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Macri, adiós al populismo chavista y a Evita Perón

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07/12/2015
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FOTOGRAFÍA: AP

La llegada a la presidencia de Mauricio Macri es desde ya motivo de especulaciones y expectativas. Su mayor reto es transformar la cultura política de Argentina. Él es, para algunos opinadores, la promesa de modernización y fortalecimiento de la democracia en América Latina. Y el chavismo tiembla

El premio nobel de literatura V.S. Naipaul visitó Argentina a principios de los años setenta por encargo del editor de The New York Review of Books. Era la época turbulenta de la guerrilla y la inflación, tiempos en la que gente esperaba la vuelta del dictador Juan Domingo Perón. La revista de libros y cultura quería publicar una serie de artículos sobre el país austral y el extraño fenómeno político llamado peronismo. Las notas terminaron en un libro titulado La vuelta de Evita Perón. En uno de los viajes, un joven guía de nombre Daniel llevó a Naipaul a visitar al padre Mujica, un religioso que protegía a los guerrilleros, para que le explicara qué era el peronismo. Naipaul se introdujo al sacerdote advirtiéndole que no era norteamericano y le hizo algunas preguntas. El padre le contestó de mala manera: “Sólo un argentino puede comprender el peronismo. Podría hablarte durante cinco años y ni siquiera así llegarías a comprender el peronismo”. Le señaló, también, que el movimiento nacido de Evita y el general Perón contenía elementos de castrismo y maoismo aunque fueran enemigos. Naipaul continuó su viaje, entrevistó intelectuales y políticos, visitó los más distintos pueblos y barrios de Buenos Aires. Quería comprender por qué Perón no había logrado controlar ni reorganizar el país que él mismo había convocado y emplazado. El displicente crítico del tercer mundo llegó a una conclusión poco esperanzadora sobre la sociedad y la política argentina. Con su estilo ácido y cortante escribió: “tal vez, la tarea de reorganización estaba más allá de las capacidades de cualquier líder, por más creativo que fuera. La política refleja a una sociedad y a una tierra. Argentina es una tierra de saqueo, un nuevo territorio, virtualmente poblado en este siglo. Permanece como una tierra para ser saqueada; y su política sólo puede ser la política del saqueo”.

Hay que girar en 180 grados el “tal vez” de Naipaul. Probablemente está entrando una nueva fase de la historia argentina. Tal vez, el colosal reto que enfrenta Mauricio Macri, el nuevo presidente electo por votación popular en las recientes elecciones de noviembre 2015, sea no solamente sacar el país del atolladero económico en el que lo dejaron los nefastos gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, sino también de transformar, desde muy adentro, su cultura política. Y no es irrelevante la magnitud del reto a que se enfrenta Macri dada la estrechez de curules y espacios de maniobra para imponer el cambio pero, sobre todo, por la extensión de las proyecciones y esperanzas depositadas en el ingeniero civil que derrotó por la vía democrática la más enraizada tradición política argentina. La prensa internacional anuncia el fin del populismo. The Economist, señala que “el triunfo del Sr. Macri iniciará una nueva era para el país y probablemente para América del Sur como un todo”. El escritor Mario Vargas Llosa expresa similar optimismo: “el triunfo de Mauricio Macri en Argentina, una severa derrota para el populismo de los esposos Kirchner que abre una promesa de modernización, prosperidad y fortalecimiento de la democracia en el continente”. Pero no solo los economistas liberales y los adalides de la democracia representativa se han dejado contagiar por esa ola de alborozo y entusiasmo sino que también podríamos hablar ya hasta de un efecto Macri.

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En Venezuela, la gente común ha tomado la derrota del sucesor de Cristina Kirchner como un augurio de los inminentes cambios por venir, como signo y redoblada fe en la posibilidad de abatir la revolución bolivariana y el enfermizo socialismo del siglo XXI. Sin duda, el nuevo gobierno argentino será una piedra en el zapato para la política expansiva de la revolución, el centralismo estatal y el colectivismo de los países del ALBA. Ya Macri y su jefe de gabinete, Marcos Peña, han anunciado que solicitarían la aplicación de la carta democrática del Mercosur a Venezuela y se han pronunciado por distintos medios condenando la violencia, la impostura y la falta de libertades políticas, además de solicitar concretamente la liberación de Leopoldo López y demás presos y perseguidos políticos. Después del silencio cómplice de los gobiernos de los países latinoamericanos, suma de hipocresía y cinismo en su farisaica defensa de los derechos humanos, la actitud del nuevo mandatario argentino es viento fresco en un continente escindido por la doble moral y la doble cara. Macri es más que un respiro, se ha convertido en un símbolo de la facultad que tienen los pueblos de revertir su hado, de acabar con el fatalismo latinoamericano, de finalizar con la cultura del saqueo que mencionaba Naipaul.

¿Cuánto de esas proyecciones y esperanzas se hará realidad? Una cosa es el deseo y otra los obstáculos y cortapisas del mundo real, la psicopatía de los actores políticos, los arreglos que soportan el poder. Para gobernar, Macri tendrá que negociar y pactar y, como canta el dios Wotan en la ópera Las Walkirias de Richard Wagner, “a los pactos debo el poder y de los pactos soy esclavo”. Hasta ahora, Macri lo ha hecho bastante bien y la escogencia de su gabinete ministerial ha dado buenas señales. Si la confirmación de Lino Barañao como ministro de Ciencia y Tecnología, a pesar de haber sido ministro de Cristina Kirchner, habla de tolerancia y respeto a los méritos profesionales, la elección de Alfonso Prat-Gay —para el Ministerio de Hacienda y Finanzas o la sugerencia de que Federico Sturzenegger podría ocupar la presidencia del Banco Central cuando salga el kirchenista Alejandro Vanoli— es lanzar signos deseados por los mercados financieros. La elección de Rogelio Frigerio en el Ministerio del Interior habla, por su parte, de una voluntad y capacidad negociadora que le hará mucha falta al nuevo gobierno.

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Macri tiene por delante inmensos problemas que resolver, muchos inmediatos. Necesita con urgencia dinero para funcionar, aumentar las reservas internacionales en el Banco Central, restablecer los flujos financieros con el resto del mundo, enderezar las inmensas y problemáticas distorsiones económicas heredadas del kirchnerismo. Su principal reto, sin embargo, es cultural. No es fácil que un empresario, el heredero de uno de los principales grupos económicos del país, con intereses en construcción, industria automovilística, recolección de basura o industria alimenticia, y que factura más de 4.800 millones de dólares al año, gobierne un país latinoamericano. La región se ha destacado históricamente por ser una de las más desiguales del mundo. Y es muy difícil acometer el reto de disminuir la desigualdad en la distribución de ingresos y la concentración de riquezas siendo rico, siendo parte de uno de los grupos económicos que concentra la mayor riqueza del país. Lograr hacerlo, no sólo implica confrontaciones públicas y sacrificios familiares sino pericias excepcionales.

En Latinoamérica existe un hiato lleno de prejuicios que separa el político del empresario. No es casual que el peronismo y el chavismo hayan gobernado durante tanto tiempo bajo el signo de los pobres y los descamisados. Los dos movimientos políticos son herederos de innumerables traumas históricos, de aprensiones y resentimientos. Ambos representan el personalismo y la concentración de poder, un acendrado miedo a la libertad, un oculto desdén por la riqueza trabajada, la excelencia y el logro individual, un culto del proteccionismo, una solapada necesidad de un padre protector que tome las riendas del destino. Sería pecar de simpleza, sin embargo, pretender asimilar dos sociedades tan distintas por la cercanía y confabulación entre algunos gobiernos de turno. Argentina es un territorio con una población y una cultura singular. El premio nobel de economía Simon Kuznets dijo, en una oportunidad, que había cuatro tipos de países en el mundo: los países desarrollados, los países subdesarrollados, Japón y Argentina. Ese sentimiento de peculiaridad imprecisa se une a la sensación de destino suspendido de una nación que habiendo llegado a la cumbre repentinamente cayó sin saber, verdaderamente, por qué. Son esas confusiones y complejidades históricas las que Mauricio Macri tendrá que enfrentar poder asumir plenamente su consigna de campaña: cambiemos.