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Los niños de la patria mendigan en el CCCT

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29/06/2017
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FOTOGRAFÍAS: CRISTIAN HERNÁNDEZ

Una banda de niños y adolescentes recorre cada día la feria del CCCT. Son alrededor de 30 y van en busca de comida. El Consejo Municipal de Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes de Chacao reconoce que no cuenta con los recursos para brindarles ayuda. No hay suficientes casas hogares en el área metropolitana para atenderlos. Sin embargo, voceros advierten que detrás de cada grupo infantil hay un adulto explotador

Aparecen en el momento menos esperado. Son dos y superan por escasos centímetros el metro de altura. A pesar de la enjutez de sus complexiones, juran tener 15 y 19 años de edad. Visten parecido: shorts y franela sucia. Su piel también está curtida por la mugre. En especial la de sus pies desnudos. Jesús —el que dice tener 19— lleva además una chaqueta. Gabriel, su compañero, camina en zigzag en medio de las mesas de la feria del Centro Ciudad Comercial Tamanaco (CCCT). Jesús va directamente al cesto de la basura.

A los pocos segundos de entrar saben que se tienen que ir. Al vigilante del centro comercial le basta pararse detrás de ellos y, en seguida, el mensaje queda captado. No los tocan. Ni pueden, ni hace falta. En el CCCT las paredes gritan. En las columnas de la feria, junto a los establecimientos de comida y cerca de las taquillas para pagar el estacionamiento hay afiches que explican por qué no se le debe dar dinero ni comprar artículos a los niños de la calle. Jesús no entiende eso. Perdió la cuenta del tiempo que lleva sin hogar. Cuenta que su mamá lo abandonó cuando tenía un año de nacido y terminó con una tía hasta que se fue de allí. Él mismo reconoce que son como 25 los miembros de  grupo: “A la mayor le dicen ‘la pure’. Tiene como 33 o 34 años. El más chiquito tendrá como 10. Nosotros salimos a pedir para poder comer”. Asegura que la ropa que le regalan la guarda con una prima para que no se la bote la policía, ni nadie; y que todo lo que consigue recolectar es para él, que no hay ningún adulto detrás.

Su versión se contradice con la de un audio supuestamente proveniente de la junta de condominio del centro comercial; asegura que todos los días el grupo de jóvenes es llevado en un camión por “alguien” que los pone a pedir y luego, en las tardes, los recoge con el botín.

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Jesús se unió al grupito del CCCT hace cuatro meses. Supo del sitio por otro “compañero” sin hogar proveniente de Higuerote. Llegó y se quedó, porque en el establecimiento les regalan ropa y zapatos, desoyendo las recomendaciones del Consejo Municipal de Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes de Chacao (CMDNA). Gloriana Faría, presidenta de la institución, explica que el caso de los niños en situación de desprotección no es reciente en el municipio, ni en los centros comerciales, primero la vieron en el San Ignacio: “Estos jóvenes pueden tener una casa a la que van en las noches o los fines de semana; pero suelen ser víctimas de actividades de explotación económica. Dentro de los grupos de niños hay una característica: siempre hay personas adultas que los comandan, los explotan. Los dejan para que vendan algún artículo y luego los buscan. Incluso se ha dado el caso de padres que alquilan a los niños para que otro los ponga a vender, o pedir. La gente les compra comida, ropa, zapatos, con la intención de ayudar, lo que no saben es que así los incentivan para que se mantengan en la calle”.

Episodios de violencia

Los chamines que merodean el CCCT son bien conocidos por todos los que trabajan en el centro comercial y por quienes hacen vida en sus alrededores. Algunos les temen. Un mototaxista que tiene la parada de su línea frente al Cubo Negro espeta —sin que nadie le pregunte—: “Esos chamos están armados, tienen pistolas y chopos. Tienen una silla de ruedas y allí esconden las armas. Están emproblemados (sic)”. Él no es el único que considera que la actitud del grupo es violenta. Mariangel Paolini, especialista en alimentación, visitó la feria del CCCT a finales de mayo, a eso de las tres de la tarde. Relata que mientras estaba en el sitio llegaron tres: “La que los comandaba aparentaba tener 12 años, los más pequeños ocho o nueve. Ella, en una actitud muy desafiante, dirigía a los más pequeños para que arrancaran de las paredes los afiches de la campaña en la que se pide que no se les entregue dinero. Gritaban groserías, no tenían tamaño para las vulgaridades que decían. Se acercó un guardia que amablemente les pidió que se retiraran y también lo insultaron. Se notaba que el vigilante ya había lidiado con ellos. Insistió en que tenían que retirarse y, al final, hicieron caso”.

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Paolini también los vio sin zapatos, sucios y con la ropa desgastada; y ya antes un peña de cuatro —dos niñas y dos niños— había fisgoneado las mesas pidiendo lo que los comensales no fuesen a probar. Con la particularidad de que una de las niñas estaba embarazada. Eduardo Díaz, empleado de la feria, afirma que siempre andan en banda, aunque el número de integrantes varíe. Los ha visto pelearse entre ellos y gritarles a algunos clientes. También los ha observado acercarse corriendo a las bolsas de basura enseguida las sacan. El depósito provisional de desperdicios hubo que empezar a cerrarlo con llave porque hasta allí se metían. Luis González, otro trabajador del recinto, afirma que el número de niños que se acercan a mendigar crece, hasta alcanzar los casi 30. “Eso incluye a dos niñas embarazadas”. Los ve a todas horas. Pueden aparecer temprano, a eso de las 9:00 am; o a la hora de almuerzo, entre las 11:00 am y la 3:00 pm.

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Poca atención

En Venezuela, la Ley Orgánica para la Protección de Niños, Niñas y Adolescentes prohíbe el trabajo infantil en su artículo 96. En el país solo puede trabajar un adolescente a partir de los 14 años de edad y con la autorización del Consejo de Protección de Niños, Niñas y Adolescentes.

Un empleado de vigilancia del CCCT subraya que necesitan ayuda de los cuerpos de seguridad del Estado y de las instituciones de resguardo. “Es muy limitada la atención que nosotros podemos darles. En los últimos tres meses, los que han coincidido con las protestas, se ha vuelto crítico. El domingo 11 de junio contabilicé a 35 personas, incluyendo a las dos niñas embarazadas. La mayoría menores de edad”. A la ausencia de lugares en donde resguardar a estos niños y adolescentes, Faría responde que se trata de una de las deudas del gobierno nacional. “El problema es que no hay a dónde llevarlos y nadie los quiere tener. No existe una política pública clara, ni un lineamiento programático de atención infantil en situación de calle. El Consejo tiene competencias y recursos limitados”, sostiene la presidenta del CMDNA.

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El número de las entidades de atención para esta población ha ido en descenso. En 2016, la ONG Proadopción y el Centro de Investigación Social dieron a conocer los resultados de un estudio en el que determinaron, con base en una lista que les entregó la Defensoría del Pueblo, que de 62 entidades de atención de cuidados residenciales y ejecutoras de medidas de protección a niñas, niños y adolescentes en la Gran Caracas, solo 21 permanecían activas. Los investigadores visitaron 56 casas hogares y consultaron a las seis restantes por teléfono y corroboraron que 11 cerraron y 30 migraron a otro ramo o cambiaron de objeto. Mientras esto sucede la cifra de niños y adolescentes en la calle aumenta. Para el período entre 2002 y 2006, el Instituto Autónomo Consejo Nacional de Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes (Idenna) señaló que había 2.925 niños y 993 adolescentes en entidades de atención. En 2011, la Defensoría del Pueblo reportó en su Memoria y Cuenta que existía un total de 244 entidades de atención a nivel nacional, con 3.147 niños. No existen cifras oficiales más actualizadas.

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Cuando el Consejo de Derechos de Chacao los ha abordado se han encontrado con que son jóvenes de la periferia: Guarenas, Guatire, Vargas, los Valles del Tuy u otras regiones del estado Miranda. El abordaje lo han hecho por ejemplo con la Red de Casas Don Bosco, pero tampoco tienen la capacidad de darles un hogar. Jesús, que pide dinero en la salida del estacionamiento del centro comercial, cuenta que está en la calle desde hace dos meses. Se fue de la casa porque su papá cayó en la bebida. Jesús es de pocas palabras. Apenas suelta que lo ayudaron en Don Bosco pero no se pudo quedar porque la atención es para niños hasta los 12 años de edad y él tiene 13. También dice que no se junta con el grupo de chamos que piden dentro de la feria porque prefiere andar por su cuenta.

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Alejandra, de 14 años, sí lo hace. Vive en la calle. Su mamá murió, nunca conoció a su padre, y sus hermanas no la quisieron porque “le gustan las niñas”. Su hermano la acogió, pero “se metió a malandro y lo mataron”. Cuestiona la actitud de los vigilantes del centro comercial. Suscribe que a ellos no les importa que estén pasando hambre y dice que sí los maltratan. El hombre de seguridad lo niega: “Hemos recibido charlas con la Lopnna. Sabemos que tocarlos no puede traer consecuencias civiles y penales. Nuestra acción debe ser persuasiva, pero necesitamos una atención más directa de los casos. Hemos contratado a más personal de seguridad y lo que hemos logrado es mantenerlos fuera del recinto. Necesitamos que se vea la mano de la autoridad”.

Tanto Alejandra como el Jesús A. de 19 años participan en las marchas en contra del Ejecutivo nacional. Dicen que van porque quieren, aunque reconocen que en esos espacios también les dan ropa, calzado y comida.

No obstante, Gloriana Faría advierte: “Ellos tienen derecho a manifestar, pero en esos entornos violentos no es adecuado. Están solos y son vulnerables. Hay adultos que por desconocimiento los aúpan. No entienden que esto los perjudica, que darles ropa, comida y dinero los condena más a la calle. Al conseguir todas estas cosas el nexo con su hogar se hace más lejano. Hay que ayudar a través de las instituciones, sino es una condena. Se entiende que hay una buena intención, pero detrás de ellos siempre hay un adulto que los gestiona”.

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