Los cuartos vacíos, el lado silencioso de la migración venezolana

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La habitación de Jorge Badra todavía está como la dejó. Las sábanas azules de su cama están tendidas, los libros reposan en la estantería de la pared, el antiguo trofeo de fútbol se pelea con los papeles para desordenar el escritorio de la esquina. La luz del atardecer y el olor a grama del jardín entran con facilidad por la ventana entreabierta. Su dormitorio era su santuario, el lugar de la casa donde pasaba gran cantidad de tiempo. Tuvo que abandonarlo, junto a la mayoría de sus pertenencias, el día que subió a un avión para cruzar el océano Atlántico con destino a España.

La migración no es tema nuevo para su familia. Elisa Martínez, su madre, huyó de Cuba a los 14 años para hacer de Venezuela su hogar. Y así lo hizo por más de 40 años. Le enseñó a sus dos hijos el significado de tener arraigo, patria, raíces. La importancia de la familia. “Ninguno de mis hijos tuvo la idea de irse”. Hasta que el primero de sus descendientes no tuvo mejor opción tras quedarse sin empleo. Dar el salto no fue una decisión fácil para el abogado, tampoco continuar en un país en el que las leyes son vulneradas. “Yo lo convencí porque su carrera no tenía futuro aquí”. A finales de 2016 tomó la decisión y aterrizó en Madrid en agosto de 2017. Se olvidó de su profesión y ahora estudia un máster en Administración en la ciudad europea.

A Elisa se le repitió la historia. Ahora vive en dos partes, con el corazón dividido. “Es lo último que yo hubiera querido para mis hijos. Es muy fuerte vivir lo ya vivido. No vuelves a tener estabilidad porque se desmiembra la familia”. Lo más difícil ha sido visitar el dormitorio de Jorge, lleno de recuerdos pero vacío sin él. “Un espacio que no se llena”.

Nolberto Contreras y Grasibel Blanco ya no viven en la casa que habitaban con sus hijos en lo alto de un barrio en El Valle, en Caracas. Cuando sus hijos dejaron Venezuela, hace más de un año y medio, ellos también abandonaron su hogar: era doloroso estar con tantos cuartos vacíos. “Nosotros les hicimos esta casa y ellos se fueron”, lamentan. Desde entonces viven en un inmueble ubicada unos cuantos escalones más abajo.

Las habitaciones dejadas atrás se convirtieron en el alojamiento temporal para otros familiares. Sin embargo, el rastro de sus ocupantes originales no se borra: nadie ha modificado el calendario que marca “junio” en el dormitorio de Gabriela y algunos zapatos de Gabriel todavía se esconden bajo la cama.

Aunque la tristeza inunda los ojos de Grasibel al visitar nuevamente los cuartos vacíos de sus hijos, que vuelvan a Venezuela no es una opción. “Es mejor que estén allá. Me iré con ellos si me pasa algo. Mientras tanto, sobrevivimos el tiempo que nos queda. No hay esperanza de que esto cambie”.

Gabriela no miró atrás cuando se fue con dos maletas a cuestas. “Yo me paré en la ventana a verla y ni volteó para decirme adiós”, expresa su madre. Tampoco explicó a sus padres cómo consiguió el dinero para el boleto aéreo hacia Chile. Gabriel, su hermano mayor, la siguió meses después. Grasibel, la madre, todavía no entiende su partida: “Yo no les puedo dar más de lo que les doy, no sé por qué quieren ser lo que no son”. Los ingresos de sus progenitores como mototaxista y trabajadora en un centro de salud no eran suficientes para costear una migración por partida doble, así que los jóvenes encontraron la forma. Irse del país no solo se reserva a la clase media: 12% de los hogares con emigrantes son de los estratos más pobres, indica la Encuesta de Condiciones de Vida 2017.

La joven de 23 años dejó su hogar porque se le hacía insoportable vivir en un país que fuese gobernado por el chavismo. Ese siempre había sido el punto de discordia con sus padres, quienes habían votado por el difunto Hugo Chávez siempre. Incluso le dieron su voto a Nicolás Maduro en 2013 porque eso fue “lo que había dicho el comandante”. Los hijos eran opositores, y ahora ellos también: “Yo dejé de ser chavista después que mis muchachos se fueron”, desliza Nolberto Contreras.

No se conoce con precisión las cifras del desplazamiento masivo de venezolanos. No hay informes oficiales, el gobierno desestima uno de los éxodos más grandes de América Latina. “No es como lo pintan, es mucho menor”, ha dicho Nicolás Maduro, mandatario del país con 30 millones de habitantes proyectados por el Instituto Nacional de Estadísticas.

Algunos estudios calculan que al menos dos millones de nacionales han partido, otros estiman que hasta cuatro millones, en menos de una década

El más reciente informe de la Oficina Internacional de Migraciones (OIM) de la Organización de Naciones Unidas da una pista: 2.328.949 venezolanos se han ido, al menos hasta junio de 2018. Casi 80% de quienes se han ido del país lo han hecho entre 2016 y 2017, según la Encuesta Sobre Condiciones de Vida (Encovi) 2017. Sin opciones y sumidos en la desesperación, han visto la migración como la única solución.

Para el chavismo, las cifras distan de las entregadas por la ONU. El 3 de septiembre de 2018 el Gobierno venezolano ofreció por primera vez en los dos últimos años las “cifras comprobables, certificadas y serias” sobre la diáspora. Maduro aseguró que los emigrantes no pasan de 600.000 “y más del 90% están arrepentidos”.

Medir la inaudita diáspora venezolana es tarea difícil. Pero se manifiesta en las aulas sin estudiantes, en los centros hospitalarios sin médicos y en comercios que cierran sus puertas para no abrir nunca más.

Un país que poco a poco se queda en silencio y no por ausencia de ruido, sino por falta de voces.

La hiperinflación, escasez de alimentos y medicinas, pobreza, inseguridad y crimen actualmente definen a la nación. Una grave situación que se ha agudizado tras el ascenso al poder del hijo político de Hugo Chávez, Nicolás Maduro, considerado por varios países del mundo como la cabeza de un gobierno autoritario.

El país no era de emigrantes. Décadas atrás era un territorio de destino para millones de personas que buscaban mejores condiciones de vida. La tendencia cambió. Ahora son los venezolanos los que se van y el fenómeno ha alcanzado magnitudes alarmantes. Cada día son más y más quienes deciden dejarlo todo atrás para empezar desde cero en otras fronteras. Colombia, Perú, Ecuador, Estados Unidos y España son los países que más han recibido venezolanos últimamente. Pero las personas que se van no son solo un número: son millones de cuartos vacíos. ¿Qué pasa con el espacio que queda? ¿Qué ocurre con el lugar que refleja la vida de una persona? ¿Qué pasa con una familia obligada a dividirse?

José Ángel Uribe tiene 25 años y vive solo en una casa de tres habitaciones, pero no por decisión: su madre y su padrastro emigraron. El joven se mudó al cuarto principal, aunque no se llevó nada del suyo. En el dormitorio siguen algunos de los objetos personales de su progenitora. En una esquina quedaron las imágenes y estampillas religiosas que junto a su pareja recopiló por años en el coro de la iglesia.

Danuvis Padrón fue la primera en marcharse en junio de 2017, empujada por la inseguridad. Quiso llevarse a su hijo, pero él se negó a hacer las maletas hasta terminar su carrera de Medicina. “No vislumbraba irse sin mí, yo la obligué”, relata. El turno de Carlos Lino, y de los dos perros, llegó en febrero de 2018. El sonido del hogar también emigró. “Tocaban la guitarra, ensayaban, cantaban. Hablábamos en la noche durante la cena. Mis perros ladraban a los vecinos y se escuchaban sus pisadas por la casa. Todo eso se fue”.

*Este texto se publica en alianza con Caracas Chronicles.

Estudios Internacionales en la UCV era su amor platónico, pero terminó directo en la "friendzone". Le dio una oportunidad a la UCAB con Comunicación Social y se enamoró en la primera cita. Periodismo se convirtió en su pasión y la colmena en su segundo hogar. La fotografía la sedujo a medio camino y desde entonces divide sus pasiones entre la escritura y las imágenes. Y decidió que así quiere contar historias que (la) conmuevan: con palabras y muchos clics. Patea la calle con un bolso cargado de libretas, mucha curiosidad y ganas de caerle a preguntas a la gente.