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San Antonio del Táchira, frontera de la tristeza

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24/08/2017
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TEXTO: LORENA ARRAIZ | FOTOGRAFíAS: GUSTAVO VERA

La frontera más caliente de América Latina bulle en tiempos de constituyente. Los problemas de Venezuela no amainan, y la certeza de que otras fronteras aguardan mejores futuros se consolida. Cruzar el puente internacional Simón Bolívar sirve para buscar comida pero también para aspirar una vida sin las limitaciones impuestas por el socialismo del siglo XXI

Ibrahim tomó la decisión de irse porque día a día se agravaba la situación en el país. Sintió que no tenía esperanza y futuro, y se lo planteó a su novia a quien le había pedido matrimonio meses antes. Mucho amor, sí, pero poca fecha concreta. No había sitio para vivir juntos y solos, tampoco cómo equipar un hogar para su nueva familia. Solo un anillo y una promesa, reiterada, con el peligro de vencerse.

Él trabajaba de taxista en San Cristóbal y ella en una tienda de la capital tachirense, pero ni juntando los dos ingresos económicos podían alquilar alguna habitación y mucho menos un apartamento completo. La luz llegó desde otras fronteras, en Ecuador, donde un primo del joven de 30 años le lanzó una invitación: Vente y aquí trabajas en mi restaurante.

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La llamada desde aquel país ocurrió apenas algunos días antes de concretarse la tan temida elección a una Asamblea Nacional Constituyente convocada por Nicolás Maduro. Si la situación política y económica del país es aguda, con la instalación de un suprapoder que atornille al chavismo gobernante en el poder, sin límites ni contrapeso alguno, el panorama no es alentador.

Ibrahim presintió que las cosas se pondrían más difíciles en Venezuela, que la Asamblea Constituyente de Nicolás Maduro, que preside Delcy Rodríguez, solo se usará para someter y empobrecer más a la gente. No lo dudó más y pidió dinero prestado a su familia para comprar los pasajes. “Nunca me imaginé que me iría de Venezuela. Es duro porque nunca debieron arruinarnos las oportunidades a los jóvenes. Mi mamá trabajaba y se compró una casita y un carro en su época, yo no puedo comprarme un mercado completo para dos personas”, justifica el muchacho su partida.

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Ser tachirense y vivir en el terruño le indicó que la ruta más fácil era tomar un autobús directo desde Cúcuta hacia el país donde Lenín Moreno ganó las presidenciales y comenzó a distanciarse de Rafael Correa. Era un hecho que su salida de Venezuela sería por tierra, cruzando el Puente Simón Bolívar. Una despedida poco ceremoniosa, sin Cruz-Diez y sin la nostalgia de ver la ciudad por última vez desde las alturas. Pagó 210 mil pesos en Rutas de América, autobuses que enfilan al sur desde su terminal en Cúcuta, que se llena de pasajeros obligados a hacer cola parados, sin sillas ni sanitarios disponibles.

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Pero antes Ibrahim debió lidiar con la burocracia del Saime, el calor de la zona y tener que pasar el puente internacional Simón Bolívar caminando con su maleta pesada, y solo. Reconocía a quienes se iban del país por el equipaje puesto que los venezolanos que van a comprar los productos que escasean en Venezuela llevan bultos liviano mientras que los viajeros llevan los suyos llenos de ropa y nostalgia.

Tres veces debió abrir su equipaje a guardias nacionales que estaban en puntos diferentes. “¿Qué lleva?”, “¿cuántos dólares tiene?”, son las preguntas más recurrentes que hacen los custodios de la frontera. Alguno aprovecha. Y más adelante, mientras recorría el puente, escuchó las ofertas de las personas: “le llevo la maleta”, “le compro cabello”, “pasajes para Ecuador, Perú y Chile”.

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También se cruzó con Isaura Vanegas, de 28 años, que calmaba el llanto de su mamá, hermana y sobrino. La maracucha debía dejarlos atrás para completar el cruce del puente internacional, pues solo ella tenía pasaporte sellado en mano. Los demás no tenían ni siquiera la tarjeta migratoria fronteriza que otorga Colombia. Las lágrimas enjuagaban un conciencia amarga: “me voy del país porque lo jodieron los chavistas”. Su destino era Perú donde sabía que estaban apoyando a los venezolanos y que podría conseguir un trabajo. “Aquí ya no hay más nada que hacer”, decía la ingeniero industrial que se comprometía con los suyos a enseñarle a los peruanos a decir “verga”.

Ambos, el tachirense y la marabina, caminaron sobre el río y entraron a otro territorio, arrastrando tras de sí 20 kilos, cada uno. Isaura necesitaba llegar al aeropuerto, Ibrahim apenas al terminal de autobuses para llegar hasta Ecuador, y alcanzar Quito. Allí también cruzó su historia con un centenar de venezolanos que esperaban bus. Todos hablaban de lo mismo, de la falta de futuro, de la llegada de la dictadura, de la necesidad de partir antes que Miraflores prohibiese la huida. El joven solo pensaba en poder reunir dinero para ayudar a su familia y casarse con la novia que dejaba atrás, con un anillo en el dedo.

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El sello lo es todo

La sede de Migración Colombia está ubicada en el extremo del puente internacional. Un edificio de paredes blancas que protege a los viajeros del sol y la lluvia, una vez que están dentro. Pero la cantidad de personas que acuden a sellar su pasaporte, obliga a que la espera sea a la intemperie. Carlos, un venezolano que se guarda el apellido, aprovecha la oportunidad y vende cupos en la cola por 10, 20 ó 30 mil pesos. La cifra varía según el número de personas que requieran colearse. El gentilicio puede más.

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El hombre, de 28 años, dice que en esa oficina ha presenciado gritos, llanto y frustración. Dice estar “curtido”, pero se entristece cada vez. “Uno aquí se da cuenta que hay mucha gente que se va sin saber qué va a hacer. Es muy fuerte. Ya la gente sale por aquí para huir de Venezuela. Por aquí pasa de todo”, desliza.

Adentro de la oficina, las ventanillas están llenas de usuarios. “¿Si voy a sellar pasaporte para ir, aquí mismo, a Colombia, qué requisitos debo tener?”, pregunta Jimena Loaiza Pérez. Le responden que debe presentar un pasaje comprado y mostrar una dirección donde llegar. “¿Pero una dirección de una casa o de un hotel”?, insiste la mujer de unos 60 años. Tomando un respiro, el funcionario dice: “no importa, debe tener una dirección del jugar donde va a llegar”. Las interrogantes son muchas. Desde cómo casarse en Colombia hasta cómo hacerse de la nueva tarjeta de temporalidad que está otorgando el Gobierno colombiano. La aclaratoria cambia los rostro hacia la desilusión: solo los venezolanos que sellaron pasaporte de entrada a Colombia antes del 26 de julio pueden optar a ese beneficio. “Llegué tarde”, suelta una joven.

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Según registros colombianos, entre 25 mil y 30 mil personas cruzan la frontera del Táchira diariamente, por Ureña y por San Antonio. De esos, casi 3 mil lo hacen estampando sellos en pasaportes de salida en Venezuela y de entrada en Colombia. La mayoría son migrantes, entre 2.000 y 2.500 optarán por quedarse en ese territorio o continuar a nuevos destinos para nunca volver. El resto va y viene, hace mercado, compra insumos, resuelve el día, estudia, trabaja. Es una frontera muy caliente. “Vienen a Cúcuta a comprar lo que necesitan y conformen entran, se devuelven a Venezuela. Son personas de todas partes de Venezuela”, explica un funcionario de Migración Colombia que resguarda su identidad. El movimiento aumenta, según confirma, en días feriados o cuando “se acentúan los problemas”. Los nervios empujan.

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Todo ello sin tomar los pasos ilegales, fuera del ojo avisor de las autoridades. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) cuantifica en 250 las trochas existentes en el Táchira. La Asociación de Colombianos en Venezuela cree que el dato ya aumentó a 280, según Juan Carlos Tano, su presidente. Pero quien quiere emigrar legalmente debe sellar pasaporte. Como Camila Guerrero, de 23 años, que aguarda en la cola de Migración Colombia aspirando que el sistema del país vecino no sea tan obsoleto como el del Saime en San Antonio, donde estuvo caído dos días impidiendo salir legalmente del país.

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El cansancio se evidencia en su rostro, como el de su hermano y su madre. Llevaban 18 horas viajando desde Caracas por tierra, con la mirada puesta en llegar a Medellín donde tienen familia que los recibirá. Las caras también denotan pérdida. “Nos vamos porque a los chamos los están matando. Estén o no estén protestando los mata el gobierno, el hambre, los choros o las enfermedades”, se queja María del Sol Fernández, madre de la muchacha. Fue ella quien tomó la decisión. Casada con un colombiano, vio allí la tabla de salvación. “En Caracas yo trabajaba en una oficina contable en El Paraíso pero ya no vivíamos sino sobrevivíamos. Esta gente del gobierno le acabó la ilusión a todo el mundo”, reclama.