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“No me busqué el VIH cogiendo putas, nací con él”

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24/02/2017
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TEXTO: DALILA ITRIAGO | COMPOSICIÓN DE PORTADA: PEDRO AGRANITIS
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Un huérfano con VIH salió expulsado del liceo a vender dulces en los buses de Caracas. De allí saltó a las drogas y a la riqueza instantánea, hasta que le “pusieron los ganchos”. En la cárcel el prejuicio de sus compañeros frente a la enfermedad pudo costarle la vida. No quiso Dios que fuera así. Libre de nuevo, sueña con tener un hogar y así poder decir: “Esta vaina es mía”

Lleva el pecho y los brazos tatuados con caligrafía Palmer de gran tamaño. Es delgado, color papelón y de mediana estatura. Tiene gorra y pantalón rojo. La camisa es manga larga, para tapar las frases. Parece un adolescente, aunque tiene 21 años de edad. Los ojos son marrones y pequeños. En los pómulos hubo acné. Algo en los dientes está estropeado. Se juntan, se tuercen, saludan. Está dispuesto a contar cómo ha sido su vida de huérfano con VIH, pero cuando se le pregunta él apenas responde: “Mi vida es una desgracia”. Obviamente omite su nombre. Tampoco habrá reporteros gráficos. Teme retratar el rechazo. Ya lo ha vivido y prefiere evitar la experiencia.

“Desde que tengo uso de razón sé de mi enfermedad. Me dejaron en la Maternidad y luego me entregaron a la fundación Niños con Sida. No tengo ni una foto de mis padres. Solo sé que murieron. No supe de hermanos, tíos ni primos”, dice. No cree que exista conexión entre sus problemas de comportamiento en la infancia y adolescencia, y el hecho de ser una persona con condición VIH. Sin embargo, admite que varias veces se preguntó por qué le tocó nacer con esta enfermedad sin contar, además, con un apoyo familiar que le aliviara la carga.

En Venezuela no se conoce un ente estatal que se encargue de niños huérfanos que porten Virus de Inmunodeficiencia Humana. Existe la Fundación Niños con Sida, fundada por el sacerdote Vicente Mancini en el año 1996, pero allí solo pueden vivir hasta los 12 años de edad. Los responsables de la casa hogar buscan entregarlos en adopción. En todo este tiempo han logrado ubicar a 50 niños, según Mancini. Pero hubo un grupo, entre los que se encuentra el entrevistado, que nunca encontró un hogar para crecer.“Llegué a los tres años. En ese entonces no teníamos un lugar fijo para vivir. Nos cambiaban cada vez que necesitaban hacer una remodelación. Vivimos en La California, en San Bernardino, El Cementerio, El Cují —de La Mariposa hacia arriba— y en La Rinconada. Éramos seis niños y ninguno de nosotros fue colocado en un hogar sustituto. A los cinco años supe que era huérfano. Ahí no me afectó mucho, pero como a los 10 me dije: ‘¡Coño! No tengo padre ni madre’. No me acomplejé por tener el VIH pero sí pensaba: ‘¿Por qué tengo esto?’ Después, en el bachillerato, me botaron. Tenía muchas faltas y me encontraron fumando cigarros en el patio”.

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Cuando tenía 13 años, los responsables del albergue resolvieron cerrar la casa donde vivían los pequeños. El chico asegura que la decisión se tomó luego de unas vacaciones. Les pidieron que quien tuviera familia se fuera con ella. Los otros se mudaron al Hipódromo, donde el sacerdote tiene un santuario.“Un día conocí a un pana que vendía golosinas en las camionetas. Empecé con él y vendía en toda Caracas. Al principio fui con pena, pero a los cinco meses quise trabajar solo. Después conocí a otro que se quedaba en un hotel en Capuchinos, y me invitó a vivir allí. A los cuatro años de vender chocolates y chicles le propuse armar una plaza para vender drogas porque ahí había demasiados piedreros”, refiere.

Consumía cocaína diariamente. Al convertirse en distribuidor resolvió dos problemas al mismo tiempo: “Compraba el polvo para mí y vendía la piedra. Como la gente del hotel subía al barrio El Guarataro a buscarla, yo propuse venderla ahí mismo, un poquito más cara. A veces me quedaba día y noche. Me mantenía con perico. Fui ganando plata, ganando plata, y en aquél tiempo tuve moto, saqué pistola, carro y cualquier cantidad de mujeres”.

El exceso lo condujo al fin. Una semana antes de cumplir 18 años de edad decidió celebrar de continuo y, justo cuando llegó la fecha, la mercancía se le agotó. No encontró a nadie con quién mandarla a buscar. Él mismo agarró un mototaxi y se fue en shores, franelilla y chancletas a comprar la droga.“Llegué al sitio y el chamo me dijo: ‘Bájate aquí’. Le pagué y cuando iba caminando escuché: ‘¡Quieto!’. Otros se hubieran parado, yo salí fue corriendo pá los callejones. Hasta que me agarraron y me dieron una pela (golpes) entre dos. Ellos iban en moto. ¡Imagínate lo cagao que yo estaba! Me montaron los ganchos y me metieron en un carro. Querían plata. Yo cargaba 100 mil bolívares en aquél tiempo, pero me estaban pidiendo 50 mil más”, recuerda.

No hubo nadie que le alcanzara lo exigido por los policías para liberarlo. Asegura que pasó 20 días en la sede de la Zona 2 de la Policía Nacional Bolivariana, en la Avenida Sucre de Catia. Allá llegó por la supuesta siembra de 35 gramos de crack, 36 de marihuana y otro tanto de heroína: “Lo que me jodía era la heroína. En aquél tiempo ella no daba beneficios. Me dijeron que tendría 45 días de averiguación. Yo, en mi inocencia, pensé que después de eso saldría en libertad”, cuenta; sin imaginar que su caso nunca llegaría a los tribunales y que por retardo procesal pasaría seis meses en la Penitenciaría General de Venezuela, en San Juan de los Morros, estado Guárico.

En ninguno de los centros de reclusión comprendían el alcance de la enfermedad y su vida corrió verdadero peligro. Allí ocurrió el encuentro inexorable consigo mismo: “Era la primera vez que caía en un calabozo. Empezaban a preguntar mi nombre y decían que había un rumor de un chamo que tenía Sida. Yo decía: ‘¡Verga!’, para mis adentros, hasta que lo afronté. Si no les hubiera dicho, ellos igual lo hubiesen averiguado y me habrían matado. Yo conviví con malandros y en su mentalidad eso se puede pegar por comer en un mismo plato. ¿Entiendes?”.

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En el tiempo que estuvo en Catia se dio cuenta de que ningún recluso come si no es por la visita, o por los alimentos que algún compañero comparte. Luego de enterarse de que tenía VIH cayeron en “discordia”, como él mismo refiere, y fueron muchos los días que no probó bocado, por el temor de los reclusos de adquirir el virus: “Coño, me sentía discriminado. A veces pasaba hambre. En los calabozos no dan comida. Si no tienes visitas, ¡eso es bandera! Pero cómo te explico, se trata de una convivencia. Siempre hay alguien que te dice: ‘Toma, me sobró este poquitico de comida, pero ¡bota el plato!’”.

Fue así como se extinguió la inocencia para siempre de su vida y la única forma que encontró para evitar que lo mataran fue explicarles a sus compañeros de prisión que él no eligió ser seropositivo: “Yo no me busqué el VIH rumbeando o cogiéndome putas. Nací con él”.

Pero todo eso ya es pasado. Lleva tres años en libertad y asegura que solo fuma cigarros. Se gana la vida vendiendo café de manera ambulante y espera recoger dinero para comprarse una máquina de afeitar. Es barbero. Luego, quiere montar su propio local y tener una familia, un hogar. Dice que cuando eso ocurra dirá: “Esta vaina es mía”.

Descarta que los giros de su vida hayan tenido que ver con ser portador del VIH. Sencillamente cree que el origen de todo fue su deseo de poseer dinero: “Siempre he sido amante del billete”. Paradójicamente es el presidente de la Fundación Niños con Sida, el sacerdote Vicente Mancini, quien reconoce que la institución que dirige jamás suplirá el papel de un hogar: “La institución es fría. En cambio, la familia es hogar, y hogar viene de hoguera. La palabra misma lo dice: calor”.

El joven que alguna vez deambuló por las calles buscando trabajo y casa cree que este sacerdote no hizo lo suficiente para rescatarlo de los malos pasos. Mancini subraya que desde el año 1996 la fundación que preside ha sido la única responsable de los niños con VIH que comenzaron a aparecer en el servicio de Infectología del Hospital de Niños J.M. De los Ríos.Asegura que de parte del gobierno solo le llovieron promesas. Por ejemplo, recuerda que el general García Carneiro lo ayudó mientras fue responsable de la Misión Negra Hipólita. Luego lo removieron del cargo y hasta allí llegó el apoyo.

En este momento hay ocho niños en la Casa Hogar Madre Teresa de Calcuta, ubicada en la Avenida Los Próceres de San Bernardino. No han conseguido quién los adopte. Mientras pasan los días, ellos van creciendo y se hace más difícil sufragar sus gastos. De hecho, en noviembre de 2016, la directora de la institución le declaró a El Nacional que por primera vez en 18 años habían tenido que rechazar a un recién nacido por no tener con qué alimentarlo.

“No tenemos cómo mantener a los más pequeños. Se nos hace muy difícil. No es lo mismo darle un plato de pasta con ensalada a una niña de siete años que comprar a precios astronómicos y bachaqueados una fórmula de inicio para un bebé”, explicó en ese entonces Josefina Posada, al reclamar apoyo estatal para las medicinas: “Necesitamos anticonvulsivantes como Keppra, ansiolíticos como Rivotril y Clonazepam, tratamiento para la epilepsia como Trileptal y antipsicótico como la Risperidona”.Tampoco han sido ajenos a quienes los señalan como hacedores de fortunas con la desgracia del otro. Mancini rechazó de plano estas denuncias: “Todo lo que he producido es para los niños. Hay gente que quería lograr cosas con nosotros y, como no pudieron, buscan echarnos agua sucia. Esto es una constante en la sociedad, eliminar a las personas que hacen el bien. Comenzando por Jesucristo, a quien crucificaron”.

Sanar riendo

Desde hace 10 años la Fundación Hogar San Luis atiende a niños con VIH en un rango de cero hasta 18 años de edad. No se trata de una casa hogar permanente, sino de un espacio con capacidad para 16 personas donde ellos pueden alojarse transitoriamente, junto a su familia, mientras se hacen exámenes de rutina en el Hospital Universitario de Caracas o en el J.M. De los Ríos.

Hernán Torres, gerente de operaciones, explicó que la organización tiene ese nombre inspirado en Don Luis Variara, quien fue un joven seminarista que llegó en 1894 a la población Agua de Dios, en el municipio colombiano de Cundinamarca, para ayudar al padre Miguel Unia en el trabajo con los enfermos de lepra, quienes estaban aislados en ese lugar.

Torres cree que, salvando las distancias, los niños con VIH sufren un estigma similar al que antes tenían los enfermos de lepra: “El cuento es que el padre estaba en el día con los niños y en la noche volvía a la comunidad. Allí sus compañeros sacerdotes lo rechazaban, pero él decía que se trataba de sus hijos y que no los dejaría solos. Se le ocurrió formar una banda. ¡Te podrás imaginar! Tomar la trompeta y dársela a un niño que tenía lepra. Él nunca se contagió, pero murió joven de tristeza porque lo dejaron solo. Entonces, quien no quería dejar solo a los niños fue abandonado por miedo… A nosotros nos ha pasado que hemos llegado al J.M. De Los Ríos a bautizar a niños de emergencia porque se están muriendo. ¿Por qué? Porque a lo mejor no los atendieron a tiempo, y hasta que no lo llevan al hospital nosotros no tenemos contacto con ellos”.

La base de datos actualizada del Hogar San Luis sobrepasa los 500 niños. La mitad de ellos tiene menos de 10 años. Atienden un promedio anual de 150 niños y trabajan de lunes a viernes, gracias a las donaciones de particulares y empresas privadas. El sábado 21 de enero le celebraron la fiesta del Día de Reyes a los niños, en la parroquia María Auxiliadora de Los Dos Caminos. Torres admitió sentirse sorprendido pues reveló que toda la jornada se logró gracias al aporte de voluntarios quienes ayudaron con las mesas, las sillas y los toldos para recibir a los invitados, así como también con la comida, la bebida y los juguetes.

La animación también fue un aporte desprendido de quienes creen que con pequeñas acciones se puede cambiar una existencia. El doctor Alejandro Ledezma, presidente de la Fundación Doctor Sonrisa, estaba allí con su bata blanca, su nariz roja, y sus zapatos grandotes, haciendo reír a los niños. Ellos, con un brazalete verde que los identificaba, saltaban por las canchas, corrían, bailaban y se divertían con una obra de teatro sobre las princesas de Disney.

Doctor Sonrisa tiene más de siete años trabajando en nueve hospitales del área metropolitana:J.M De Los Ríos, Hospital Militar, HUC, Lídice, El Llanito, Domingo Luciani, Pérez Carreño, Julio Criollo Rivas, en El Cementerio, y el Vargas. Sus miembros creen en los beneficios corporales de la risa e insisten en demostrarle al paciente que a pesar de todo lo malo que les pueda ocurrir, siempre hay motivos para celebrar.La vida es como el Ying y el Yang. Dentro del negro hay un puntico blanco y dentro del blanco, hay un puntico negro. Siempre es bueno que la persona abra su psique y sepa que puede obtener beneficios del buen humor. Cuando la persona ríe aumenta la producción de oxígeno hacia el cuerpo, a través de los pulmones. Las células comienzan a moverse más rápido. La sangre, la hemoglobina y los valores tienden a regularizarse, aunque sea por minutos. Se segregan, a nivel de cerebro, las endorfinas y esto tiene un analgésico natural que elimina los dolores”.

Ledezma llegó a la convicción de la importancia de reír luego de haber llorado mucho. Dos de sus hermanos fallecieron por cáncer con un intervalo de ocho meses entre ellos. Su papá y abuelo también murieron por la misma causa. Por eso decidió comenzar a reír y llevar alegría a todo aquel que lo necesitara y, cuando esto es realmente imposible, su tarea consiste en acompañar a los familiares durante la despedida del ser que debe partir.“Hemos aprendido a llorar hacia adentro, porque mientras estamos allí, con esos papás a quienes se les está viniendo el mundo encima, nosotros mostramos una sonrisa, una esperanza, una motivación. Mi pago son las bendiciones. El día que Dios me llame, moriré vestido de payaso y sonriendo, porque esa es la misión de vida que escogí: hacerle el bien a los demás a través del buen humor, sin dañar a nadie”, concluye quien cree que la risa es vida y de allí que se esfuerce tanto en mantenerla sobre su rostro.