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Lo inesperado del vestido de la duquesa de Sussex

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El sábado 19 de mayo se llevó a cabo “la boda del año”, protagonizada por el príncipe Harry y Meghan Markle, hoy duque y duquesa de Sussex, respectivamente, en una ceremonia llena de significado que cambió para siempre las tradiciones y el rumbo de la familia real británica

La boda real del príncipe Harry y Meghan Markle se desenvolvió en un ambiente lleno de sorpresas. Una de las grandes incógnitas de la unión se develó ese día tras la aparición de la novia con un vestido totalmente inesperado, absolutamente simple, escultural, de líneas puras, escote estilo barco, mangas largas y cola que arrastraba. Su diseñadora fue la inglesa Clare Waight Keller, directora artística de una de las casas de moda más icónicas de París: Givenchy, la primera mujer que ha sido diseñadora en esa maison.

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El vestido en cuestión prescindió de miriñaques, encajes, alforzas lejos del look cenicienta, justamente para poner en valor rasgos que definen a Meghan Markle: independencia y empoderamiento femenino, un diseño que además respetó la tradición manteniéndola cubierta en todo momento. El vestido representó la fuerza femenina a través de su construcción: solo tenía seis costuras en su totalidad, una obra maestra de patronaje y alta costura. 

La selección de la tela, fuerte y con mucho cuerpo, fue el satén duquesa de pura seda natural. Esta escogencia de la diseñadora revela a una mujer que ha trabajado para tres de las casas más importantes del mundo: Pringle of Scotland, Chloé y ahora Givenchy, casa que cuenta con una magnífica relación con el cine, ya que su fundador Hubert de Givenchy escogió como musa a la icónica actriz Audrey Hepburn y, para la película Funny Face, diseñó un vestido de novia, que años después sirvió de inspiración para el modelo que lució Markle, quien también fue actriz de la serie Suits. De esta manera, Clare Waight Keller honró la ex profesión de Meghan. Ambas figuras de Hollywood también tienen en común el apoyo brindado a Unicef como embajadoras.

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El velo, de especial importancia para complementar el traje, tuvo cinco metros de largo, realizado en tul de seda natural con 53 flores bordadas que representaron las 53 naciones que  conforman el Commonwealth. Cada una de ellas diferente para simbolizar las nuevas responsabilidades que tanto Harry como Meghan asumirán como embajadores del mundo británico. También, entre las flores bordadas, se encontraban las amapolas californianas que representan el estado donde nació Meghan en los Estados Unidos. 

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La tiara que escogió la novia, para ajustar el velo, era un bandeau en platino y diamantes de 11 secciones que permitían flexibilidad; la misma que ha alcanzado la familia real con esta nueva unión. La diadema se realizó en 1932 y perteneció a la reina María, abuela de la reina Isabel II. La joya, en su centro, contiene un gran brillante en forma de broche removible para ser utilizarlo en otras ocasiones.

La discreción con la que se llevó todo a cabo fue impresionante, ya que ninguno de los diarios como el Daily Mail o Page Six, ni los pronósticos ingleses pudieron dar en el blanco con el vestido de la novia.  Entre los nombres que sonaron como posibles diseñadores del traje estuvieron Stella MCartney, Ralph & Russo e incluso Erdem Moralioglu, nunca se mencionó a Keller.

La promesa de Meghan Markle se cumplió hasta con su vestido. Ella trajo un cambio, nos sorprendió a todos con la elección de su traje de novia y todo el simbolismo y el optimismo que representó, un acierto en los tiempos turbulentos que vivimos.

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