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Pablo Hernández, primero padre y ahora gurú

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Pablo Hernández fue famoso por sus misas y por la sotana que colgó luego de enamorarse de una mujer. Recibió el rechazo de muchos, incluido el de su amada Iglesia, pero se recuperó. Volvió con todo, más fuerte que nunca. Promete un método sanador del alma para el reencuentro armónico de las vidas. Suena a metafísica, a autoayuda, new age, su público lo escucha con o sin el cuerpo de Cristo

Sigue amando a la Iglesia, así como sigue pensando en que un día el celibato será una decisión, no un requisito, y que quien lo desee podrá ser a la vez clérigo y hombre. Mientras ese milagro ocurre, que ocurrirá, cree, mientras se dé ese cambio y un sacerdote cuente con el beneplácito de la congregación para tener a la vez púlpito y pareja de carne y hueso, casulla y compañera de alcoba, el expadre y ahora papá Pablo Hernández no deja de pensar en la grey. Por eso, además de escribir libros en los que comparte sus experiencias y explica su historia —se enamoró, se casó, colgó los hábitos, se divorció—, y sin haber dejado de atender a las almas en pena en su consulta privada, ahora vuelve a la palestra con un proyecto entre manos, esas con las que bendecía.

El excapellán que consiguió pastorear a su rebaño opositor hasta la autopista de Prados con una multitudinaria manifestación que hizo al oficialismo pegar el grito al cielo —y someter a las ovejas rebeldes con la ballena— promete sanaciones a miedos varios, traumas, tabúes sexuales o puntuales melancolías con una ocurrencia construida en sociedad con dos venezolanos más y que será franquicia en toda América: IntegraciónAlma. Una experiencia que involucra todo el ser, cuerpo y alma, empaque y esencia —y la psique, que para él es otro estadio intermedio—, de manera que aprendamos a asumirnos como un todo, en armonía y sin cohibiciones. Él, que ha tenido una vida tan intensa y experimentado las circunstancias y emociones más sintomáticas de los mortales —la fama, la reverencia, la fe, la crítica, el descrédito, los amores contrariados, el sabor de lo prohibido, la empatía, la pena, las decepciones, la vida en común, el despecho—, se jacta de saber no solo la teoría. Tiene su prédica conocimiento de causa.

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En efecto, párroco de rating y popularidad —despachaba en Venevisión y oficiaba misas para una feligresía tanto imaginaria, como en cuerpo presente—, joven de sotana al que nunca la exposición pública y massmediática le fue ajena, tampoco lo serían el mundo y sus tentaciones. O la vida y sus pasiones. Esas que lo destierran de los predios constelados de santos cuando sucumbe al impulso del amor “integral” y la chica de sus devaneos queda embarazada. Años después, en Amo a la iglesia amo a una mujer, libro de su puño y letra, relatará que un cofrade le dijo que no sería ni el primero ni el último en pasar por el “trance” y que pensara bien qué hacer —no pocos le aconsejarían el aborto—, mientras del Vaticano, al que escribiría pidiendo consuelo, Ratzinger mediante, le responden con la expulsión.

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Fueron tiempos duros. De exilio de los territorios venerados, aunque no de la vocación; y se sintió no pecador pero sí un incomprendido. Y no solo de sus pares. “El dolor más fuerte vino al leer en ese libro, Bajo la sotana —Ibéyise Pacheco, Libros de El Nacional—, que además tuve que comprar, lo que supuestamente yo había respondido ante esa pregunta evidentemente malsana, sobre que más de una niña me había… Dios… abierto las piernas, no, no quise leer más… además de dolor sentí incredulidad”, confiesa, “sentí, además, que se me usó para hablar mal de la Iglesia, institución en la cual me formé y para la cual deseo, pese a las diferencias que tuve o que hoy pueda tener con ella, evolución y apertura para que pueda cumplir de forma honesta con su labor de acercar más almas a Dios…”, cuenta más en el vademécum biográfico que convida a leer. “Luego estuve a punto de unirme a una demanda por difamación que iniciaban algunos generales en contra de la periodista que escribió todo aquello… pero no lo hice. Pensé: si tanto he hablado de la justicia divina ¿para qué voy a intentar defenderme en este contexto humano?”.

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Luego de darle vueltas a una idea que tenía entre ceja y ceja de auxiliar a partir de la visualización del drama propio, explora con un trabajo que parece homeopático: tomar A para curarte de A. El asunto consiste en mezclar la confrontación personal que se produce de ver los temores y los malos recuerdos tendidos en una cuerda con el consejo amable del confesionario. Cero juicios o prejuicios. La idea es alentar, imantar a favor de la vida, tranquilizar. En tiempos de desazón y desesperanza, parece que llega justo a tiempo: viene a renovar la fe perdida. Viene a por cada alma pero no para llevársela sino para darle consuelo: sabe, intuye, siente que en legión estamos desportilladas.

Humilladas dentro de cuerpos famélicos que solo claman por pan, sometidas bajo morfologías reventonas que solo entienden de musculatura, las almas andan achicopaladas. Tras una larga temporada en la que el cuerpo aquí y en medio mundo se convertiría en blanco de atención, presa y objeto de deseo, y la figura femenina devino topografía inoxidable gracias a prótesis que yerguen buenas partes y protuberancias que atenazan bajo el tejido stretch, en tiempos de tetas y ojalá más estetas, Pablo Hernández aconseja entrar en contacto con el adentro —sin dejar de establecer empatía con el afuera, claro—, y propone en exacta medida, como reza el mandamiento, el amor propio y el amor al prójimo con un procedimiento de conexión emocional y de realización tan preciso como rápido, el de su invención.

“Este es mi regalo a Venezuela”, se entusiasma, “las sesiones en Estados Unidos las cobramos a 100 dólares, aquí, a 15 mil bolívares”, desliza.“¿Por qué? Porque mi misión con las almas no terminó cuando debí hacerme seglar, tengo dones desde los que me conecto con la gente y ganas inmensas de ejercer la solidaridad, sería egoísta de mi parte inhibirme de hacer, de dar”, confiesa el hombre que de eso sabe; de confesiones y cuya vocación sigue siendo el vínculo altruista con las almas extraviadas, ya no para pescarlas, sí para intentar redimirlas. Y no, no se trata de autoayuda o sus recetas predecibles. IntegraciónAlma es una ocurrencia que integra lo sensorial con lo emocional y claro, con el alma “que es más que el pensamiento: es la esencia”.

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La sesión comienza con el discurso preciso de Pablo Hernández —o de cualquiera de los tantos miembros de la legión de sanadores que se han ido formando dentro y fuera del país y comprenden su cruzada— cuya tarea es hendir con cuidado el dedo en la llaga con preguntas incómodas y certeras, a la vez que aconseja y conmueve con un verbo que es también miel en los oídos. Discurso que intenta elevar la autoestima, convocar al atrevimiento, reformatear la voluntad, reforzar la asertividad, los valores y la creatividad. Y que soporta un rimero de imágenes, unas metafóricas, otras francamente reveladoras, que salen del proyector hasta tu cuerpo —debes ir vestido de blanco—, este convertido en la pantalla de tu propia película; eres el protagonista. Así como el cine es capaz de provocar reacciones empáticas y más allá en un espacio oscuro, un video diseñado para tu conflicto deberá zarandearte, tranquilizarte o despabilarte en un cuarto donde tendrás que buscar tu luz.

Sobre ti fluirá un río, caerá un rayo o te pasará cerca un miembro viril a escala, según sea la angustia, temor o carencia, circunstancias tales cuyos pormenores cada paciente habrá dejado registradas por escrito previamente en un cuestionario-testimonio de carácter confidencial. Si el asunto que te preocupa es la violencia verás la recreación de lo que te perturba, tú ahí como actor invitado a tu propio performance. Si la sexualidad es tu flaqueza, entre tus piernas podrás ver la irrupción de un falo. Once minutos dura la sesión, al término de la cual llorarás o te erizarás o pensarás que bien puedes pedir bis.

Ha sido un éxito. A estas alturas, en la sede de Los Ruices, el psicólogo Pablo Hernández le ha hablado en Caracas a más de 200 personas que ya ha hipnotizado con su concepto. Hombre de almas tomar, en tiempos en que el fantasma de la llamada autoayuda —término reblandecido— recorre el mundo, y el coaching se impone como forma de cura del un-dos-tres, asegura que su idea es tan original como profunda, porque es el alma, reitera, esa cosa intangible a la que tiene fácil acceso, a la que trae de vuelta del rincón. Sí, el alma ahora es tendencia.

Y él que cree conocerla bien en sus facetas emocionales positivas y negativas, él, que se toma a sí mismo como “terapeuta del alma”, anuncia su compromiso con las almas del país así como también promete asistir las apesadumbradas donde las haya, por ahora, en México y Santo Domingo. IntegraciónAlma es una franquicia que presta un servicio que es común a la región, para que te vuelva el alma al cuerpo. No más disfuncionalidad, disociación, una parte de tu ser amputada.

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Claro que entiende de separaciones, en ciertos casos es lo que toca; y cabe decir que todas las vivió. Se separó de la Iglesia —sin quererlo— y también de la madre de sus hijos, luego de ocho años de matrimonio. “El tema de la separación de pareja siempre da mucho de qué hablar”, concede, “sobre todo cuando nos damos cuenta de que por algo buscamos a esa persona: es que es como nuestro espejo”, sostiene, “pero cuando nos separamos no es que ya no queremos vernos en ese espejo sino que en ese espejo, las cosas que vimos, ya las superamos ¡ya esa imagen no se corresponde con lo que yo soy!”, explica.

Vida intensa la suya, Pablo Hernández la publicó sin pruritos: “¿Quieren saber qué hay debajo de la sotana? Debajo de la sotana hay un hombre de carne y hueso, un hombre que se baña, que se enferma, que tiene virtudes y defectos, un hombre que se arrodilla, que carga cosas para las familias indigentes y arregla iglesias, un hombre descalzo en los ríos de la sabana que disfruta en la playa y comparte con una mujer, ese soy yo”, escribiría en Amo a la iglesia amo a una mujer, “y creo que me quise justificar y cometí un error”, asume, “y por justificarme viví momentos que no desearía para nadie, recuerdo en una entrevista de radio, un periodista quiso hacer ver que yo había fornicado”, y añade, “ser prudente con lo que dices es protección, no hay que decirlo todo, ni siquiera a tu pareja ni a tus padres, porque decir la verdad no es decirlo todo”.

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Pasó. Aquellos momentos son ahora un libro abierto, en realidad dos, porque también publicó Once capítulos en el que explica cómo ser mejor: “¿Qué estoy haciendo para que se note lo que siento, para que mi alma brote en completa y absoluta serenidad?”, “¿Con quién quieres ser tú mismo diciendo realmente lo que le quieres decir y sobre todo comportándote como te quieres comportar? ¡Observa la naturaleza!”, “No les des la fuerza al otro, déjala para dentro de ti, para ti y de esa manera te vas a dar cuenta de que vales mucho” entre otros señuelos.

“A los 17, oí a un joven sacerdote dar su primera homilía, era amigo de mi hermano, también sacerdote, y así como otros van al teatro o leen un libro y descubren lo que quieren hacer con su vida yo, oyendo el sermón de este nuevo pastor católico venezolano, que por cierto ahora está destacado en Estados Unidos, descubrí mi vocación, me dije: quiero ser eso, influir para bien, ayudar, hablar tan bonito… creo que eso sigue intacto, me interesa el verbo y me interesa producir cambios en el otro, cambios de crecimiento, de conciencia”. Verbo y carne, a quién no, Pablo Hernández, que cumplirá 47 el 14 de mayo, cree en su nuevo método de ejercicio devoto. Hombre que ha probado por varias vías convencer sobre el amor, promete un método para el reencuentro armónico de las vidas. Promete ese casorio individual, yo con yo, como punto de partida para un mundo mejor. ¿Será que la procesión dejará de ir por dentro? ¿Comulgaremos con él?

En todo caso, decidamos el acento: amen, amén. El hábito no hace al monje, y hay monjes muy poco habituales.