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Oscuridad, desidia y caos: el legado eléctrico del chavismo

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Más de 90 horas han sido las que Venezuela ha estado sumida en la oscuridad total. En ellas, comidas, electrodomésticos y medicamentos se han visto afectados por la ausencia de electricidad; sin dejar a un lado a la delincuencia, que encontró la oportunidad perfecta para operar

A las 4:50 de la tarde del jueves 7 de marzo, Alyson Mago tomó el elevador del centro empresarial donde labora. Una vez dentro, nunca imaginó que de la cabina no saldría en pocos minutos. El ascensor se detuvo abruptamente. Mago supuso que la falla se debía a un corte de electricidad, pero desconocía que se debía a un apagón nacional.

Calmada, intentó abrir las puertas del ascensor sin éxito alguno. Pidió auxilio, y escuchaba cómo desde afuera también intentaban ayudarla. Su estancia en el lugar se prolongó por una hora, tiempo en el que la joven diseñadora documentó en sus redes sociales lo que vivía. A las 5:50 pm Alyson salió de su encierro, pero la electricidad no volvió.

Lo que en un principio parecía ser un apagón más, de esos que tienen “solución” en un par de horas, se convirtió en el comienzo de un ciclo de incertidumbre indefinido que generó la paralización, la desconexión y el caos en todo un país.

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“Mi abuela perdió unas dosis de insulina por eso”, expresa con molestia Valentina Gil. Durante las primeras horas sin luz en su hogar, su madre tomó la previsión de tomar las ampollas que tenía en la nevera y guardarlas en el refrigerador, con la condición de que nadie lo abriera para que se mantuviera el frío. “Mi abuela todas las noches a las ocho se inyecta la insulina, mi mamá hizo un plan de contingencia, pero no se dio cuenta de las que estaban en la puerta de la nevera”. “(La noche del viernes) mi abuela dice ‘me voy a inyectar’ y abrió la nevera; cuando las agarró y las revisó me dijo ‘está mala’”.

Un color turbio se apoderó de la fórmula médica, una especie de “color lechoso”. Aunque algunos -expresa la joven- lo refrigeran nuevamente y lo inyectan, la familia sabe que no es lo más recomendable y para evitar correr riesgos botaron el medicamento.

La abuela de Valentina tiene 89 años y vive en Cumaná; pero pasa algunos días en Caracas para no estar sola en su ciudad natal. Las dosis de insulina que posee le garantizan su estancia en la ciudad capital, pero una vez que se terminen debe volver al oriente venezolano, pues la adquisición de las ampollas se le facilita más por aquellos lados. “Mi abuela tiene todavía insulina, pero el problema es que cuando se le acabe tiene que volver a Cumaná. Perder dosis le resta días aquí. Mi mamá anda buscando por su cuenta”.

La abuela de Gil no es la única que ha sufrido grandes pérdidas. La madre de Camille Rodríguez perdió el día viernes su nevera. La inestabilidad en el suministro eléctrico en el municipio Libertador ha sido constante. La mañana de aquel día, recuerda Rodríguez, en San Bernardino la electricidad regresó a las once, pero la nevera no encendió. Tanto ella como su progenitora presumen que fue esa la razón del daño. Y, aunque la pérdida significa un gasto grande, agradecen que “no se perdió por completo” la comida, pues no había ni carnes ni alimentos perecederos.

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La misma suerte la sufre Yulmist Ferreira, dueña del Frigorífico Taguapire en la avenida Presidente Medina, mejor conocida como avenida Victoria. “Tres neveras no arrancaron. Como la luz está débil asumo que es esa la razón de que no prenden”, indica la comerciante.

A mediodía del viernes, cuando Yulmist abrió su negocio porque contaba con luz, notó que las neveras no encendían y no tuvo más opción que guardar la mercancía en una cava grande que posee y que aún funciona. “Quiero esperar a que se reestablezca en su totalidad el servicio para ver si arrancan”. De no ser así, mandar a arreglar los equipos “sería un dineral” que quizá supere los ingresos del comercio pues Yulmist está consciente de que en lo que va de año las ventas han mermado en gran escala, y tras los constantes apagones, el horario de trabajo se ha limitado a las pocas horas de luz que haya en su sector. Pese a los constantes apagones, la poca mercancía que Ferreira tiene “se mantiene gracias a Dios”.

El miedo por perder la mercancía es grande y lo padecen todos los comerciantes. La tarde del domingo 9 de marzo, rumbo a cumplir las 72 del apagón, vecinos de la avenida San Martín hacían largas colas a las afueras de una carnicería ubicada en Capuchinos. El lugar remataba la carne y el pollo a cinco mil bolívares, pues el comercio no cuenta con una planta eléctrica para garantizar que la comida no se dañe. “Están rematando todo a cinco mil, lo que agarres sin importar el peso que tenga. Está todo a cinco mil”, alegaba una de las integrantes de la cola.

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A oscuras no hay salud

“Mi bebé tiene fiebre desde el jueves”, comentaba nervioso Antherson José Zambrano a las afueras de la emergencia del Hospital Materno Infantil Hugo Chávez, en El Valle, un populoso sector del sur de la capital. El jueves por la noche Zambrano y su esposa decidieron no salir por el apagón, pero la mañana del viernes se acercaron al lugar para que atendieran al pequeño de dos años. La respuesta que recibieron fue que “estaban suspendidas todas las consultas por la falta de luz”.

Con esperanza de poder solucionar el malestar del niño, Zambrano se dirigió hasta la Clínica Popular de El Valle, el centro médico más cercano a la maternidad, pero ahí tampoco le prestaron el auxilio requerido.

La mañana del sábado, con el servicio eléctrico “reestablecido”, Antherson volvió a la maternidad. El niño estaba siendo atendido cuando un nuevo corte de luz apagó a la ciudad. Eran las 11:37 de la mañana.

El Materno Infantil tiene dos plantas eléctricas, pero solo una funciona y es utilizada en el área de quirófano, informó un trabajador del lugar. “La otra se reportó y le falta una pieza; según la vienen a reparar el lunes”. El centro de salud, indica un superior, solo está abriendo sus puertas a extremas emergencias: una mujer con el bebé a punto de nacer o casos de pediatría. “Sabemos que la situación está precaria, no tenemos aire, solo está funcionando el quirófano dos y todos los casos que nos han llegado los hemos referido al J.M. de los Ríos”.

 

En el Hospital Universitario de Caracas la historia no es distinta.

La madre de Ana María Gutiérrez tenía pautado un procedimiento quirúrgico. Al llegar al centro de salud, el médico de guardia le informó que la cirugía no se llevaría a cabo “porque no hay luz ni agua”. “Nos dijeron que solo hay una planta en emergencias y en terapia intensiva, y cuando la de terapia intensiva falla mandan a los pacientes a emergencias; los tienen como una pelota de ping pong”, declara indignada.

Miguelangel y Xiomara Salabarría comparten el sentimiento de Ana María. La noche del viernes tuvieron que trasladar a su hermano por una serie de convulsiones. “No lo querían atender, lo pasaron sin garantías a las 8:00 pm y a las tres horas fue que le pusieron suero y le mandaron a hacer unos exámenes”, dice Xiomara.

Para Miguelangel la situación es denigrante. “El hospital está oscuro. En el tiempo que llevamos aquí hemos visto sacar a más de siete muertos y me atrevo a decir que es por negligencia. A los pacientes de emergencia los tienen en una camilla y que en observación”.

Durante la visita al hospital, Clímax pudo presenciar cómo las emergencias eran atendidas solo para brindar “primeros auxilios” porque los equipos para rayos x están dañados o no cuentan con los insumos necesarios para ser atendidas. En la sala de emergencia un hedor a orina invade el lugar, mientras algunos pacientes esperan en camillas ser atendidos.

Un balance presentado la mañana de este lunes por el diputado José Manuel Olivares, indica que la falla eléctrica que sufre el país ha cobrado la vida de por lo menos 21 pacientes en diferentes hospitales del país.

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Luz verde para la delincuencia

En medio de la penumbra las calles de la avenida San Martín volvieron a arder para ser víctimas de saqueos. Aquella noche del sábado 9 de marzo, los habitantes del sector gritaban a toda voz que los comercios querían ser saqueados. El frigorífico Villanueva, ubicado en el conjunto residencial Central Park fue el elegido para robar.

Denys Salomón se encontraba aquella noche en la casa de su novia. A las 9:00 pm, cuando todo empezó, él y sus vecinos decidieron bajar a la platabanda para intentar evitar el saqueo. “Les lanzábamos botellas, piedras, aceite caliente, de todo. Un vecino del Mil Centro (residencia cercana) les lanzó hasta tiros, pero no le dio a ninguno. Asumo que no quería hacerlo porque eran tantos que fallar no era fácil”.

Aunque los esfuerzos fueron muchos, el objetivo no fue logrado. Los maleantes lograron entrar al abasto y llevarse todo lo que encontraban por su paso. “Estaban organizados. Corrían hacia la entrada del barrio (El Guarataro) y lo metían en una camioneta o subían en motos que estaban ahí esperando”.

Entre detonaciones y algunas bombas lacrimógenas lanzadas por una tanqueta de la Guardia Nacional Bolivariana, el alboroto se extendió hasta las 2:30 am, cuando la luz regresó al sector. El vandalismo de aquella noche solo cobró lo que en aquel abasto pudieron obtener, pues intentaron entrar a otros locales, pero no lo lograron.