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Se toparon con el hampa y desaparecieron

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07/11/2017
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TEXTO: NATALIA MATAMOROS | FOTOGRAFÍAS: CRISTIAN HERNÁNDEZ

Los casos de personas desaparecidas siempre hacen pensar en homicidio. Pasados semanas, meses o más, un cuerpo aparece para confirmar la tesis. Pero hay otros donde nunca resurge osamenta alguna. En Venezuela, no hay investigadores suficientes para atender la ingente cantidad de denuncias, imposibles de totalizar por la censura oficial a la data. Quienes pierden a un ser querido pasan a bregar contra su propio dolor y, también, un sistema que lejos de ayudar recomienda rehacer vidas

Sometida a terapias psiquiátricas y a pastillas para conciliar el sueño está desde hace dos años y cinco meses Victoria Moreno. Pese a que lleva un tratamiento riguroso, durante las pocas horas que duerme tiene pesadillas. Cuando recuerda a su hijo, Jordan Duque Moreno, de 34 años, pasa horas llorando. Aún abraza con fuerza su retrato. El 12 de mayo de 2015, Jordan desapareció, luego de que su padre lo dejara frente a la estación Miranda del Metro de Caracas.

A las 9:00 AM de ese día, Ermiro Duque llevó a su hijo hasta ese lugar, para acercarlo a un taller mecánico donde retiraría su vehículo, un Yaris color plata. Antes de bajarse del carro y despedirse, Jordan recibió una llamada. “Solo supimos que se trataba de una mujer, con quien iba a negociar el canje de su carro y su moto por una camioneta Burbuja (Toyota Autana)”.

Pasadas las 11:00 AM, Duque llamó a su hijo para saber si se había concretado el negocio. Quería recordarle, también, que no llegara tarde a casa porque debían viajar a Maracay donde Jordan sería operado del maxilar superior. Cuatro meses antes, había sido víctima de un asalto en el que recibió disparo que le provocó una fractura en la boca que le impedía hablar bien. No pudo hablar con él. Las horas pasaron. Victoria y Ermiro no sabían del paradero de su hijo.

Temerosa de lo peor, su madre le pidió a su esposo que fuera al taller “para saber si se reunió con el mecánico”. Así lo hizo. Entonces a Ermiro le informaron que Jordan había permanecido un rato en el local y se marchó. La preocupación aumentó, y al no saber nada de su hijo decidieron acudir al Cuerpo de Investigaciones, Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) en la avenida Urdaneta. Allí un funcionario en un tono cortante les dijo: “Deben esperar 48 horas para reportar su desaparición, seguramente se fue de rumba. Suele pasar”.

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Pero el de 34 años no era fiestero. Que se hubiese esfumado causó alarma en sus progenitores. “Movidos por la angustia, mi esposo y yo fuimos al estacionamiento donde él dejaba el Yaris y su moto. Ambos vehículos no se estaban. Él los aparcaba en un garaje en El Cementerio, cerca del puesto de perros calientes que tenía arrendado. Le preguntamos a los encargados del estacionamiento y nos respondieron que no lo habían visto ni sabían nada de los vehículos”.

Transcurridas las 48 horas reglamentarias, la familia Duque Moreno seguía en ascuas. Pensaron en un secuestro, pero no hubo llamadas para pedir rescate. Ninguno de sus amigos sabía de su paradero. Nadie lo había visto. Entonces, nuevamente tocaron las puertas del Cicpc. Ahora sí los funcionarios abrieron una investigación. Interrogaron a personas del círculo social de Jordan e intentaron buscar a su mujer, pero los esfuerzos fueron en vano. Los allegados visitaron hospitales y morgues de Caracas y la periferia. Nada.

Pasados dos meses, Victoria recibió una llamada. Habían encontrado el cuerpo de un hombre en el río Guaire con características similares a las de su hijo: tez morena, un metro ochenta de estatura y una cicatriz cerca del labio superior. “Llevé las placas odontológicas para su identificación. Tardaron cerca de 10 días y me dijeron: el cadáver no es el de tu hijo”. La mujer se enteró que los funcionarios cesaron la búsqueda. Había cientos de casos por resolver, y no se daban abasto para continuar con este caso.

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Pero la pareja no se dio por vencida. La entrega los alcanzó, sí, año y medio después, diciembre de 2016. “Me resigné a no volver a ver a mi hijo, ni vivo ni muerto. Ya los detectives del Cicpc cuando me veían bostezaban, me decían: ‘Doñita, acéptelo, es una causa perdida. Maneje el duelo con un profesional que le ayude a sobrellevar la pena’. Ese fue su consejo. Mi esposo dejó de ir a la morgue. También se cansó de ver imágenes que no correspondían a la de nuestro muchacho”, admite.

El manejo del dolor por la pérdida de un ser querido no es ajeno para Victoria. Sus otros dos hijos murieron de una forma trágica. Hace más de 10 años, la consentida, la niña de sus ojos, de 18 años, falleció en un accidente de tránsito. Después, el más pequeño, de 7 años, se ahogó en una playa. “Por lo menos a ellos les llevo flores, pero no tengo idea de lo que pasó con Jordan. No sabes lo que es vivir bajo esta incertidumbre. En los últimos años me he refugiado en la oración y en mi esposo. Ya no creo en la policía, ni en la Fiscalía, a donde también acudí. El caso quedó engavetado”, expresa con dolor.

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Déficit de agentes y poco interés

La poca capacidad de respuesta de la policía científica, según el comisario Luis Godoy, exjefe de homicidios de la extinta Policía Técnica Judicial (PTJ), responde a déficit de personal. De acuerdo con sus cálculos, la escasez ronda los 15 mil funcionarios entre criminalistas e investigadores. “Cuando hay indicios de que las desapariciones podrían tratarse de homicidios, no hay suficiente número de expertos que asuman la búsqueda. Los pocos que hay se abocan a indagar sobre asesinatos concretados, robos y secuestros”, refiere el experto al comentar que en las subdelegaciones ubicadas en el interior del país, la División de Personas Extraviadas ni siquiera está constituida. Sus funciones son asumidas por Homicidios y otros departamentos.

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“La División de Delitos contra las Personas está en la obligación de preparar a agentes que inicien investigaciones penales, cuando se sospeche que hubo homicidios en casos de algunas desapariciones y trabajar de forma conjunta con el Ministerio Público. Deben darle respuesta a los familiares de las víctimas que en muchos casos abandonan la búsqueda, se sienten agotados, cansados y frustrados por la falta de respuesta oportuna”, comenta Godoy. Sin embargo,  hay quienes se han prometido no descansar hasta hallar, al menos, los restos de sus seres queridos.

Es el caso de Lourdes González de Espinoza. Ella no desmaya tras la pista de su esposo, ni porque hace mes y medio una funcionaria del Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses (Senamecf) le dijo: “Chica, ya ha pasado un año que tu esposo no aparece. Tienes que rehacer tu vida con otra persona”. No hay insensibilidad ni consejo que la haga detenerse. No tiene descanso. Todos los meses visita las morgues, va a los hospitales, recorre la ciudad, con la fotografía de José Luis Espinoza en sus manos. “No voy a quedarme tranquila hasta encontrar al menos un hueso de mi marido”.

José Luis Espinoza salió el 17 de septiembre de 2016, a las 9:00 AM, de su residencia en Tacagua Vieja. Se encontraría con un cliente a pocos metros de la plaza Candelaria. El hombre se dedicaba a la carpintería y, en sus ratos libres, aprovechaba su vehículo para hacer “hacer unas carreritas” y redondearse un dinero extra. “Iba a entregar un presupuesto para una cocina. Nunca supe si el encuentro se concretó. Él no tenía teléfono y cuando salió, el cliente me llamó para decirme que lo estaba esperando en el lugar que habían pautado”, explica Lourdes.

Cada día, a las 9:00 PM, José Luis dejaba estacionado su vehículo en un garaje cercano a su casa. Lo hacía religiosamente. Ese 17 de septiembre no llegó. Una hora más tarde, Lourdes llamó a la dueña del parqueadero para preguntar por él. La mujer le dijo: “Él no ha estacionado el carro esta noche aquí y es bien raro porque es un reloj, muy puntual”. A las 11 de la noche, comenzaron las llamadas a los amigos del hombre. “Tenía un presentimiento, tenía la corazonada de que algo le había pasado. Ellos me dijeron: ‘Quédate tranquila, a lo mejor se quedó accidentado y no ha podido comunicarse contigo porque no carga teléfono’”.

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Pero no había forma de que Lourdes se calmara. Esperó despierta que amaneciera e inició su periplo por hospitales. Estuvo también en la morgue de Bello Monte, se paseó por las de Caucagua y Ocumare del Tuy, sin resultados. El caso estuvo en manos del Cicpc y del fiscal 58 del Ministerio Público. Su vehículo, un Hyundai color verde botella, fue localizado al día siguiente de su desaparición en el túnel vegetal, vía Mamporal en Barlovento. “No tenía batería y las cuatro puertas estaban abiertas. La Fiscalía me notificó de su hallazgo dos meses después. Hasta la fecha no se ha sabido más nada del caso”. Más de un año después, no hay rastro de Espinoza.

A sus cuatro hijas, González les habló claro. No inventó viajes, ni otras excusas. “Su padre está desaparecido y lo más probable es que fue asesinado”, les soltó. A quemarropa. Las niñas no aceptan que ese sea el final. Guardan la esperanza de que papá volverá. “Una de ellas me dice: ‘mami, yo sé que mi papi va a venir’. Me parte el alma verlas. Siempre lo recuerdan. No lo olvidan porque saben que fue un padre abnegado y querendón”, gimotea.

Lourdes no ha superado el duelo. Lo lleva ahí, la acompaña, la abraza. El consejo de la funcionaria es un imposible. No le pasa por la mente volverse a enamorar. Está aferrada al recuerdo de su esposo. “Fueron los 15 años más felices de mi vida. Nunca discutíamos. Teníamos diferencias, pero las resolvíamos sin gritos, era un hombre entregado al hogar y a la palabra de Dios”.

En 2014, el comisario Douglas Rico, ahora director del Cicpc y entonces segundo al mando, informó sobre los requisitos que se deben presentar para denunciar un delito de desaparición de personas: tres fotocopias ampliadas de la cédula de identidad del denunciante, tres fotocopias ampliadas de la cédula de identidad del desaparecido, tres fotocopias de la partida de nacimiento (sólo en casos de niños, niñas y adolescentes), y tres fotografías tamaño postal del desaparecido. En caso de que la víctima padezca de algún tipo de enfermedad, el denunciante deberá entregar tres fotocopias de un informe médico.

Ni Rico ni ninguna otra autoridad del Estado han puesto a disposición pública un registro de personas desaparecidas en el país.

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Desesperados y desprotegidos

Las hijas de José Luis Espinoza están atravesando la primera etapa del duelo. Según el psiquiatra forense, Francisco Verde, cuando ocurren este tipo de situaciones los familiares de las víctimas en un comienzo se desesperan, luego se incorporan en la búsqueda, que suele prolongarse hasta un año porque llevan consigo la esperanza de que va a aparecer. En esta fase, explica el profesional, suelen manifestarse trastornos de ansiedad y depresión. Por último, se registran alteraciones cuando se instala la certeza de que la persona no volverá y se imaginan una vida sin ella. Es necesario el apoyo  psiquiátrico. “Todos los que pasan por este trance deben asistir a consultas. El tratamiento combina terapias con la ingesta de fármacos, antidepresivos. Las consultas al especialista requieren apoyo familiar. Es vital el acompañamiento de los allegados para sobrellevar la pérdida”, detalla el doctor.

Pero los parientes de las víctimas no solo deben lidiar con el dolor, el duelo. También deben afrontar un proceso judicial complejo, que tarda años. Pasados 24 meses de la desaparición, explica el jurista Carlos Trapani, se solicita ante el juez de la jurisdicción la declaración de ausencia para que los allegados directos puedan disponer de los bienes. “Si los familiares no tienen recursos para costear los gastos de un abogado que inicie el proceso, pueden acudir a la Defensa Pública, que es el único ente que les puede tender una mano. Lamentablemente, no hay Organizaciones No Gubernamentales que les brinden apoyo psiquiátrico y jurídico a los familiares de esas víctimas. Están desprotegidas”, comenta el experto legal.

Así de desamparados se encuentran los parientes de Pedro Daniel Mosqueda, de 32 años de edad. El 31 de agosto de 2017 salió junto a su asistente, Luis Miguel Pérez, a buscar unas butacas para su vehículo en Mariches, en el municipio Sucre del estado Miranda. En la vía fueron interceptados por dos delincuentes, de quienes lograron evadirse al correr hasta el río Guaire. Pérez se salvó, pero se desconoce si a Mosqueda lo arrastró la corriente. “Protección Civil inició una búsqueda sin resultados. El Cicpc tampoco nos da respuesta”, desliza Yosmira Prado, hermana de la víctima. Apenas han pasado dos meses desde que dejaron de verlo. Su búsqueda apenas comienza. Su drama será largo.

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