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Saunas de Caracas: hard sex al vapor

Ilustración-Sauna-Gay-Pinilla
17/10/2017
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ILUSTRACIÓN: FERNANDO PINILLA
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La oscuridad y el calor activan la libido en locales para caballeros que buscan un desahogo sexual. La sauna ofrece privacidad y comodidad a usuarios que poco hablan entre sí: el tacto y la vista extienden la invitación. Los feriados y fines de semana, más de 300 personas asisten al más popular, ubicado en Sabana Grande, lo que se traduce en pingüe ganancias por jornada

El medidor de la pared marca 50 grados centígrados, pero los besos son fríos. El roce de dos cuerpos desnudos no produce calor con esa temperatura abrasándolos. La piel no suda, está invadida por el vapor y la presencia de curiosos que rodean a las dos siluetas calcadas bajo un tenue bombillo rojo. Un cruce de miradas los arrastró hasta ese rincón. Los dos desconocidos se adivinan con las manos. El rubio ya sabe que al moreno no le gusta que le muerdan las tetillas, y el moreno descubrió que el rubio se activa si lo toma por el cuello.

No median palabra, el tacto les da las respuestas, es el sentido que más se agudiza en medio de la espesa penumbra. Mirar, tocar y acabar. Esos son los únicos verbos que importan en este y otros saunas caraqueños, donde hombres, responsables de su sexualidad, buscan pasar el rato con un compañero de orgasmos.

“Hagan una fila pegados a la pared, por favor”, advierte el recepcionista para que quepa más gente en el lobby. Es viernes, día concurrido en el local ubicado en el sótano de un centro empresarial en Sabana Grande, que puede llegar a recibir más de 300 visitantes en un buen día. Los interesados bajan las escaleras, ven el cartel que identifica por fuera a la sauna para caballeros y tocan el timbre para que se abra la puerta forrada con papel ahumado.

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“Por los momentos me quedan bolsas para que guarden sus cosas”, es la alternativa improvisada que ofrece el encargado para que la fila avance un poco, pues, a las 3:00 de la tarde los 100 lockers y los 30 vestuarios privados están todos alquilados. No hay límite en el tiempo de permanencia una vez que se paga la entrada.

Sigue sonando el timbre y no hay más espacio en el salón. Cuatro muchachos deben esperar afuera sin prisa, aún hay chance de pasar, a las 9:00 de la noche se apagarán las calderas. En la cola varios hombres agachan la cabeza para hacerse invisibles. Se avergüenzan ante los presentes, entre los que puede estar un ex, un compañero de trabajo o un familiar. Sin embargo, saben que una vez adentro el pudor se queda en la puerta.

Se rompe el silencio: “yo quiero una bolsa”, dice uno de los muchachos visiblemente ansioso por no seguir esperando. “Yo solo venía si me acompañaban mis amigos, como para compartir ese sentimiento de culpa por creer que algo malo pasará. Después comprendes que es solo diversión y, siempre y cuando te cuides, no tienes por qué sentirte mal”, cuenta mucho más calmado Carlos Chacón, minutos después que terminó la cola. 45 o 39 son las únicas tallas de cholas petroleras que quedan en un estante del salón de lockers. Aprietan o quedan holgadas, ninguno consigue su par ideal. La bolsa que dan en la entrada trae un pareo para envolver la mercancía y una toalla para secarse después de la faena.

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El local debe ofrecer ese kit a los usuarios por ordenanza del Inpsasel —el Instituto Nacional de Prevención, Salud y Seguridad Laborales—, así lo especifican en un cartelera informativa en la que demuestran que mantienen su papeleo al día. Bajo la licencia de expendio de licores hay un pendón que precisa algunas normas. “Este es una sauna terapéutico”, es la razón social del establecimiento y la coartada con la que los encargados se desentienden de lo que pueda pasar en la oscuridad de las esquinas.

En las áreas iluminadas —gimnasio, piscina, cantina y sala de proyección de video— no está permitido el toqueteo, besuqueo, ni mucho caminar desnudo. “La piscina es para uso deportivo y recreacional, cualquier otro uso será sancionado”, es otro de las advertencias escritas para quienes se atrevan a trasladar la acción dentro del agua. Estas reglas no aplican en las zonas que están fuera del alcance de los bombillos delatores.

El campo de batalla

Abdominales marcados y barrigas flácidas, espaldas anchas y hombros caídos, pieles tersas y estriadas, lomito y pellejo. Al menos 150 personas se pasean por las cuatro salas de vapor conectadas entre sí por largos corredores.

Solo el pareo cubre los cuerpos de quienes emprenden una cacería en la que presas y depredadores no saben con qué se van a topar. “La primera vez que vine creí que solo me encontraría con gente que nadie quería, pero no. Esto un micromundo en donde hay de todo. Ese día debuté con un actor colombiano que trabajaba en Betty la Fea, estuvo de visita en Venezuela y le recomendaron ir a un sauna”, revela Luis Ramírez, estudiante de odontología que asiste una vez a la semana al local.

Él es uno de los clientes más atlético de esa tarde. Se pavonea por los pasillos. Sabe que, en ese mercado de carne, está mejor cotizados que el resto de los presentes. Las miradas de la mayoría se posan sobre su esculpido cuerpo, pero pocos se atreven a abordarlo. “Un buen físico tampoco garantiza el éxito total acá. Hay quienes solo les importa el tamaño del guevo. Si lo tienes chiquito te descartan sin más ni más después de que te lo agarran. Uno se siente un objeto. Pero ese es el juego en el que decides participar”, agrega Ramírez.

Hay una hilera de hombres recostados de una pared. Una mano imprudente va tocando sus penes en fila. Algunos dan matonazos para expresar rechazo, otros sueltan un “¿qué pasa, pana?”, y hay quienes se dejan manosear. Este tipo de clientes suele ser mal visto entre el grupo de personas que prefieren un corto, pero efectivo, juego de seducción. “El que muestra el hambre tan feo, no come”, resume el estudiante universitario.

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Después de internarse media hora en la penumbra, la visión se adapta y capta algunos detalles con ayuda de unas sutiles luces rojas. El cruce de miradas a corta distancia es el preámbulo de los encuentros de quienes se sientan en los bancos o se paran frente a las paredes a esperar que ocurra el clic. Tropezar sutilmente a alguien es también una invitación a internarse en los laberintos vaporosos por los que circulan de un lado a otro hombres que no tienen tiempo que perder insistiéndole a alguien. Este no presta atención. Siguiente. Este es guapo pero lo tiene chiquito. Siguiente. Es un vecino. Siguiente. Este es…

Una vez hecho el clic, quienes acceden al encuentro son los únicos que ponen los límites de su lujuria. Masturbación, sexo oral, penetración, con o sin condón, todo depende del grado de responsabilidad de cada cliente sobre el ejercicio de su sexualidad. “Fijar los ojos en la otra persona es más que suficiente para tener sexo ahí mismo, en frente de todos, o en las cabinas privadas que tienen una colchoneta delgada”, cuenta Daniel Rincón, un usuario frecuente desde los ochenta, época en la que estos locales se popularizaron en Caracas, ciudad en la que actualmente operan dos más en Sabana Grande, uno en La Candelaria y en Altamira.

Dos saunas en Valencia, uno en Maracay y Mérida completan el mapa de locales a nivel nacional. “Esta es una buena opción para matar el queso. Es más seguro que buscar que te maten en un baño y muchísimo más barato que un hotel en donde no sabes si aceptan gays. Algunos mataderos te rebotan o te hacen pagar una habitación doble”, afirma Rincón, quien denuncia las pocas opciones privadas de desahogo sexual para los homosexuales.

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Abre la boca pero no hables

Ni mucho gusto ni chao. Dentro de los códigos para tener sexo en una sauna no existe la presentación verbal, mucho menos las despedidas después que se acaba. “Acá das primero el culo antes que el nombre”, dice el cliente Miguel Angola. “La mayoría llega al orgasmo, recoge su pareo y se va a las duchas para descansar y luego buscar el segundo round”. El menú es “all you can eat”.

Una palabra puede poner en riesgo la continuación del encuentro sexual. “Es tomada como amenaza, como una mala noticia, como un algo fuera de lugar. La palabra solo se hace pertinente como requisito en dos situaciones. Una, muy breve, en la que tiene el fin de comunicar la necesidad de traslado a otro sitio para continuar el encuentro. Otro, para establecer un vínculo más formal”, describen los profesores universitarios Carlos Gutiérrez y José Benitez en la investigación titulada Los vapores del deseo: Dinámicas de cortejo y desaire en saunas de Caracas, incluida en el libro Sabanagay de Carlos Colina.

También preguntar demasiado acerca del funcionamiento de una sauna despierta sospechas entre los encargados, quienes solo se limitan a cobrar entrada y responder de manera monosilábica. “Los jefes no pueden admitir que esto es un sauna gay. En especial por la junta de condominio que puede tener gente que se escandalice si agregamos eso al cartel de afuera. Es un secreto a voces lo que aquí pasa, por un tema de mojigatería nacional. A los saunas gays en los países del primer mundo les hacen publicidad hasta en el metro”, cuenta uno de los masajistas que trabaja allí.

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La homofobia o la amenaza de acciones legales en contra del local mantienen el cartel de la sauna sin el adjetivo “gay”. Eso calma a los vecinos conservadores y ofrece la sensación de mayor privacidad a los usuarios. Pero hay un problema. “El hecho de que las saunas mantengan un bajo perfil ha conspirado en contra de la implementación de campañas de información preventiva de tipo sexual y el suministro continuo de preservativos a los usuarios”, explica el sociólogo Carlos Colina, coordinador del departamento de Comunicación, Género y Diversidad Sexual del ININCO (UCV).

Los condones no están incluidos con el costo de la entrada y tampoco se pueden comprar dentro, a diferencia de las saunas de ciudades como Buenos Aires, Río de Janeiro y Nueva York, en los que hay dispensarios de preservativos en cada esquina. “Estas empresas deberían combinar el legítimo negocio con su responsabilidad social y, en consecuencia, identificarse plenamente como espacios sexodiversos e implementar dichas campañas en combinación con las autoridades competentes”, agrega el investigador, que exige el pleno respeto de la diversidad sexual. “Sin tratar de imponer a todos un estilo de vida uniforme como el legítimamente válido. Ni la monogamia y el matrimonio, pero tampoco otras formas alternativas”.

Pese a la falta de preservativos, el fisioterapeuta asegura que genera ganancias considerables prestando sus servicios a hombres que cancelan un masaje terapéutico, con la opción de un “final feliz” si pagan algo extra. “En un buen mes podemos hacer más de 80 mil bolívares, sin contar la propina”, señala.  El sexo al vapor es un negocio rentable. En un día este sauna pude generar ganancias por sobre los 251 mil bolívares solo por concepto de entradas, sin incluir los servicios de comidas que ofrece el cafetín en el que una persona puede adquirir el máximo de cinco cervezas en un vaso plástico.

Acabar bajo presión

Son las 9:00 pm. Se encienden las luces de todas las salas. Es hora de dejar lo que se esté haciendo, la oscuridad ya no es cómplice. El cierre sorprendió a los presentes. Unos bajan la cabeza y apuran el paso a la salida, otros hacen operación remate para eyacular una última vez.  Bajan los muchachos de mantenimiento con tobo y coleto. Recogen los condones tirados en el piso, limpian las paredes, diluyen con cloro el olor a lujuria. Deben dejar todo listo antes de la siguiente jornada. El sexo al vapor se servirá de nuevo mañana desde las 11:00 am.