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Mariachis en Caracas, al son de rancheras y balas

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08/09/2017
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TEXTO: GABRIELA ROJAS | PORTADA: GUÍAVENEZUELA.COM

Armados de sombrero ancho y guitarrón, los mariachis suenan al son que les toquen para mantener la agenda llena. Sea en urbanizaciones o en barrios, salir a medianoche a cantar serenatas en una ciudad con más de 100 homicidios por cada fin de semana, les otorga una merecida cuota en el imaginario de los mero macho

Ese viernes los funcionarios de la policía madrugaron el barrio y en medio de una OLP, la parranda de tiros sonó durante todo el día en la Cota 905. Pero cuando las balas forman parte del sonido ambiente, con una tregua mínima la vida rápidamente retoma su curso en las veredas. El sábado en la noche, 24 horas después de una jornada de plomo y sangre, había música, comida y bebida para amanecer porque toda familia defiende su derecho de celebrar a sus quinceañeras.

A la medianoche, un carro Fairlane marrón se estacionó en un punto cercano al sector conocido como “El peaje”, en la avenida que conecta de punta a punta los diferentes sectores que forman la Cota 905. Seis músicos vestidos de negro solo destellaban en la oscuridad por los botones brillantes de sus chamarras. Comenzaron a subir casi 200 metros en vertical, escalón por escalón, sin ver mucho para los lados, tal como le advirtieron sus anfitriones: los dos hermanos mayores y un primo de la homenajeada iban adelante abriendo el camino, haciendo de escoltas.

En el giro de una vereda, los muchachos se detenían, silbaban y esperaban la respuesta. De inmediato otro silbido venía de vuelta y el grupo avanzaba. Los músicos seguían el paso en fila india, con el peso de los instrumentos al hombro, pero sin preguntar cuántas escaleras faltaban. “Es aquí mismo, ya falta un pedacito y llegamos”, los animaban los tres encargados de avisar más arriba que la serenata iba llegando.

En el camino, al mejor estilo de un Jorge Negrete subido en kilos, el cantante se ajustaba el chaleco y se secó el sudor con un pañuelo blanquísimo para saludar a las señoras que se asomaban por las puertas. En un descanso de la escalera, el estruendo de la miniteca anunció por fin la llegada. En una de las tantas casas de puertas abiertas vecinas a la fiesta, los músicos tomaron aire, un vasito de agua para emparejar el sudor perdido y se acomodaron los sombreros algo destartalados por el uso y abuso de las noches, para irrumpir en la casa con las notas de la trompeta que marca la entrada de unas “mañanitas” aún demasiado nocturnas.

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Los aplausos de invitados, vecinos y curiosos le abrieron el paso al grupo de mariachis que lograron el milagro durante 45 minutos de silenciar el perreo del reggaetón. La quinceañera universal se emociona porque se siente el centro de esas letras de amor desesperado y casi como un recuerdo atávico repite, a todo gañote, los coros de las diez rancheras que hacen el set.

Después de las tres primeras canciones, las madres, abuelas y tías exigen su lugar simbólico en la ventana: empiezan con “Amor eterno”, lágrima fácil que sirve para cualquier dolor del alma y una tras otra el set se repite intacto como un disco en LP, como si el mismísimo Vicente Fernández hubiese grabado un “grandes éxitos” para que los mariachis del mundo no tuvieran que practicar demasiado.

Afuera, mientras los intérpretes rancheros hacen de la sala su escenario, una versión caraqueña del charro empistolado vigila que la fiesta siga en pie. En una mano el trago y la otra en el cinto, igual que Pedro Infante cuando retaba a sus adversarios por el amor de una mujer. Pero aquí el duelo no es amoroso, el que se equivoque, cobra.

Los que ya cobraron fueron los músicos pero en la cuenta bancaria para evitar la tentación que huele con el dinero en efectivo. Y aunque el acuerdo es un set de diez piezas, saben de antemano que hay fiestas donde las canciones extras mejor no se cobran. “Un regalo para la quinceañera”, vocifera el cantante y al son de Pedrito Fernández hace que las señoras muevan las caderas con el pasito de “si te vienen a contar cositas malas de mí…”.

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Cuando vuelve el acorde romántico, las canciones que empiezan con dedicatorias a las mujeres de la fiesta van antecedidas de la frase “con todo respeto”. En el barrio hay que ser macho pero no mucho.

A la 1 de la madrugada, cuando casi completan la hora de show, los músicos marcan la seña de salida. En ocasiones, aceptan un trago de cortesía que puede marcar la diferencia entre la rectitud y el desprecio. Sin mucha demora se despiden, recogen sus instrumentos y se enfilan de nuevo hacia la avenida, donde los dejó el carro, que lejos de ser un último modelo tiene cauchos y batería igual de apetecibles.

Pero los anfitriones asumen su rol de escolta y los guían por el intrincado camino de escalones que solo se recorre de memoria, con todo y sus alcabalas inadvertidas. Así como los subieron, los tienen que bajar, es parte de un acuerdo tácito que todos los mariachis han tenido que hacer con sus clientes, así como garantizarles que el carro esté completo y que el chofer podrá esperar seguro.

Desde arriba la ciudad no luce tan amenazante, hasta bonita se ve, como pesebre en un valle. Pero una vez que el guitarrón y la trompeta callaron, el sonido ambiente de los tiros –unos lejanos, otros no tanto- les recuerda a los músicos que su oficio le disputa el miedo a las noches.

“En los barrios, los mismos clientes nos protegen. A veces uno se siente más seguro trabajando en cualquier barrio de madrugada que ir más temprano a zonas más elitescas como Prados del Este o Los Samanes porque ahí la gente se encierra en sus casas y nadie lo acompaña a uno”, dice Carlos Elías, director del Mariachi Mi Nuevo México.

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Elías tiene 30 años en este oficio y aunque su grupo ha tenido que disminuir la cantidad de shows por noche, sus previsiones le han permitido trabajar en zonas que para algunos serían insólitas de pisar después de las 9 de la noche. “Nosotros trabajamos en todos los barrios de Petare. Por ejemplo, el Día de la Madre ya lo tenemos copado y en años anteriores estamos metidos desde las 6 de la mañana hasta las 11 de la noche y trabajamos tranquilos. Ahí quien garantiza la seguridad es el cliente porque ellos conocen su zona. Si alguien comete un error sabe que el mariachi no va a volver y todo el mundo quiere que a su mamá, a sus hijas o a su esposa le lleven su serenata”, dice el músico.

Como parte de la alta estadística de caraqueños que han sido víctimas del hampa, en lo que va de año al grupo lo han robado cuatro veces. “De día y de noche, eso ya no tiene que ver para robarlo a uno. Pero siempre son motorizados que nos encañonan y nos han robado varias veces en Los Cortijos, en Sabana Grande, hasta en el (centro comercial) Concresa, nunca en un barrio o bajando de una presentación”, cuenta Elías.

Una de las previsiones que ha tomado para proteger al grupo es toda una paradoja “la mayoría de los pagos se hacen por transferencia bancaria pero, por ejemplo, los viernes y sábados en la noche que son movidos, tenemos que cargar un dinerito en efectivo por si nos roban para que tengan algo que llevarse porque si no cargamos nada, nos pueden dar un tiro”.

A todo riesgo.

Vivir en Caracas. Vestirse a las 8 de la noche con trajes de gala e instrumentos costosos para salir a trabajar a la medianoche. Sin pistola ni caballo, ser mariachi califica como un oficio de riesgo.

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Algunos lo usan como rebusque y otros como un oficio de dedicación completa. Pero la inseguridad que tiene en la noche a su mayor cómplice ha hecho sus estragos, lo que influyó en la disminución de la oferta de agrupaciones. Si lo sabrá José Manuel Álvarez, director del mariachi Águilas de México, que después de 23 años trabajando exclusivamente como músico de este género, da cuenta de cómo esta ciudad puede ser inverosímil. “Ha bajado mucho la clientela porque decidimos evitar algunas zonas, no es por discriminar pero tuvimos que tomar algunas precauciones”.

Se refiere al cuestionario inicial que le hace a los clientes antes de siquiera explicarles el costo y la logística para ofrecer un servicio. “Lo primero que preguntamos es el lugar, ahí sabemos si seguimos hablando para el contrato”. En caso de que la zona le suene a plomo, la salida elegante de Álvarez es decirle al cliente “no tenemos cobertura en ese sector”.

Pero la geografía caraqueña es tan caprichosa como sus dinámicas y así como hay público para todo, también hay mariachis para todos. “Más de 50% de nuestros clientes llegan por recomendaciones porque nos tomamos muy en serio este trabajo, por eso mismo tratamos de ir por lo seguro, aunque en Caracas nunca se sabe, hemos visto de todo en los lugares menos esperados”, dice Álvarez.

Desde clientes famosos en celebraciones de derroche hasta familias anónimas que festejan en medio de la tregua de las balas, son muchos los que quieren disfrutar en vivo de quienes interpretan el despecho en clave de tenor. Por eso de día y de noche las agendas de las agrupaciones siguen llenas porque a pesar del peligro, el mariachi sigue siendo el rey.

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