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Parir en hiperinflación

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08/01/2018
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TEXTO: GABRIELA ROJAS| FOTOGRAFÍA: AP ARCHIVO

9 meses, 40 semanas. Ese es el tiempo promedio en el cual una gestación normal llega a feliz término. Pero en la Venezuela hiperinflacionaria cada semana, cada día, cada hora significa una diferencia angustiante que convierte esta etapa en todo lo contrario a una dulce espera En mayo de 2017 descubrí que estaba embarazada. Más allá de la sorpresa inicial, no había de que preocuparse: soy una adulta profesional, con trabajo y con pareja. Hasta allí todo bien. Pero además, soy periodista, lo que me obliga a tener los pies en la tierra y bien empantanados después de patear la calle.

Siete meses atrás no podía anticiparme a lo que venía. Ni entrevistar economistas todos los meses, ni ver con mis propios ojos el sufrimiento de quienes padecen la crisis en el sistema de salud. No había cálculo ni previsión imaginable que me ubicara en la realidad que tuve que enfrentar cada semana. Siete días: esa abismal medida de tiempo cuando se vive en un país sumido en la hiperinflación, la escasez y una crisis humanitaria sin precedentes.

Junio, 12 semanas de embarazo, 1er trimestre

Todo comenzó con los suplementos vitamínicos obligatorios que se deben tomar cada día hasta el final del embarazo. La primera compra de calcio de 30 pastillas fue de 7.000 bolívares, por lo que pude comprar tres envases. El ácido fólico de 20 unidades costaba Bs 1.500 y el hierro estuvo desaparecido de las farmacias durante semanas, así que recibí el primer regalo importante para mi bebé: tres cajas de 30 unidades. cita-5-parir Esas provisiones me ponían a salvo durante el primer trimestre y parte del segundo. Pero la escasez iba un paso adelante y el calcio también desapareció por dos semanas, justo cuando mi última provisión se agotaba. Cuando volvió a los anaqueles, la misma presentación pasó de costar entre 7.000 a 9.000 bolívares a un precio de 47.000. No más compras de tres o más empaques. Caminábamos halando la cuerda de lo que hasta entonces era solo el perro acelerado de la inflación.

Ante lo que aún era una discreta barriga, no faltaba quien llegara a asustarme con el “coco” de los pañales y la leche de fórmula. Una y otra vez recibía las actualizaciones de la realidad: “El paquete pequeño de pañales (10 unidades) lo venden en 50.000, las mujeres se van a medianoche a hacer la cola en las farmacias, en la entrada (de los locales) las bachaqueras te agarran a golpes porque revenden cada pote de leche en 200.000 bolos, para poder comprar te piden un ecosonograma, eso si llegas a tiempo para que te vendan un paquete regulado”. Todo un oasis de tranquilidad para alguien que está gestando una nueva vida.

“Compra 100 paquetes de pañales para que te dure el primer año, sé de alguien que te puede conseguir una paca de leche de fórmula, compra toda la ropa que puedas”, decían. Aunque quisiera, necesitaba un aproximado de cinco a diez sueldos mínimos extras, que para ese momento era de 97.531 bolívares, para invertir en ese tipo de compras al mayor. Pero mientras tanto el kilo de pollo pasaba de Bs 11.000 a 24.000 en menos de un mes. Las mamás deben comer por dos ¿cierto? En el mejor de los casos, las mamás deben comer.

Septiembre, 24 semanas de embarazo, 2do trimestre

Si hay algo que no se puede ni se debe apurar es el nacimiento de un bebé. No solo por las consecuencias físicas y emocionales que conlleva sino porque revela las heridas de un sistema de salud colapsado que cobró la vida de 11.466 bebés menores de un año y 756 madres que murieron por las pésimas condiciones en los centros hospitalarios públicos durante 2016, según las cifras del último boletín epidemiológico conocido –prácticamente filtrado– que le costó el cargo a la entonces ministra de salud, Antonieta Caporale. cita-4-parir Las principales causas registradas de estas muertes fueron sepsis neonatal, neumonía, enfermedad de membrana hiliana y prematuriedad. En 2017 se sumaron más factores: muertes por desnutrición, 95% de escasez de medicamentos e insumos y el aumento de infecciones intrahospitalarias, más las fallas en las unidades de cuidados neonatales.

La cercanía del último trimestre del embarazo se instala en los pensamientos diarios, los miedos se disparan y la opción de acudir al sistema público se asoma como una pesadilla, así que de nuevo con los pies en la tierra hay que adaptar el presupuesto para buscar atención en clínicas privadas.

Para este punto aquel perro acelerado llamado inflación había mutado en una especie de lobo rabioso que mordía cuando se le trataba de poner correa, pero aún sin la fórmula mágica para empujar el tiempo y a pesar de las infinitas recomendaciones -bien intencionadas pero inoportunas- en un contexto con 45% de inflación mensual y proyecciones de 725% acumulada, no hay forma de adelantarse al costo de la vida diaria.

Hice tres visitas a hospitales públicos. Esta vez no como reportera, sino como mamá. Lloré desde la entrada. Mujeres semidesnudas deambulando solas por los pasillos con el dolor de las contracciones o recostadas en sillas metálicas, maltratadas y a su suerte desde que pisan la puerta del recinto.

Así que hice mi primera aproximación con las clínicas, que fue dura pero un poco más esperanzadora. A finales de agosto –poco más de la mitad de mi embarazo– hice un arqueo por cinco centros privados de salud de distintas categorías: el costo del parto y de las cesáreas oscilaba entre 1.500.000 y 6.500.000 bolívares. En la clínica dispensario Padre Machado el costo de la intervención era de Bs 1.500.000; Las Ciencias y la Herrera Lynch compartían un monto aproximado de 3.000.000; en La Arboleda el costo era de 4.000.000 y en el Hospital de Clínicas Caracas el pago se aproximaba a los 6.500.000 bolívares. cita-3-parir Ninguna póliza aseguradora cubría estos costos, en el mejor de los casos podían aprobar una cobertura cercana a 40% del monto. El restante iba por cuenta propia.

Para finales de agosto, cada consulta a los departamentos de administración de las clínicas venía con esta advertencia: los presupuestos se mantienen durante 15 días.

Para finales de septiembre el presupuesto duraba ocho días.

Para finales de octubre solo garantizaban mantenerlo durante cinco días. A mitad de noviembre cualquier presupuesto tenía una vigencia máxima de 72 horas.

Diciembre, 36 semanas de embarazo, 3er y último trimestre

Dice el refrán popular que todos los bebés nacen con su pan bajo el brazo. Pero al de los bebés venezolanos se le triplica el costo entre la mañana y la noche. cita-2-parir Todavía tengo fresco el recuerdo de hace nueve años cuando pasé por esta misma experiencia. Llegué a diciembre con 38 semanas de embarazo y me enfrenté al tercer y último aumento que la clínica –en la cual nació mi hija mayor­– había previsto para todo el año. Ese incremento fue 8% más que los costos vigentes desde junio.

Ese glorioso recuerdo está marcado por presupuestos que duraban 45 días, pólizas que cubrían el monto completo por maternidad, clínicas en las cuales se podía planificar el pago con un mes de anticipación, médicos y padres que podían esperar con criterio clínico que el bebé llegara a término sus 40 semanas porque un día más no hacía ninguna diferencia, más allá del ritmo pausado e impredecible de un bebé que está a punto de nacer.

Pero cuando llegó noviembre de 2017 lo que tenía delante de mí no era un lobo rabioso, sino un dragón con fuego llamado hiperinflación que me consumía viva en cada intento de enfrentarlo. Las semanas cruciales para culminar el embarazo llegaron con un desfase abismal en los montos de pólizas que cubrían el equivalente a cuatro franelillas y una manta.

La dolarización implícita se reía de los montos en bolívares. Los departamentos de administración de las clínicas gastaban más en hojas que en salario por la cantidad de veces que deben reimprimir los presupuestos. Tres semanas antes de que mi bebé llegara al mundo no tenía siquiera un aproximado de la cantidad de dinero que necesitaba para que pudiera nacer bajo unas condiciones sanitarias mínimas y con el menor riesgo posible para su vida y la mía.

cita-1-parir El lunes antes de la fecha prevista, el presupuesto de la clínica más “económica” en la ciudad de Caracas era de 10.400.000 bolívares. Dos días después el monto aumentó a Bs 14.000.000. La proximidad navideña y de las fechas de fin de año le puso gasolina al dragón lanzafuegos: además de que el presupuesto no duraba siquiera las angustiantes 72 horas advertidas, la proporción del monto de aumento se hizo incierta. Ese viernes, el costo para firmar el ingreso era de 20.000.000 pero con la advertencia de que al pasar el fin de semana el monto incrementaría nuevamente.

La última actualización del precio me derrumbó en llanto: en la mañana en la que se supone solo debía preocuparme por tener el mejor estado de ánimo posible, la felicidad exacerbada y la tranquilidad cruzando cada nervio de mi organismo, mi mente debía estar perfecta por recibir a mi bebé pero también tendría que ocuparse de conseguir 27.000.000 bolívares para garantizar mi entrada a la sala de partos. Las 72 horas más largas de mi vida.

Tras de mí, una muchacha con 34 semanas de embarazo llegó sola a la oficina de administración con el papelito del informe médico en mano a pedir presupuesto. “Esto es para 2018, no te podemos dar un estimado”. Nos miramos una a la otra con los hombros encogidos.

–Todo va a salir bien, tranquila –le dije con el corazón apretado y salí.

“Parirás con dolor”, dice la Biblia. Y después pensé en la versión venezolana 2017, más cruda y descarnada: “Parirás con hiperinflación”.