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Crowdfundig, mecenazgo 2.0

portada crowdfunding
20/02/2017

“Hacer una vaca” ha cobrado un nuevo sentido. En un país sumido en una crisis económica profunda, la falta de capital y los altos precios no excusan actividad alguna. El arte sufre de fondos limitados, reducidos y hasta inexistentes. Sin esperar riqueza alguna, muchos directores de teatro recurren al patrocinio colectivo y anónimo para que el espectáculo pueda continuar

El mecenazgo artístico ha evolucionado. Su versión 2.0 va de la mano con el financiamiento colectivo, páginas web y redes sociales. En Venezuela no hay arte que se valga por sí mismo; los artistas se ven en la penosa necesidad de requerir de más de un mecenas para poder cubrir los costos de sus producciones artísticas. Sumidos en una crisis económica sin precedentes, el arte nacional peligra de escasear, tanto como los alimentos, por los altos costos que implican el ensamblaje de una pieza o proyección. El salario del artista no da para comer, mucho menos para alimentar su alma creativa.

El crowdfunding —también conocido como micromecenazgo— es una red de financiación colectiva, usualmente concretada a través de páginas web, que busca impulsar económicamente un determinado proyecto mediante donaciones. Es la versión más moderna del altruismo. Con el uso de las redes sociales y el mundo cibernético, son millones de personas las que se valen de este recurso para completar los pagos de sus proyectos.

Desde el año 2013 la tendencia a este método ha crecido, sobre todo en Venezuela. Proyectos académicos, tratamientos clínicos, estudios en el extranjero y otras iniciativas se han desplegado en espacios digitales para atraer fondos de terceros, muchos desconocidos, para lograr costearlos. El mundo del arte toma nota y aplica con gran velocidad. Las plataformas más habituales, GoFundMe e Indiegogo, permiten apoyar todo tipo de proyectos.

Los primeros del mundo artístico en intentarlo fue la banda Marillion 60 mil dólares a través de las donaciones que realizaron sus fanáticos en una campaña cibernética a mediados de los años 90. La cantante Amanda Palmer logró conseguir mil veces la cantidad que pedía en 2012, convirtiéndose en “la reina del Kickstarter” –la plataforma que usó. En Venezuela, la banda Gaélica pidió financiamiento para la mezcla de uno de sus discos. Lo propio hicieron Del Pez, Octavio Suñé y Liana Malva.

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La novedad del caso es que la disciplina que más opta por ese camino ahora es el arte escénico. La sexta temporada de Microteatro Venezuela apeló a la buena voluntad -y bolsillo- de otros para lograr su realización; al igual que la actriz Prakriti Maduro, quien realizó una campaña para hacer microteatro gratuito dirigido a niños de bajos recursos. “Es una herramienta que se usa más de lo que uno cree. Sobre todo para el mundo del teatro en donde la recompensa es mínima en cuanto a retorno de inversión por taquilla”, explica el director Juan Bautista.

Si la dificultad para recolectar dinero suma el escollo del control cambiario, el reto aumenta. Por eso en Venezuela no solo se pide en dólares; han surgido plataformas en moneda nacional. Es el caso de Fundarte.com –no confundir con el organismo cultural de la Alcaldía de Caracas–, creada en el año 2014 como una respuesta local a la necesidad de convocar dineros colectivos. La frase “Legitimando el Pon pa’la vaca o Pon pa’l pote” define la función principal del dominio. También existe Patrocinarte.net donde ponen el acento en ayudar a iniciativas culturales, gastronómicas o tecnológicas.

La realidad de Bautista es la de todo un gremio, porque una producción teatral puede costar, como mínimo, unos 700 mil bolívares; un dato que engorda rápidamente debido a la inflación. Las chequeras propias de directores y productores no aguantan tal dispendio; y la taquilla tampoco: el precio de los boletos tendrían que ser tan abultados que su venta sería mínima, un círculo vicioso de empobrecimiento cultural.

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Por eso el director de De Alta, a sus 28 años, optó por seguir el ejemplo que sus colegas dieron. La pieza, escrita por Elio Palencia, necesitaba el empuje en metálico necesario para concretar su estreno  en el tercer Festival de Jóvenes Directores del Trasnocho Cultural. “Decidí repetir la estrategia y a mí me pudo resultar. Es que cualquier punto de apoyo es maravilloso para poder seguir adelante”, dice. En 2016 comenzó el trajín, uno en billete verde. A través de Indiegogo.com pidió una ayudadita de 400 dólares, sin esperanza de conseguirlos completos. Llegó apenas a 100, pero fue su manera de vencer la devaluación constante y cumplir los requerimientos para el montaje. El debutante cree que la dádiva es el único camino para los creadores emergentes porque de lo contrario “nunca se podría llegar a costear los precios del mercado venezolano”.

Fernando Azpúrua es reconocido por su obra Niños lindos, galardonada en 2014 con dos premios Isaac Chocrón a la Mejor Dramaturgia y a la Mejor Dirección Escénica. Todavía joven y en proceso de crecimiento en su carrera como director, aún recuerda cuando tuvo que recurrir en 2015 al financiamiento colectivo para poder asegurar su participación en el Festival de Jóvenes Directores del Trasnocho Cultural. Su meta eran 500 dólares. El tiempo de campaña, un mes. Logró obtener gran parte de lo solicitado por el apoyo de sus propios familiares y amigos, y los de su equipo de producción. Por eso afirma que, de no ser por este tipo de herramientas, no podría haberse costeado el montaje final. “Vivimos en una situación de crisis. No tenemos apoyo. Al artista nadie le paga y nosotros queremos mantener nuestro arte”, afirma.

Hay estructuras del Estado dispuestas para el apoyo al arte. Cada vez menos, pero las hay. Hace varios años, el Consejo Nacional de Cultura, Conac, subsidiaba cada año a grupos estables de teatro para promover la creación artística. Cuando se creó el Ministerio de Cultura, las asignaciones se mantuvieron hasta desaparecer hace más de un lustro. Desde entonces, se financian proyectos particulares y, desde hace cuatro años, con énfasis en el Movimiento de Teatro César Rengifo que ha presentado una decena de piezas en varios espacios del país, incluyendo homenajes a Hugo Chávez.

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Por eso para quienes no estén considerados dentro de las estructuras del Estado chavista, el precio de materializar los sueños nunca había sido tan costoso. Los montos mayores se los lleva la escenografía, aumentados además por la dificultad para compilar los materiales necesarios y materializar las visiones del director y del escenógrafo. El vestuario, la utilería, el maquillaje, la música y hasta el trabajo de luces puede consumir dinero, cuya inversión se extiende hasta la publicidad y el alquiler de espacios para realizar los ensayos.

Nadie dijo que sería fácil

Pedir dinero es enfrentarse también al No como respuesta. Así le pasó al director Carlos Fabián Medina, quien estrenará próximamente una pieza original de Michael Bouchard, Tom en la granja. Fue por suerte e ingenio que logró completar los costos de su producción, y no gracias al crowdfunding. “Si uno no puede ayudarse a sí mismo, mucho menos lo hará con alguien más”, afirma. Medina lanzó su campaña con la meta de obtener mil dólares pero “a pesar de que sale al público general, acá no tuvo mucho alcance. No tuvo mucho éxito, la verdad”, admite.

En la lucha está, aún, el director Jesús Navas, quien busca completar los pagos para el montaje de Cría de canguros, original de la venezolana Karin Valecillos. Por ahora, se las ve negras. “Lograr apoyo económico no sucede. Intenté acá y es muy difícil que gente te ayude a promocionar tu obra. Darte dinero no pasa”, masculla el director. En el pote sí se acumula algún capital, pero prefiere recurrir a sus propios medios para completar la exigencia. Lo ve como un método más seguro y además “es un buen ejercicio creativo. Me obliga a pensar en nuevas formas de obtener el dinero”.

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La estrategia influye en el resultado. Es lógico cuando en Internet la competencia por el dinero también existe: las recaudaciones en cada plataforma se cuentan por decenas, centenares incluso. Fernando Azpúrua asegura que es necesario ser realista a la hora de establecer la meta. “No es lo mismo pedir 300 que 100 dólares”, dice tajante. Carlos Fabián Medina, en cambio, sostiene que el problema está en la dependencia que se siente con el que está en el extranjero. “La gente afuera va a apoyar los proyectos si pueden disfrutarlos. Pero es que los proyectos se muestran acá y ellos no van a tener alcance a ellos. Solo los que la gente puede experimentar por sí misma reciben dinero”, suelta el director.

Todos coinciden en que de no ser por la crisis económica que vive el país, probablemente no tendrían que recurrir al patrocinio colectivo. Jorge Souki, quien se valió de este recurso en el año 2014, considera que en la actualidad “el teatro se convierte en una apuesta por la pérdida”. Pero el crowdfunding abre un camino antes transitado solamente por quienes tenían cuentas bancarias voluminosas y tendencias filantrópicas. Ahora es más colectivo, más “de todos”, incluyendo a quienes están dispuestos a pagar dos veces: para lograr que la obra se presente y luego comprar su boleto en la taquilla. “Es invertir en el arte. Tal vez apostar por un artista no es una inversión segura, pero apostar por el arte siempre es importante”, concluye Souki, quien ha encabezado proyectos sobre las tablas y, también, para televisión.