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Memorias de un taxista nocturno

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29/03/2017
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FOTOGRAFÍA DE PORTADA: ANDREA HERNÁNDEZ

Malos trances con policías y delincuentes, anécdotas de infidelidades y chascarrillos urbanos, burlas a la muerte y enfrentamientos con otros peligros, la lista es larga cuando se está frente al volante. Los taxistas son memoria viva de Caracas. Testigos y fuentes de primera mano de crímenes y de alegrías en esta ciudad que se la llevó el diablo

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2011. 1:15 am. Julio Matos —más de 35 años de taxista— llevó a un cliente al 23 de Enero. Cuando lo despachó, un hombre se paró frente a su ventanilla y otro frente a la del copiloto. “¡Párate que esto es un atraco!”, gritó uno, pistola en mano. Julio aceleró. Oyó una detonación y pisó más hondo el pedal. Sintió los labios gruesos. Los palpó: no halló sangre. Cuando llegó al Centro, notó que tenía una herida en el pecho. Usó el radio transmisor para llamar a sus colegas, quienes más tarde lo llevaron al Hospital Militar. “Tiene tres tiros”, le dijo una doctora. Y ya no se acuerda de más nada: se desmayó.

“No tenía tres tiros. Fue uno solo que me entró por el omoplato, me pasó por el pecho y me salió por la tetilla”, recuerda ahora Julio, sentado en su carro. Son las 3:00 pm de un jueves de 2017. Pasó todo el día buscando un repuesto. No tuvo suerte.

“Esta es otra cosa que me hicieron”, muestra una cicatriz de 20 cm. en su muñeca izquierda. Es producto de una puñalada que le dieron, tras resistirse a un robo, cuando comenzó su carrera: trabajaba por puesto de El Silencio a Lomas de Urdaneta. Luego, pasó por otras dos líneas hasta llegar a Taxi Móvil Plaza Venezuela. Se le infla la voz cuando dice que lleva 20 años ahí. Siempre manejando de noche.

En ese tiempo ha servido, por ejemplo, a lo que él llama “chicas de la vida alegre”: prostitutas de burdeles de La Carlota, la Avenida Baralt y la Intercomunal de Antímano. También, de un night club de más nivel que quedaba en Chacao. ¿Llegó a hacer algún intercambio de servicios? “No, no. Todas pagaban”, responde muy serio. “Si tú las enamoras y ellas aceptan el enamoramiento, entonces ya uno no va a hacer su carrera sino que va con el asunto de enamorarlas. Y empiezas a perder dinero”. Solo una vez se le amargó la noche: cuando una de las chicas se subió al carro, un hombre lo apuntó con una pistola: “Si se mueve, le doy un tiro. Dile a ella que se baje”. Julio obedeció. La mujer se fue con el tipo.

Caballeros de la noche

Lunes. 7:30 pm. Frente al boulevard de Sabana Grande, un enjambre de taxistas —camisa blanca, pantalón de vestir negro— aborda transeúntes con el revolú de mariposas que acometen a un bombillo. Cerca de la Previsora, tres taxistas de look informal se recuestan cada uno de su carro. Uno de ellos ve hacia el piso: murmura algo. Quizá un conjuro para que alguien le pida una carrera.

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Una nota de El Universal, de 2015, apuntó —según un estudio del Inmetra– que el número de taxis en el Área Metropolitana pasó de 15 mil a 26 mil en los últimos diez años: la crisis obligó a muchos a convertir su carro en su nueva oficina. Pero ahora la calle ofrece otro panorama.

En 2015, Efecto Cocuyo publicó que, en un año, el Sambil redujo su flota de vehículos de 140 a 85. En Urbitaxis, de la Urbina, pasó de 41 carros a 25. En Barutaxi, de 36 a 15, de los cuales había ocho inoperativos. Mientras que en Aerotaxi Paraíso, el descenso fue de 60 a 15. Las razones son las mismas: problemas para conseguir repuestos.

Taxi Móvil Plaza Venezuela ha sido testigo del deterioro de un país. Ubicada casi a los pies del Seniat, los socios son veteranos de la guerra no declarada que significa vivir en Caracas. Este lunes de marzo, se recuestan de las paredes o se relajan en sus carros. La noche es fría y no hay clientes. Daniel Cruze tiene más de 20 años en la línea. “Hoy en día trabajamos a pérdida. Los repuestos están demasiado costosos. La gente no tiene poder adquisitivo. Pero uno se malacostumbra. Y ya para uno, con 50 años, es difícil conseguir otro empleo”, dice.

La línea —activa las 24 horas del día— tiene 28 taxistas, pero trabajan como 20. Nació cuando se disolvió Móvil Enlace, una cooperativa que tenía alrededor de 12 paradas. Un grupo de socios se quedó con la parada Móvil uno y, hace ya más de 40 años, fundó Taxi Móvil Plaza Venezuela. Solo un socio continúa desde entonces: Jorge Daboín. Un cronista oral de las mutaciones de la ciudad: “Cambios es que nada sirve para un coño ahorita. Hemos retrocedido como 40 años. Caracas está vuelta un desastre: huecos por todos lados. Tú te montas en un carro y casi que se te desarma”.

En su época de gloria, la línea contó con fiscales y una grúa. Llegaron a tener 240 radios. Ahora solo queda un puñado de socios, un local para asambleas y el orgullo de que para trabajar ahí hace falta una recomendación.

Carlos Villarroel —22 años en la línea— es quien lleva el semblante más relajado. “A pesar del costo de los repuestos, para mí es más rentable esto que trabajar en una empresa”. Nunca se va a casa hasta haber ganado equis cantidad de dinero. Un monto que puede significar ingresar dos o tres salarios mínimos semanales. Pero tampoco es para tirar cohetes: “Esto no es un trabajo para hacerse rico, es para sobrevivir: tapar un huequito aquí, tapar un huequito allá; más nada. Es para uno sobrevivir”. Cosa que varios no han logrado.

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Compañeros caídos

En 1983, un capitán de Navío de la Armada venía de perder dinero jugando gallos en Paracotos. Se estacionó frente al Seniat. “Coye, no se estacione ahí, esa parada es de nosotros”, pidió un taxista. El capitán refunfuñó. Otro taxista intervino: “Si no quitas el carro, te voy a meter la grúa”. Cuando el hombre iba a cumplir su palabra, el capitán tomó su pistola y le metió diez tiros. Al otro taxista un par de balas le impidieron huir. El capitán disparó a todos lados, hasta que miembros de la Policía Metropolitana lo contuvieron. Las autoridades de la Naval lo apresaron por cinco años: perdió la carrera militar. “Uno de nuestros compañeros dejó cinco niños; el otro dejó tres”, recuerda Jorge.

Un miércoles de 2015, Aldo Almontes salió a trabajar y no llegó a su casa. A la mañana del jueves, su esposa llamó a los compañeros. Estos salieron en su búsqueda. Pasaron, incluso, por la Morgue de Bello Monte. Llegó el viernes y los resultados se resumían en una palabra: nada. Hospitales, Los Teques, barrios, etc. No aparecía. El sábado volvieron a pasar por la Morgue. Ahí estaba su cadáver. Según el GPS, el miércoles manejaron el carro por la Avenida Casanova, Petare y La Urbina. Luego, se regresaron hasta el barrio Los 70, de El Valle. Ahí mataron a Aldo. Tiraron su cuerpo en la entrada de la Universidad Santa María. Los vendedores de perrocalientes vieron cuando unos tipos sacaron un bulto de la maleta del carro y lo lanzaron. Llamaron a Polisucre. El detective que asumió el caso, al parecer, no pasó la foto del cadáver a tiempo. Por eso cuando los taxistas fueron a la Morgue no lo encontraron, aunque habría ingresado ahí el mismo miércoles. Aldo tenía 47 años, 20 de los cuales los pasó en la línea. “Ese que está ahí es su hijo”, Jorge señala a un taxista moreno de franela anaranjada que permanece alejado del grupo. No habla, se refugia en su carro.

Pablo Velázquez trabajaba de día. Una señora recién salida del banco pidió una carrera. Ahí aparecieron dos ladrones. Pablo intervino: golpeó a uno de ellos. Le respondieron con un tiro que le traspasó el fémur. “También mataron a Culoegoma, que le decíamos así porque trabajaba demasiado. Una mujer vino, lo llevó para Caricuao y el hombre no apareció sino a los ocho días. Eso fue en el 2007”, dice Jorge, sorbiendo un café. El cadáver fue hallado en Tazón. Estaba descomponiéndose: lo identificaron por un hueso del pie derecho. Hubo que enterrarlo de inmediato.

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“Tú tienes que hablar con la gente, pasarles el escáner. Si el corazón te dice que no lo lleves, no lo lleves porque te van a joder”, dice Jorge, a quien han robado cuatro carros. Uno se lo quitaron tres miembros de la Guardia Nacional. Él se paró a las 5:30 am en Coche, cerca del club militar, y ellos se subieron sin pedir permiso. Rodó 50 metros y lo apuntaron con una pistola. Él detuvo el carro y echó a correr. El pasajero que iba atrás lo persiguió: a los golpes, lo metió en el vehículo. Uno de los tipos manejó hasta Tazón. Ahí bajaron a Jorge, quien vio cuando le quitaron el seguro a la pistola. Huyó monte abajo.

“Al ladrón no hay que tenerle compasión. Al que te va a hacer daño a ti hay que joderlo, ¿me entiendes?”, agrega, después de narrar que en La Vega arrolló a un tipo que lo amenazó con un tubo galvanizado. “Aquí es un sálvese quien pueda: ya uno no se mete a un sitio peligroso”, dice Cruze. “Salgo y cuando llego me persigno, porque es un día más que llegué a mi casa”, remata Julio.

Cómplices de affaires

“Aquí las mujeres te dan un besito y por otro lado se van con otro. Es mentira que hay fidelidad. Estar creyendo en eso es para los pendejos”, asegura Jorge.

Uno de los clientes fijos de Carlos es médico. Y le es infiel a su esposa: tiene un novio. “Este que carga ahorita es su segunda relación”, cuenta Carlos. “Al primero me lo presentó como un amigo. Yo le dije que me hablara claro”. El doctor le tomó la palabra. Tanto que cuando va a reunirse con su novio le inventa a su mujer que tiene algún evento de medicina, le deja el bolso a Carlos y se dirige a un hotel.

“Otra anécdota es que se han montado dos lesbianas en el carro y empiezan a besarse y a tocarse. Uno ya está curado de eso. Yo sigo mi camino y les digo: ‘Coño, vale, ¿pero y entonces? Respétame la cara’. Hay hoteles que aceptan parejas lesbianas, o dos hombres, o aceptan tríos… son muy pocos. Después de tantos años, uno conoce a los recepcionistas: les digo que tengo una pareja mm, que es mujer-mujer; o hh, que es hombre-hombre. Son claves que uno maneja”. Además, cuenta que varios compañeros le han hecho carreras a mujeres que, cuando llegan al lugar solicitado, dicen no tener dinero: se ofrecen a pagar con sexo oral.

Hace poco una mujer se montó en Plaza Venezuela. Le pidió a Julio que la llevara a Guatire y le pagó para que secundara una mentira ante su marido violento. Cuando llegaron a la casa, el esposo de la chica los estaba esperando. Julio le inventó que él había ido a hacer una carrera a un hotel cercano al Oasis de Guatire, en donde lo detuvo la tía de la chica —a quien describió al detalle— para que llevara a su sobrina a casa. “Yo he visto tantas cosas… como para escribir un libro. En la calle se aprende mucho”, dice ahora Jorge, mientras con un gesto despectivo bota el vaso plástico del que bebía café.

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El libro de la calle

En 2010, liberaron a un secuestrado en la autopista. Caminó hasta la parada y Carlos le prestó un celular para que llamara a su familia. Luego, le hizo una carrera hasta Los Teques.

Hace años, un cliente le pidió a Julio que lo llevara para varios night clubs. Salía de uno y entraba a otro. Cuando llegaron al Angelus de La Castellana, el hombre le dijo: “Maestro, si quiere se baja. Para que no esté aburrido”. Julio entró al local. Pidió un refresco, “porque cuando uno trabaja no puede tomar alcohol”, y se embelesó con las hiperbólicas curvas de las bailarinas. Al rato, se dirigió a la mujer que atendió a su cliente. “Él se fue”, dijo ella. El hombre no le pagó a Julio.

Jorge, por su parte, asegura que ha atropellado a tres personas. A finales de los 80, un viejito iba cruzando la calle y “por estar viendo a un culo, lo golpeé. Tenía 78 años. Se calló y la plancha se le clavó en las encías. Botó un poco de sangre”. Lo llevó al Hospital Sala. A él lo metieron preso de inmediato: tuvo que darle una coima a los fiscales. El siguiente accidente le ocurrió en San Martín. Llevó al herido al Pérez Carreño. Lo apresaron por ocho días. El último caso ocurrió en 1996. La víctima era un muchacho que andaba sin cédula. Un mes después, el joven se apareció en su apartamento. Le robó el carro. Jorge fue al tribunal. “¡Armé un alboroto! Me metieron preso ocho días en el retén de Catia. Pasa que el abogado que me estaba asistiendo conocía a la fiscal y la convenció para que me soltara”. El tipo que lo robó cayó preso.

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Los peores momentos, dice Jorge, se viven cuando juegan Caracas y Magallanes. “Empiezan a tirarse botellas, hacen una guerra de piedras, de toda vaina. Es horroroso. Cuando los tipos salen del estadio, se quieren montar cinco en el carro. Y entonces tú los llevas al sitio y nadie paga. Si reclamas, te caen a botellazos. Te pueden hasta matar”.

Las anécdotas se multiplican cuando, a las 9:30 pm, aparece la primera clienta. Quien la atiende es un calvo que hace días, sin saberlo, hizo una carrera a cuatro ladrones que venían de robar. Al igual que sus compañeros, es un veterano de la verdadera ciudad: la que no aparece en las estadísticas, ni en los diarios ni en los folletos. Nadie conoce un pueblo tanto como los taxistas. Esos que cuando miran a su cliente a través del retrovisor, parafraseando a Juan Villoro, dan la sensación de que todas las historias están más cerca de lo que aparentan.