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Lo que no olvidan los hijos de los presos políticos

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11/10/2017
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COMPOSICIÓN FOTOGRÁFICA: ANDREA TOSTA

El resquebrajamiento del sistema judicial venezolano y la persecución a disidentes mantienen tras las rejas a cientos de presos políticos en Venezuela, de acuerdo con cifras del Foro Penal Venezolano. Y con ellos, familias que quedaron a la deriva. Su descendencia guapea, pero no olvida las injusticias cometidas. El 11 de octubre se conmemora el Día de la Solidaridad con los Presos Políticos de Sudáfrica. Muchos se solidarizan con los de Venezuela

Arrullos por consignas políticas, viajes familiares por visitas a la cárcel, un hogar que se tambalea por una madre prácticamente soltera. Como si la vida les jugara una mala pasada, hubo jóvenes venezolanos que se vieron forzados a cambiar de un día para otro su cotidianidad por el apresamiento de sus padres. Los hijos de los presos políticos viven la pesadilla de no tener a sus familiares consigo, teniéndolos en el mismo país y, en algunos casos, en la misma ciudad.

Hubo quienes vieron a sus progenitores estrenar una lista de presos políticos, que se alargaría durante el gobierno de Nicolás Maduro. El 11 de abril de 2002 trae un torbellino de recuerdos para Ivana Simonovis, que tenía apenas cinco años. Su papá, Iván Simonovis, era el jefe de la seguridad ciudadana de la Alcaldía Mayor de Caracas cuando hubo dos asesinatos durante la protesta. Dos años después, el 20 de noviembre de 2004, funcionarios de la Disip arrestaron a Simonovis sin orden de aprehensión y fue acusado de la violencia ocurrida en Puente Llaguno. “No sé si era muy pequeña o si bloqueé lo que pasó el día en que metieron preso a mi papá, pero me acuerdo que mi mamá siempre nos lo intentaba explicar de una manera amigable. Al principio era así, semana a semana”, explica su hija.

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Los recuerdos de su hermano Iván, quien heredó el nombre completo de su progenitor, son en cambio vívidos y audiovisuales. Recuerda la televisión dividida en dos, cuando el expresidente Hugo Chávez hablaba de la normalidad que se contrarrestaba con las transmisiones en vivo de la marcha. Hace repaso y ve el arresto de su papá por televisión, dos años después. “Mi madre —Bony Pertíñez— siempre fue honesta con nosotros, y a diferencia del resto, nunca cayó en consuelos vacíos ofreciendo falsas esperanzas. Siempre nos mantuvo con fe, claros ante la injusticia y vigilantes ante cualquier posible situación”, explica el joven.

La realidad de los hermanos Simonovis cambió radicalmente: las visitas a su papá en el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) y luego a la cárcel de Ramo Verde se volvieron un fijo los fines de semana, su cotidianidad se fue llenando de ruedas de prensa y campañas, el apellido Simonovis comenzó a posicionarse en los medios de comunicación y en la opinión pública. “Cuando tienes siete años, esa es la realidad y ya. Pero cuando vas creciendo y te comparas con tus amigos, te das cuenta de que tu situación no es la normal. Mientras la gente se iba a la playa los fines de semana, yo iba todos los domingos a visitar a mi papá. Mis compañeros tenían fiestas de Navidad y yo tenía que pasar un 24 de diciembre en el Helicoide abriendo regalos”, rememora.

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Iván Simonovis padre fue condenado a 30 años de prisión en Ramo Verde, acusado por el desenlace violento de la marcha del 11A. Su condena en 2009 fue otro golpe para su descendencia. Iván hijo hace remembranza de cuando tenía 16 años: en un día cualquiera de clases se enteró de la noticia. Se sentía inerte, incapaz de cualquier acción coherente. “Me sentía como una roca que apenas sobresale del mar mientras las olas de estudiantes pasaban a mi alrededor y se estrellaban contra mí. Como una roca estaba inmóvil y sin vida. No estaba triste ni molesto; mi mente, como ya había hecho en el pasado, estaba acostumbrada a entrar en el modo de supervivencia. Cuando entraba en este estado cualquier emoción era suprimida. Esta habilidad la utilizaría muchas veces más durante los próximos años”. Para su hermana menor, esa es una de sus cicatrices más profundas: “En momentos como esos cuesta ver una luz, porque uno tiene una pequeña esperanza y te quedas en el aire. Sientes que no tienes de dónde agarrarte”.

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Solo un hasta luego

Los hijos de Simonovis no fueron los únicos que llevaron la cruz de los 30 años de condena como si fuera suya. La comparten con los familiares de 108 presos políticos que existen actualmente en el país, de acuerdo con cifras actualizadas del Foro Penal Venezolano. Otros ocho funcionarios de la Policía Metropolitana (PM) fueron apresados en Helicoide o la cárcel Ramo Verde. Se convirtieron en los “primeros presos políticos”, como los califica Katherine Molina, hija de Luis Molina, funcionario de la extinta Policía Metropolitana (PM) detenido en 2003. “Literalmente me siento triste porque liberaron a muchos presos políticos con el proceso de diálogo y a mi papá no. No hay presunción para enorgullecerse, pero esa es la verdad: ellos fueron los primeros”, pontifica la joven.

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El Ministerio Público acusó a Luis Molina por los delitos de homicidio calificado consumado, homicidio calificado frustrado, lesiones gravísimas, lesiones graves, lesiones menos graves y lesiones leves, en grado de complicidad correspectiva, uso indebido de arma de fuego y de guerra. Katherine tenía apenas año y medio cuando el 11 de abril se convirtió en una fecha fatídica para su familia. A pesar de la franqueza familiar con que se manejó el apresamiento del padre de familia, crecer sin él corroía su entereza, una de los tres hijos del funcionario Molina. “Los peores momentos fueron mis cumpleaños. A veces los celebrábamos en el colegio y a mí me pegaba porque los cumpleaños se celebran con los papás y yo no tenía al mío. Cuando cumplí 15 años me hizo muchísima falta porque me sacó a bailar el vals. Lo hizo mi primo, que es como mi hermano, pero igual me sentí mal porque yo a mi papá siempre lo he tenido”.

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Los hijos de los presos políticos se despidieron de momentos como cumpleaños, presentaciones escolares, festividades. “Pasar las navidades en una cárcel no es nada bonito. Verles la cara a ellos de tristeza, de que tienen que pasar otro año más ahí, es horrible. Le pega a uno porque ya se sienten cansados”, dice Katherine, con voz agitada. Chiquinquirá Hurtado, hija del subcomisario de la PM Marco Hurtado, también apresado por los sucesos del 11 de abril de 2002, tuvo su ruptura en la dinámica familiar a los siete años. “Nunca pensamos que fuera un preso político, al principio era una detención mientras investigaban. Resultó que ese mes se convirtió en 14 años”, afirma la joven. Luego de la detención de su papá en 2003, se olvidó de sus viajes familiares al interior del país. A partir de ese momento, Chiquinquirá se limitaría a viajar a Ramo Verde con el propósito de llevarle a su papá lo necesario, sus refrescos, sus galletas, su mejor disposición. “Siempre lo peor es cuando me voy, porque se queda detrás de la reja y eso me parte el alma. El saber que cuando nos despedimos, no se puede venir conmigo”.

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A Andreína Baduel le tocó cursar la mitad de su carrera universitaria en las mañanas y las noches tres días a la semana para poder visitar a su papá, Raúl Isaías Baduel, los jueves en Ramo Verde. “Cuando tienes a un familiar preso político no existe vida social, nada más allá de condicionar esos momentos a una cárcel”. Es la sexta de doce hijos, le tocó asumir enterezas propias de los 23 años que tenía para el momento del apresamiento de Baduel, militar y exministro de la Defensa durante el gobierno de Chávez. “Lo más duro era verlo y dejarlo ahí. Es muy difícil. Uno no se acostumbra a las vejaciones a las que uno es sometido, pero aprendes a sobrellevarlo porque no te queda de otra. Hasta teniendo la menstruación me tocaban la toalla sanitaria. Yo llegaba como a las 11 de la mañana y compartíamos el almuerzo y la tarde. Al final del día, yo salía destruida y él consolándome”, dice, siempre apoyada en Dios y confortándose con el hecho de que su papá se encuentra entero.

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El desprendimiento como cualidad también lo asimiló Geraldine Afiuni, hija de la jueza María Lourdes Afiuni, apresada el 10 de diciembre de 2009 por haber otorgado la libertad condicional al banquero Eligio Cedeño —acusado de presunta corrupción en el manejo de dólares regulados. Su madre fue incluso protagonista en los discursos del fallecido expresidente Chávez, quien en cadena nacional ordenó al Poder Judicial que se le aplicase la condena máxima venezolana: 30 años de cárcel. Afiuni fue acusada por cargos de corrupción, cómplice de fuga, abuso de poder y conspiración criminal. Fue recluida en el Instituto Nacional de Orientación Femenina (INOF).

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Hija de madre soltera, Geraldine agradece a Dios que sus abuelos maternos hayan tomado la batuta en su cuidado. “Siempre han sido mi apoyo y mi roca, han estado conmigo en todo momento”, agrega. Y a pesar de tenía la dicha de verla en cada visita que hacía al recinto penitenciario, constituían los momentos más duros. “Mis abuelos y yo salíamos todos los domingos a las 5 de la mañana de mi casa en el Hatillo vía San Antonio, Los Teques. Alrededor de las 6 de la mañana nos ponían hacer colas para entrar a la visita después de mediodía. Luego nos dividían en hombres y mujeres y nos requisaban. Nos mentían en un cuarto con otras cinco mujeres, nos desnudaban y nos hacían agachar tres veces. Todo este proceso para ver a mi mama una hora. Dejarla ahí era lo más difícil”, narra Geraldine.

Hasta el sol de hoy, Geraldine no ha tenido la fuerza para hablar con su madre sobre su intimidad violentada en el INOF, hecho que salió a la luz pública con el libro de Afiuni, la presa del Comandante, escrito por Francisco Olivares. “Hay cosas que como hija son imposible de asimilar. Cuando salió el libro no quise leerlo, ni lo he leído todavía. Es algo que no estoy preparada para hablar con mi mamá o para pensarlo más de dos minutos. Tal vez en un futuro pueda hablarlo con ella, pero por ahora es muy doloroso”.

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Ilusiones rotas

La independencia de poderes públicos es una entelequia para los hijos de los presos políticos, al menos en tiempos de revolución chavista. Confiar en los herederos de Chávez se les hace tan complicado como recuperar su infancia fragmentada. Chiquinquirá desconfía en pleno del sistema judicial, especialmente cuando su papá Marco Hurtado ya cumplió la pena impuesta y se mantiene recluido en Ramo Verde. “Los gobiernos van a tener que pagar las injusticias. Hay demasiada impotencia porque tú sabes las razones de la injusticia, has vivido esa injusticia. Mi papá nunca nos vio vestidos a mi hermano ni a mí de camisa azul, camisa beige… Sabes que no puede ser así, pero no puedes hacer nada. La decisión es política. Es ahí donde más afecta”.

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Geraldine Afiuni es actualmente abogada egresada de la Universidad Andrés Bello (Ucab) y tiene un posgrado en Derechos Humanos. Ahora ve la condena de su madre más allá de la rebeldía de su adolescencia: “Todo lo que ha pasado con mi mamá desde el ámbito legal y humano ha sido una total pesadilla, que seguimos viviendo todos los días. Cuando ocurrió lo de mi mamá, las personas no se dieron cuenta de la gravedad del asunto, no se dieron cuenta de que el Poder Judicial en Venezuela perdió absolutamente toda su independencia el día en que Hugo Chávez la sentenció en cadena nacional”. Geraldine cree en el castigo divino, justo y merecido. Y nunca olvida. “Hugo Chávez arruinó la vida de toda mi familia. Tenemos 7 años viviendo en una pesadilla día tras otro. A mí personalmente se me hace imposible no guardar resentimiento”.

Las ilusiones de libertad plena se mantienen para la descendencia de los presos políticos. Agarran la esperanza por los cachos, rayando en la desesperación. Con su padre en libertad condicional y su hermano Raúl Emilio, apresado luego de las protestas de 2014, Andreína Baduel no pierde la fe ni la prudencia: “Dios está en nuestros corazones porque sabemos que nos asiste la verdad”. Katherine sí cree que su papá Luis Molina será liberado antes de cumplir su condena de 16 años. “Si no lo sueltan por el cambio de gobierno, que sea por su estado de salud, él tiene que tratarse con medicinas, casi le da un ACV, siento que es peligroso. Que le den casa por cárcel, no importa; que lo manden a callar, no importa. Somos personas humildes, lo que nos importa es que nos devuelvan a nuestro familiar. No vaya a ser que se muera allí”.

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Iván Simonovis solo les desea buena suerte a quienes dieron el ejecútese de encerrar a su papá en Ramo Verde. Su hermana Ivana, ya mayor de edad, sencillamente sigue sin entender la motivación para hacer el mal. “Si viera a quienes mandaron a meter preso a mi papá en persona, les preguntaría si están bien consigo mismos después de todo lo que ha sucedido, si están conscientes de todo el daño que le han hecho a la gente y si se imaginan a sus hijos pasando por lo que yo pasé. Esperaría que ellos se disculparan conmigo, estaría ahí para escuchar qué me tienen que decir al menos. Ahora, si Maduro me dice mañana perdón, no me va a hacer mejor persona, no dependo del perdón de nadie y menos del suyo”.