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Mujeres contra el feminismo

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En tiempos de corrección política, un grupo de mujeres se alza contra el feminismo radical. No se trata de ser sumisas o de dejarse subyugar por la sociedad patriarcal. Simplemente, para ellas, la lucha debe ser por la igualdad, independientemente del sexo con el cual se haya nacido

“Una vez estaba en una marcha que iba de la sede de Provea hasta el Tribunal Supremo de Justicia y discutí con una feminista. Yo le decía que a mí me parecía que la forma de enfocar su trabajo, su discurso y su narrativa al final termina siendo discriminatorio hacia el hombre, que no tiene la culpa de tener los espacios que tiene”, la feminista con la que hablaba Ingrid la miró de arriba abajo, se despidió y se fue. “Yo creo que si habría podido golpearme lo hubiese hecho”, cierra la historia la empleada de una ONG.

No es que Ingrid sea machista, tampoco que no crea en los derechos de las mujeres, ni que cuestione el binomio igual-trabajo, igual-salario; simplemente le parece que el discurso feminista suena ya “trasnochado”. Su argumento se inclina, en cambio, hacia la equidad: “Más que luchar por el feminismo, yo creo que la lucha debe ser por la igualdad. En Venezuela, por ejemplo, no existe una ley general contra la discriminación, como sugiere la Organización de las Naciones Unidas, ante cualquier forma de discriminación posible. Me parece más bien que todos los movimientos que defienden a las poblaciones vulnerables deberían cohesionarse y apuntar hacia eso”.

Menciona un ejemplo reciente. Antes de las elecciones parlamentarias de diciembre de 2015, el Consejo Nacional Electoral (CNE) aprobó una resolución para la paridad y alternabilidad de género en las postulaciones a la Asamblea Nacional. Las postulaciones para los comicios parlamentarios debían tener “una composición paritaria y alterna de 50% por cada sexo” y si no era posible debería “tener como mínimo el 40% y como máximo el 60 % por cada sexo” detallaba Tibisay Lucena en un boletín de prensa emitido el 25 de junio de 2015.

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“Llenar espacios por obligación no me parece que sea una gran conquista. Esos son lugares que hay que ganarse. Cómo llenas porcentajes de participación si no hay suficientes mujeres en esas funciones. No es que se trate de discriminación, es que las mujeres no se han metido en ese terreno”, agrega la periodista. Después hace una concesión: “En Venezuela y en Occidente puede que hayan casos de discriminación, pero no es la mayoría”.

Paola, una publicista de 23 años, es incluso más contundente: “El feminismo apesta. Dicen que buscan igualdad, pero lo que realmente quieren es que les abran la puerta del carro”. Cuestiona las premisas “falsas” del feminismo moderno: “Lo que quieren es superar al hombre, ponerse en el lugar de ellos y denigrarlos. Por ejemplo, en España están cambiando la señal de paso peatonal en los semáforos, ahora es una personita con falda. Lo cual me parece una estupidez y una contradicción porque caen en el estereotipo de que son las mujeres quienes tienen que utilizar faldas a juro”.

Eleonora, diseñadora de 36 años, ofrece otro caso cotidiano, que también le suena a exagerado feminismo: “Transformaron a Doctor Who –serie británica que se emite desde 1963– en mujer. Desde que pasan la serie el personaje del Doctor siempre fue interpretado por un hombre, hasta el año pasado cuando, sin ninguna justificación, más allá de darle gusto a las feministas, lo transformaron. Algo similar sucede con los premios Oscar y las protestas porque no hay suficientes mujeres nominadas como directoras o con los negros que se ponen bravos porque no hay nominados. Si no lo hacen bien no tienen por qué ganar premios”.

La diseñadora ahonda sobre las oleadas del feminismo. La primera ola se refiere al proceso que se desarrolló en Estados Unidos y en Inglaterra durante el siglo XIX y principios del siglo XX que abogaba, en particular, por el derecho al sufragio. La segunda comienza a principios de la década de 1960 hasta los años 90 del siglo XX que alentó a las mujeres a ocupar los puestos de trabajo que los hombres dejaban para ir a la guerra. Ambas luchas las celebra y las apoya. Su problema con el feminismo surgió con la tercera ola, que comenzó en 1990 y aún perdura. “Protestan por todo. No pretenden que me contraten porque soy la más calificada para un cargo, sino por ser mujer, o me tienen que pagar más porque soy mujer, no porque sea la mejor. Eso ha hecho el feminismos radical”, reclama.

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A Diana, analista contable de 32 años, las cuotas de paridad de género le parecen “de las cosas más absurdas y desiguales en la vida. Le estás restando oportunidad a alguien que está hasta mejor calificado que esa persona a la que le van a dar un cupo, por el simple hecho de ser negro, o mujer, o gay o lo que sea. Tratar de querer que se respete un derecho no puede empezar por violar el derecho de otro”.

Insisten. No niegan en que es preciso corregir las discriminaciones salariales, evitar que la maternidad sea un obstáculo para ascender, y que haya que procurar la igualdad de oportunidades o de carga de trabajo familiar. Pero el quid de la cuestión es precisamente ese: la igualdad.

Quiero que me mantengan

Eleonora se acaba de convertir en mamá. Tiene un bebé de cuatro meses que está a punto de comenzar a gatear. Su salario formal como diseñadora no le alcanza, así que vive de las rentas de los bienes raíces que heredó de sus padres. Su posición oficial antes de la maternidad era que no necesitaba que alguien la mantuviera, pero visto el trabajo que le da el niño, ahora reconoce sin empacho que sí quiere que alguien se ocupe de sus gastos: “Vivir en los años 40 sería maravilloso”.

Daniela*, una actriz de teatro de 23 años, también lo admite sin pena: “Quiero un marido rico que me mantenga”. Y explica sus razones: “Cada quien tiene derecho a hacer su plan de vida y eso es válido, los modelos de vida de cada quien son diferentes”. Para ella, el hecho de ser hombres y mujeres otorga a los miembros de cada sexo un rol social, y el feminismo ha hecho que “la mujer aspire ocupar espacios en la sociedad y en la vida personal dejando de lado o perdiendo atención sobre otras cosas que también son importantes, aunque formen parte de la vida íntima”. Para Daniela, el derecho de la mujer se expresa en poder decidir qué quiere hacer con su vida con conciencia y sin coacción.

Mabel*, publicista de 23 años, no quiere que la mantengan a ella, pero sí que lo hagan con la casa en común: “Las parejas ponen las reglas de la relación. Eso también es una forma de avance”.

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“Cada quien tiene la libertad de hacer lo que quiera. De hecho, yo a veces pienso que qué bueno sería que me mantuvieran”, dice Ariana, una periodista de 29 años que tiene tres empleos fijos y múltiples tigres. “Yo no veo que eso tenga algo de malo siempre que sea una decisión personal, lo malo está cuando tú quieres ser independiente y la sociedad te impone parámetros. Eso es distinto a estar de acuerdo en que las mujeres no tengan los mismos derechos que los hombres. Eso sí me parece una locura”.

Odiar al hombre

Para Diana, las luchas no pueden darse con base en el resentimiento y el odio. “Si tu punto es reivindicar a la mujer no puedes execrar al otro, porque juegas a lo mismo. ¿Qué vamos a tener dentro de 100.000 años? Un matriarcado. No ven que la verdadera lucha es por la igualdad”, opina sobre el feminismo radical.

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“En el mundo hay dos sexos, no géneros. Hay que reconocer que en algunas cosas los hombres son mejores y en otras lo son las mujeres. Por predisposición genética. El ejemplo más sencillo es la fuerza. No es que la mujer necesite del hombre, pero hay que entender que cuando se trata de cargar algo pesado el cuenta con eso que te puede ayudar. Así como hay cosas en que las mujeres son mejores”.

Valeria, fotógrafa de 24 años, coincide: “La lucha se ha llevado por un camino que no es el correcto. No puede ser que si cocino para mi novio me consideren una sumisa, o que si uso sostén no creo en la libertad. O qué bolas que salgo con alguien y sea yo quien paga la cuenta. Son puntos exagerados que se han vuelto tan intensos que va a llegar un punto, en un futuro súper lejano, en el que los hombres serán los discriminados. No se trata de cocinarle o no a tu novio. Se trata de que no te obliguen porque eres mujer”.

*Nombres cambiados a petición de las entrevistadas.