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Paro cívico en Caracas, el este inmóvil y el oeste militarizado

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20/07/2017
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FOTOGRAFÍAS Y VIDEOS: ANDREA TOSTA. EDICIÓN DE VIDEO: HAROLD ESCALONA

La capital amaneció con una extraña combinación de tranquilidad y convulsión este 20 de julio por la convocatoria a paro cívico de la Mesa de la Unidad. La protesta se gestó con calles vacías y santamarías abajo en el este, a la vez que barricadas. En el oeste y el centro de la ciudad, pocos negocios acataron el llamado. Por esas esquinas se paseaban las botas del gobierno, ahora enfundadas en camuflaje gris

Dos barricadas cortaban la circulación vial de la avenida principal de La Urbina desde antes de las 9 de la mañana. “Mira, ahí están los de la ‘resistencia’. Puros drogadictos”, le apuntó un hombre a la mujer que llevaba en su parrillera, mientras señalaba a un joven de torso desnudo y cara cubierta con una franela, la que debería llevar puesta. Resguardaba una tranca que los vecinos formaron con bolsas llenas de escombros, troncos delgados, incluso una puerta de madera rota. El patrón se repitió a pocos metros, aunque los afectados solo eran los vehículos de cuatro ruedas. Las motos andaban por las aceras, los transeúntes por las calles. El mundo al revés. Incluso, quienes se trasladaban en bicicleta, se detenían, brincaban y continuaban su rumbo.

El gris de las santamarías se volvió monótono en esa zona del municipio Sucre, en Caracas. Fueron pocos los negocios que no acataron la convocatoria que la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) hizo el 17 de julio, luego de recibir 7,5 millones de votos en una consulta popular de protesta. En la avenida principal, solo un Farmatodo, un supermercado Plan Suárez y los bancos de la vía estaban abiertos esa mañana del 20 de junio. Parte del cese de actividades que, por decisión propia o porque los trabajadores no pudieron, se cumplió en el sector comercio que cerró en 85% a escala nacional, según informó El Interés.

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Tampoco había transporte público. La convocatoria opositora y los reclamos tarifarios dejaron a los autobuses estacionados. Las personas debieron caminar a paso apurado, sin interactuar ni detenerse a ver las multitudinarias colas de pensionados que atiborraban los bancos.

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Marisol Gómez salió de su hogar en Turmerito a las 4:30 de la mañana para evitar las trancas. Tomó sus previsiones. A las 7 ya estaba a las afueras del Banco Fondo Común (BFC), esperando con su camisa morada de faralaos en una larga fila de sexagenarios, septuagenarios, incluso octogenarios, para cobrar su pensión de 169.054 bolívares, bono de guerra económica incluido. A sus 78 años, el tiempo no le sobra. El paro le estorba. “Tenía que hacerme unos exámenes médicos después de esto para verme las hormonas y no voy a poder ir. ¿Ahora cuándo me veo yo esto? Si están en desacuerdo, que estén, pero que busquen otra forma que no lo dañe a uno”, dijo, blandiendo el informe médico.

En el este “del este” de Caracas, El Cafetal es sinónimo de ingobernabilidad. Al menos seis barricadas trancaron la vía desde el Centro Comercial Plaza Las Américas hasta Santa Sofía, y avanza serpenteante hasta la avenida Río de Janeiro y la autopista Francisco Fajardo. Desde las 5:30 de la mañana no hubo mediación, carnet ni uniforme que valieran. Médicos de guardia no pudieron pasar con sus vehículos a atender a sus pacientes, tampoco los periodistas a sus salas de redacción, mucho menos funcionarios públicos. Quienes quisieran seguir en línea recta debían hacerlo a pie.

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En Santa Paula, había cerca de ochenta vecinos sobre el asfalto. Algunos paseaban a sus perros, otros aprovechaban el bulevar desierto para trotar. La protesta fitness. Unos pocos tenían las caras tapadas con franelas. Eran quienes rondaban de un lado a otro, con agilidad, supervisando el “trancazo” organizado para reforzar el paro cívico nacional convocado por la Mesa de la Unidad Democrática (MUD). Además de ideales, se usaron palos y trozos de madera, incluso vidrio quebrado, que cubrían las intersecciones.

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En Chacao hubo más creatividad. Cintas con billetes de 2 y de 100 bolívares cerraban la avenida Francisco de Miranda cual cinta amarilla de investigación policial. Allí, la sensatez también afloró. El paso era libre para la prensa, médicos, dolientes que se trasladaran a un funeral. “Yo no soy quién para determinar el día a día de la gente. Eso es ser radical. La idea no es enfrentar vecinos con vecinos”, razonó Tania Hernández, corredora de seguros de 43 años, adornada con una banda cual Miss Economía: una tira de billetes de cien le recorría el pecho. “Esto es símbolo de la devaluación. La moneda no cuesta nada. Hacerme esto no cuesta nada”, dijo sosteniéndola.

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“Y ahorita viene una sorpresa”, soltó una señora con acento portugués, residente de Chacao desde hace décadas, presentando una bola plateada para hacer ejercicios aeróbicos, que rezaba “CNE”, unida a una cadena de cartulina. Un grillete. “Somos esclavos de las instituciones. Estamos encerrados aquí. Queremos libertad”, remató Hernández.

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Frontera uniformada

Este y oeste. Una ciudad partida y un contraste geográfico y social. En el medio, la policía como marca. Al menos treinta efectivos, desperdigados en grupos de 5 y 10, se apostaron en la avenida Francisco Solano, frente a las residencias Sans Souci, en Chacaíto, con sus nuevas indumentarias. Sus camuflajes grisáceos y las boinas rojas rompían con la cotidianidad, ya interrumpida. Una frontera con pistola al cinto.

Aún así, transitar por el boulevard de Sabana Grande antes de las 11 de la mañana implicaba no deleitarse con las vidrieras. Menos chocar hombros por el aglutinamiento o sortear ríos de gente. Para María Farragosa, esa sabana estaba sola. “Yo salí por la necesidad”, dijo abriendo sin mucho cuidado su paquete recién comprado de cigarrillos Consul. Es de las que cree que hay que hacer presión en la calle. Una mujer que pasó a su lado le sonrió al escucharla, cómplice. “¿Viste?”, soltó risueña y soltando una bocanada. “Yo viví la cuarta República y la viví feliz. Esto se está convirtiendo en una segunda Cuba y no se puede permitir. Todos son una cuerda de ladrones. Si esto ayuda a que esta gente se vaya, que lo hagan indefinido, con todo”.

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José Erduin guardó su apellido mientras desplegaba la manta de franjas rojas y amarillas que recubre un banquito plástico que le sirve de mesa. En la esquina entre la calle El Recreo y el bulevar, se sentó sobre el otro taburete, gemelo, para ofrecer llamadas por minuto, como anuncia sus cartel “Local”, “Digitel”, “Movistar”, “Movilnet”, el café que resguarda caliente en termos y los cigarros detallados. Tiene mes y medio trabajando allí, por necesidad, a sus 20 años. La boca de su primogénito de 6 meses espera alimento. “¿Qué hago? Tengo que darle de comer a mi chamito, que comprarle los pañales. Yo sí tengo que salir a trabajar, aunque esté de acuerdo con que este gobierno no sirve ya. Si el paro y las trancas son para bien, bien. Pero que sean para bien de verdad, porque la cosa está ruda”.

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Los vendedores ambulantes como él adornaron el paseo peatonal, haciendo bulto pues sobre los adoquines la concurrencia fue precaria. Más adelante, Leonardo, de 56 años, ofrecía en una pequeña caja una selección de 12 pares de lentes de imitación. 15 mil bolívares se trasnformaban en 10 mil con algo de conversación. Para él, el jueves fue “un día como un feriado, pero un día de trabajo más, saludable, relajado, todo tranquilo. Normal”. Pero el entorno es particular, las santamarías están cerradas. Allí confesó: “No, no es normal”. Aunque declaró no estar ni con el gobierno ni con la oposición, su pequeña esfera de cotidianidad es imperturbable aunque las barricadas y los negocios cerrados estén a metros de distancia, en Las Mercedes, cuya avenida principal se mantuvo bloqueada trancada por ramas y cintas.

Adentrarse en el centro de la capital hizo aún más visible las largas colas de pensionados en las agencias Mercantil y Banesco de la avenida Urdaneta. También el camuflaje gris y las boinas rojas. La seguridad del Estado se movía  en manadas de diez, como si su presencia fuese cotidiana. “Hay mucha policía y mucha guardia. Eso no es normal por esta zona”, apuntó Irene de Freitas señalando la plaza La Candelaria, ubicada frente a su fuente de soda de cuatro décadas de antigüedad. Atiborrada de gente que no encontraba espacio en los bancos ocupados, unos cinco efectivos de la PNB caminaban, examinando sus alrededores, expectantes.

De Freitas recibió a su clientela desde las 9 de la mañana. Cuando sus puertas abrieron, los carros fluían sin los típicos embotellamientos de la Urdaneta. No había autobuses que sirvieran como tapones. La muchedumbre ocupaba las aceras más de lo usual, al igual que los vendedores ambulantes que hacían su agosto en julio con compradores ansiosos. Su negocio es uno de los pocos de la zona que vende café –o algo, siquiera- en la parroquia. “A mí ni el gobierno ni la oposición me mantienen. Si no trabajo, no como, así de sencillo. ¿Y si no cae, si no pesa, y no pasa nada? Ya el negocio ha estado bastante mal desde abril, cuando comenzaron las protestas. Todas las semanas me suben los precios de los productos. Yo tengo que producir”, explicó la madre de tres hijos, dos morochos de 15 años y uno más de 16.

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En la avenida Universidad se intensificó la presencia de los policías nacionales y se ausentó el gris de las santamarías caídas. Había gente trabajando, locales abiertos, horarios completos. Pero María hubiese atendido la convocatoria de la MUD si su jefe no estuviese fuera del país. La vendedora de 55 años era la encargada de abrir el negocio que oferta desde pelucas de colores hasta antifaces con escarcha. Recuerda que esperó hasta la noche anterior por una respuesta unitaria de la comunidad de la avenida. “Pero no lo apoyaron”, se lamentó. “No podía salir yo sola a asumir el paro. Tampoco podía tomar esa decisión sin autorización”.

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Al negocio entró apenas un posible comprador curioso, fugaz. Las manos salieron vacías “Mira cómo está eso allá afuera. Eso está tranquilo, cuando aquí se quejó María. Metros más adelante, en la avenida Baralt, los comercios daban bienvenidas. Restaurantes, zapaterías, librerías. Luis Rojas, de 26 años, cuida la integridad de más de cincuenta bolsos y morrales en un local sin nombre. “Acá nos toca cumplir las órdenes. El jefe nos dijo que abriéramos, y acá estamos. Aunque capaz nos vamos al mediodía”, soltó.

Su cara era de hastío. Sin clientela no hay interacción. Desde aquel rincón del centro, vio todo “tranquilo”, sin mayor movimiento de carros o camioneticas hasta pasadas las 11 de la mañana, cuando se dejaron ver con mayor frecuencia y pasajeros. “No sé qué tanto impacto pueda tener. Esto no va a cambiar. Nunca va a cambiar. No sé para qué van a seguir en lo mismo. Tendrán que hacer algo distinto si quieren que el gobierno sea distinto”, lanzó con voz fatídica, como los ingresos de esa jornada.

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En una tienda contigua, Glenys Guevara también cumplió horario, por mandato. “El jefe tiene miedo de que le expropien o le cierren el negocio. Me dijo que abriéramos normal y aquí estoy, normal”. Escuchó historias de que Chacao es otro país, que existen barricadas que impiden el libre tránsito, que no hay negocio abierto. Tan lejos en el mapa y en la cotidianidad. “Es como si fuera otra Venezuela”, cuestionó. Ese jueves 20 de julio, su cotidianidad no se turbó en lo más mínimo: salió como todos los días desde la estación Propatria, tomó su vagón del Metro, llegó hasta Capitolio y subió un trecho por la avenida Baralt hasta su lugar de trabajo. El bullicio matutino tardó en seguirle los pasos. Apenas a las 10:30 de la mañana fue que pudo escucharse, tres horas y fracción después de lo habitual. “Lo que hay es pura muerte en las protestas y nosotros, que somos el pueblo, no salimos, no hacemos nada. Por mi casa en Propatria no se oyen comentarios del paro. Tampoco de la Constituyente. Los que hablan de eso son los del Consejo Comunal. Pero bueno, seguimos. ¿Qué más?”, remató Guevara. Allá afuera, una ciudad dividida en la manera de protestar. Como el país.