentes. Se aseguraba que los ucabistas no estuviesen desperdigados. “Si va a pasar algo malo prefiero que me pase a mí. Pero ver que mataron a Pernalete y sentir que pudo haber sido cualquiera de los chamos con los que yo trabajo todos los días es una vaina horrible”, explica.

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Desde 2014 ha estado sumergido en actividades extracurriculares, como el Centro de Estudiantes de Derecho y Modelos de las Naciones Unidas. Lo que inició con pancartas y pinturas, evolucionó con los años a ser la voz de la UCAB en 2016, junto a Andrea Guédez, su llave en el Consejo. Pero su rápido ascenso le ha hecho cambiar desde dinámicas familiares hasta sus hábitos de sueño. Como sus compañeros, sueña con el gas lacrimógeno que pica por dentro y por fuera, “sueñas que corres, que huyes, con políticos, con gente. Es una vaina distinta”, dice, con una sonrisa conciliadora.

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Prueba superada

Salió el sol el 30 de abril sin pesadillas. No hubo lugar para el silencio o el ocio desde la organización del Movimiento Estudiantil. Bajo un toldo naranja se coordinaron entrevistas, charlas, actividades conmemorativas, incluso clases magistrales sobre primeros auxilios o el marxismo en horas de la madrugada. Las velas se fueron consumiendo junto a algunas banderas de Venezuela y flores que adornaban el suelo, con una tranquilidad que espantaba. Con el sol, también salieron las bolsas de basura y la disposición de limpiar el espacio que ocuparon por doce horas. Dejaron conciencia ciudadana regada por doquier —hasta la cera pegada, que parecían lágrimas secas, se recogió. No quedó pétalo o papel que ensuciara el paisaje, salvo dos mensajes pegados a la base de la efigie del Libertador: “Maldito el soldado que apunta un arma contra su pueblo” escrito en azul sobre una pancarta blanca y un collage de fotos de jóvenes en protestas acompañados de las frases “Somos paz, somos luz, somos amor, somos Venezuela. Y esto es lo que hemos logrado”.

Una misa oficiada en la plaza Bolívar selló la jornada. Se recordó que “la lucha no se da solo por la lucha” y que allí estaban “por el país que queremos”. De nuevo, los líderes estudiantiles dieron la cara, esta vez con una serie de ofrendas a Dios. La religión aquí también es política. Se entregaron un libro, flores, incluso una máscara antigases: “Para que nunca más tengamos que usar esta herramienta de protección contra un hermano venezolano”. Requesens, con paso firme, ofreció una bandera de Venezuela. Fue símbolo de esperanza. Acosta hizo lo mismo con una vela. Él fue la luz “en medio de tanta oscuridad”. Un conjunto de franelas de distintas universidades se ofrecieron de las manos de Daniel Ascanio, presidente de la Federación de Centros de Estudiantes de la Universidad Simón Bolívar (USB). Su formalismo es propio de un político con un amplio camino recorrido, a pesar de tener solo 23 años. “Muchas personas hacen referencia a esa característica en particular. Es algo inherente a mí no sé por qué”, dijo alegre.

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Al igual que a sus compañeros, la crisis lo forzó a crecer más rápido de la normal. Su mirada seria y su voz pausada lo corroboran. El estudiante de cuarto año de Ingeniería Geofísica en la USB se interesó por el Movimiento Estudiantil en el primer trimestre de carrera. Desde entonces, no ha parado, y no piensa hacerlo ni en un periquete. “Aunque no soy de la tesis de que ‘o es hoy o no es nunca’, siento que este es el momento en que los venezolanos debemos reaccionar con más fuerza en contra de un gobierno que nos quiere callar. El gran miedo, más allá de esta angustia, es que tengamos una Venezuela sin futuro y por esa razón luchamos”, indicó.

A las 7:09 am, la vigilia había terminado. No hubo heridos, ni desencuentros, tampoco el zarpazo que desgarra el abrazo entre hermanos. La actividad fue éxito al son del clásico grito: “¡Estudiantes, estudiantes!”. “¡A dormir!”, susurró alguien desde la audiencia. A descansar, porque el 1 de mayo otra marcha convocada por la MUD hasta el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) calienta la esperanza.

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