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Leonard Cohen, poeta de cicatrices

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Al poeta canadiense lo alcanzó el tiempo hace un año, luego de décadas de persecución. Leonard Cohen dejó un legado poético y musical impresionante que lo confirma como un creador prolífico, profundo y humano, que supo de relatos más que de formatos

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Una nota escrita a Marianne Ihlen confirmaba que Leonard Cohen había comenzado su despedida. Ella, el gran amor del artista, su musa, el impulso de su poesía en los años 60, el personaje de su canción So Long Marianne, murió el pasado 28 de julio y esas líneas fueron su despedida a quien por décadas fue su inspiración, desde sus tiernos 22 años cuando conoció al poeta canadiense. Fue un mensaje por correo electrónico que venció distancias y auguró reencuentros celestiales.

En octubre de 2016, ya las palabras de Cohen eran aun menos sutiles. En una entrevista con David Remnick del New Yorker, dijo que estaba listo para morir y que esperaba que no fuera demasiado incómodo. “En cierto punto, tienes la oportunidad de poner tu casa en orden. Es un cliché, pero es subestimado como un analgésico en todos los niveles. Poner tu casa en orden, si puedes hacerlo, es una de las actividades más consoladoras, y los beneficios son incalculables”, confesaba en la conversación.

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Sus palabras encendieron las alarmas de los más fieles seguidores del poeta canadiense convertido en cantautor que a sus 82 años firmó su último disco, You Want It Darker, y celebró 60 años desde la aparición de su primer poemario. Porque Leonard Cohen primero fue poeta y luego cantautor. Primero fue poeta y luego músico. Primero fue poeta y luego intérprete. De hecho, había publicado seis libros de poemas antes de editar su primer disco, en 1967. A los 22 años ya tenía en la calle su debut literario.

Su mejor poesía está contenida en 11 libros, breves y precisos. Let Us Compare Mythologies (1956), The Spice-Box of Earth (1961), The Favorite Game (1963), Flowers for Hitler (1964), Beautiful Losers (1966), Parasites of Heaven (1966), Selected Poems 1956-1968 (1968), The Energy of Slaves (1972), Death of a Lady’s Man (1978), Book of Mercy (1984) y Stranger Music (1993).

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Sus escritos más conocidos, pulidos con música y acordes, están en sus canciones más aclamadas. Allí se cuentan Suzanne (1967), Ain’t No Cure for Love (1988), I’m Your Man (1988), Sisters of Mercy (1967), Lady Midnight (1969), You Want It Darker (2016), Hallelujah (1984). Esa última pieza es la que más sonó a propósito de su muerte el 7 de noviembre de 2016, su tema más conocido, calificado por la crítica como una de las canciones más hermosas alguna vez escritas.

John Cale, por ejemplo, la versionó hace 25 años, en 1991, y en 2016 la retomó. Entonces, publicó una nota que relata: “Mediados de los ’80, Nueva York, sentado en la audiencia, escuché a Leonard Cohen interpretar una nueva canción suya -una gran banda, coristas, remolinos de arreglos- pero lo que escuché, fue algo de su poesía más intensa, enmascarada en una elegía. En mi cabeza, quería desnudarla, exponer el centro de ese nervio oscuro, la disconformidad de un hombre solo con sus emociones embotelladas… Un piano, un poema… La gema que aún debe ser descubierta, Hallelujah”.

La virtud de la derrota

Cierto es que Leonard Cohen salió al paso de sus propias palabras y, a pesar de varias afectaciones de salud, dijo en Los Angeles en octubre que solía ser un tipo más que dramático y que planeaba, en realidad, vivir para siempre, llegar a los 120 años al menos, y grabar dos discos adicionales. Pero el reloj es implacable y el tiempo le ganó la carrera. Una derrota que quizá recibió en paz, sin ganas de disputarla siquiera. No hay que olvidar que el canadiense alguna vez afirmó que “la poesía es solo la evidencia de la vida. Si tu vida se quema bien, la poesía es solo la ceniza”.

De hecho, su último trabajo no solo da cuenta de su riqueza poética, estética y espiritual sino que reflexiona sobre asuntos oscuros, viejas pérdidas, ajustes de cuentas con la vida que se hace menos con cada bocanada de aire, evaluaciones en base al espejo retrovisor y partidas que se cierran porque simplemente el jugador, el protagonista, decide pararse de la mesa, como en la canción Leaving The Table, donde el cantante murmura la resignación del derrotado.

Es la visión de un octogenario que vio las verdes y las maduras y que no tenía empacho en cantar sobre ello, sobre la propia vida, en lo que se asumía sería su último disco, su despedida, su mensaje a ese You, que a ratos se asume es Dios y a otros ratos se asume es el propio oyente del trabajo. Ese último disco, además, es un testimonio de confianza, porque cinco de las nueve piezas del álbum no son escritas por Cohen sino por Patrick Leonard, exproductor y compositor de Madonna, encargado del diseño sonoro del LP. Es la dupla que trabajó lo que puede ser leído como una trilogía de la vejez, dedicada a expurgar la mortalidad, que inició con Old Ideas en 2012 y siguió con Popular Problems en 2014.

Leonard Cohen vivía en el segundo piso de una casa que compartía con su hija Lorca y su niño de cinco años en Los Ángeles. Salía poco. Estaba enfermo, al parecer el cáncer lo minaba. El disco You Want it Darker, su décimo cuarto álbum de estudio, lo grabó en esa residencia gracias a que su hijo Adam instaló un micrófono en la mesa del comedor y llenó la sala de guitarras acústicas y computadoras, donde ubicó una silla ortopédica para que el poeta solo tuviera que cantar. “Ocasionalmente, en ataques de alegría y pese al dolor, se levantaba para ponerse en frente de los altavoces y los dos repetíamos una canción una y otra vez como si fuéramos adolescentes”, le contó Adam a la revista Rolling Stone.

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Fue su último testimonio, el que le dio cierre a cinco décadas de carrera durante la cual escribió sobre el amor y el sexo, la espiritualidad y la guerra, el éxtasis o la depresión, las dualidades de la vida, lo humano y lo divino. Lo hacía con pasión y con paciencia, a sorbos. Sus canciones, algunas de sus mejores, tardaron años en completarse. El añejamiento era parte de la fórmula. Por eso sus poemas cantados son atemporales, nunca urgentes, aunque suenen desesperados. Son el retrato de un hombre que fue diletante con las drogas y la depresión, que se encerró en un monasterio zen durante seis años, que fue estafado por su manager y tuvo que prolongar su carrera de gira en gira para hacer dinero. Un poeta de cicatrices.

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“Nunca he vendido lo suficiente para relajarme con respecto al dinero. Tenía dos hijos y su madre –con quien nunca se casó- que mantener, y mi propia vida. Así que nunca hubo opción de parar y ahora es un hábito. Y está el elemento del tiempo, que es poderoso, con sus incentivos para terminar. Yo no estoy ni cerca de terminar. He culminado algunas cosas y no sé cuántas otras podré cerrar porque ahora siento mucha fatiga. Hay momentos en los que simplemente tengo que acostarme (…) Las cuestiones espirituales, gracias a Dios -baruch Hashem-, están en su lugar, por lo que estoy muy agradecido”, le dijo al New Yorker.

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Poesía a cuenta gotas

Bob Dylan alguna vez admitió que si alguien podía rivalizar con su pluma era el nacido en Quebec en 1934. En 2016, y también al New Yorker, el norteamericano afirmó que la mejor obra de Cohen es “profunda y veraz”, “multidimensional” y “sorpresivamente melódica”. “Cuando la gente habla de Leonard, no mencionan sus melodías, que para mí, junto con sus letras, son su mayor genio. Incluso las líneas de contrapunto le dan un carácter celestial y una altura melódica a cada una de sus canciones. Hasta donde yo sé, nadie se acerca a esto en la música moderna”.

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Los procesos de ambos creadores eran distintos. Aquél escribe canciones en torrente, y el canadiense a cuenta gotas. Combinadas con su voz de barítono, rota por los años y el cansancio hasta hacerla subatómica, entregó sus piezas meditativas y sarcásticas a ratos, entre susurros. Envolventes. Comenzó haciendo folk, de mucha sencillez, para luego comenzar a vestirse de jazz. En su último disco hay guitarras, coros, violines, orquesta, sintetizadores; lo que requiera canciones geniales como Treaty, Steer your way o la que da nombre al trabajo, You Want It Darker. “No quiero dar la impresión de que soy un gran musicólogo, pero soy mucho mejor de lo que he sido descrito por mucho, mucho tiempo. Ya sabes, la gente dice que solo sé tres acordes cuando en realidad sé cinco”, llegó a decir el escritor hace algunos años.

Cohen amasó un Grammy honorífico por toda su carrera en 2010. Al año siguiente recibió el premio Príncipe de Asturias de las Letras. “Siempre he tenido sentimientos ambiguos sobre los premios de poesía. La poesía viene de un lugar que nadie controla y nadie conquista. Así que me siento un poco como un charlatán al aceptar un premio por una actividad que no domino”, afirmó entonces en Oviedo, España, el confeso adicto a la obra de Federico García Lorca. Su nombre se asoció durante años con los candidatos al Nobel de Literatura. Curiosamente, Cohen dijo que se metió en la música porque no podía ganarse la vida como poeta. Llegada su muerte, informada el 10 de noviembre de 2016 por su familia pero ocurrida el 7, según The Washington post, se le recordará por ambos títulos.