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Piratas en el Lago de Maracaibo saquean y asesinan

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10/06/2016
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FOTOGRAFÍAS: HUMBERTO MATHEUS

A los pescadores de las aguas zulianas les roban sus motores, redes y hasta la ropa. Entre enero y mayo mataron a siete de ellos durante los saqueos del mar. Temen que encender un cigarro o utilizar un celular en el Lago les delate ante los piratas en plena oscuridad. No tienen parches en el ojo ni loros, pero las pillerías marítimas del occidente venezolano datan incluso desde el siglo XVII

El mar estaba “picado” en el Lago de Maracaibo esa medianoche de enero. La voz atravesó la oscuridad. “No se me van a mover. Les doy 20 segundos pa’ que pasen pa’ acá ese motor”. Las olas chocaban bravías contra las dos lanchas, que convulsionaban, indomables. Joel Lugo, “patrón” de cuatro pescadores en la embarcación Massiel Número 4, se paralizó. Su mirada traspasó la penumbra hasta ver cómo los ladrones que los habían abordado apuntaban los cañones de sus pistolas a las cabezas de dos de sus muchachos.

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Inició el conteo: “uno, dos, tres…”. El motor no se zafaba de su sitio. “Diez, once…”. Se aflojaron los amarres fuera de borda. “Dieciséis, diecisiete…”. El bendito artefacto cedió a solo dos segundos de una matanza. Lo estibaron a la embarcación contigua y sus tripulantes, criminales de perversa monta, huyeron a toda velocidad con el motín de 850 mil bolívares entre carcasa, potencia de caballaje, reactor y hélice. Los marinos quedaron a la deriva por horas, hasta que unos compañeros de oficio los rescataron. Buscaban corvinas y pescaron piratas.

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Joel, un hombre cuarentón, moreno, menudo y de discurso refinado, recuerda el episodio apoyado en la proa de una de las nueve lanchas que reposan bajo un techo de cinc a la orilla de la playa de El Bajo, en el municipio zuliano de San Francisco. El clima es vaporoso a las 4:30 de la tarde del último viernes de mayo de 2016. Los vientos trasladan olores de gasolina, arena mojada y humedales. Y también dan aires a cuentos de violencia y robo en el Lago. Solo en la víspera, tres tripulaciones de otras playas sufrieron atracos en el agua.

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Hasta 32 pescadores van llegando en grupos a El Bajo por un camino de arena y palmeras. Han viajado desde zonas lejanas de San Francisco e incluso desde El Moján (Mara) y La Cañada de Urdaneta. Se saludan con camaradería, bromean entre ellos. Algunos se juntan alrededor de una mesa adornada por piezas de dominó. Las revuelven, reparten y la salida de la doble cena enciende la bullaranga. En hora y media zarparán a retar a camarones, palometas y piratas.

Incluso la franela celeste de Joel, imitación de Lacoste, es objeto de codicia en el Lago. “Nos roban todo, hasta la ropa. Los piratas tratan de imponer el miedo como fórmula de éxito. Todo depende del estado en el que lleguen. Algunos están bajo la influencia de sustancias psicotrópicas”, dice, con la pose y el glosario de un político de vieja data.

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Oficio sin misericordia

La historia del Zulia posee un cordón umbilical con el bandolerismo marítimo. El Lago de Maracaibo, con 36 millones de años de data, es el más antiguo de la Tierra. Luis Britto García cuenta en su obra Demonios del Mar. Piratas y Corsarios en Venezuela, 1528-1727 que piratas de Holanda, Inglaterra, Francia y España cometieron fechorías en las riberas de Maracaibo desde la cuarta década del siglo XVII.

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En 1641, por ejemplo, una flota de cuatro buques enviada por el gobierno de Curazao desembarcó en Mocoro y prosiguió hasta Gibraltar, apropiándose de una embarcación y 300 sacos de tabaco. Un año luego, el británico William Jackson robó tabaco, cueros y azúcar antes de saquear Gibraltar. Los pobladores le pagaron 10 mil pesos para evitar que incendiara la ciudad de La Barra —sector lacustre cercano al Lago. Eran los tiempos de saqueadores patrocinados por gobiernos europeos para golpear las arcas de España. El gran contrincante en Tierras Ultramarinas de Inglaterra, Francia, Holanda.

La piratería en Zulia está lejos de la banalización contemporánea que ha sufrido el término. Al saqueo no lo preceden hoy los chistes de blockbuster o los movimientos erráticos, dignos de un Oscar, del Jack Sparrow de Johnny Deep. Piratería, en esas aguas del occidente venezolano, está lejos de la copia furtiva, un disco compacto o la descarga por Internet de una película sin la autorización de un ejército de abogados californianos.

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En el mar zuliano, un pirata no es sinónimo de diversión ni fascinación documental. Los logros de esos rufianes del mar no hacen honor al equipo de Francisco Cervelli, que dan la pelea a los Cubs con registro de 28-21 en la División Central de la Liga Nacional. La pillería tropical de estos tiempos es antónimo al himno risueño que cantan en cada juego por los fanáticos del Rayo Vallecano en la Liga española de fútbol –“La vida pirata es la vida mejor // sin trabajar, sin estudiar //con la botella de ron… y en cada puerto tengo una mujer // la rubia es, fenomenal, y la morena tampoco está mal”. En las coordenadas del Caribe se trazan cuentos de horror, no de retretas.

La piratería es asunto trascendente. Tiene incluso altares en las leyes internacionales. La Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, aprobada en la década de los 80, definió la práctica en el artículo 101. En sus párrafos se describen actos ilegales de “violencia” y “depredación con propósito personal” cometidos por la tripulación o pasajeros de un buque o aeronave contra vehículos similares y sus tripulantes en alta mar.

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Asociaciones de pescadores en San Francisco, La Cañada, El Curarire, Palmarito, Barranquitas, Santa Rita, Punta de Palma y Ciudad Ojeda calculan que 4.000 hombres trabajan en turnos de día y noche en el estuario zuliano. La mayoría ha sufrido atracos con un modus operandi similar: se les acercan en chalanas o en lanchas de motor, generalmente de noche; los amenazan de muerte con revólveres, pistolas, escopetas, armas largas o cuchillos; les roban celulares, motores y redes antes de abandonarlos a la deriva. En ocasiones, los lanzan al agua y se llevan sus embarcaciones.

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Los pescadores no reconocen los rostros de sus saqueadores. Alegan que la oscuridad es camuflaje perfecto para el anonimato. Las víctimas detallan que los delincuentes del mar usan capuchas o gorras para evitar que los reconozcan.

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La detención en febrero de un criminal de 23 años dio pistas de cómo operan las bandas en el Lago. Juan Vílchez Vílchez, miembro de “Los Santarroseros”, era uno de los 10 hombres que se trasladaban en tres lanchas por los sectores El Mene y Puerto Escondido para atracar a pescadores. Autoridades de la Guardia Nacional le decomisaron una escopeta calibre 20 milímetros y 65 gramos de marihuana. El estereotipo del pirata del Lago trabaja coordinado en grupos, armado, actúa sin misericordia y coquetea con la drogadicción.“Todo ocurre en cuestión de segundos”, precisa Gabriel, pescador de 24 años, encaramado sobre su bote en El Bajo. Masca chimón, escupe, antes de confesar su peor temor. Para él, el Lago simboliza dinero y peligro por igual. “Ya no me llevo ni teléfono a la pesca. Siempre vemos a compañeros gritando, pidiendo ayuda porque los acaban de atracar. Esa piratería tiene años ya, pero esto está peor que nunca. A veces atracan hasta de día”.

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Los crímenes en el Lago del Lago de Maracaibo ocurren con frecuencia galopante y, cada tanto, se imprimen en titulares de la prensa roja. Piratas asesinaron el 26 de abril pasado a cuatro pescadores en las costas de La Cañada. Oriundos del sector El Parral del Sur, los balearon en las cabezas antes de lanzarlos al agua. Ese mismo día, atracaron y dispararon a otro pescador en la playa El Carmelo para robarle el motor de su lancha.

En marzo, a Wilfredo Rangel lo mataron al resistirse al robo en Puerto Concha. Enero fue mes cruento: a Víctor Ardiles lo asesinaron a puñaladas y balazos en Santa Rosa de Agua; y a Gilmer Soto le segaron la vida mientras huía, tras presenciar el atraco de sus compañeros en las aguas de Santa Rita —Costa Oriental del Lago. No hay pachanga ni trivialidad. El pirata del Lago mata, horroriza y desvalija.

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Pistas al bribón

“El Gordo” Ángel destaca sobre el montón de pescadores en las playas de San Francisco. Es un hombre de un metro 80 y tantos centímetros de estatura, acento maracucho y barriga prominente. Como Joel, lidera una de las embarcaciones que parten a diario desde El Bajo hacia los adentros de los 13 mil kilómetros cuadrados de agua salobre del Lago de Maracaibo.

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Ejerce su oficio de pescador desde los 12 años —tiene 40 de edad. La crisis económica le ha obligado a trabajar seis de cada siete días cada semana. Hasta en tres oportunidades lo han abordado delincuentes en el agua. Pero aún prefiere no estar armado. “Sería peor. Me matarían”.

Su reacción al ser abordado por bribones es la misma: entregar todo. “Los dueños de las lanchas, los jefes, están preocupados. Nos dicen que lo material se recupera, pero, ¿cómo te recuperáis vos?”. En su último “cara a cara” con piratas le robaron 70 kilos de camarón. Es un producto que puede venderse hasta en 500 bolívares el kilo en el mercado pesquero.

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Recuerda esos encuentros de bribones y pescadores abrazando al mástil de su lancha, fijando su mirada a lo lejos, entre aguas, buques y plataformas petroleras. “Un motor puede costar hasta tres millones de bolívares. Con lo que cuesta una mandinga, te compráis una casa. Eso cuesta una millonada. Si te atracan y te quitan un motor o algo de valor, te desbancan, te sacan del negocio. Lo que hacemos en un año, nos lo desbaratan en un día”.

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Él, Joel y los demás patrones tampoco se la ponen fácil a los piratas. Opinan que los esfuerzos de las fuerzas lacustres de Polisur y la Guardia Nacional Bolivariana son insuficientes —el organismo policial tiene dos lanchas para vigilar 20 municipios zulianos con asentamientos costeros.

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Los hombres del mar no rayan en el entreguismo. Han decidido salir a pescar en grupos y se alejan de lo que llaman “los sitios peligrosos”. Se refieren a las costas del norte del Lago, cruzando las pilas del Puente. “En esas pilas hay gente que hacen como que si estuvieran pescando, pero lo que hacen es ‘pichar’ al pescador. Ellos llaman por teléfono a los piratas para decirles qué lancha robar y dónde”, cuenta, rabioso, un tripulante que prefiere preservar su nombre por temor a represalias. Son “moscas de agua”.

Joel certifica la tesis. “En la oscuridad, ¿cómo nos ven? Siempre llegan exactamente al lugar donde estamos. Es que nos ‘pichan’. Tratamos de trabajar con la menor luz posible. Incluso hay compañeros que fuman a los que les digo que tapen la candelilla del cigarro”. Esa luz incandescente y minúscula puede verse a kilómetros de distancia en la oscuridad. Es como sangre al tiburón. Es un vicio convertido en pista a bucaneros.