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Niños hambrientos y golpeados por la crisis de Maduro

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24/08/2016
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FOTOGRAFÍA: THE HUFFINGTON POST

Nada más en el municipio Sucre de Caracas se ha cuadriplicado la cifra de niños abandonados con respecto al 2015. El Consejo de Protección de Niños, Niñas y Adolescentes alerta que llegan con problemas de salud asociados a desnutrición y sarna. Sutil o violento, el maltrato hacia los infantes se agudiza cuando hay escasez

A las diez de la mañana Erika Salcedo lleva más de siete horas fuera de su casa. No está sola. Tiene un compañero de faena que apenas alcanza el año y medio de edad. El bebé se retuerce, arruga la cara y se arrastra por la acera. Tiene hambre, sueño, y seguramente cansancio; pero Erika no tiene con quien dejarlo. Dice que compra comida o paga la guardería; y la necesidad obliga.

La mujer, a su pesar, forma parte de las cifras vedadas de maltrato infantil. Admite con vergüenza que, aunque el niño todavía no alcanza la edad necesaria para dejar los pañales ya le está enseñando a hacer pipí y pupú en la bacinilla. “Los poquitos pañales que me quedan son para que los use en la calle. En la casa lo tengo sin nada”. El problema es que el bebé no tiene la edad biológica, ni psicológica para controlar sus esfínteres. Mucho menos para controlar el hambre que lo empuja a buscar insistentemente la teta de la madre; mientras toman un descanso antes de ir a otro supermercado. “Una vez le pegué tremendo grito, porque le quité el pañal y le señalé el vaso para que hiciera sus necesidades pero se hizo en el piso. De la rabia agarré la bacinilla y la golpeé contra el piso y lo regañé”, reconoce.

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En tiempos de crisis son los más vulnerables quienes pagan las consecuencias. Los que no pueden defenderse. Los niños siempre han sido el eslabón más débil dentro del grupo familiar y, en consecuencia, terminan por convertirse en los principales receptores del maltrato, producto de la angustia, la rabia y la frustración que afrontan los padres al no conseguir artículos de primera necesidad.

“Presionar a los niños a pasar hacia etapas de desarrollo para las que no han madurado supone violencia. La retirada del pañal es uno de los procesos más violentos en el proceso de desarrollo de las criaturas. El control de esfínteres se establece por autorregulación y no por entrenamiento. Hay que esperar que cada niño logre madurar neurológica, biológica y psicológicamente hasta encontrarse apto para dejar el pañal por sí mismo”, explica Berna Iskandar, divulgadora de temas de crianza alternativa y derechos de infancia y autora del texto La crianza de nuestros niños, niñas y adolescentes. ¿Cómo realizarla sin violencia? La especialista agrega que estudios recientes arrojan que este control se consigue a los cuatro o cinco años de edad y no a los dos como lo establece el apuro de la civilización. “En Venezuela con la crisis de escasez de pañales se recrudece aún más esta forma de violencia sutil naturalizada socialmente, en el afán de los adultos por liberarse del estrés que provoca no encontrar pañales… La mayoría no registra el daño que causa forzar este proceso y por ende no se toman la molestia de buscar otras salidas, en lugar de forzar al niño a dejar pañales cuando no ha madurado”.

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Más abandono

El Consejo de Protección de Niños, Niñas y Adolescentes del municipio Sucre, en Caracas, está en alerta porque en los ochos meses que todavía no terminan de 2016 han sido abandonados en la entidad 52 niños y niñas, de entre 0 y 8 años de edad. La cifra asusta, más cuando se piensa que el promedio de abrigos al año en ese sector era de entre 10 y 12 casos. Número que en el primer trimestre de 2016 ya se había duplicado.

“La cantidad es enorme, y los niños que recibimos traen problemas asociados a desnutrición y escabiosis, que son resultado de las dificultades para conseguir alimentos y artículos de higiene”, señala Nelson Villasmil, consejero en la institución. Villasmil tiene bajo su responsabilidad a tres recién nacidos abandonados por sus madres apenas los dieron a luz. Los tres casos ocurrieron en la semana del 15 de agosto de 2016. El argumento de las progenitoras era que no tenían cómo hacerse cargo de sus hijos.

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Las casas de abrigo del Estado tampoco están en capacidad de recibirlos, aunque tengan las camas, no tienen alimentos o productos de higiene. Se corre la arruga y los institutos de protección no tienen la posibilidad de darles lo que les niegan en casa. “Hace tres meses tuvimos un caso de una adolescente que se evadió de una casa de abrigo en Santa Mónica. Su argumento era que no había comida. Que solo estaban comiendo una vez al día. Se le hizo una entrevista a la coordinadora del centro en la que reconoció ciertas cosas. La adolecente se escapó un jueves, tuvo que regresar a la casa de abrigo, pero ya el domingo la volvimos a ver en la calle. No podían negar que era hambre; le dimos de comer y tragaba desesperadamente”, relata Villasmil.

El consejero palpa día a día el maltrato. Lo ve en los padres que cierran las neveras con candado; y también lo vio en una madre que hace tres meses le quemó las manos a uno de sus hijos “porque se comió toda su comida”. Ese niño y sus dos hermanos también debieron ser enviados a una casa de abrigo y a la madre se le abrió un procedimiento administrativo. “Dicen que hay que racionar la comida, o sueltan frases como que ‘ese muchachito lo que hace es tragar y tragar”. En los casos más severos el maltrato vulnera tres derechos que suelen estar asociados: el derecho a un nivel de vida adecuado —que incluye alimentación, calzado, vestido y vivienda digna—, a la salud y a la integridad personal, contenidos en la Ley Orgánica para la Protección de Niñas, Niños y Adolescentes (Lopna).

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María Elena Liebster dirige la asociación Afecto Venezuela que trabaja contra el maltrato infantil. La psicóloga asegura que hay un aumento en los casos de violencia que, a despecho de no estar sumados en cifras oficiales, se evidencian en su consulta a la que llegan jóvenes remitidos por el Ministerio Público y el Consejo de Protección de Maracaibo. De recibir uno o dos casos por semana hace un año, pasaron a dos o tres casos diarios. “Los padres no saben cómo manejar la rabia y la frustración, pueden fallar controlando sus impulsos y manejando el estrés; eso los lleva a pegarles por cualquier situación. Se ve en todas partes, está en el ambiente. En los supermercados, en las tiendas”.

Queriendo o sin querer

Esther Martínez presenció el maltrato en una cola en Chacao. Una mujer que no superaba los 25 años tenía a un niño de meses cargado. El bebé lloraba insistentemente. Buscaba comida en el pecho de la madre. Ella no cedió, en cambio le soltó un cachetón. “No hay nada”, le gritó. “La gente le iba a caer encima. Llegó un guardia y se la llevó”, recuerda Martínez.

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Los casos abundan en las filas. Halones de brazos y manotazos se ven a cada tanto. Al punto de que el hijo mayor de Erika Salcedo, de ocho años, prefiere quedarse en casa, que acompañar a su mamá al supermercado: “Una vez me acompañó y salió llorando, prefiere que le deje el desayuno hecho y él se queda viendo televisión. Esa vez que vino conmigo lo golpearon en uno de los bululús que se forman aquí”.

Elissa, una bebé de cinco meses de nacida, ha pasado más tiempo en una cola que fuera del vientre de su madre. Desde que tenía dos meses de gestación, la mamá, Nubia Carles, empezó su trajín para comprarle pañales. El miércoles a las 2:30 pm esperaba junto a la estación del Metro de Miranda por un número que empezarían a repartir a las 4:00 pm. El dígito le serviría para comprar al día siguiente, cuando tendría que bajar de Petare, con Elissa en brazos, a las 4:00 am. “Hay una agresión no intencionada. La mamá no quiere que el niño sufra; pero en ese tiempo el niño pasa hambre, no come adecuadamente y está a la intemperie. Es un momento que lo afecta y una situación de riesgo, por las posibilidades de que surja una pelea. Es una situación de mucha violencia contra el niño, pero no es responsabilidad del padre”, afirma Oscar Misle, director de Cecodap.

Tanto Erika como Nubia reconocen que les frustra y entristece la situación, pero no encuentran otra opción. Les angustian los peligros de las colas, pero más les angustia no poder sufragar las necesidades básicas de sus hijos; y la situación está fuera de su control.

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Hilo invisible

La tensión emocional de los padres recae sobre los hijos. A la crisis se suma el período vacacional, una época que, de acuerdo con Misle, aumenta la violencia intrafamiliar por la cantidad de tiempo que los niños y adolescentes pasan en casa. El niño demanda comida, atención y recreación y las tres alternativas escapan de las manos de los padres.

La Lopna diferencia el castigo del maltrato. El primero se supone que busca corregir alguna conducta. Pegarle a un niño se ha convertido en una práctica privada culturalmente aceptada. “A mí me educaron así, entonces yo educo así”, es la lógica de la nalgada a tiempo. El maltrato, en cambio, es agredir por agredir y deja lesiones. El hilo invisible entre uno y otro se teje entre la intensidad y la intención con que se aplican.
Iskandar subraya que existe una “mirada adultocentrista que parte del principio de que el niño es inherentemente malo, nace con el pecado original, es por naturaleza tirano y manipulador, y por eso hay que doblegar su carácter para hacerlo una persona de bien. Es lamentable que en pleno siglo XXI se siga entendiendo al niño como a un inferior y no como a un ser humano que merece el mismo trato y consideración que esperamos entre adultos”.

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A largo plazo, someter a los niños a la presión de la crisis tiene consecuencias que se notan en su capacidad cognitiva y la dificultad para asimilar nuevos conocimientos. Emocionalmente están estresados y si no son capaces de verbalizarlo se notará en su comportamiento, que podría tornarse hostil o somatizarán el estrés. “Se vulnera el sistema básico afectivo del niño, quien aprenderá que el maltrato es normal, se le modela y más adelante se puede convertir en un maltratador. Es también un factor para que haya tantos adolescentes cometiendo delitos”, señala Mary Ponte, presidenta del El Consejo Municipal de Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes del municipio Sucre.

La prueba está en que tras los saqueos ocurridos el 9 de junio en la Redoma de Petare, cinco de los detenidos no tenían más de 14 años de edad. Villasmil indica que “en esos casos no tienen responsabilidad penal; pero uno pasó 72 horas en el destacamento de la Guardia Nacional esperando que su representante lo fuese a buscar. Después de eso son remitidos al Consejo de Protección, se inicia un procedimiento administrativo, se dictan medidas de protección y los padres deben realizar algunas diligencias, que se complican porque ellos dan prioridad al trabajo y la alimentación”.

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