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Los perdigones de la fe

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14/07/2017

Adriana López, una joven estudiante de Barquisimeto, busca ofrecer una nueva forma de protección desde su fe a los jóvenes que integran “la resistencia”. Sus rosarios, hechos con perdigones, cuelgan de los cuellos de muchos de ellos mientras batallan contra la Guardia Nacional Bolivariana 

Decenas de heridos por perdigones llegan día a día a los centros de salud en las ciudades venezolanas. Algunos heridos nunca más se levantan cuando el impacto es a quemarropa. Los balines plásticos han sido de uso común en los cuerpos represores, junto con las bombas lacrimógenas, en más de 100 días de protestas contra el Gobierno. A pesar de que el presidente Nicolás Maduro aseguró que lo único permitido para restaurar el orden público era el agua y “el gasesito”, los perdigones y hasta las balas se hacen cotidianos. Luego de disparados, tienen dos destinos: los cuerpos de manifestantes o el asfalto, donde quedan relegados como evidencia del choque de fuerzas en cada jornada.

Los proyectiles “no letales” producen lesiones que incluyen quemaduras de primer grado, perforaciones de piel y hasta fracturas. A David Vallenilla la saña y la cercanía le produjo la muerte al ser impactado en órganos vitales. Quienes sobreviven, deben vivir con las cicatrices que nunca se borran del todo, convirtiéndose en recuerdos de lucha, como credenciales de la protesta, como vestigio del dolor. Pero Adriana López busca otorgarles un nuevo sentido.

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Oriunda de la ciudad de Barquisimeto, en el estado Lara, y con 22 años de edad, divide su tiempo entre sus estudios de Psicología y Educación Especial en la Universidad Yacambú, con la participación activa en manifestaciones. Tiene experiencia, pues en 2014 también alzaba su voz en las calles. Entonces, vio amigos sufrir, caer, morir. Y encontró una nueva manera de expresarse. Cargada de fe y con deseos de paz, comenzó a mutar los objetos de la represión en unos de esperanza.

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Todo inició un día al terminar una protesta, cualquier día, cualquier protesta, con final infeliz. Como de costumbre, llevó un puñado de perdigones a su casa como evidencia de la violencia “para que mi familia viera cómo estaban reprimiendo”, explica López. Su abuela, con quien hacía y todavía hace manualidades, notó su material de fabricación: goma. La estudiante detectó una oportunidad y con una aguja caliente perforó uno, pasó un pabilo, y entendió: “Podía convertir esas herramientas que hacen tanto daño en algo bueno como es el rosario”.

Así comenzó. Al terminar cada riña en su ciudad, salía a recolectar los balines desperdigados en el suelo. En casa, asistida por su abuela, comenzó a confeccionar rosarios para entregarlos a los “guerreros de asfalto”. Se convirtió en su manera de aportar a la lucha desde sus habilidades. “Me daba muchísimo miedo ver a mis amigos salir a protestar y no saber si volverían a casa”, explica la joven. Profundamente católica, ahora ofrece los rosarios como una forma de protegerlos. “Quiero que ellos se sientan cuidados, acompañados por Dios y la Virgen”.

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Asegura que en su interior no siente odio ni rabia. El perdón puede más. También su fe. “Yo tomo la enseñanza de que de las cosas malas debemos siempre buscar hacer algo bueno. Se relaciona con el tema de la resiliencia”, insiste. Es por esto que decidió tomar lo que tanto daño le ha hecho a los suyos, para tranformarlo en elementos de amor y de esperanza. “No hacemos nada con responder con violencia. Nuestro mensaje es de paz y así debe mantenerse”, aconseja.

Su trabajo es delicado, cuidadoso, pero nunca comercial. “Yo no busco que esto se convierta en un trabajo o una fuente de dinero. Yo solo le doy a las personas que sé que verán en ellos el significado que hay detrás”. Sus rosarios, insiste, son una forma de reflexionar: “Cada perdigón que tú ves en el rosario tiene un significado muy profundo. Representa cada una de las heridas que pudieron haber recibido cualquiera de los muchachos”.

No forman parte de una moda, ni son un accesorio común. Son un recordatorio de los heridos y fallecidos de los últimos días. Un testimonio de un tiempo de crisis. Por su singularidad, han llamado la atención de personas en el extranjero. “He recibido llamadas desde Alemania, Panamá y Costa Rica para que les envíe algunos. También me piden que les explique cómo los hago. Y les digo que yo no soy celosa con esto. Por mí, que se sumen más personas”, desliza.

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Es una actividad que espera se detenga. Ella quiere que le falte el amteiral, que la represión pare. Anhela no tener motivos para seguir construyendo sus rosarios. “Yo quiero seguir en Venezuela. Quiero que regresen mis amigos y familiares que tuvieron que irse. Quiero poder ser una profesional acá. Tener una vida normal”. Entretanto, sigue en su faena de artesana de la fe y la resistencia.