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Quiosqueros del centro de Caracas quedaron para dar direcciones

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07/12/2017
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TEXTO: JULIO MATERANO | FOTOGRAFÍAS: DANIEL HERNáNDEZ

Desvencijados y vacíos, los quioscos de las avenidas emblemáticas del casco central de la ciudad capital son reflejo de una Caracas que se ha ido convirtiendo en espectro de sí misma. Sin propiedad real sobre las estructuras, los comerciantes sobreviven a las pocas ventas, la falta de efectivo, la inflación que no para, y a la delincuencia

Son 4.500. Están desperdigados en las avenidas Urdaneta, Universidad y en todo el corazón de Libertador, dice la alcaldía. Y recluyen, sin mayor aspaviento, la historia de la ciudad, una que se escuda detrás de la cotidianidad y que resume el capítulo de progreso de Caracas, una urbe afantasmada, de puertas cerradas y de luces desgastadas. Son los quioscos del Distrito Capital, negocios de espacios constreñidos donde se despacha la urgencia del momento: el periódico de ayer, el cigarro de la mañana, el sorbo de café o los chicles para someter al mal aliento antes de la cita que aún no se concreta.

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A decir verdad, hoy no son más que trastos desvencijados, latones arcaicos, corroídos por el orine humano y de perro. Pero en algún momento fueron los muebles nuevos de la casa. Nadie reclama su existencia, pero casi todo lo que hay dentro la justifica: el alquiler de llamadas, el servicio de recarga digital, las decrépitas tarjetas telefónicas y el dulce de la tarde. Con la crisis económica robustecida, los quiosqueros no están al margen del control gubernamental ni escapan de la recesión que, en la práctica, les impide reponer la mercancía vendida.

cita-kiosko-5El chavismo, dice la vendedora Mercedes Benítez, no solo embiste a los comerciantes de grandes recintos, también aturde a quienes se desempeñan por cuenta propia. Hoy tienen prohibido vender bolígrafos, pegamentos, hojillas, escuadras y bebidas en botellas de vidrio -posibles armas blancas. Eso, junto al acoso de los delincuentes, constituye la mayor refriega contra un grupo del que poco se habla, pero que le toma el pulso a la ciudad.

El gremio tampoco tiene permiso para vender yesqueros, cabuyas de nailon ni nada que “represente un peligro” para la sociedad. Es la orden de la alcaldía, una instrucción que se gira verbalmente.  En palabras de la comerciante Mercedes Benítez, son vistos como una amenaza. Voceros del sector señalan que hace 10 años dejaron de ser propietarios para conformarse con la figura de “adjudicatario”. Sostiene que el ayuntamiento al que aspira la oficialista Érika Farías les arrebató todas sus facultades.

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Pérez Jiménez pidiendo despacho

Seguir en su lugar, dice Indira Salazar, es una irreverencia, una tozudez en un momento donde el drama país impone el exilio. “Estamos arrinconados, sometidos como todos los que se dedican al comercio, pero seguimos en la lucha”, dice. En la avenida Urdaneta, donde el Gobierno maquilla las estructuras con brocha gorda, varios reclaman de boca el mérito de tener el primer quiosco en ese corredor. Unos tienen más de 45 años allí, otros 30. Hablan de gacetas municipales que registran sus inicios, pero ninguno la muestra.

cita-kiosko-4Mario Hurtado, un vecino de Altagracia que dice tener más de 15 años en el oficio, señala que su quiosco es un negocio familiar que tiene cerca de 90 años y que funcionó inicialmente frente a la Basílica Menor de Santa Capilla, en la esquina homónima, que hace frente al Banco Central de Venezuela. Se trata de una de las principales vías de la ciudad, inaugurada en noviembre de 1953 por Marcos Pérez Jiménez, un gobierno que, expresa Hurtado, no se metía con los comerciantes ordenados que gustaban  abrir de puerta en puerta para vender pan caliente y leche.

En un intento por desgranar la historia familiar, relata que la Caracas de entonces se erigía a un ritmo vertiginoso que la arrimaba a la modernidad. En ese momento la Urdaneta era un trazo grueso dentro de una urbe que se construía contra todo pronóstico, para atenuar sus aires agrestes.

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Mario cuenta que su abuelo producía el pan que vendían a quienes hoy son los residentes de las parroquias Altagracia, La Pastora y Catedral. “La ciudad de entonces, decía mi abuelo, era más fresca. La gente usaba chaquetas y ningún hombre que se preciara de ser caballero salía sin su sombrero. La gente era más amable y todo se hacía con menos prisa”, resume. Mario aún repasa en su mente un episodio que quedó sembrado en su familia.

Cuando su abuelo era quien despachaba en el quiosco, que aún permanecía en los predios de Santa Capilla, un día el propio presidente Marcos Pérez Jiménez se paró frente a su local, hecho entonces de un metal flojo, para supervisar unos detalles que faltaban en la recién estrenada avenida. “Dicen que pidió pan andino y se marchó con su séquito. Era un hombre que se hacía rodear de mucha seguridad. Se cuidaba demasiado”, remata Mario.

Para no perder la costumbre

Martha Cazar señala que quiere a su quiosco como a su vida. Cuenta que era de su madre y eso le atribuye un valor especial, un halo sentimental. “Mamá adoraba este lugar, vendía maltas, refrescos y casi cualquier cosa. Tenemos más 43 años aquí”, cuenta. Con su local ubicado frente al edificio Karam, al norte de la avenida Urdaneta, Martha cree que su establecimiento es reflejo de la ciudad. Su jornada de trabajo, al igual que el resto de los vendedores, inicia después de las 8:00 de la mañana y termina antes de las 5:00 de la tarde, cuando la ciudad se recoge. Recuerda que los últimos armazones fueron vendidos por un importante rotativo, en 1991.

cita-kiosko-3Hoy muchos de esos puestos tienen colgados afiches batientes con anuncios como: “Se arreglan neveras” y “Se realizan balances y certificados de ingresos”. También ofertan clases de tareas dirigidas o apartamentos en ventas. A falta de dinero, algunos comerciantes cobran una suma módica por exhibir esos anuncios en sus mostradores desprovistos de chucherías, además con la prohibición de entregar sus fachadas a grandes marcas comerciales Solo en el bulevar de Sabana Grande, un lugar que el Gobierno presume como una vitrina de gestión urbana, la alcaldía de Caracas maneja una data de 56 quioscos ubicados en las diferentes transversales. Algunos de ellos fueron sustituidos en 2011 por Pdvsa La Estancia, pero el trabajo no se completó.

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Consuelo Aparicio, una quiosquera de la avenida Urdaneta, advierte que tienen en contra la falta de efectivo que incide sobre el consumo. Lamenta que la situación merme su poder adquisitivo. “Con este local crié a mis dos hijos, incluso, uno de ellos, Danny, me ayudó mientras no tenía trabajo, pero se fue a España porque el país así lo obligó. Es comunicador social, pero no tenía ni para cambiarse los zapatos rotos y se fue en busca de un futuro prometedor”, cuenta. Consuelo dice que se conforma con ver a su hijo feliz en un exilio donde el despacho de pizzas se ha convertido en su oficio de cabecera. La idea de irse también asalta a su hija, quien no descarta abandonar el país el próximo año.

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La ciudad afantasmada

Hay quienes creen que Caracas es un espectro de sí, un espejismo de aquella ciudad con altas aspiraciones y que, en palabras de Alí Machado, vecino de El Valle, no deja de ser una aparición. Para quienes transitan la capital en la noche, cuando la marcha acelerada se hace norma, la falta de alumbrado público representa un problema crónico. El drama exige tomar previsiones que en algunos casos se tornan dramáticas: el encierro.cita-kiosko-2

De alrededor de 30 quioscos que hay en la Urdaneta, 70% no tiene alumbrado, manifiestan adjudicatarios. Para los ocupantes el fin de la tarde marca el retorno a casa. Después de las 6:00 Antonio Velázquez dice que tiene dificultades para poner el candado. Su baja visión no le permite hacerlo con agilidad.

Alí Díaz Pérez solo tiene revistas de páginas amarillentas para ofrecer. Las vende a precio de remate y lo mejor de todo, dice, son los clientes quienes fijan el precio. “Acepto lo que me den porque la cosa está muy dura. Cada vez menos gente se interesa en las revistas y, como entenderás, yo vivo de esto. Es mi única entrada junto con la pensión”, añade el hombre quien se presenta como discapacitado.

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Las aceras pegajosas, con la basura que aún no se recoge son los caminos que conducen a los quioscos, lugares que en otros tiempos eran el expendio de periódicos, una actividad que prácticamente ha desaparecido. Los que han sido víctimas de la inseguridad, reiteran que la venta de impresos es una actividad prácticamente obsoleta. Judith Marcano asegura que los quiosqueros han quedado para dar direcciones. Piensa que hacen el trabajo de los letreros que faltan en la ciudad. “Mucha gente viene, me da los buenos días y cuando creo que por fin me va a pedir algún producto, sueltan la pregunta de siempre: ¿dónde me queda la Cancillería?”, ejemplifica en un tono de remedo.

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La caja chica de los delincuentes

Existe también un hábito que se ha perdido, el trato personalizado a los compradores. Judith Marcano explica que la gente ahora está más retraída y algunos manejan sus relaciones con cautela. “El comerciante de enfrente, que me pedía café, se fue y cerró el negocio. Nueve personas quedaron sin empleo en esa tienda. Y prácticamente ya no tengo quien me compre”.

En sitios como Europa o Estados Unidos, los quiosqueros también saben de la crisis de periódico que mengua la industria editorial. En España, advierte un artículo publicado recientemente por el diario El País, han cerrado más de 15% de los puntos de venta de periódicos y revistas en los últimos cuatro años, según datos de la Agrupación Nacional de Vendedores de Publicaciones. Pero en Venezuela no existen cifras que retraten el fin de un servicio relegado.

cita-kiosko-1Mientras ello ocurre, algunos comerciantes se quejan y dicen que son la caja chica de los delincuentes, hombres desvergonzados que se aprovechan del poco efectivo que manejan y que cargan hasta con las gaveras de refresco. Para los más afectados por este flagelo, la realidad se torna encarnizada. Es el espejo de una ciudad que se desarticula también con el déficit de transporte, un servicio que languidece después de cada tarde transcurrida.

La última ordenanza que regula a los quiosqueros en Caracas data de 1982. A propósito de ello, este año el Departamento de Economía Informal de la alcaldía de Libertador exigió a los quiosqueros cancelar impuestos mensuales, después de 20 años sin hacerlo. Tendrán que cancelar 20  unidades tributarias por el uso de las áreas públicas. Pero lo comerciantes se niegan a pagar el monto, pues reportan un descenso de 60% en las ventas.

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