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¿Pedro Mezquita se despide?

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08/09/2016
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FOTOGRAFÍA DE PORTADA: ANASTASIA CAMARGO

A veces, solo a las veces, las palabras se quedan cortas cuando de cariño y de amistad se trata. Explicar estos sentimientos puede ser inefable. Hoy, Pedro Mezquita, el columnista del diario El Mundo Economía y Negocios, el autor que bien supo narrar historias maridadas de sabores, cierra el tintero. ¿Por corto tiempo? Aquí unas líneas de agradecimiento En la sala de la redacción de Clímax, y en otros rincones de El Estímulo Media, se sabe que Pedro Mezquita es amigo. Amigo de la casa, mi amigo, amigo de Caracas, amigo del cine y amigo de más de 400 dueños de restaurantes que ha reseñado en Clímax, propuestas indispensables para conocer esta ciudad y también en El Mundo Economía y Negocios. Pedro hoy nos habla de despedidas. Sí, hoy se despidió desde su columna de El Mundo. Se despidió de ese espacio, pero no de Venezuela. Se lee mucha nostalgia en cada línea, pareciera que uno tuviera de fondo la pista de la canción “Cuando un amigo se va… queda un espacio vacío que no lo puede llenar…”. Lírica que realmente parece estar presente cada día de nuestras vidas en el país.

Pedro es genial. Es un sabio y es un niño que aprende a diario. Él es cero drama, pero mucha historia. No te le acerques con una novela del mal día que tuviste, pero será todo oídos si le quieres contar cómo tus abuelos llegaron desde Rusia, Alemania, Italia con o sin un centavo y cómo echaron raíces. Cuéntale desde el corazón y su inteligencia se emociona. Pronto lo plasma en una nota o simplemente te carga con él —y en el momento más inesperado pasará ese sentimiento y tu relato a otro. Él hace conexiones, pero lejos de aquellas convenientes de presentar a dos personas que tengan intereses comunes. Él conecta desde lo no evidente, desde aquello que quizás sentías como un cuento aprendido de tu pasado, él lo ilumina en ti y resalta la identidad de tu esencia. Él es único, pero también te hace sentir único. foto2-1 En 2006, Pedro y yo publicamos nuestra primera guía. Fue sin ningún propósito comercial, solo lo queríamos hacer, parecía divertido y muy necesario —al menos para nosotros. Había tanta magia suelta entre la creatividad criolla y la inmigración arraigada que era un ejercicio de recarga energética recorrer la ciudad buscando historias, dominós, lasañas, expresos y bocados.

Cuando la revista Clímax tenía en el accionariado a la antigua Cadena Capriles, Miguel Ángel “Michu” Capriles fue uno de los grandes impulsadores de la guía, una de aquellas personas que sentía como suya las reseñas y entendía el por qué. Hicimos seis guías. La última fue un libro hermoso: obra gráfica y conceptual de Andrea Ayala y con las absurdamente espectaculares fotos de las morochas Plaza —Isabella y Constanza— y su equipo. foto12-1 La relación previa de Pedro y “Michu”, que se remonta a cuando el segundo retorna a Venezuela luego de vivir sus años más mozos en Madrid, a quien Mezquita, sin duda, en ese encuentro debe haberle otorgado algún comentario generador de autenticidad, y el entusiasmo por el contenido de la guía hicieron que Pedro adquiriera un nuevo oficio: el de columnista. El Mundo sumaba así una nueva firma. Luego del cambio de dueños de ese grupo editorial en 2013, Pedro seguiría encantado con su editor en el periódico y el equipo. Por consiguiente, continuó escribiendo cada jueves, como lo venía haciendo desde el 7 de mayo de 2009. Hoy se acaba ese ciclo.

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En el país abundan prioridades básicas que dejan en segundo plano las ansias o posibilidades de cientos de nuevas apuestas en la restauración. Son épocas en donde los sabores menguan, mientras que los sinsabores aumentan y aquejan. No sé si tengo la verdad de la despedida de Pedro en las manos, y mucho menos sus verdaderos motivos. Pero comparto su sentimiento sea el que sea y aplaudo cada columna publicada.

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Pedro, leerte es un placer, escucharte también, pero al menos leyendo uno marca el ritmo de la cosa —broma. Lo tienes claro, tú no podrías hablar más despacio, porque no entrarían en un día tus siempre simpáticas y oportunas palabras. Una vez Pedro me comentó que una amiga, mientras le cotorreaba un cuento con infinitos detalles y a velocidad de rayo, le dijo: “Pedro, aguanta un momento, que tus palabras hacen cola en mis oídos para entrar”. Me pareció muy gracioso. Hoy te digo: “Pedrito, todos haremos cola para volver a leer tus retratos”.

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A continuación el artículo publicado en la versión impresa de El Mundo Economía y Negocios, fecha 8 de septiembre de 2016.

Tiempo de despedidas

Mauricio Gómez Sigala se fue con su familia a vivir a Costa Rica hace un año. Mauricio es uno de los tipos más venezolanos (larense para ser precisos) que conozco. Debe extrañar esta tierra cada día de su vida. Describir todo lo que perdió nuestro país con su partida es un ejercicio de flagelación. Pero en lo personal, yo perdí un consejero, un confidente y probablemente el amigo más cercano que tenía.

Ayer, otro querido amigo, a quien solo identificaré como José, me dijo que se iba. Él nació en Tetuán, Marruecos, su familia judía sefardita se vio forzada a venir a Venezuela, “la tierra prometida” hace unos 60 años.

José se casó en Venezuela y aquí nacieron sus cuatro hijos y sus cuatro nietos. Es constructor, con un corazón que no le cabe en el pecho, y líder nato de la comunidad judía. Sus hijos son personas excepcionales, realmente involucrados en eso que llaman “ayudar a los demás”. Pero ya todos se marcharon de Venezuela.

Las sinagogas de Venezuela se están vaciando, como las de Marruecos hace 60 años. La familia de Mauricio debe tener al menos 400 años y 20 generaciones en este país (Arévalo González y Pío Tamayo son sus bisabuelos).

La familia de José no pasó ni siquiera de una generación en nuestro país. Ambas pérdidas son para mí y para el país devastadoras y, sobre todo, innecesarias.

¿Qué hemos hecho o dejado de hacer para ahuyentar de tal manera a nuestros conciudadanos? Hoy en día me quedé sin respuestas y, lo más triste, es que me quede sin propuestas.

Hablar del último restaurante que abre en la ciudad se me hace ya muy cuesta arriba (P.D..: es el Moreno en el Altamira Village), así que hoy me toca a mí despedirme. Llevo casi ocho años escribiendo para este periódico. No puedo estar más agradecido de los anteriores propietarios que me pidieron la colaboración, y con los actuales que me mantuvieron, siempre con respeto a mis ideas.

Mención especial al Director José Gregorio “Goyo” Yépez, que me apoyó y ayudó desde ese primer artículo, que publiqué el 7 de mayo de 2009, en la primera semana de existencia de esta etapa de El Mundo.

Y no es que yo sea un columnista especialmente fácil. Aquí he alabado con todo el mérito que se merecen tanto al Dr. Gustavo Vollmer, Polar y Dudamel como al Café Venezuela del Calvario, el Eje del Buen Vivir o la renovación urbana y gastronómica de la Avenida Baralt o del Boulevard de Sabana Grande. He resaltado con la misma emoción  la labor del CEGA, Scannone, o Miro Popic como la de un humilde mesonero de Santa Mónica. He citado, copiado y admirado a colegas como Rosanna Di Turi, Ileana Matos, Vanessa Rolfini, Adriana Gibbs y sobre todo a Marines Ferrero. He lamentado el cierre del Café Sucre, el Vomero o el Bar Basque, pero por encima de todo, me he esforzado en cada entrega en transmitir  una visión de la vida en positivo, resaltando los increíbles y diversos orígenes de tanta gente que ha hecho de este país un verdadero arcoíris de nacionalidades gastronómicas. Un arcoíris que permitió que católicos, musulmanes, armenios, colombianos o maronitas convivan en un mismo espacio con judíos, evangélicos y hasta suecos.

Aquí en Caracas vivieron por muchos años Henri Charriere, Dominique de Villepin, Anne Wiazemsky, Marcel Rouaix, Bernard Cabe y André Citroën, para citar solamente algunos nombres de la comunidad francesa. Y ni hablemos de los españoles, portugueses, italianos, argentinos, alemanes, chilenos o colombiano que han marcado tan honda huella. Y ese legado no puede perderse. Hoy les confieso que en cada uno de mis escritos tenía a una mujer en mi cabeza, una mujer que no vive aquí y a la que yo quería encantar y enamorar con la diversidad gastronómica, cultural e intelectual de esta ciudad y de este país. Así, mis crónicas de los lugares y las historias de sus dueños tenían una especial destinataria. Fue mi asidua lectora semana tras semana. No lo logré convencerla y hoy llega también mi tiempo de despedida.

 

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