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Mamá Lis: El ángel de los presos políticos salió de la cárcel

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Lisbeth Añez conocía a los carceleros desde hace dos años cuando se armaba de solidaridad y entrega para asistir a los jóvenes presos políticos. Vio las celdas de El Helicoide desde adentro, imputada por un tribunal militar a pesar de nunca haber portado uniforme. Su caso es un compendio de irregularidades que ya se asoma de escala internacional. Desde su celda contó su historia antes de, por fin, salir de nuevo a la calle

Parió dos, pero se tomó a pecho –literalmente- el poema de Andrés Eloy Blanco, y tiene todos los hijos del mundo; o casi. Administradora de profesión en horario de oficina, y solidaria por devoción a tiempo completo, a sus intensos cuarentas, una hornada de jóvenes venezolanos con arresto -por valientes más que por su condición de presos-, llama a Lisbeth Añez Tohmi Mamá Lis desde que, conmovida por la atroz respuesta oficial a las manifestaciones estudiantiles de 2014, se convirtió en una suerte de ángel custodio y omnipresente de los más de cien muchachos que están encarcelados y aislados de sus familias por razones que no son.

Al Gobierno no le gusta la solidaridad. Por eso el viernes 12 de mayo fue encarcelada, por la Dirección de Contrainteligencia Militar (DGCIM). En Maiquetía, a donde había ido la intención de abordar un vuelo internacional, fue detenida por los uniformados alegando una presunta orden de captura en su contra. Ese mismo día fue presentada ante la justicia militar donde le imputaron delitos de rebelión militar y traición a la patria, con medida de privativa de libertad.

Su abogado defensor, Alfredo Romero, director de la ONG Foro Penal Venezolano, ha denunciado una ingente cantidad de irregularidades, comenzando por una orden de captura “injustificada” pues “carece de elementos de convicción”. Los delitos por los que se le acusa tiene que ver con supuestamente colaborar con personas que organizan protestas, cuya evidencia serían conversaciones y audios de Whatsapp hallados en su teléfono celular, revisado de manera ilegal. Presa en El Helicoide, no ha podido ser visitada por familiares ni defensores, por lo que su estado de salud no puede ser constatado. Su caso es reconocido ya a escala internacional, como lo evidencia la denuncia del secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro.

Desde su celda, al cumplir un mes encarcelada, escribió unas líneas con su historia: carta mama lis El 6 de septiembre, por fin, volvió a la calle. El Tribunal Cuarto de Control acordó su liberación. “La audiencia era hoy a las 9 de la mañana; pero el traslado lo hicieron a las 4:30 de la tarde. El tribunal tuvo que hacer presión llamando para que la llevaran porque las autoridades no querían trasladarla. No sabemos por qué. Mi mamá llegó a las cuatro y la audiencia empezó a las cinco”, contó su hijo a El Estímulo.

Antes de ser encarcelada, Mamá Lis se las ingeniaba para el delivery semanal de comida –y  libros, y periódicos, y abrigos- que reúne para los presos políticos más jóvenes. Una activista sin partido ni fundación -aunque en tiempos tormentosos el paraguas del Foro Penal Venezolano le ha dado cobijo- ella es lo que es: una institución en sí misma y sobre sus propios tacones; una dama de buen ver y mejores intenciones que va puntual los miércoles, o los jueves, o los sábados, o los domingos, y a su aire, a Ramo Verde, al Helicoide, a El Rodeo donde aún está un centenar de muchachos habitando un incómodo y tenaz paréntesis. Sus nombres los conoce al dedillo, igual que sus circunstancias (“Jeheremy Bastardo Lugo es el más joven, cumplió 19”, “Efrén Ortega y José Luis Santamaría están en la misma causa”, “Hay concejales y diputados presos, como Renzo Prieto, al que llaman Cristo”).

Comprometida con un montón de seguidores virtuales a los que conmina a ejercer la solidaridad en 3D –“¡No vale rasgarse las venas en el teclado!”- el suyo es el dulce y también fiero regazo de leona donde se han refugiado los hijos nuestros que ella cela; aquellos que tienen la mamá en San Cristóbal y acaban de trasladar intempestivamente a Catia; los que no tienen recursos y comen terrible; los que se cosieron los labios y llevaron gas del bueno hace exactamente tres años.

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Mamá Lis no ceja. En la última visita le hicieron quitarse la ropa, y saltar y agacharse, y saltar y agacharse, en lo que sería una improvisada y aturdida coreografía, escenificada en un corralón poco íntimo donde todas serían tratadas como sospechosasbajo la indiscreta mirada policial. La verdad –dice- esta requisa la tomó por sorpresa, pero admite que siempre es una odisea, una tarea titánica, como diría Teodoro Petkoff, tal vez los gendarmes han aguzado los sentidos luego de tantas fugas –el de TalCual protagonizó dos. Lo cierto es que ahora, con este gobierno al que la falta un tornillo, porque todos aferran la silla presidencial, es política no respetar a la visita.

Como sea, lo que le importa son sus muchachos, los jóvenes que siguen incomodando al hamponato a cargo acaso, porque la juventud se les parece a la palabra promesa, esa que ellos han propagado -hasta vaciarla- tanto como la miseria. Todo sea por sus chicos, reitera, los que viven en vilo, los que han conmovido a historiadores y a actores de Hollywood, a Almagro y no solo a los que creen en salidas sino también a los que fueron de manos blancas por las calles, los que son miembros de un partido y luchan desde esta plataforma, los que aún confían en dios. Los rosarios son cuentas regresivas de esperanza. Siempre los llevan al cuello y entre manos. Los fabrican ahí, incluso, en las celdas.

Con la misma partida de nacimiento, hijos del histórico 12 de febrero de 2014, son estos muchachos que se irguieron con voluntad de cerrarle el paso a la opresión los que ahora leen con fruición, en el cuentagotas eterno de la mala hora, textos de política, ensayos, oraciones o novelas que describen nuestras soledades en páramos, junto a huevos prehistóricos, o entre ríos que remontan bongos. Debaten la realidad y siguen soñando, unos con seguir en el ruedo político, otros con irse del país.

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Los que hace tres años se abalanzaron por su cuenta y riesgo, solos, inquebrantables, sin pedir permiso y esperando sintonía en el desafío espontáneo, ahora entre ellos se ayudan y se organizan: a cierta hora de la tarde uno les da al resto clases de inglés mientras otros hacen piezas de cestería o de artesanía -cintillos, collares, bolsos-, para procurarse sustento ¡y ayudar a sus familias! En tono arrebatado y provocador, esos que se armaron de botellas y en descabellada gesta, con el pálpito acelerado por todo consenso, y con capuchas y tenis, pusieron el pecho –sin escudos, ni armaduras, solo rosarios en la mirilla de los bárbaros-, ahora mismo puede que estén viendo una película en la televisión, si el guardia se los permite. Internet no. Nada de eso. Parece que quieren decirles a cada rato “quién los manda”. Se acercaron muchísimo a la candela. Al veneno. Al odio. La marca es inevitable. Mamá Lis los mira, los oye, y cree, no obstante, que saldrán y saldrán bien. Crecidos.

El día de la juventud, y los últimos tres, desde 2014 hasta 2017, en las celdas evocarían, eso sí, y como siempre, el jaleo del 12 y los días siguientes en una narración fragmentada, de calles imposibles en Caracas o San Cristóbal empañadas por el gas. Pasarían ante sus ojos de nuevo las horas infinitas de trincheras y persecuciones, de almuerzos clandestinos con la bendición familiar estampada en cada envase filtrado. Evocarían la historia que interceptarán flashes dolorosos: en la acera, el rastro de sangre; en los oídos, los gritos que nombran al que no puede contestar; como telón de fondo, las bombas. Uno dice que lo peor fue la búsqueda del amigo que hasta ahora estaba al lado. Otro que nada como encontrar allí tendida la vida segada. Puras astillas que se vuelven a clavar.

Fue así: de regreso de la marcha convocada el mismo día que 200 años antes encumbró al prócer José Félix Ribas, cuando se convirtió en el héroe de la historia porque le ganó a los realistas con un puñado de jóvenes inexpertos -pasión pura, 1500 contra 2.500 en La Victoria-, la agenda iba a cerrar con la protesta voz en cuello de Leopoldo López. El de Voluntad Popular intentó un gesto de cadenas y candados junto al Ministerio Público y no imaginaría que el episodio iba a tener el efecto de un mechero en un reguero de pólvora. Entonces se prendió el jaleo que rompió los cielos. Estalló la desesperación. Ese 12 de febrero de 2014 cayeron en Caracas Bassil Da Costa y Robert Redman, y luego tantos.

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Mujer de paz y de manos dadas a la caricia, Mamá Lis ha tenido en casa hasta a 20 embluyinados sudorosos y en riesgo. Su hogar es abrigo, es puerto de afecto, un llegadero de cuidos prodigados y colchonetas regadas. Su papá, un militar retirado que ha estado preso un par de veces, durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez, le aconseja cautela desde el norte a donde se mudó y desde donde llora el país. En eso ella coincide, el rímel repentinamente es una oscuridad líquida que avanza más allá de las pestañas. “Él teme por mí pero es que ayudar no puede ser un riesgo, no puedo pensar que verán como un crimen la solidaridad, que es lo que yo hago”, confiesa Lisbeth Añez.

Los que han salido de la prisión siguen cerca, en contacto umbilical. Ella sabe qué hacen, qué sueñan. Son estos, los atormentados, los que sufren pesadillas, los que están solos con los que siempre conversa por las redes cuando no la visitan. Pero está persuadida de que son los jóvenes todos, si guarimberos o miembros de asociaciones civiles, si activos o no tanto, los más expuestos. Juventud, divino tesoro, deviene en carne de cañón. Presos, desencantados, con el pasaporte en la mano, en estampida desde Maiquetía o fajados a por el cambio en paz, son los que corren más riesgo. No es apenas cosa de talante, de pasión o de inconsciencia: la violencia es una estadística descomunal y roja que protagonizan los que apenas tienen entre 18 y 25.

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Paciencia o no, Lisbeth Añez Tohmi pensaba que nunca se involucraría activamente en política, bueno, que no militaría en un partido. Así lo ha hecho. Pero el 12 de febrero de 2014 decidió levantarse de la silla frente al Facebook y hacer lo que tenía entre ceja y ceja. Desde entonces prosigue en su afán generoso de ser voz cantante –“soy la voz de ellos”-, de ser memoria -“Hay gente que cree que ya no hay muchachos presos ¡Si apresan por un tuit!”-, de ser madre coraje, de ser Mamá Lis, en tiempos de escasez de tanto, de justicia, de medicinas, de comida. “Sí”, dice, uno de los muchachos necesita que lo vea un médico, tiene una infección urinaria, “sí”, asesta, ellos sienten que se fajaron y los han dejado solos.

Así escribe en las redes: “Hoy día de visita para nuestros héroes, los invito a recordarlos, y a hacer un pequeñito sacrificio apartando de sus mesas una fruta, una verdura, una galleta, un pan, cualquier cosa, no es un mercado, ni siquiera una bolsa, es un solo producto. Tengo muchos amigos en Facebook que frecuentemente me expresan su admiración, y se los agradezco sinceramente, si cada uno de ustedes aporta un producto, yo podré reunir muchos y llevárselo a ellos. No se imaginan cuánto harán con ese gesto y la satisfacción que se siente al hacerlo”, escribió.

Llegaron arepas precocidas y empacadas al vacío, productos de la dieta escasa, no tanto como antes pero también llegaron cartas de solidaridad. A dos de los muchachos acaban de nacerles sus hijos y no los conocen, qué lío colar la fotografías. A varios se les han muerto sus padres y no han podido despedirlos en el cementerio. La clave es persistir. Sin falta, el 12 llegó Mamá Lis.