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La civilidad de Rómulo Gallegos está a buen resguardo

Gallegos Foto Fundación Fotografía Urbana
02/08/2016
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FOTOGRAFÍA DE PORTADA: FUNDACIÓN FOTOGRAFÍA URBANA | FOTOS EN EL TEXTO: ADRIANA L. FERNÁNDEZ

La rectitud de Rómulo Gallegos marcó su paso. La huella del primer presidente electo de manera directa, secreta y universal no se borra ni en la historia, ni en la literatura. Ser fiel creyente de que el poder civil impera sobre el militar le valió un derrocamiento presidencial, pero no quebrantó sus principios. El 5 de abril de 1969 murió quien fue testimonio de cultura y vida democrática en Venezuela

El siglo XIX parece lejano. Aun así, 1884 fue el año que dio nacimiento a un hombre de ideas cívicas avanzadas para la época. El 2 de agosto de 1884, Rómulo Gallegos se convirtió en el primogénito de Rómulo Gallegos Osío y de Rita Freire Guruceaga, y en el mayor de cinco hermanos a quienes cuidaba con recelo desde que quedó huérfano de madre a los 12 años. A esa edad, su futuro como sacerdote fue interrumpido y abandonó el Seminario Metropolitano para ayudar a su padre con la crianza de sus hermanos.

El camino se bifurcó. Ya no sería el mundo religioso el que lo acogería, sino el de las letras y la política. Como educador, político y escritor se invistió de civilidad hasta los últimos días de su vida. La pedagogía le permitió ser profesor de personajes que figuraron en la esfera pública venezolana. Raúl Leoni, Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba, Armando Zuloaga Blanco, Miguel Otero Silva, Edmundo Fernández y hasta Jacinto Convit pasaron por las aulas del Liceo Andrés Bello, donde fue profesor de Matemática, Filosofía y Psicología Pedagógica.

Con letra palmer y a mano, es descrito como “trigueño” en uno de los pasaportes que conserva su hija Sonia Gallegos. El documento prescribe de cuando el país era llamado “Estados Unidos de Venezuela”. Fotografías, vajillas presidenciales, manuscritos y otros objetos se unen a lo que su hija tilda como “vejestorios”. Gracias a esas reliquias, el apartamento donde vive en la Plaza Francia de Caracas es un refugio de la memoria de su padre.

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Para la historia, Rómulo Gallegos, fue un ejemplo de decoro, en sus retratos lo ilustran reservado. “Era muy serio, pero en el fondo era un alcahuete y también generoso. Él cobraba el derecho de autor (por sus obras) y empezaba a repartirlo. Al vigilante que no tenía donde vivir, le dijo que buscara una casita y él se la compraba, y así lo hizo”, recuerda Sonia Gallegos. Extender la mano para ayudar, no suponía problema para él. Desde la muerte de su madre, veló por la protección de su familia. Con su esposa Teotiste Gallegos no tuvo hijos, no podían porque ella era diabética y un bebé significaba un alto riesgo para su vida. A finales de los años 30, siendo tío-abuelo de Sonia y Alexis, los acogió como hijos propios cuando quedaron huérfanos a los 3 y 5 años de edad, respectivamente. “Ustedes dos son adoptados pero para mí son mis hijos y no acepto que nadie me los maltrate. El que se meta con ustedes, en la vida le irá muy mal” les profirió una vez. Cuando su hermano Pedro enviudó, él se lo llevo a vivir consigo para aminorar su soledad. Hasta las disidencias políticas las ponía de lado. Pese a que Gabriel Bracho era comunista —ideología aborrecida por él— le compró pinturas para ayudarlo económicamente.

De Los Palos Grandes al exilio

Altamira y sus alrededores era su zona predilecta de la capital. A principios del siglo XX, la urbanización distaba físicamente de lo que es en el presente. No había edificios ni grandes estructuras. Él se encantó por la similitud que tenía con el campo. Vivió en la quinta Marisela, ubicada en Los Palos Grandes. Allí se sentaba en la terraza a contemplar El Ávila o se balanceaba en un mecedor en la acera mientras veía pasar a la gente. “Era muy observador. Siempre tenía libretas donde describía los paisajes y lo que veía. Una vez se quedó sin libretas y llenó de anotaciones un diccionario de francés que cargaba”, comenta Sonia.

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Su corto mandato presidencial lo asumió desde su vivienda residencial. Durante nueve meses fue presidente de Venezuela. El primero electo de manera directa, secreta y universal el 16 de diciembre de 1947 con más de 80% de los votos. Se convirtió —y continúa siendo— el mandatario que ha obtenido mayor porcentaje de votos a su favor. Pero el logro democrático fue depuesto por un golpe de Estado militar el 24 de noviembre de 1948, encabezado por Carlos Delgado Chalbaud. Sonia afirma que “él se llevó una sorpresa, aunque la esposa de Carlitos le decía siempre ‘Rómulo, cuídate de Carlitos’ y él le respondía ‘Lucía, no seas absurda’. Quién sabe qué sabía ella”.

Ese 24 de noviembre “fue horrible. Ese día estábamos todos en la quinta. Cerca vivían dos sobrinas de Teotiste y ahí nos pusimos todos los niños, los primos. Todos con piedras para defender a mi papá, pero imagínate, cuando yo vi a dos militares que iban con mi papá y mi mamá para montarlo en el carro y llevárselo preso para El Paraíso, yo solté las piedras, salí corriendo, me abracé a las piernas de mi papá y me puse a llorar”, relata Sonia. “Llamaron a mi mamá el 3 o 4 de diciembre y le dijeron: ‘Arregle su equipaje porque en la madrugada los vamos a buscar para llevarlos a La Guaira’. Llegamos y nos montamos en el avión. Le preguntaron a mi papá ‘¿A dónde quiere ir?’ y él respondió que a Cuba. El recibimiento allá fue genial porque estaba Prío Socarrás que había ido a Venezuela siendo mi papá presidente”. En La Habana vivieron pocas semanas porque la vida era muy costosa y el calor agobiaba a la familia.

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La estadía más larga fue en México, donde vivieron desde 1949 hasta la caída de la dictadura perezjimenista en 1958. El país centroamericano albergó a exilados de diferentes latitudes y a una gran comunidad venezolana. Verbenas y fiestas benéficas se organizaban esporádicamente para ayudar a los exilados que lo necesitaran. “Nosotras, las muchachitas, bailábamos joropo, el Pájaro Guarandol; también La Bamba y demás bailes mexicanos para recoger fondos para los que no tenían. Si iba a nacer un niño de un exilado, se recogía dinero para pagarle el hospital. Éramos muy unidos. Allí no había diferencia política. Había uredistas, adecos y comunistas”, recuerda Sonia.

En el exilio, Gallegos se ganó una familia conformada por intelectuales, pero también perdió a su esposa Teotiste. En 1950, un día rutinario como cualquier otro, instantes antes de subirse al carro, ella se quejó con su marido de un dolor que la afligía y antes de que él pudiera preguntarle dónde lo sentía, ella se desplomó en sus brazos y murió. La repentina partida los afectó a todos. Su hijo Alexis estuvo un mes con fiebre y su esposo Rómulo, nunca se acostumbró a vivir con su ausencia. Por meses, visitó su cuerpo embalsamado en el Panteón Español de México para contemplarla.

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Sonia no olvida que los correteos y el alboroto que causaban los juegos de ella con su hermano, no perturbaban a sus padres. En medio de la algarabía, permanecían agarrados de la mano escuchando ópera. El autor de Doña Bárbara,y otra decena de novelas, no recuperó tal serenidad. El duelo lo siguió como una sombra constante. No volvió a vestir de color y, al regresar del exilio, vendió la quinta Marisela porque para él ya no tenía sentido vivir allí sin ella. Se mudó a la quinta Sonia, el hogar que construyó en la avenida Luis Roche donde perduró hasta su muerte el 5 de abril de 1969.

Muchas décadas atrás, paseando por El Valle —zona de Caracas donde residía la familia Arocha— él vio a tres hermanas sentadas en la ventana de una casa. Eso bastó para enamorarse de Teotiste Arocha y enviarle cartas a su madre, clamándole el permiso para ser su yerno. En 1912 se casaron y, aunque Teotiste falleció 38 años de matrimonio después, su recuerdo nunca se desprendió de Rómulo. En una visita al Cementerio del Sur —donde fue sepultada cuando retornaron a Venezuela— le dijo a Sonia: “Prométeme que nunca me sacarás de aquí. Siempre estaré al lado de Teotiste”. El deseo de no ser separado de su amada fue la razón por la cual la familia Gallegos declinó enterrar su cuerpo en el Panteón Nacional, como lo ordenaba un decreto firmado por el presidente Rafael Caldera.

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Legado que trasciende

El arraigo de sus convicciones nunca se desvirtuó. Ni su amor por Teotiste, ni su fe en la democracia, ni su placer por el mundo cultural se disipó en el tiempo. La rectitud fue su horizonte y, apegado a sus principios, no temió rechazar elogios. En 1948, recibió el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Columbia, el cual declinó siete años después cuando la misma condecoración se le otorgó al dictador guatemalteco Carlos Castillo Armas. “Su legado es la honestidad. Nunca fue echón. Y nosotros, los herederos, no podemos creernos la maravilla del mundo por venir de un señor así”, sentencia su hija Sonia.

Otras casas de estudio le concedieron la misma distinción que sí aceptó. El abanico es criollo y extranjero: la Universidad de San Carlos (Guatemala, 1951), la Universidad de Costa Rica (1951), la Universidad de Oklahoma (Estados Unidos, 1951), la Universidad Central de Venezuela (1958), la Universidad de Los Andes en Venezuela (1958) y la Universidad del Zulia (1958). Su nombre circuló entre los nominados al Premio Nobel de Literatura en 1960 y obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1958. No escasean los halagos para con su obra que insertó a Venezuela en la palestra literaria del siglo XX. Y aunque su mandato político fue interrumpido, su compromiso con la vida democrática no caducó. Sus pupilos en los pupitres fundaron Acción Democrática, partido político que todavía calza en la vida política y en el cual él mismo militó. Sus libros son de lectura obligatoria en la vida escolar. Lo paradójico es que entre más años pasan desde la publicación de sus obras, la barbarie que plasmaba en letras se asemeja más a la realidad presente.

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