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Los testigos de Puente Llaguno recuerdan y hablan

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17 años han pasado desde el 11 de abril de 2002 y aunque todavía es un hecho reciente para ser estudiado por la historia, residentes y comerciantes cercanos a Puente Llaguno relatan su versión sobre aquella fecha

El 11 de abril de 2002 marcó un precedente. Una marcha disuelta al estrépito de los disparos dio inicio a un fin de semana insólito en la política venezolana del siglo XXI: un golpe de estado, horas sin Chávez al poder, la alternancia de tres presidentes, saqueos y muertes en tan solo 72 horas. Cuesta trabajo imaginar a un millón y medio de personas aglomeradas en un mismo lugar. Esa multitud copó la autopista Francisco Fajardo para dirigirse desde el Parque del Este —actual Parque Miranda— hacia las instalaciones de Pdvsa en Chuao para exigir la renuncia del entonces mandatario Hugo Chávez. La euforia dirigió a los protestantes. No vacilaron en desviar el rumbo de la concentración hacia Miraflores. Había que sacar a Chávez y llegar a la sede del Gobierno era la acción más contundente para denotar el desacuerdo de los opositores.

Tintes y secados de pelo se atendían en la peluquería de Camila Segovia ese jueves. El salón de belleza que tiene más de tres décadas en Puente Llaguno abrió sus puertas como siempre. El tumulto llegó a los oídos de la inmigrante española después del mediodía cuando se aproximó la concentración. El ambiente era tenso y a las 2:30 de la tarde cayó el primer herido. Tony Velázquez: un miembro encubierto de la Dirección General Sectorial de los Servicios de Inteligencia y Prevención (Disip) que se encontraba entre las esquinas Pedrera y Muñoz de la avenida Baralt cuando recibió un disparo.

Desde la Mezzanina del edificio Llaguno donde está su peluquería, Camila no pudo ver a Tony, tampoco a ningún herido y menos a alguno de los 19 fallecidos. “Yo me asomé para ver qué pasaba. Desde allí no se veía a las personas de la marcha, sino a las del puente. Nos fuimos rápido, pero de lo que estoy segura es que los de abajo —marchantes de la avenida Baralt— nunca mataron a nadie de arriba como dicen. Eran los de arriba los que disparaban”, recuerda. En las adyacencias al Palacio de Miraflores y Puente Llaguno se habían reunido simpatizantes oficialistas dispuestos a defender a Chávez. El choque de ambos bandos devino muertes y desgracias.

El Edificio Bolívar en la zona norte de la avenida Baralt está consumido por el tiempo. Los ladrillos de su fachada se han oscurecido y las letras que enmarcan su nombre carecen de brillo. Allí, en el tercer piso vive Gloria Urbáez. “Después que escuché los tiros no me asomé más en la ventana por miedo. Estuve encerrada en el baño con mi hijo mayor que estaba aquí de visita. Solo escuchábamos lo que se oía en el televisor. Chávez decía que esa gente no iba a llegar a Miraflores. No llegaron porque no los dejaron, pero aquí por un rato largo se escuchó al gentío. Después de los tiros, todo era gritos”, rememora la sexagenaria.

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La alocución presidencial duró una hora y 43 minutos. Chávez mostraba seguridad y serenidad frente a las cámaras que lo transmitían en cadena de radio y televisión, mientras en paralelo la desesperación enervaba a los manifestantes, comerciantes y residentes de Puente Llaguno y sus alrededores.

El oriundo de Barinas, quien también fue golpista, expresaba que “la señal radioeléctrica es una señal que le pertenece al Estado. El dueño de esa señal es el Estado venezolano”, justificativo suficiente para que Radio Caracas Televisión, Venevisión, CMT y Televen fueran sacados del aire forzosamente. Globovisión que aún permanecía en sintonía desafió a la autoridad y dividió la pantalla en dos. Del lado izquierdo continuaba el presidente, mientras del lado derecho se hacía una reposición de lo ocurrido en el centro de Caracas. Incluso, el canal presidido por Alberto Federico Ravell osó interrumpir reiteradas veces el mensaje gubernamental con una imagen que pregonaba: “Cuando hagan callar a un medio de comunicación perderemos mucho más que la libertad de expresión”.

Pedro Vásquez y Mariana Villanueva cruzaron alianzas hace 42 años y por 31 años han vivido en la avenida Baralt. “Me espanté cuando vi cómo arrastraban a los heridos. Yo nunca había visto tanta sangre. Ahora he visto mucha más porque el Centro se ha puesto peligroso aunque somos casi vecinos de Miraflores, pero ese día todo eso me parecía de otro mundo. Fue un susto igual que el 92” cuenta Mariana. “No sé qué fue más inesperado. Aquel golpe por ser de madrugada o la marcha por ser a plena luz del día y contra civiles. Tiros son tiros. Ninguno estaba justificado”, añade su esposo.

En 2002 no solo la televisión se rebeló. Cuando el alto mando militar se desligó del pensamiento chavista y depuso del poder a su líder, la prensa escrita no esperó para titular sin disimulo la alegría. El diario 2001 y Panorama coincidieron en la primera plana con “Cayó Chavez”. El Universal versó: “¡Se acabó!”, mientras el TalCual se despidió con “Chao Hugo”. Por su parte, Últimas Noticias —antes de ser pro gobierno— rotuló “Chávez se rinde” y calificaba la fecha como un “11 de abril histórico”.

El golpe fracasó. De acuerdo con el reportaje El acertijo de abril de los periodistas Alfredo Meza y Sandra Lafuente, el mandatario sí aceptó la renuncia, pero el general Lucas Rincón se adelantó a anunciarlo por televisión antes de que un papel plasmara la dimisión. Error que no desaprovechó José Vicente Rangel para aconsejarle a Chávez que no firmara y así la renuncia sería una mentira orquestada por el organismo castrense. Como una especie de espejismo se recuerdan aquellas horas sin Chávez. Para los opositores fue como una broma tardía del Día de los Inocentes. Para los oficialistas, la reafirmación de la buena voluntad de su mesías y la eterna llaga a explotar para evadir las causas de los problemas sociopolíticos posteriores. Ahora la realidad comunicacional es otra. Los medios tradicionales siguen siendo privados, con claros rasgos de autocensura, pero lo público se multiplicó.

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Sofía Fonseca expresaba su descontento en aquella marcha, pero un ataque de asma la obligó a detener su andar. Su marido la ayudó a nadar contra corriente entre la multitud para poderla auxiliar. Apenas su respiración recobró el ritmo regular partieron a su residencia en Las Mercedes. “Camino a casa me sentí confundida. Mi suegra nos llamó para avisarnos que estaban disparando y que saliéramos de allí. Ya nos habíamos ido, pero la angustia fue grande porque dejamos a algunos amigos. Gracias a Dios a ninguno le pasó nada, pero todo nos agarró de sorpresa. Jamás pensamos que una manifestación civil pudiera terminar en balas. Más nunca pudimos estar de acuerdo con ese hombre”, comenta Sofía, pese a que otros venezolanos le dieron su apoyo con más ahínco a Chávez a partir de ese día.

Él contaba con 33% de popularidad antes del 11 de abril de 2002 según cifras de la encuestadora Datanálisis. Posiblemente si el escenario político hubiera seguido su curso, su salida habría sido la electoral, pero aún faltaba tiempo y camino que recorrer para ese día, así que la afirmación queda en el terreno de la especulación.

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El fracaso del golpe y las imprecisiones de esas 72 horas, colocaron a Chávez como un mártir. Su aprobación incrementó 10% más tan solo dos semanas después de su retorno. La población empezó a verlo como un guerrero. Se perpetuó como un abnegado hombre de bien entre sus seguidores como Ramiro Sojo, quien todavía tiene su kiosko cerca del Centro Comercial Metrocenter. Él no presenció en carne viva los sucesos del 11 de abril, pero cada año ve el cassette rayado de Venezolana de Televisión (VTV) que relata los sucesos a partir de tres documentales: Puente Llaguno, claves de una masacre, realizado por Pana Films; La sangre de una nación, del cineasta mexicano Juan Pablo Arroyo; y La revolución no será transmitida, de los irlandeses Kim Bartley y Donnacha O’Brien. “Esa gente quiso tumbar un gobierno legítimo y legal. Todavía hoy no son capaces de aceptar que su tiempo se acabó. Esos son los mismos empresarios que ahora juegan con el hambre del pueblo”, son las palabras de Ramiro, quien siempre admiró “lo temerario” y “desinteresado” de su dirigente político.

El tambaleo de Chávez durante esos tres días le dio materia prima suficiente para mantenerse en el poder los siguientes años. Se aseguró de que esa brevísima ausencia le valieran como estrategia para convertirse en el “comandante eterno” de sus simpatizantes. Que si fue un golpe de Estado o un vacío de poder sigue siendo la disputa entre seguidores y detractores. Las vidas perdidas se quedaron sin investigación, pero sí con dolientes. Culpables fueron señalados y encarcelados más por disidencias políticas que por pruebas de autoría del crimen. Catorce años después, los sucesos de Puente Llaguno son un punto frágil de la política venezolana. Mientras la historia aguarda por estudiarlos, algunos opositores pueden recordarlo como una mala broma y los oficialistas como el renacer de la mentada revolución.