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El Porteñazo y la ayuda del Padre

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02/06/2015
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FOTOGRAFÍA: LUIS BLASCO. CORTESÍA ARCHIVO FOTOGRÁFICO GRUPO UN

Una foto que retrató la historia de El Porteñazo es hoy parte de la historia misma. La gallardía de quien la capturó, pese los silbidos de las balas, la mortandad y sangre que empañó el terrible suceso de 1962, se nimbó de glorias. Solo seis personas se han ganado simultáneamente los premios Word PressPhoto y Pulitzer por reportaje gráfico del año. Entre ellos el valiente Héctor Rondón Lovera

“En la mañana del sábado, el país fue estremecido con la noticia de que la Base Naval de Puerto Cabello se había rebelado. Apenas transcurridos 28 días de la insurrección de Carúpano, la democracia tenía que enfrentar otra durísima y sangrienta prueba, de la cual también salió victoriosa. Los marinos insurrectos del puerto carabobeño obligaron a las fuerzas leales a librar cruentísima batalla en la que hubo –de acuerdo con el testimonio de nuestros enviados especiales− centenares de muertos y heridos”.

Con este sumario, la revista Élite desplegó en su edición número 1915, del 9 de junio de 1962, un extenso trabajo sobre lo que hoy la historia llama: El Porteñazo. Esos hechos registrados en Puerto Cabello, a partir de la madrugada del 2 de junio, cuando la Base Naval del citado emplazamiento fue tomado por el capitán de corveta Pedro Medina Silva y los capitanes del navío Víctor Hugo Morales y Manuel Ponte Rodríguez, con la participación de los civiles Germán Lairet –PCV−, Raúl Lugo Rojas−MIR− y los independientes Manuel Quijada y Gastón Carvallo.

Antes de clarear el día, los alzados arrestaron a los comandantes de la Base Naval, liberaron a los presos políticos del castillo Libertador y distribuyeron tropas armadas por la ciudad para asegurarse el control sobre ellos. Había empezado El Porteñazo, que sería, según consignó Manuel Felipe Sierra en su biografía de Gustavo Machado, −Biblioteca Biográfica Venezolana−, “la operación más sangrienta y prolongada que se registra en la historia militar de esos años. Cálculos conservadores estiman las víctimas fatales entre 400 y 700; y se producen más de mil detenciones entre infantes de marina y civiles”.

En menos de un mes se producía una segunda insurrección, tras la intentona de Carúpano, el 4 de mayo de 1962, en procura de derrocar al presidente institucional de la república, Rómulo Betancourt, cuyos primeros años en el poder se vieron distraídos en el enfrentamiento a sucesivas sublevaciones y un intento de magnicidio. De cara al Porteñazo, el gobierno estaba avisado por informes de inteligencia de que habría escaramuzas en Puerto Cabello, lo que le permitió salir al paso con prontitud y ventaja. De allí que pocas horas después de la irrupción de los conjurados, el gobierno envía efectivos de la Fuerza Aérea y del Ejército que rodean Puerto Cabello y cumplen la orden de recuperar el sitio a sangre y fuego. Muy pronto se produce el combate frontal entre las fuerzas insurrectas del batallón de Infantería de Marina General Rafael Urdaneta –que se había sumado a los militares alzados de la base naval− y la tropa del batallón Carabobo –Ejército−, al mando del coronel Alfredo Monch.

Es posible que los medios de comunicación también estuvieran al tanto con respecto a una réplica del Carupanazo, porque lo cierto es que los periodistas llegaron al lugar de los hechos pisándoles los talones a los uniformados. Élite comisionó para esta cobertura a Paco Ortega, Luis Scotto y José Luis Blasco. El vespertino El Mundo envió a Serrada Reyes y a los hermanos Romero. La UPI contó con los despachos de Antonio Valbuena. Y el diario La República confió la tarea al redactor José Salvador Rojas y al fotógrafo Héctor Rondón Lovera, cuya vida sería transformada por el estruendo de los disparos que estaba a punto de tomar parte.

“Al periódico llegó la noticia de que había un alzamiento grave en Puerto Cabello”, recordó Freddy Martínez Rey, jefe de fotógrafos del diario La República en 1962, al ser entrevistado por Juan Carlos Solórzano para su tesis de grado, un formidable reportaje audiovisual que presentó en 2009. “Mandé a Rondón porque era el fotógrafo de ‘Sucesos’ y yo sabía que él era perfecto para eso porque no le tenía miedo a este tipo de cosas”, señala Martínez.

Héctor Rondón Lovera había nacido en Bruzual, estado Apure, en 1933. Había sido taxista, artesano del vidrio, plomero y jugador de ligas menores de baseball hasta que un cuñado lo inició en la fotografía. En 1961, cuando se funda el diario La República, Rondón era fotógrafo de la Policía Técnica Judicial. Qué mejor credencial para ingresar al naciente rotativo como reportero de “Sucesos”. Fue así como un año después, cuando se desató el plomo en Puerto Cabello, Rondón llegó entre los primeros con ese fervor que despierta la cercanía de la noticia. Y con su Leica: su fiel cámara.

Cuando los reporteros llegan, se encuentran que la ciudad está rodeada. Los militares del Ejército y la Guardia Nacional, al mando de la situación, les impiden el paso. Hay combates en las calles. Es imposible garantizar la seguridad de los periodistas, de manera que se les prohíbe ingresar a Puerto Cabello mientras estuviera en marcha la operación militar. “Mientras evalúan cómo entrar a la ciudad, los periodistas deciden permanecer en el coman do de operaciones establecido por el Ejército.

“Allí observan la gran movilización de tanques y soldados que se alistan para retomar la ciudad”, dice Solórzano, el tesista. Tal como narra Don Enrique Aristiguieta, el Batallón Carabobo se distribuyó en pelotones de 30 hombres, que debían ir cada uno detrás de los trece tanques destinados a entrar al Puerto. Esto no ocurrió en los primeros momentos debido a que se esperó el asalto de la Aviación para luego entrar a saco por tierra contra el Fortín de Puerto Cabello, que era usado como punto de operaciones de los sublevados. Doblegado el Fortín, comenzaron las tropas a penetrar en Puerto Cabello.

Confundidos con los hombres que avanzaban detrás de los tanques blindados, en desacato de la interdicción, algunos periodistas ingresaron a Puerto Cabello, aun cuando aquello era un infierno por el estruendo de los disparos y los ayes de los heridos. Podemos estar seguros de que dos de ellos lo hicieron: José Luis Blasco y Héctor Rondón Lovera. Ambos harían sendas fotos del mismo, estremecedor, episodio. Pero solo uno alcanzaría la gloria.

En su tesis de grado, titulada Absolución Final. Historia de una fotografía, Solórzano recoge la siguiente declaración de Freddy Martínez Rey. “Cuando Blasco y Rondón iban entrando a la ciudad, un grupo de guardias nacionales les advirtió que estaban en grave peligro porque estaban detrás de los soldados insurrectos y ellos mismos estaban en peligro.” “Rondón y Blasco continúan avanzando detrás de unos de los tanques, pero al llegar a un céntrico sector conocido como La Alcantarilla, un oficial del Ejército les advierte nuevamente del inminente peligro”, sigue Solórzano.

“Haciéndole caso al mayor, nos retiramos a la pared. Luego de que habían pasado cerda de 10 tanques, empezaron a disparar de todos lados. Los muertos iban cayendo. No se veía a quienes disparaban ocultos en las casas. Los masacraron a todos. Cayeron diez en la esquina, los que iban conmigo”, contaría Rondón posteriormente.

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“Durante el combate Héctor Rondón se repliega en el umbral de una sastrería desde donde logra un registro fotográfico extraordinario. Por media hora, el fuego era cerrado allí en La Alcantarilla. Los insurrectos no se veían, disparaban hasta granadas. Los tanques se fueron finalmente, dejando a los muertos. Entonces fue cuando venía aun cura por la acera derecha”, anota Solórzano. “El cura frente a nosotros se puso a revisar los heridos. Uno en el medio de la calle levantó la cabeza. El cura trato de socorrer a otro. Lo levantó. Trató de cargarlo. Yo tomé la foto”, habla Rondón.

Cuando Freddy Martínez Rey recibió la imagen en la redacción, se quedó pasmado. No tuvo duda de que aquella era la foto del siglo. El 4 de junio de 1962, dos periódicos pusieron en su primera plana la imagen de un cura sosteniendo a un soldado que está de rodillas. Últimas Noticias usó la de José Luis Blasco; y La República, la de Rondón que es ligeramente distinta. Pero ambas muestran al sacerdote Luis María Padilla, capellán de la base naval de Puerto Cabello y párroco de Borburata, parado en medio del área de refriega, como tratando de ayudar a levantar a un joven uniformado, de cuya identidad hay, al menos dos versiones: unos dicen que se trata del subteniente Luis Antonio Rivera Sanoja del Batallón Carabobo; y otros aseguran que es el cabo primero Andrés de Jesús Garcés, de la Primera Compañía de Fusileros del Batallón Piar No.31.

Una semana después la revista Élite publicaría la siguiente nota: “El valiente sacerdote no conserva, frente a los redactores, en su modesta casa de Borburata, el mismo arrojo que demostró en las líneas de fuego. No quiere hablar de los sucesos, por demás penosos para él. Todavía bajo la impresión de la muere rondando en torno a los hombres, recuerda que cuando intentó auxiliar a un herido –el que aparece en la foto que publicaron todos los periódicos del mundo−, al tomarlo por los brazos, le dijo con un grito doloroso: ‘Por ahí no’. Era que estaba ametrallado en el costado. No pudo alcanzar una ambulancia y el sol dado murió en sus brazos”.

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“Otro soldado que parecía herido, le confió, cuando trató de ayudarlo: ‘No estoy herido, padre, pero no me puedo parar porque me van a matar’”, se lee en el artículo de Élite, de junio de 1962. La metralla silbaba sobre sus cabezas; y el sacerdote le dijo: “está bien, no te muevas”. Al rato lo colocó en una ambulancia junto con los heridos y muertos. Una vida más era salvada.

En el frente de operaciones, en los hospitales, en la línea de fuego, la presencia del padre Padilla se hizo familiar. Durante la batalla no tuvo sino una preocupación personal: los cigarrillos. Había agotado sus tres cajas de reserva, y durante los escasos momentos de inactividad o de suprema tensión nerviosa, el deseo de fumar le era tan apremiante como el deseo de prestas sus servicios. Efectivamente, en las fotografías que acompañan esta nota, aparece el cura Padilla, carabobeño, capitán de la Base Naval de Puerto Cabello desde hacía 14 años, y poseedor del rango de capitán de corbeta asimilado, echando el humo parejo.

La foto de Rondón, en blanco y negro, fue distribuida por la AssociatedPress. Y no hubo medio en el planeta que no la reprodujera o comentara. Ese mismo año se alzó con los galardones a la Mejor Fotografía de Prensa del Año y al Reportaje Fotográfico del Año, otorgados por la organización Word PressPhoto, con sede en Holanda. Un año después, en junio de 1963, Rondón se convirtió en el primer latinoamericano –y único venezolano hasta la fecha− en obtener el premio Pulitzer por su foto, que entonces fue llamada Ayuda del padre –años más tarde sería renombrada Absolución final. Desde luego, para entonces se había ganado todas las preseas que quepa imaginar.

Además, la imagen inició muy rápidamente una carrera de reproducciones. En la Comandancia General del Ejército de Venezuela se puso un cuadro que recogía la escena; en la propia esquina de La Alcantarilla en Puerto Cabello se puso un mural se hizo una estatua en el fuerte militar Tiuna, que conmemora los militares venezolanos caídos en combate. En su película La quema de Judas – en 1974−, Román Chalbaud calcó el episodio y contrató al cura Padilla para que hiciera su propio rol.

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En 2005, con motivo del 50 aniversario de la Fundación Word PressPhoto, el correo nacional holandés emitió una edición especial de estampillas mostrando las fotos que han obtenido el premio a Mejor Foto del Año, incluida, naturalmente, la del cura y el soldado.
Pero quizás la secuela más notable de la fotografía de Héctor Rondón es la obra del artista norteamericano Norman Rockwell quien en 1965, pintó tomando una referencia e inspiración la foto de Rondón, pintó el cuadro titulado Asesinato en Mississipi, que muestra un hombre de pie sosteniendo a otro que está de rodillas y en tránsito de muerte. La pieza reconstruye los últimos minutos de la vida de Michael Schwerner, judío de 20 años, luchador por los derechos civiles, asesinado por el KuKluxKlan.

Héctor Rondón falleció el 21 de junio de 1984. Nadie sabe dónde están los originales de la foto que tomó aquel fin de semana en Puerto Cabello. Ni siquiera los de la más famosa, esa “Piedad” venezolana.