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Cuando los liceos gradúan hampones, ladrones y asesinos

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23/01/2017
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COMPOSICIÓN FOTOGRÁFICA: VÍCTOR AMAYA

Las aulas de clase, patios y derredores son campos de violencia. Hay asesinatos, riñas, heridas con puñales. El pavor impide a la mayoría de los maestros denunciar a los jóvenes agresores. Expertos advierten del ascenso acelerado del crimen como mecanismo de orden dentro de la educación venezolana

Marlin (*), cursante de quinto año, se acercó esa mañana a la biblioteca. Buscó presuroso a su profesora en las gargantas mismas del liceo Felipe Larrazábal de Maracaibo.

—Te vengo a decir algo. Quitate la coña cadenita esa, que te van a joder.

Sofía (*), la docente de 50 años, intentó desacreditar la advertencia. Le juró que los enlaces dorados que sostenían sus lentes correctivos no eran de oro, ni de precioso metal alguno. Trató de restar importancia al asunto.

—Esa verga es de oro. Mirá que no te han jodido porque yo no los he dejado.

La maestra hizo caso a su alumno. Se sintió privilegiada, protegida. Sabía que el joven, de tan solo 16 años e integrante jerárquico de un grupo apodado “Los tremenditos”, tenía ascendencia entre sus pares. El chamo estaba “dateado”.

Las insolencias no sobraban: eran una licencia. Eran parte de la extrema confianza que ambos desarrollaron desde que el muchacho cursaba tercer año de bachillerato, cuando recurrió a la profesora en sus horas libres para encarrilar sus deficientes notas en las asignaturas humanísticas: historia, geografía, castellano, inglés.

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Marlin “era un joven fornido, de pelo y ojos castaños”. Junto a sus cinco primos hermanos, también estudiantes del liceo, se sentían los gallos del corral. Ejercían como tales. Operaban como el rat pack de esa escuela del noroeste marabino, líderes de una manada que acostumbraba a desboscarse en incidentes de robos, riñas y bullying.

Disfrutaban del asedio a los chicos gay. Les llamaban “mariquitas”, “niñitas” y les prometían presentes varios: una peluca, un cuté, una pintura de labios. Heridas de verbo que calaban más en alma que en la piel, pero que en pasillos se fusionaban con rumores de embarazos precoces, escenas de sexo en el patio escolar y promesas de “agarraditas” en el patio.

Era y es el soundtrack de una cotidianidad violenta, que recrudece y evoluciona conforme expiran los calendarios. El humo de una llamarada de transgresión que siempre sitia a docentes y alumnos. Es un contexto brutal que no sufre gripe, ni implora días libres. Es la espada de Damocles que pende sobre siete millones de chamos y chamas en Venezuela en horarios matutinos y vespertinos. Donde estén —tampoco discrimina entre planteles públicos y privados. Es el big bang de vulnerabilidad que explota cada jornada, ya no con golpes en caras y torsos, sino ahora con armas que escupen fuego y manos que aprietan cuchillos.

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Trapecios de sangre y balas

Los planteles educativos del estado Zulia acumulan expedientes de violencia como un octogenario cultiva canas. Sobran, mutan, evolucionan. La prensa apenas tiende a reflejar los peores casos. Reporteros corren a retratar noticias cuando apestan a piedras, lacrimógenas, balas y sangre. Pero profesores y estudiantes viven en una suerte de submundo latente, perenne, indomable, que juega al trapecio sobre una delgada línea entre lo criminal y lo académico.

No hay alumno o profesor que no mire sobre el hombro al testificar sobre la violencia en sus colegios. Temen dar nombres, pues quieren estar al margen de retaliaciones de parte de los grupos y las bandas que dominan patios, aulas y salones en liceos como Manuel Dagnino, Rafael María Baralt, Luis Felipe Larrazábal, Luis Beltrán Ramoso o Eduardo Pérez.

En todos, admiten, se digiere el mismo menú: grupos de estudiantes que pretenden ejercer de líderes mediante la violencia psicológica y física; se enfrentan a bandas rivales para garantizar su posicionamiento territorial; promueven robos y hurtos dentro de la misma escuela y sus derredores; al menos uno o dos de sus integrantes portan armas de fuego o navajas, promueven el consumo de drogas y alcohol en las instalaciones.

Quieren ser más poderosos. Pretenden pregonar con sus acciones y actitudes: “¡somos los mejores en agresividad!”, como si dañar, golpear y herir fuesen materias electivas, dignas de cuadro de honor. Incluso luego de graduados son amos y señores de la cuadra.

Las rivalidades entre ellos son de vieja data. En los ochenta y los noventa, alumnos de planteles cercanos se lanzaban besos, se mofaban unos de otros, se “levantaban” a las chicas de los contrarios. Entonces llovían las piedras y los palos en plena calle: el Lecuna versus el Baralt o el Beltrán Ramos contra el Eduardo Pérez. Entre octubre y noviembre, esas riñas callejeras resucitaron.

Gualberto Mas y Rubí, secretario general de Fetramagisterio y docente con cuatro décadas de experiencia en la región, se atreve a ponerle titular al reportaje: “la violencia hoy es un arte en el liceo”. Cita como uno de tantos ejemplos la escuela Carmelita Morales, en el sector Arismendi, avenida El Milagro, al norte de Maracaibo. Los exalumnos, tipos veinteañeros, se dedican a atracar, cañón en mano, camiones frente al plantel. El director y el subdirector están amenazados de muerte por haber osado “cantar” el crimen. El mundo al revés. Los Pedro Navaja de la pubertad.

Mas y Rubí, quien fue profesor de liceos como Almirante Padilla y Luis Beltrán Ramos, considera que semejante cuadro de descomposición estudiantil es un reflejo de la Venezuela de hoy: violenta, insegura, volátil. Cree, además, que se deriva de una corresponsabilidad social. “Todo comienza en la familia, en los valores del hogar, pero también ocurre que hay pocos maestros en las aulas, porque deciden irse del país o no acuden”.

Lo ejemplifica: en los colegios venezolanos se multiplican las horas de ocio, las “clases sin clases”, donde no hay maestros a la hora de enseñar. “Hay liceos donde un solo docente se encarga de dos salones al mismo tiempo. No hay canchas deportivas, y si hay canchas, no hay balones, y si hay balones, se los roban. La inseguridad también rodea los liceos”. Es el perro ciego y con pulgas que muerde su cola llenita de sarna.

El principal problema, a juicio de Mas y Rubí, es la permisividad. “No hay autoridad escolar, se perdió. Los valores en la escuela se perdieron y hay falta de autoridad. Hay quienes echan la culpa a la Lopna. No me parece. También tenemos una reforma curricular que no colabora. Hay grupos extracurriculares para enseñar carpintería y herrería. ¿Qué es eso?”. Y, ¿las políticas de Estado? El docente da el tiro de gracia: “la educación la tenemos en estado de coma”.

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Gladiadores de franelas celeste y beige

El mundillo de violencia en los liceos zulianos ha marcado sus huellas dactilares en las redes sociales. En los últimos tiempos los insultos y las trifulcas hallan tribuna en las cuentas de Snapchat, Instagram y YouTube de los jóvenes. Datan de siete u ocho años atrás, pero otros son de meses recientes.

Uno de esos capítulos se fraguó en el corazón de la populosa urbanización de San Jacinto, en medio de una enardecida discusión por un brollo sobre la apariencia física de alguna muchacha del liceo Luis Beltrán Ramos. “No me estoy metiendo ni con vos ni con vos. Con ninguna me meto”, se defiende una muchacha, gesticulando altiva, ante otras dos en un video subido a la red en mayo del año pasado por el usuario Topolillo Paz. Todas visten franela celeste y jumper azul en un espacio abierto dentro del plantel. La rodean, la amenazan.

Una de las jóvenes que la encara, la rebate: “¡No estéis gritando, no me estéis gritando!”, vocifera, aplaudiendo frente a su cara, mientras se remueve el reloj amarillo de plástico que le abraza la muñeca izquierda. Lo entrega a una amiga. Acto seguido, emprende el ataque: una estruendosa cachetada. Las dos se toman de los pelos. “¡Déjame! ¡Quítenlaaa!”, grita, sollozando, la estudiante a quien le recriminaban el “crimen” de haber hablado mal de las cejas de una de sus compañeras de clase. La atacante, muchacha fornida de tez oscura, la derriba, se le encarama, la seda a punta de codazos y manotazos que no frenan. Parece luchadora profesional. “No se van a meter. ¡Dale duro! Ningún ‘ya basta’. ¿Por qué las van a quitar? Dejala (sic) que le dé”, se escucha decir a una de las testigos.

La golpiza es brutal.

Esas chanzas, esos vítores sedientos de golpe y sangre, pululan en Internet. Patios de liceos como el Lecuna o del Evelia Pimentel se convierten en arenas de enfrentamientos “uno contra uno”. Azuzan, clamando por espectáculos de nudillos y patadas, mientras más de uno encumbra su celular hacia la lucha con el REC encendido.

En diciembre, una muchacha apodada “Lunar de Perro” apeló a un puñal para zanjar una disputa con Yohanaliz Rubio, de 18 años y compañera de salón de clases en el liceo Julio Garmendia. Las burlas y los empujones previos se transfiguraron en heridas en el brazo izquierdo, cara y senos de la atacada.  Esta vez nadie filmó el ataque. Su padre, Giovanni Rubio, contó a la prensa local que el novio de la atacante le dio la orden: “dale, matala”.

Investigaciones promovidas por Unicef han determinado que los estudiantes en Venezuela consideran las puertas de salida y los baños como los sitios más peligrosos de sus planteles. Una encuesta de la Federación Venezolana de Maestros concluyó que más del 80 % de los colegios han reportado agresiones. El Cecodap determinó que en 2011 hubo nueve tiroteos en unidades educativas del país.

Miguel Ángel Campos, sociólogo y profesor de la Universidad del Zulia, desnuda la violencia como expresión de la delincuencia nacional. “Es el ascenso del crimen en la sociedad. La violencia ocupa un espacio de gestión entre los grupos, se legitimó como herramienta de interrelación, de consolidación y privilegios”. Esa cruda realidad nace, según su diagnóstico, cuando se dinamitaron los protocolos formales de justicia en Venezuela, con especial agravio en los inicios de siglo. Se cambiaron los puños cerrados por pólvoras en recámaras de pistolas.

Es una violencia que ha aflorado a medida que el Estado colapsa, opina. “Como si fuera una ironía, la escuela no erradicó la violencia y ahora esta se genera dentro. No hay un resguardo de la estructura de justicia, de los protocolos públicos. Eso alienta a los agresores para generar un orden de aprovechamiento”.

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Manual de salvación

La transgresión de normas en escuelas de la región no solo deja contusiones. Ha devenido muerte. La tarde del viernes 22 de octubre de 2010, Jimmy Schaffter, alumno de la misión Sucre de 22 años, falleció por un disparo durante una reyerta entre los estudiantes del liceo Luis Felipe Larrazábal y Aurelio Beroes. Investigaciones del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (Cicpc) determinaron que el joven reclamaba a los atacantes cuando transitaba en medio de una batalla campal de piedras y palos. Su acompañante, Luis Quiroz, de 21 años, sacó un arma y disparó, intentando ahuyentar a los liceístas “mala conducta”. Maldita y siniestra suerte: asestó el balazo en la nuca de su amigo.

Otro caso dantesco provocó un estruendo en el colegio Martín Lutero de La Pomona más recientemente. A las 8:00 de la mañana del 27 de octubre de 2016, dentro del salón de clases de la sección B de quinto año, un alumno de 15 años manipulaba un arma cuando la disparó accidentalmente. La bala impactó en el pecho de Ana Sofía Rincón Boscán, una joven de 16 años, alegre aspirante a psicóloga y seguidora fiel del cantante Sixto Rein.

Testigos del hecho contaron a los sabuesos del Cicpc que los estudiantes huyeron despavoridos del aula, dejando herida a la muchacha. Se desangraba. Pasaron varios minutos antes que una docente resolviera trasladarla a una sede cercana del Seguro Social, donde falleció. La policía decomisó un revólver a otro muchacho del mismo salón.

La indignación y el dolor se apoderaron de familiares y amigos de la joven. Dieron pie a protestas contra el colegio por supuesta negligencia. Las exigencias de cierre no prosperaron. “Ana Sofía estaría aún con nosotros si hubieran tenido manual de convivencia en ese plantel”, dice, convencido, Neuro Ramírez, autoridad única de Educación en el estado Zulia.

Se refiere a esa hoja de ruta que pactan padres, representantes, docentes y directores en asamblea para regir los colegios. En esos documentos se incluyen directrices como revisiones de morrales o códigos de vestimenta. La fe de Ramírez en esos sumarios es irreductible.

Gracias a ellos, recuerda, pudo decomisar desde puñales, armas de fuego y revistas pornográficas en la unidad educativa Besarabia, del barrio San José, en sus tiempos de director. Insiste, eso sí, en que son normas que deben sobrevivir al crisol de la Defensoría del Pueblo, la Lopna y el Ministerio de Educación para que tengan validez legal.

El funcionario lamenta que aún haya “directores de papel”, personajes pintorescos que flaquean en sus responsabilidades. Admite, no obstante, que muchos de ellos declinan de denunciar a estudiantes implicados en actividades criminales o violentas por temor.  “No hay que tapar el sol con un dedo: en mis seis meses de gestión, si acaso he recibido dos denuncias de este tipo”. Se cohíben. Prefieren no arriesgarse a jugar al trueque de su vida en nombre de una acusación.

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Promesa incólume a un hijo del crimen

Marlin dejó de acudir a la biblioteca del liceo. Faltó durante días a clases, de hecho. Sofía, su mentora, se extrañó sobremanera. Volvió. Diferente, eso sí. Exhibía moretones en la cara, suturas en su hombro izquierdo, golpes en las piernas y costillas.

—Tuvimos un accidente —se excusó.

La docente no sospechó. Tampoco era que estaba acostumbrada a los sextos sentidos de jóvenes que pecan y mienten por deporte… o por pena. Semanas pasaron antes que Marlin admitiera la verdad.

—¿Puedo hablar con usted, profe?

—Claro, venga que lo escucho.

—Tengo problemas con mi papá… él es sicario.

El verdugo a sueldo maltrataba a su hermanito, a sus primos y a él para que participaran en sus andanzas. Al no querer, le había dado una golpiza digna de las eras. Una noche, al poco tiempo de la paliza, una ráfaga disparada desde un carro en marcha en el sector 18 de Octubre acabó con la vida de tres sujetos y paró las rotativas de la prensa. Su padre era el gatillero. Debió huir de inmediato a Colombia para esconderse de autoridades y enemigos.

Marlin imploró no contarle a nadie su secreto. Mejoró sus notas. Logró graduarse de bachillerato.

A los años, se topó con su maestra favorita en un bingo, donde trabajaba como ayudante de cocina. Había cursado estudios de manejo de alimentos. Se preparó, estudió, trabajó. Esquivó el universo de criminalidad con el que convivió tanto en aulas como en casa.

Sofía siguió siempre fiel a su prudencia. Jura que jamás falló a los votos del secreto de aquella confesión.

—Hasta hoy he cumplido mi promesa.

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(*) Sus nombres reales se han protegido para este reportaje.