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Marisol Escobar, escultora de silencios

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03/05/2016
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FOTOGRAFÍA DE PORTADA: FRAN BEAUFRAND

Se extinguió a pocos días de cumplir 86 años una luz pionera del Pop Art, conocida como una de las grandes referencias de la escultura y el ensamblaje artístico. En la década de los 60 se la disputaron las galerías más importantes de Nueva York cuando ser mujer en esas lides era una rareza. Su fama trascendió las fronteras

Conocí a Marisol (París, 1930) en su loft del bajo Manhattan. Iba a entrevistarla para la revista Estampas dirigida en aquel entonces por Mariahé Pabón. Lamentablemente extravié el texto original, así que con visión borrosa echo mano a la memoria. La única certeza que tengo es que fue un encuentro con un ser notable. Tenía razón Milagros Socorro: “escribe porque el recuerdo es un acto de traición”. Habría que añadir “… y cuando lo hagas, tenlo a buen resguardo”.

Corrían los años 90. La artista venezolana radicada en Nueva York me citó en su casa-estudio una luminosa mañana fría que vaticinaba la llegada del invierno. En un terreno baldío colindante al Hudson River, vivía en un edificio apartado de una extinta zona industrial. Entré por un enorme ascensor de carga.

Me recibió ataviada con jeans y un sweater negro cuello tortuga —enorme que arropaba su menuda figura. Escoltada por un par de perros akita, sus guardianes inefables de raza japonesa, me invitó a pasar directo a la cocina para montar un cafecito. Encendió la llama de una estufa algo desvencijada. En un estante aéreo colocado sobre el lavaplatos se podía apreciar la vajilla de porcelana blanca también uno que otro plato, pocas tazas y contados cubiertos.

Su voz aguda y chirriante era la de una niña atrapada en el cuerpo de una mujer. En el fondo de sus grandes ojos negros yacía un ser solitario y algo asustadizo. Aunque espontánea y natural era de hablar lacónico y carácter taciturno.

De haberla encontrado en la calle la habría reconocido. Mantuvo el mismo look toda su vida. Delgada, huesuda, vestía unisex sin gota de maquillaje y el cabello siempre a lo Chanel.

El espacio desprovisto de paredes permitía de un solo vistazo apreciar íntegramente la morada. Una mesa de madera rústica con cuatro sillas; una cama individual cubierta de lencería blanca; unos libros en el piso; una escultura por allá y una colcha para el descanso de sus perros componían todo el mobiliario. El inmenso espacio de generosos ventanales permitía la irrigación de la luz natural dentro de la austera vivienda con aura monacal.

El día anterior a la entrevista visité la archiconocida Galería Marlborough, que exhibía una escultura de gran formato de Marisol a un precio también colosal. Recursos nunca le faltaron. Comenzamos a hablar de su obra. Contó que lo único que sabía hacer es trabajar. El arte ocupaba su pensamiento las 24 horas.

De poco roce con el mundo exterior me preguntó por Sofía Imber y Simón Alberto Consalvi, su más entrañable amigo, el único que manifestó tener en Venezuela. En realidad nunca vivió mucho aquí. Austera con las palabras, dicen los críticos que el silencio ha sido una forma de expresión y que en sus obras brindan “forma y peso”.

Tema delicado y espinoso fue el trágico hecho de haber presenciado el suicidio de su madre. Cuentan allegados a su familia que, por largo tiempo, quedó sin habla. Quizá nunca pudo desembarazarse del dolor de un hecho incomprensible. Era una chica rara. Siendo jovencita su pasatiempo era pintar —cuando no se infligía castigos como una religiosa de clausura. Como Alfonsina y el mar ¿Sabe Dios qué angustia la acompañó? ¿Qué dolores viejos calló su voz?

Pensó su padre que nuevos aires le sentarían bien y la mandó a Los Ángeles. Lugar donde estudió pintura a los 16 años. A los 20 años se mudó a la ciudad de Nueva York, donde viviría hasta el último suspiro.

Durante nuestro breve encuentro, hablaba y a ratos permanecía callada. Aprendí a tomar el pulso de aquellos loops. Confesó que el principio de su adultez fue duro. Nadie la tomaba en cuenta. De no haber sido por los bienes de una familia próspera de cuyo pasado quiso deslindarse, no habría podido sobrevivir en “New York city”, donde se hizo conocer como Marisol, a secas.

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Tuvo un golpe de suerte al haber sido incluida en la movida artística liderada por Andy Warhol, gurú de la modernidad. Cuando el adalid del Pop Art la conoció dijo: “es la primera artista mujer con glamour”. Árbitro de lo cool, fantástico relacionista que potenciaba y congregaba a artistas, que hacía partícipe de sus proyectos con fundamento y contenido, incluyó a Marisol en dos de sus películas: El beso y Trece hermosas jóvenes. Hoy pueden verse en el Archives Museum de NY.

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Los periodistas llegaron movidos por las excentricidades que motorizaba Warhol y junto a ellos los galeristas poniéndoles la lupa. Marisol comenzó a exponer en la afamada galería Leo Castelli (1957), su debut. Conoció y se codeó con Robert Raushenberg y Jasper Johns, Willemn de Kooning, Marth Rothko y Roy Lichenstein.

Aunque Marisol recorrió varios movimientos artísticos, su estilo siempre fue distintivo y único. «No Pop, No Op, es Marisol» fue la forma en que Grace Glueck tituló su artículo en The New York Times en 1965.

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Nadie sabe cuándo comenzó su adicción por el alcohol. Agonizó de Alzheimer en el Presbyterian Hospital cercano a su casa. En su testamento dejó un deseo: que sus cenizas fueran esparcidas en la isla Molokai, una de las islas de Hawai. No se casó, tampoco tuvo descendencia. Su legado está regado por los mejores museos y colecciones del mundo. De su herencia no se ha dicho jota. Pero su voluntad, aparte de que sus cenizas fuesen esparcidas en Hawaii, fue que toda la obra de su colección privada -tanto esculturas, pinturas y dibujos- pasase a formar parte de la colección del Memphis Brooks Museum of Art. Marina Pacini, la curadura del recinto, en ocasión de la exhibición Marisol esculturas y obras sobre papel de 2014, publicó un libro que recopila varios ensayos escritos por autores, curadores o profesores de arte latinoamericano y arte contemporáneo, tales como Bill Anthes, Dore Ashton, Deborah Cullen y Douglas Dreispoon, que dieron sus análisis para comprender mejor la obra y personalidad de Escobar.

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