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Secuestrar buses y desnudar pasajeros, hampa de carretera

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30/06/2017
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TEXTO: NATALIA MATAMOROS | @NMATAMOROS | FOTOGRAFÍA DE LA COMPOSICIÓN: DAGNE COBO BUSCHBECK

Los delincuentes no se conforman con robar los celulares y carteras de los pasajeros: ahora los desnudan y se llevan sus ropas. También secuestran los autobuses y exigen pingües sumas de rescate. Otros más avispados los desmantelan para vender los repuestos en el mercado negro o los usan para movilizar invitados a los entierros de los pranes de barrios

A las 5:30 pm José González —nombre ficticio para proteger su identidad— estaba agotado, había hecho dos viajes a Barlovento y aún faltaba el tercero para terminar su jornada laboral. Los clientes esa tarde del 12 de abril de 2017 fueron montándose por cuentagotas y mientras desfilaban en el pasillo del bus, el colector gritaba una y otra vez: “Saliendo Higuerote”, “Nos vamos”. A los 20 minutos José arrancó, su unidad está marcada con el número 46, perteneciente a la línea Encarnación que cubre la ruta Caracas – Higuerote.

Antes de tomar el Distribuidor Metropolitano, el conductor prendió el reproductor para escuchar salsa. Algunos pasajeros cantaban, otros dormían y unos miraban por la ventanilla. Durante el trayecto hubo retrasos por las colas. Una vez que llegó a Caucagua, no hubo inconvenientes ni tráfico. Pero al cruzar el sector Río Negro cuatro hombres que viajaban en dos motos bloquearon el paso al autobús. José se vio obligado a detener. Los hombres se bajaron, tenían chaquetas y armas largas. Se montaron. Uno de ellos, de tez morena y con una cicatriz en la mejilla, exclamó: “señores esto es un secuestro, si no quieren plomo, colaboren”.

Los sujetos halaron por el brazo a José y lo sentaron en el asiento del copiloto y uno de ellos tomó el mando del volante. Fueron desviados a un matorral. A las 8:30 pm, obligaron a los ocupantes a bajarse y amenazaron con dispararle al que intentara escapar. Cuenta José que había una mujer embarazada que le suplicó a uno de ellos que le permitiera alejarse un poco para ir a orinar y uno de ellos le dijo: “Ni creas que vas a ir sola, yo te acompaño”. No respetaron su estado, ni su condición de mujer. Entre los pasajeros había tres niños que no paraban de llorar. Uno de los delincuentes les grito a sus madres: “Cállenlos, me tienen loco. No me va a temblar el pulso para dispararles”.

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El grupo armado pidió que se quitaran la ropa. Uno a uno se fue quitándose sus prendas. A uno de ellos se le atoró el cierre del pantalón y los asaltantes le dijeron, apuntándole con el fusil: “¿Qué pasó papá? ¿Te ayudo?”. También sustrajeron los celulares. Al chofer no, le exigieron su número y le advirtieron que lo iban a llamar. Los cuatro forajidos se montaron en el bus y se marcharon. Los agredidos semidesnudos caminaron más de un kilómetro hasta llegar a un módulo de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB). Allí les tomaron declaraciones sobre lo ocurrido. Una comisión salió a buscarlos, pero no hubo rastros. Al día siguiente al mediodía llamaron a José. Le pidieron 5 millones por el Encava. Debía pagarlos en un lapso de 48 horas. “Me reuní con los socios de la línea. Intentamos hacer una colecta entre todos, pero no pudimos recoger esa cantidad”.

Al término del plazo los asaltantes volvieron a llamar a José, quien les dijo: “Solo pude recoger la mitad”. Uno le respondió: “Acércate mañana al puente de Pueblo Nuevo para que recojas lo que queda del autobús”. Dos días después la unidad fue localizada en ese punto, pero convertida en cenizas, la habían quemado. José tenía 15 años con vehículo, con él mantuvo a su familia.  “¿Cuándo vuelvo a comprar un autobús con esta crisis?”, se preguntaba.

Saben quiénes son y dónde ubicar a las víctimas

En el último año han sido secuestradas tres unidades de esa línea, dos de ellas fueron recuperadas con el pago de rescate. La mayoría de los socios y choferes de la empresa Encarnación vive en Mamporal. Los delincuentes los tienen fichados y los han esperado a las afueras de sus viviendas para emboscarlos. Le pasó a Johan Cepeda. Eran tres hombres que se escondieron entre los matorrales y cuando sacó su camioneta a las 5:00 am del viernes 14 de abril, lo emboscaron. Se subieron en ella y le preguntaron en tono irónico: “¿Adónde vas tu pajarito? Él no pudo responder por los nervios, por el cañón del arma que lo amenazaba. Cuatro días después el bus fue hallado desvalijado. Inservible. Para recuperarlo, había que invertir más de 50 millones de bolívares en repuestos que no se consiguen. Los compañeros de Johan cuentan que a los días, a través de una carta muy sentida, él renunció a la línea y se fue del país. Según los cálculos de los socios de la línea, 50 choferes de los 200 con los que cuenta la organización renunciaron en el último año porque fueron víctimas de la inseguridad.

Julián Aponte es compañero de Johan. También se marchó del país. Ahora está en República Dominicana ¿La razón? Dos sujetos, integrantes de la banda de  El Chucky de Higuerote, se montaron en buseta y lo apuntaron después que descargó a los pasajeros en la terminal de esa población. Los hombres le advirtieron que en dos días debía dejar el vehículo en una estación de gasolina a las afueras del municipio Brión, de lo contrario le iban a matar a su familia. Julián se mudó con su esposa provisionalmente a casa de un tío en Caracas, no podía regresar al pueblo porque conocían a su familia y sabían dónde vivía. Le pidió prestado a sus parientes para comprar los pasajes. Días después se había instalado en Santo Domingo. No quiere regresar. Su casa la dejó amoblada, a riesgo que la invadan y la unidad la maneja su hermano. Él también tuvo que mudarse de la zona. No tuvieron otra opción. Era arriesgarse o vivir bajo el acoso de una organización delictiva que pide peaje y extorsiona a los transportistas.

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Una fuente de la División contra Robo de Vehículos del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (Cicpc) indicó que a la semana recibe entre ocho y 10 denuncias de robos de unidades en la región de Barlovento. De esa cantidad, al menos seis de los casos formulados corresponden a la modalidad de secuestros. En otras ocasiones birlan las piezas para luego venderlas en el mercado negro. Este tipo de operaciones las ejecutan en horas de la noche en la vía Oriente (Troncal 09) y la autopista Gran Mariscal de Ayacucho. En lo que va de 2017, según la fuente, han sido capturados siete personas que integran las bandas de Los Capracios, El Morao y la de Sotillo, dedicadas al robo y secuestro de transporte público y camiones de carga.

Delito en ascenso

Hacia las poblaciones de Charallave y Ocumare los secuestros de autobuses han ganado terreno. De acuerdo con una fuente de Polimiranda, la frecuencia de este tipo de delito ocupa el tercer lugar, después de los homicidios y los robos comunes en la región. En lo que va de 2017, de acuerdo a cifras del Cicpc, de enero a mayo han sido denunciados 83 secuestros de unidades ocurridos en las terminales, la autopista Charallave – Ocumare y en las cercanías de las urbanizaciones de la Gran Misión Vivienda Venezuela de Valles del Tuy.

Al llegar a la terminal terrestre de Charallave, el pasado 18 de junio, Ramón Uzcátegui estacionó el titán de la línea Serrano Pinto en el andén dos y los pasajeros que provenían de Los Teques se bajaron. Eran las 6:30pm. Solo, prendió un cigarro y se sentó a contar el dinero que había recogido de ese último viaje. Sumido en el conteo de billetes, se montaron cuatro hombres. Dos de ellos le colocaron un saco en la cabeza, lo ataron y lo montaron en el asiento detrás del piloto, le preguntaron si tenía GPS y de una vez le dijeron que si les mentía lo mataban. Respondió que no. Uno de los bandidos encendió motores. Durante varias horas lo ruletearon y en el trayecto le decían que se quedara quieto “si hacía cualquier movimiento lo iban a tirotear y después a quemar”.

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A las 2:00 am los hombres ingresaron a una zona boscosa del sector Arichuna. Allí lo dejaron abandonado. Como pudo se desató y caminó hasta la urbanización. En un banquillo esperó que amaneciera y denunció al Cicpc.

Se las llevan a los entierros de malandros

Hay unidades que son secuestradas para otros fines. En la carretera Petare–Santa Lucía, los delincuentes detienen los buses para usarlos para transportar a los familiares de los pranes del barrio a los cementerios. “Párate ahí”. Escuchó William Castro —nombre ficticio—, un avance de la línea Miranda, cuando viajaba hacia Petare a principios de junio de 2017. El hombre detuvo la marcha. Solo llevaba cinco pasajeros. El hombre que le gritó era un motorizado. William le hizo caso y frenó. Llegaron otros cuatro más en motos. Uno de ellos se subió al bus y le dijo a los viajeros que se bajaran, que el paseo había terminado.

A William le ordenó “nos vamos a Jardines del Cercado a enterrar a mi pana Wilmer”. El muerto era un azote que había sido asesinado por una banda rival. Se subieron 15 personas entre hombres y mujeres. En el camino tuvo que pararse varias veces porque los amigos de Willy debían comprar licor. Tenían estipulado adquirir tres bombonas de anís y una de ron para despedirlo. Era difícil conseguir una licorería abierta. Cuando hay entierros de malandros los comerciantes no se atreven abrir porque los saquean. Los dolientes se llevan hasta 10 botellas sin pagar y aquel que se atreva a quejarse, los marcan para robarlos o secuestrarle a algún familiar. En la entrada del camposanto, le quitaron a William la llave del bus para evitar que se evadiera. Aun así “les dijo tranquilos panas, que yo los espero”.

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Él prefiere tenerlos como conocidos que ganárselos de enemigos. Esperó más de tres horas a que ellos terminaran de homenajear a Willy. Los dolientes le bailaron, vaciaron una botella de anís sobre la urna, lloraron y cantaron vallenatos. “Estos sepelios tardan entre dos y tres horas. Hay que hacerles el servicio de traslado gratuito, sino lo pagas caro”, expresa William.

Hay miembros de bandas delictivas que no necesitan interceptar buses en el camino para enterrar a sus deudos, basta con hacer una llamada a los presidentes de las líneas para solicitar el servicio. “Epa, necesito tres autobuses para que lo envíes a La Lagunita porque vamos a enterrar a mi convive Joseito, si no los envías en media hora, te quemamos un bus”. Así le hablaron a una empleada administrativa de la organización autobusera Miranda.

Hace unos días ella atendió la llamada de una mujer que habló en representación del Consejo Comunal de la comunidad La Lagunita. Ella en un tono amable le preguntó si había posibilidad de que le prestaran un vehículo para llevar a unos niños de bajos recursos a la playa en La Guaira, la administradora dijo que iba a consultar a uno de los socios principales de la línea. Él le dijo que no, porque no se trataba de una emergencia, sino de un paseo. Si ella estaba interesada, le podía hacer la excursión a bajo costo, pero no de gratis.

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Ante la negativa, la mujer enfadada se quitó la máscara y alzada le respondió a la administradora: “Mira chica los hijos de los pranes del barrio quieren ir este sábado a la playa y necesitamos el autobús, te quedó claro”. Eran 30 muchachos entre 5 y 12 años de edad. Si no les enviaban la unidad, tomarían represalias. “Se tuvo que habilitar un avance para que los buscara en una zona donde la policía no entra porque es masacrada. ¿Qué íbamos hacer?. Aquí no valen reuniones con los cuerpos de seguridad. El hampa es la que impone la norma”, expone la trabajadora de la línea.

Un estudio hecho por el Observatorio Venezolano de Violencia (OVV) sobre la inseguridad en transporte público entre los meses de abril y julio de 2016 reveló que en el área metropolitana la mayor incidencia de secuestros y robos en las unidades se registra a primeras horas en la mañana y en la noche. Los puntos vulnerables son la entrada de Carapita y La Acequia en Antímano, así como los alrededores de los terminales de La Urbina, la carretera Petare – Santa Lucía y el barrio Julián Blanco.  El director de esta ONG, Roberto Briceño, recomendó la instalación de alcabalas en puntos críticos de comisión de delitos y que operen de forma constante.