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Robos de la PNB, los vemos y sabemos

portamilagros2
13/06/2017
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FOTOGRAFÍA: AFP

Un video registra cómo un grupo de policías nacionales roba, manosea y expolia a una mujer que manifestaba contra el gobierno. La brevísima filmación es una metáfora y resume del pillaje intensivo que infligió Hugo Chávez al país cuando llegó al poder con su comparsa de uniformados corruptos

La grabación dura 45 segundos. En los primeros cinco vemos dos policías afanados sobre algo que no vemos. Nos damos cuenta, eso sí, de que están sacando cosas que introducen en los bolsos con gesto raudo, experimentado. Un arbusto, en el borde izquierdo, nos impide ver qué saquean, contra quien se ceban, qué los retiene con tanta diligencia. La presa está reducida a un ángulo muy estrecho, la han arrinconado de manera que no le quede margen de acción y no sea vista desde el exterior.

En el segundo seis llega un tercer uniformado. Observa lo que está ocurriendo con la tranquilidad de alguien habituado al procedimiento, se da vuelta como para asegurarse de que no hay moros en la costa y que sus compañeros no corren ningún riesgo. Tiene la cara tapada por una máscara antigás. En el segundo 12 entra una mujer por la derecha. La trae a empujones un cuarto uniformado. Ella viene enjugándose la cara con un pañuelo blanco. Viene un poco encorvada, después sabremos que unos minutos antes la habían lanzado al suelo, donde le cayeron a golpes, le robaron el bolso y la mantuvieron inmóvil presionándola con un pie que llevaba una bota pagada por la república. Una pata de esbirro.

La mujer mira lo que está ocurriendo en el rincón. Parece invadirla una nueva oleada de desazón. Está exhausta. Da un paso para ir a sentarse y, entonces, el policía que la ha traído se percata de que todavía puede quitarle algo más; y mientras ella se mueve en el mínimo espacio disponible, el funcionario le toma la mano para sacarle el reloj. Ella no hace nada para impedirlo, salvo llevarse el pañuelo a la cara como para contener el asco que le provoca el contacto con su agresor. Sabe que es inútil oponerse y que cualquier gesto defensivo podría acarrearle más golpes e insultos. Está en shock, además. Es una mujer desarmada, rodeada por cuatro gorilas cuya crueldad ha comprobado hace apenas unos minutos. Y ella es una artista, con exposiciones y participación en libros colectivos, una mujer de especial sensibilidad cuya identidad no podemos revelar aquí, porque los abogados le han prescrito silencio hasta tanto no vaya a declarar en la Fiscalía.

El recién llegado y el tercer policía se acercan a los dos que no han dejado de arrancar jirones al botín. Con camaradería, reclaman su parte. Una vez satisfecha su demanda, se dan golpecitos de gratitud. La escena tiene un aire de televisión barata. Con una sola cámara inmóvil. Los participantes se mueven con morosidad, sin apuro, no tienen la menor inquietud de ser interrumpidos en su labor, ni mucho menos reprendidos por ella. Están cómodos. Concentrados en llevarse lo más posible.

Terminado el despojo, los ladrones con uniforme se van y entonces vemos salir del rincón a una mujer, despeinada y crispada, que se sacude a uno de los delincuentes con un manotazo. No hay que ser un experto en asaltos perpetrados por policías para presumir que la han manoseado por todas partes —en algún momento parece que le han quitado las medias. Han transcurrido 45 segundos. La acción se detiene y nos deja con una sensación de náuseas, de haber presenciado una violación, de estar ante una cabal representación de la cobardía, de la bajeza, de la maldad. Y no hemos visto nada. Apenas dos mujeres atacadas por una banda de malandros que lleva, eso sí, uniformes de la Policía Nacional Bolivariana (PNB). Ellos tienen, pues, cosido en la camisa, el nombre del padre de la patria.

Esto es nada, comparado con las decenas de asesinatos cometidos por militares y policías como represión a las protestas. Es nada, incluso, en contraste con los secuestros, asaltos y homicidios, que se producen en Venezuela por decenas, cada día, en todas las ciudades y pueblos.

citamilagros

Lo que nos horroriza de este video no es lo que vemos, sino lo que sabemos. Lo que nos evoca. Lo que nos pone delante sin resquicio a escapatoria. Esas dos mujeres inermes, en medio de una manada de lobos, son metáfora vívida de nuestros pobre país, sometido al pillaje intensivo desde el mismo día que Hugo Chávez llegó al poder con su comparsa de uniformados. Esos puñitos de júbilo, para premiar la distribución de los pedazos de Venezuela, son los mismos que han recibido Chávez y Maduro de los Castro, de Daniel Ortega y Evo Morales, del partido español Podemos, del Caricom, de los Ramonet y los Danny Glover, de los boliburgueses, de los Odebrecht, en suma, de la fila de chacales que se ha asediado a Venezuela para darle una dentellada, para llenarse los carrillos y volver por más.

E, igual que en el video viralizado de las dos venezolanas expuestas al expolio, siempre ha habido alguien que mira. En el caso de la depredación de que fue objeto nuestro país, lo vimos todos. Paso a paso. Peldaño a peldaño que íbamos descendiendo en la depredación que iba sumiendo a Venezuela en la miseria, en la desolación, hasta reducirnos a este erial que hoy somos. Naturalmente, hubo testigos cercanos, de primera línea, que estaban allí, a un palmo de las hienas, que escucharon los desgarros del país, sus gritos de dolor y de miedo. Ha habido testigos de primera línea, corresponsables de la destrucción de Venezuela. Están quienes se aprovecharon, exactamente igual que los PNB malandros del video; y quienes vieron y callaron, quizá esperando su turno para arrancar un pedazo de la muñeca de nuestro país. Están también quienes han visto y han justificado, por odio, por envidia, por resentimiento.

Dentro de unos días, las víctimas de los abyectos PNB nos darán su testimonio. Conoceremos detalles aún más viles de lo que vimos en el video. Lo mismo ocurrirá con el país. Al día siguiente del final de la dictadura, nuestro país, desgreñado, arqueando como a punto de vomitar por los gases, y adolorido por los puñetazos en el abdomen, empezará a decirnos lo que nos falta por saber. Todo saldrá a la luz. Cómo se arrojaron sobre él para quitarle todo lo que pudieran. Cómo lo llevaron a empellones al rincón de la depauperación y el endeudamiento. Cómo arrasaron con sus instituciones, su infraestructura, su patrimonio. Cómo lo robaron, vaciaron sus arcas, repartieron a espuertas sus recursos. Cómo se burlaron de su historia y de su cultura. Cómo hicieron trizas su democracia y sus valores. Lo veremos todo. Será una forma de pornografía: una lupa a las entretelas de la corrupción. Y tendremos que vivir con eso.