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Padre Wilfredo Corniel, justo y necesario en las marchas

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15/05/2017
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TEXTO: DALILA ITRIAGO | FOTOGRAFÍA DE PORTADA: ANDREA HERNÁNDEZ | FOTOGRAFÍAS INTERNAS: FELIPE ROTJES

El sacerdote Wilfredo Corniel ha asistido a la mayoría de las marchas de la oposición desde el año 2003. Ha tragado “gas del bueno”, ha confesado a los manifestantes, los ha cargado cuando se asfixian y también le ha tocado soportar los insultos de quienes exigen una postura más radical por parte del Papa Francisco. No se inmuta. Él sigue aferrado a su fe y asegura que es un profeta del amor y un mensajero de la reconciliación

Si hoy hay marcha en Caracas, él estará allí. Se llama Wilfredo Corniel y de un tiempo a esta parte se ha vuelto medio famoso. Es el párroco de la iglesia San Miguel Arcángel, ubicada en El Cementerio. Y aunque ha marchado desde el año 2003, según relata, es ahora cuando ve incrementar sus seguidores en Instagram o aumentar las solicitudes de amistad en el Facebook.

En un contexto de desesperanza o de resistencia ciudadana frente a una política de agresión contra las marchas opositoras, él emerge con cara bondadosa. Es el cura que todos saludan, al que le piden la bendición, al que le llevan la cadenita de la Virgen o el crucifijo, para que los rece antes de empezar la protesta; es el más amado de las viejitas, el predilecto de fotógrafos y periodistas internacionales, al que también le ha tocado cargar estudiantes asfixiados por las bombas lacrimógenas y al que insultan por quienes creen que el Papa Francisco es comunista y que es tibio, respecto a la realidad política actual. En fin, es la rara avis del momento.

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Caterina Valentino, Ángela Oráa, y Amanda Gutiérrez lo saludan como al más pana. Él simplemente sonríe y levanta alguno de sus carteles: “No más robo ni agresiones a la prensa”, “Bienaventurados los que trabajan por la paz”, o “Reformar NO. Cumplirla Sí”. Si usted aún no sabe quién es, logrará identificarlo por su indumentaria: viste una sotana larga color mantecado, debajo de ella tiene una camisa clerical negra, lleva un sombrerito tipo safari verde oliva claro y en la mano sostiene un envase plástico, tipo atomizador, con una mezcla de agua y bicarbonato de sodio.

El viernes 12 de mayo de 2017, los ancianos salieron a protestar a nivel nacional y él los acompañó en Caracas. Ellos pretendían llegar hasta la Defensoría del Pueblo. Luego de concentrarse en la Plaza Brión de Chacaíto se acercaron hasta el escudo humano conformado por funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) en pleno boulevard. En un principio la policía quiso espantarlos a punta de gas pimienta, pero los viejitos no cedieron. Se retiraban solo por minutos con los ojos llorosos y acudían al sacerdote para que les mojara o ungiera la cara con su solución: “El gas es un ácido y el bicarbonato es una base, por eso neutraliza su acción. No hables. Respira a través del pañuelo y, aunque todos corran, mantente firme”, recomendó a la periodista que estaba en la concentración para hacerle este perfil.

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Impasible, el padre no se alteró, aunque le picara la piel y los ojos le lloraran. No se coloca de primero, con la vanguardia, pero tampoco de último. Dice que debe estar en la mitad para asistir a quien lo necesite. Ese día solo hubo agresión en el boulevard. Luego, los funcionarios policiales dejaron pasar la concentración y enrumbaron al grupo de manifestantes de la tercera edad hasta la Avenida Solano. De allí un cordón policial les indicaba que debían seguir hasta la Avenida Libertador, donde a las pocas horas la lluvia se encargó de disolver la protesta, de manera más efectiva que la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) y la PNB juntas. Mientras tanto, el religioso caminaba haciendo cruces en el aire a todo aquél que se lo pedía.

Quién es el santo varón

Hijo de Elías Armando Corniel Barreto y Alida Mercedes Castellanos, nació hace 41 años, el 16 de julio de 1975, en San Carlos, estado Cojedes. Fue criado por su abuela paterna, junto a decenas de primos, en la casa número 5-29 de la Calle Silva. Esa que tenía paredes de bloque, techo de cinc y que era inmensa: más o menos 25 metros de largo. Allí lo amó su abuela pues a la mamá todavía no la conoce. “Imagino que está viva porque aún vota”, dice con sorna, pero al instante agrega que nunca tuvo necesidad de verla pues la abuela, Edelmira de Corniel, se encargó de darle mucho amor.

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Fue un muchacho normalito que hizo toda su primaria y bachillerato en el colegio privado Miguel Palao Rico, de San Carlos. A los 17 años quiso irse al estado Carabobo para estudiar Ingeniería Química. Por falta de recursos y logística terminó estudiando Ingeniería Agroindustrial en la Universidad Experimental de los Llanos Occidentales (Unellez). Cuando estaba en el cuarto semestre asistió a un encuentro religioso promovido por los sacerdotes de la Iglesia Santo Domingo. Buscaban ofrecerles herramientas a los jóvenes para que sanaran las heridas que tenían con sus respectivas familias. A Wilfredo esto le empezó a resonar y así se apuntó en un proceso vocacional que duró un año.

“Recuerdo que el papa Juan Pablo II venía al país por segunda vez. En esa época había paro universitario. Esto me hizo ir con frecuencia a la iglesia y preguntarme por mi compromiso cristiano para hacer un proyecto de vida. Fue así como un día me dije que quería ir al seminario”, recuerda. “¿Y las novias?”, se le pregunta. Y él responde convencido: “Yo quemé todas mis etapas. Tuve mi época de mujeres, rumba y bochinche; pero luego comprendí que me sucedió como al profeta Jeremías. Me di cuenta de que yo había sido escogido desde el vientre de mi madre”, explica.

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En el año 1997, agarró una maleta y se vino a Caracas. Entró en la Congregación Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús —formada por el religioso francés Juan León Dehón. Allí estuvo siete años. Estudió Filosofía durante tres años, luego hizo un noviciado de un año en Salamanca, España, y después culminó su formación con estudios de Teología durante cuatro años más. Posteriormente haría una maestría en Moral Fundamental y Bioética, en Roma, Italia. De ese paso por Europa aprendería italiano, portugués, y un poco de francés. Dice que quiere hablar alemán. Pero toda esa academia no lo aparta de la gente.

Asegura que cada vez que puede visita los cerros que bordean la parroquia. Allí los fieles le han puesto sobre aviso. Le han dicho que quieren secuestrarlo. También le mandan mensajitos de textos con el resumen que de su misa hacen los cuerpos de “inteligencia vecinal”. Él pareciera no temerle a nada. Y al tiempo que se muestra invencible en marchas y homilías; también mira series en televisión tipo CSI, disfruta de un juego de béisbol, cocina pasta carbonara, lee, y escucha todo tipo de música, salvo vallenato. Eso sí, subraya que su única pasión es ser sacerdote. “Yo vengo de las guarimbas de la Urbanización La Isabelica, en Valencia. Era párroco allí, en la iglesia Sagrado Corazón de Jesús, pero así como tenía que dar misa a los fieles que adversan al gobierno, era el capellán del comando de la GNB. Ellos también son hijos de Dios. Por eso les hablaba desde la misericordia del Señor, y les preguntaba si creían que era honorable lo que estaban haciendo”, comenta Corniel, al aclarar que en aquel momento no había tanto “despelote” como ahora.

En la parroquia El Cementerio lleva apenas ocho meses. Trabaja junto al vicario Alberto Galíndez y el hermano Emidio Godoy. Entre los tres se responsabilizan por el Centro Médico que de lunes a viernes ofrece cinco especialidades en la mañana y la tarde a un precio módico de 3.500 bolívares por consulta. También alimenta la fe de los creyentes en una iglesia de ladrillos ventilada y pulcra, donde un San Miguel Arcángel gigante, hecho de mosaicos, recibe a los fieles.

citas3yaSabe que entre los votos que ha elegido respetar se encuentra los de la obediencia, la pobreza y la castidad. Así que en cualquier momento podrían decirle que no vaya más a las marchas, y él tendría que aceptarlo. Pero hasta los momentos, asegura ser prudente. Dice que solo hace valer un ejercicio ciudadano. “Yo no puedo quedarme solo a orar ante el sagrario. Hay que acompañar al pueblo para darle paz. Hay que acompañar a las ovejas heridas. A mí me ha tocado confesar, bendecir, cargar heridos asfixiados, hacer reanimación cardiovascular; y no por eso me considero un líder. Ahora me conocen porque Laureano Márquez me comparó, en su cuenta de Instagram, con Monseñor Luis María Padilla, y colocó la célebre foto en la que este abraza a un soldado durante El Porteñazo. A mí solo me mueve estar de lado de la verdad. Parece mentira pero la gente se siente protegida por esta investidura y por lo menos yo no dejaré que se lleven preso a quien esté a mi lado. Son muchas las noches que no duermo pidiéndole a Dios que esto se termine, que no haya más violencia entre hermanos, que prevalezcan la luz, la verdad y la justicia sobre Venezuela y que ablande el corazón de las personas que tienen el poder de cambiar esto; porque sí es posible mejorarlo, solo tenemos que escucharnos y hablar. Buscar el bien común”, concluye.

Al final, para que no quede duda de lo que dice, muestra una crucecita de madera que lleva colgada al cuello. Es el símbolo de su congregación. El símbolo tiene un hueco dentro en forma de corazón. Dice que ese es el norte de su grupo: deben llenar ese vacío con amor y, como profeta que se considera de este sentimiento y mensajero de la reconciliación, deberá ir a donde nadie quiera ir y estar donde nadie quiera estar. “Hasta que sea preciso, hasta que todo esto acabe”, dice. Aún y a riesgo de su vida.