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Perder la virginidad con una puta ¿Arrepentirse?

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07/02/2017
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COMPOSICIÓN FOTOGRÁFICA: VÍCTOR AMAYA

Hay conductas o patrones sociales que se repiten de generación en generación. Ir al puticlub para perder la virginidad es uno de ellos. También es un cuento aburrido, manido, que acentúa el estereotipo del macho vernáculo. Sin embargo, hay quienes se cuestionan e incluso se arrepienten de haber sucumbido a esta costumbre “bárbara”

En el 2010 José Luis Zerpa tenía 15 años y ya había pensado en perder la virginidad. Pero ni él ni su novia se sentían listos. Hasta que sus padres se fueron de viaje un fin de semana. Para que José Luis no se quedara solo, le permitieron que invitara a sus dos compinches: un par de amigos que vivían, al igual que él, en La Florida, Caracas. A las siete de la noche del viernes, el trío de adolescentes se aburrió del PlayStation. “¿Y si llamamos a unas putas?”, preguntó uno. La densidad que adquirió la idea llevó a José Luis a preguntarse si ese día perdería la virginidad.

Llamaron a una chica que ofrecía sus servicios sexuales en los clasificados: preguntaron la tarifa para atenderlos a los tres. Sacaron cuentas y concluyeron que si la contrataban se iban a quedar sin plata para comer el resto del fin de semana. En vez de desalentarse, pasaron al plan b: bajar a la calle.

Seleccionaron la menos fea de entre las mujeres que se ofrecían a la intemperie. Hicieron una vaca para ser atendidos los tres, por turnos, durante una hora cada uno. Subieron a la prostituta al apartamento.

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Hoy día, José Luis rememora: “Jugamos piedra papel o tijera para decidir el orden. ¡Y yo quedé de último! Cuando el pana que iba antes que yo estaba en mi cuarto con la puta, yo estaba sentado en la sala. Fue la hora más larga de vida. Después me tocó entrar. La jeva estaba vestida. Me preguntó la edad, que si estudiaba y si tenía novia. Le respondí todo. Luego preguntó cómo me la quería coger. Le dije que no sabía, que nunca había tirado. Ella se desnudó totalmente, se montó sobre mi cama y se puso en cuatro, con el culo viendo hacia mí. Preguntó que si así me gustaba. Respondí que sí. Y pasó”.

Putañero de la old school

José Luis Zerpa al menos había reflexionado sobre el sexo. Rodolfo García, hoy músico, ni siquiera tenía muy claro lo que hacía cuando acudía a prostitutas. Eran los 60, él tenía 13 o 14 años. Y, como bien acota carraspeando por el EPOC, “eran otros tiempos”.

Rodolfo creció en El Paseo El Macuto. Desde temprano, le tocó patear calle. Tanto para echar broma, como para ganarse el pan. “En ese entonces estaba el telégrafo. Yo era el asistente del repartidor del telegrama. El cargo lo tenía otro muchacho, que era adulto. Cuando él no podía repartir los telegramas, me pagaban a mí una basurita y yo lo hacía”, recuerda.

Era un adolescente flaco, que ni tomaba. Pero sus amigos ya eran hombres cuyo entretenimiento pasaba por ir al burdel El Campito, que estaba cerca de la pista del Aeropuerto Internacional de Maiquetía. “Yo llegaba a mi casa y me acostaba. Luego, me salía por un hueco y mi madre pensaba que estaba durmiendo. De ahí me iba en el carro de uno de esos jodedores al prostíbulo”. Allí transcurrieron sus primeras relaciones sexuales.

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Las putas eran la moda. Algunos preferían revolcarse con mujeres pagas antes que desflorar a sus inmaculadas vírgenes. Tampoco había métodos anticonceptivos. Entre los prejuicios y el miedo al embarazo, muchos veían más cómodo pagar por placer. “Claro, el problema eran las enfermedades sexuales. Las muchachas debían ir a la Sanidad mensualmente para que les dieran un certificado. Pero en el ínterin se podían contagiar. Tuve muchos compañeros que padecieron enfermedades venéreas. Y si no tenían, como quien dice, las mochilas para contárselo a sus padres o ir al médico, pues perdían la vida. Yo mismo me contagié alguna vez”, matiza Rodolfo.

Años más tarde, seduciría decenas de mujeres con su guitarra. Pero, en aquella época, solo obedecía los instintos. “No lo pensaba. Eran satisfacciones que tenías con una mujer y punto. Con los años, me di cuenta de que hubiese sido mejor perder la virginidad con una compañerita, algo más cálido, menos frío y comercial”, asegura. Y enfatiza que había que mantener a raya las burlas. “Tú nunca ibas a decir que eras virgen. Yo crecí rodeado de puros jodedores que lo que estaban era pendientes de enamorar a cuanta muchachita conocieran”.

Ya en los 80, Rodolfo trabajaba en un colegio privado. Era la época de La Pedrera, en La Guaira, que se usó para filmar la afamada película El pez que fuma. Petrica Montoya regentaba el burdel que acabaría siendo icónico en La Guaira y que desaparecería tras el deslave de 1999. Por esos años, Rodolfo tuvo “varios alumnos que me comentaban, entre jodas, que sus papás los habían llevado a La Pedrera para que se quitaran la virginidad”.

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Mi papá me llevó de putas

César Contreras cumplía 16 años y los celebraba en Maturín. En su vida nunca hubo una figura masculina adulta a la que hacer referencia. En medio del festejo, un tío maturinés quiso tomar el relevo. “¡Vámonos por ahí, vámonos por ahí!”, instó. El adolescente se negó: no tenía ganas de forzar lo que solo cada quién sabe cuándo debe suceder.

Pero la idea le quedó dando vueltas. Tanto que este psicólogo escribió La virgencita de los imposibles, un cuento que en el 2016 fue finalista del concurso SACVEN. Ahí relata la historia de un padre tosco que lleva a su hijo a un prostíbulo para que aprenda a ser hombre. Para que se le quite ese aire de filósofo con el que ve el mundo. “No es la idea de masculinidad con la que yo me siento identificado. No me satisface ni siento que deba cumplir con ella para sentirme hombre. Jamás he comulgado con ella. Hay una idea que habla del logro sexual, o del éxito sexual, para tú poder sentirte hombre (…); pero no creo que eso sea un indicativo para mí de qué me hace hombre”, confiesa César.

Y es que, aunque parezca primitivo, aún hay quienes tratan de perpetuar un concepto rudimentario de masculinidad forzando la iniciación sexual de los más jóvenes de la familia.

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A Carlos Matos, sobrino de un editor caraqueño, no pareció molestarle cuando su tío le espetó que eso de andar jugando videojuegos todo el día era de “vírgenes, noños y maricos”. Cuando el adolescente cumplió 18 años, la única figura masculina adulta cercana que había en su vida —pues, como sucede en tantas familias, su padre ejerció un abandono emocional absoluto— buscó en Internet un burdel bueno, bonito y barato.

Carlos entró al sitio, que parecía un consultorio médico. Lo hicieron seleccionar de entre una fila de mujeres la que más le apeteciera. Se encerró durante 45 minutos con ella. Al salir, se mostró satisfecho y agradecido. “Pero no pareciera haber surtido efecto. Sigue sin buscarse una novia y todavía se la pasa jugando videojuegos todo el día”, comenta el tío, quien pone pausa al PlayStation para terminar de narrar la anécdota. Cuando se le señala la ironía, se encoge de hombros: “¿Qué puedo decir? Mi vida sexual es aburridísima”.

La socióloga Orianna Robles Trujillo explica: “Hay muchos cuentos de padres que llevan a sus hijos, al llegar a determinada edad, a un burdel, porque se supone que ya es hora de perder la virginidad: creen que el hombre debe tomar experiencia antes de relacionarse con otras mujeres. Porque entonces también se tiene el estigma del macho cabrío criollo que tiene que satisfacer a su mujer, porque la mujer depende del hombre para sentirse plena, etc. Es todo un tema de machismo”.

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Un discurso parecido le repitió Julio Rondón —un ingeniero de esos que ganan mucha plata— a su primogénito, bautizado con el mismo nombre. Julito Jr llegó a los 16 años. Había tenido novias, pero no se sentía listo para llevar los besos a la cama. Cosa que a su papá no le importó. “Él me pilló masturbándome. Decía que esas cosas no eran de hombres. Un día se cansó y me llevó a un burdel. Fue duro, porque ahí lo trataban como si fuese el mejor de sus clientes”. La historia la revive Julito bajando los ojos. Le incomodó certificar que el pavoneo machista de su padre no era una pose: no solo creía todo lo que predicaba, sino que engañaba a su madre con putas y quién sabe si con otras mujeres.

Criado entre golpes e insultos, Julito ya se sentía demasiado violentado como para exaltar quejas. Le inculcaron desde niño que debía obedecer a quien costeaba sus caros caprichos. “Ahí fue mi primera vez. Me dio como asco. Es jodido que haya sucedido así”. No quiere alargar el cuento. Solo acota que se hubiese sentido más hombre de haber seducido por sus propios medios a una chica.

Presión social

“Imagínate que hacemos una lista de lo que se supone que hace un hombre y pasamos la encuesta entre varias personas. La gente va poniendo check en lo que considera, por lo que ha conocido, que hace un hombre. Así se genera una concepción social de la masculinidad”, explica César Contreras. El problema surge cuando alguien no encaja en esos estándares. Entonces, según César, hay tres opciones: “O ajustas tus características al entorno, tratas de moldearte. Simular que estás cómodo. O buscas estrategias para evitar los contextos en los que esas características son predominantes, como alejarte de cierto tipo de personas. O sufres: tú puedes experimentar un sentimiento de inadecuación eterno”.

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Manuel Ramos escogió sufrir. O lo obligaron. Criado en el seno de una familia de esas que viajan cuatro o cinco veces al año a Miami, estudió en el San Ignacio de Loyola. Padeció bullying. Su padre acompañaba los regaños con golpes a manos cerrada y castigos como permanecer de puntillas sobre una escalara con libros sobre su cabeza. Solo se sentía cómodo dibujando, oyendo música y escribiendo. No es de extrañar que sudara demasiado cuando tuviera frente a una niña que le atrajese.

Incapaz de conseguir una novia, a los 20 años le parecía “socialmente inaceptable seguir siendo virgen”. Solo, sin que nadie lo supiera, “fui con unas putas”. Su rostro, al pronunciar la frase, adquiere una vergüenza tan profunda que es imposible no sentir dolor. Manuel se dirigió a un local de La Castellana. Celebró un ritual para ser más hombre que solo le permitió, paradójicamente, sentirse más inepto.

¿Por qué los hombres van a burdeles?

“Es un sitio que está libre de mujeres: para el hombre que va a un burdel, la prostituta no es una mujer de verdad, es un objeto. Y está ahí para satisfacer la necesidad que tú consideres que tienes y que las normas del espacio permitan que cubras. Además, es un ambiente en el que está permitido comportarse de una forma que no es bien vista en otro sitio. Puedes liberarte de ciertas restricciones sociales. Pero también puede ser un ritual de pasaje, para muchos hombres es ahí donde tú te conviertes en hombres”, opina César.

En Venezuela, “hombre” sigue siendo sinónimo de “promiscuo”. “Hay quienes te dirían que es biológico. El ser humano busca reproducirse. La cantidad de mujeres que el hombre puede fertilizar al año es amplia. Mientras que una mujer puede salir embarazada una vez cada nueve meses. Ahí hay un tema, en el hombre, de dejar su semilla en la mayor cantidad de sitios posibles, sentir que está perpetuándose. Desde ahí, hay quienes pueden encontrar la génesis de por qué está bien visto que el hombre tienda a la promiscuidad (…). En algunas tribus o civilizaciones antiguas, la fertilidad era símbolo de poder. Por eso estaba bien visto que el hombre tuviera muchas parejas sexuales”, vuelve a la carga el psicólogo. Aunque, matiza: “Creo que hemos puesto otros ladrillos de carácter social o civil que para mí tienen más peso. Para mí siempre ha tenido mucho valor el hecho de que tú te involucres en una relación afectiva con alguien”.

Pero no todos opinan así. Orianna Robles lo ejemplifica: “Supongamos que tenemos un bebé. Le están cambiando el pañal y la familia empieza: ay, ¿de quién es tu pipisito?, tu pipisito es de mamá, es de la abuela, es de la tía y ay qué risa. Pero, ahora imagínate que es una bebecita y empiezan: ay, ¿de quién es tu totonita?, tu totonita es de papá, tu totonita es del abuelo… Se escucha feo, ¿verdad? ¿Por qué es bien visto que el pipisito sea de muchas personas pero la totonita no? (…). La familia es la principal reproductora de conductas sociales. El varón va a seguir perpetuando las conductas machistas porque están validadas por su mamá, en una sociedad matricentrista”.

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A todo niño alguien le preguntó de forma jocosa: “¿Y las novias?” Así, en plural. El estereotipo se afianza más adelante, cuando en ciertos círculos de mujeres, como explica César, “el hombre promiscuo luce atractivo, como si tener muchas mujeres alrededor te da puntos, te hace subir de estatus”. El asunto es que no todos los seres humanos procesan el mundo igual. La imposición de una identidad personal basada en los estereotipos sociales suele generar infelicidad. Tanta que puede hacer de algo tan placentero como el sexo un problema que no se va resolver, o al menos no siempre, en un prostíbulo.