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Confesión de una adolescente: quiero un hombre que me mantenga

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Un estereotipo de mujer cala con celeridad en el imaginario colectivo del país. Cada vez son más las adolescentes que quieren sumarse a este ideal de belleza: explotadas, fabricadas, intervenidas quirúrgicamente para conseguir el hombre, también mejor postor, que las mantenga

La mujer venezolana es madre, reina de belleza o bomba sexy. Algunas adquieren sus implantes mamarios gracias al patrocinio de presidente del Banco Central de Venezuela (BCV) o gracias al llamado de Osmel Sousa, “Zar de la belleza” ―que ha brillado por sus declaraciones racistas y homofóbicas. Venezuela es el país de las mujeres que se fabrican a sí mismas o donde son abuelas a los treinta años. También es el país de mujeres como Sofía Imber, Teresa Carreño, Elisa Lerner, Marialbert Barrios o Tamara Adrián, estas últimas descosiendo paradigmas en los meses recientes, pero ese es otro cuento.

En cuanto a la bomba sexy o vedette, que otrora adornaba el retablo humorístico de la televisión y los relajos sabatinos, ahora da cuenta de “audaces” trucos para reinventar la profesión: las redes sociales les permiten construir un público propio y distribuir sus servicios, o bien, nuevas asociaciones las convierten en piezas claves dentro de la mitología del delito: consortes del “pranato”.

Algunas aproximaciones procuran luces sobre este arquetipo de mujer. Néstor González, periodista y editor de la popular web Nalgas y libros, apuntala el valor doméstico de estas esculturales maestras del deseo dentro de las particularidades del continente. “Entre los muchos elementos que conforman lo que conocemos en la actualidad como una vedette o bomba sexy, hay uno que las unifica: la cercanía con el grueso de la población. Una vedette no corre el riesgo de no gustarle a alguien por ser demasiado flaca o muy alta. Su característica principal es la familiaridad. Es como cualquier muchacha que está muy buena. Así ocurre en toda América Latina: entre Larissa Riquelme y Diosa Canales hay algo en común imposible de ocultar: ambas podrían ser simplemente las vecinas bellas de algún paraguayo o venezolano. Creo que no puedo hablar de un arquetipo de vedette venezolana, porque veo que el concepto está demasiado definido de forma única en toda América Latina y que solo hay pequeños ajustes dictados por el color local. Incluso la personalidad de todas estas muchachas es casi la misma que tenía Yuyito González en los años 80: la de una prima putona veinteañera que mantiene a sus primitos menores de 10 años controlados bajo la promesa de un beso o de un apretón con toda esa voluptuosidad. Los primitos son el público de varones, claro, y ahora están mucho más controlados gracias a lo que estas damas han aprendido sobre cómo mimarlos en las redes sociales: por ejemplo, casi todas llaman a sus seguidores ‘mis amores’. La actriz colombiana Marcela Mar ha denunciado que ese prototipo de ‘novia de narcotraficante’ le está haciendo daño a la sociedad, el problema es que sigue siendo lo que al pueblo le gusta por su cercanía: es más fácil soñar con una mujer como Diosa Canales, que es tan jodedora y simple como una vecina o una prima, que atreverse si quiera a pensar en tocar a una inalcanzable como Bar Refaeli.”

Génesis del fenómeno en cuestión

Elyanni Márquez tiene dieciséis años y cursa primer año del ciclo diversificado en la Unidad Educativa Simón Rodríguez, en Puerto la Cruz. De verbo fulminante y ojos olivas —sí, son naturales, apuntó—, su cabellera negra recién planchada se extendía sobre la pueril franela beige que enmarcaba un busto de incuestionable prominencia. La conversación surgió de improviso cuando le mostró a una compañera el contenido de la edición web de la revista UB y la entrevistadora aprovechó para integrarse a la tertulia.

―¿Eres lectora de UB?

―Sí, vale, me encanta. Yo quiero ser famosa. El año pasado empecé en una academia de danza y modelaje que está por mi casa, en El Frío. Me imagino como animadora o actriz, pero para eso me tengo que mudar a Caracas y trabajar allá, lo que pasa es que ahorita yo no me puedo ir de mi casa. Yo sé que soy bonita y con unos arreglos me vería mejor, lo que pasa es que montarse cuesta plata. Me gusta la idea de ser sexy, quisiera salir en Urbe Bikini, me encanta lo que hacen estas chicas, como Aleira Avendaño.

―Aleira Avendaño se hizo un cambio realmente drástico. ¿Estás segura de que esa es la imagen que quieres para ti?

― Oye, sí. Hay que atreverse, ¿no? Hay que exagerar y ella tiene su público. Igual si después me arrepiento me mando a quitar todo eso de encima y listo.

Sobre Avendaño y el estilo que encarna, el comunicador social y crítico de cine, Sergio Monsalve, añade un abreboca sobre la masificación del vacío y la eugenesia en el presente apocalíptico. “Alarmarse porque alguien decida explotar su imagen, resulta de entrada una actitud hipócrita, puritana y pacata. El erotismo y la pornografía son historia, desde tiempos remotos. En tal sentido, poco por agregar o condenar. Si usted se ruboriza por el tema, problema suyo. Otra cuestión más seria viene del análisis de la figura de la bomba sexy, al modo posmo, show off, barbie girl, muñeca inflable y fetichista de Aleira Avendaño. Todo un síndrome del feminismo condescendiente. Un arquetipo de una época de simulacros de la transparencia del mal, como diría Baudrillard, quien entiende el fenómeno como una forma de servidumbre voluntaria, de neoesclavitud asumida para complacer las fantasías de la dominación masculina —siguiendo la línea de Bourdieu. La vedette se somete a un tratamiento estético de siete años de cirugías, dietas, ejercicios y corsés para lucir así, cual maniquí de vitrina cosificadora. La belleza deviene único medio hot para alcanzar un fin supuestamente cool —instrumentalizado por el sistema. Se consuman los peores pronósticos de Susan Faludi: una guerra no declarada contra la mujer, obligada a adaptarse a los moldes de la eugenesia de nuestros días o quedar relegada como objeto de desecho. Es nuestra manera de encubrir el talibanismo de la sociedad del espectáculo, donde se discrimina por la apariencia en lugar de la esencia. En Afganistán las consideran si llevan burka. Aquí las valoran y ensalzan si cumplen con el estándar del desnudo cibermutante”, disertó.

Elyanni interrumpió la conversación para atender una llamada telefónica. Señaló, con toda la solemnidad correspondiente, que ahora no tenía tiempo, que estaba respondiendo su primera entrevista.

―Este tipo de profesiones se suele relacionar con el ejercicio de la prostitución. ¿Cómo te sientes al respecto?

Elyanni alegó una carcajada.

―Bueno, yo estoy tirando desde los catorce. Empecé con mi noviecito de noveno pero ya ahorita salgo con tipos mayores, con tipos que puedan asumir este peo. Yo le quiero sacar provecho a todo. Me gustan los hombres que me dan cosas, que tienen con qué. Yo no me voy a empatar con un limpio. A mí me tienen que dar para la peluquería, las uñas; si los hombres te quieren ver montadísima, tienen que pagar para eso.

―Pero, ¿eso no es venderte, de alguna manera?

―Chama, ven acá ¿Tú has salido con un limpio? Yo no creo que a ninguna jeva le guste salir con un limpio. Lo que pasa es que como una es, ponte tú, de clase baja, entonces dicen que una es bicha si dice que quiere salir con un tipo con plata. Pero yo tengo unas primas con plata, las que viven en Maracaibo, y mis tíos siempre les dicen que tienen que buscarse un buen partido. Ay sí. A las jevas sifrinas sí les pueden decir eso y queda bien. Pero una no, una es puta. Es lo mismo. Si un hombre se quiere acostar conmigo, pues plomo. Pero me tiene que dar cositas, me tiene que conquistar así. Yo no sé si es verdad eso que dicen que las misses y las mujeres modelos tipo UB tienen un sponsor (sic). Pero yo voy pendiente.

―¿Supiste lo que pasó con Nelson Merentes, el presidente del BCV?

―No.

―A Merentes le hurtaron una grosera suma de euros y dólares, y se sospecha que su muy joven amante –a quien aparentemente le costeó sus implantes mamarios- está involucrada en el hecho delictivo.

Elyanni respondió con otra carcajada.

―Esa chama es una lacra. Bueno. A mí me parece que fue muy inteligente. Ese viejo tiene plata que jode, aunque a mí me daría miedo robar a un chivo así. No, marica. Después te metes en un lío.

―¿No te preocupa, entonces, que de pronto te veas envuelta en una relación, íntima o laboral, con un hombre corrupto? ¿Qué piensas de Rosita, por ejemplo, que se ha visto involucrada con hombres del mundo delictivo?

Elyanni hizo una pausa. Acercó una sonrisa, pero no demasiado.

―Bueno, chama. La cosa está difícil. Yo no te sé explicar por qué. Yo quiero un hombre que me cuide y me represente, aunque tampoco me gustaría meterme en cosas raras. Los hombres son los que hacen negocios y cada quien ve cómo hace para sobrevivir. Yo me quedaría con uno como Merentes. Me da menos miedo que un pran. Ay, no sé. Yo quiero vivir rico, para eso Dios me dio esto que ves aquí.

Otra llamada telefónica se encargó de ponerle punto final a la conversación.

Venezuela es el país donde hacer los sueños realidad es, entre otras cosas, una pesadilla. ¿Qué clase de soñantes y aspiraciones se cuecen entre los hijos de esta quinta república? Venezuela es el país de Elyanni.